Verdades históricas politicamente incorrectas, 5
LAS LUCHAS INTERNAS DEL FRENTE POPULAR, SEGUNDA PARTE
por Antonio Quintana Carrandi

El desencadenante de los sucesos de Barcelona fue la ocupación, por parte de fuerzas de la Guardia de Asalto (es decir, gubernamentales), del edificio de la Telefónica. Dicho inmueble, una infraestructura de primer orden, estaba controlado por la CNT-FAI desde el inicio de la guerra, siguiendo su política de colectivizarlo absolutamente todo en las zonas bajo su influencia. Con esa sede en su poder, la CNT estaba en disposición de controlar a su antojo todas las comunicaciones telefónicas de Cataluña, lo que les permitía someter a escuchas las conversaciones oficiales y boicotear las órdenes transmitidas por ese medio, si las consideraba lesivas para su peculiar forma de proceder. La cosa llegó a tal extremo, que hasta un anónimo telefonista anarcosindicalista se permitió cortar una conversación entre Azaña y Companys, alegando que el servicio se necesitaba para asuntos más importantes que los cambios de impresión entre dos políticos. Poco antes, Indalecio Prieto, Ministro de Marina y Aire, se había quedado de piedra cuando, al intentar ponerse en contacto con el gobierno de la Generalidad, le espetaron secamente que en Cataluña no había ningún gobierno, sino sólo un comité de defensa obrera.

Dionisio Eroles Batlle
Dionisio Eroles Batlle

La situación era muy tensa y el gobierno del Frente Popular decidió actuar. De algún modo, logró ponerse en contacto con las autoridades de la Generalidad, cuyo Consejero de Orden Público, Rodríguez Salas, envió una fuerza de doscientos guardias de asalto a ocupar el edificio de la Telefónica. Los anarquistas lo tomaron como una provocación, invocando la supuesta legalidad de su presencia allí, pues argüían que estaban cumpliendo un decreto de la Generalidad sobre colectivizaciones. Curiosamente, el tal decreto en el que se escudaban los anarquistas estaba en abierta confrontación con el estatuto autonómico y la Constitución republicana, por lo que violaba competencias exclusivas del Estado y era por tanto ilegal, revelando el caos jurídico imperante en la zona frente populista. El caso fue que algunos cenetistas abrieron fuego, desatándose un tiroteo de corta duración pero de extremada violencia, que causo algunos muertos y varios heridos, y que sólo terminó cuando Dionisio Eroles, uno de los cabecillas de las Patrullas de Control, logró persuadirles para que dejaran de disparar y entregaran sus armas. De todas formas, el mal ya estaba hecho, porque lo ocurrido en la sede de la Telefónica fue pronto conocido en toda Barcelona, enconando las posturas de unos y otros. En pocas horas, centenares de barricadas se alzaban en las calles de la Ciudad Condal, la policía ocupaba las azoteas y miles de armas, ocultas hasta entonces, salían a la luz. Barcelona era una población en pie de guerra.

La urbe se llenó de tiroteos y explosiones, mientras los barceloneses, pillados en medio, trataban de sobrevivir a aquel caos. Por sus especiales características ideológicas, los cenetistas y faistas luchaban cada uno por su cuenta, sin que hubiera la menor cohesión entre ellos. Los líderes del POUM intentaron llegar a un acuerdo con los anarquistas, para formar una alianza bien organizada que pudiera hacer frente, con posibilidades de éxito, a las fuerzas gubernamentales y a los comunistas estalinistas que las apoyaban. Pero los anarcosindicalistas, temiendo que los poumistas pretendiesen imponerles su autoridad, se negaron en redondo.

El 4 de mayo amaneció con una Barcelona sumida en un ominoso silencio, sólo roto esporádicamente por el crepitar de los rifles, el tableteo de las ametralladoras y el estallido de las granadas de mano. Aunque posteriormente la propaganda vendería la falacia de que los proletarios (o sea, los obreros) apoyaban a los anarquistas, lo cierto fue que muchos de ellos, al igual que gran parte de los barceloneses, se inhibieron de los combates, preocupados tan sólo por su propia supervivencia.

Algunos delegados de la CNT intentaron detener aquella locura. Federica Montseny y García Oliver, por el sindicato anarquista, y Carlos Hernández Zancajo por la UGT, conminaron a sus respectivos correligionarios, a través de la radio, a que depusieran las armas y volvieran al trabajo, pues según ellos el enemigo a abatir era el fascismo. Apenas consiguieron que se les hiciera caso.

Las noticias de lo que estaba ocurriendo en Barcelona llegaron al frente, a pesar de todos los intentos por parte del PCE de ocultar los hechos a los combatientes de primera línea, entre los que predominaban entonces los anarquistas. La 26ª División estuvo a punto de abandonar sus posiciones y acudir a la Ciudad Condal, para unirse a sus compañeros anarcosindicalistas, pero su comandante, Gregorio Jover, optó por seguir las instrucciones de Montseny y García Oliver. Pero otras unidades, anarquistas y del POUM, se proponían dirigirse no hacia Barcelona, sino hacia Madrid, dispuestas a imponerse a las autoridades gubernamentales. Si desistieron de sus intenciones fue porque el comandante de la aviación frente populista de Aragón, Alfonso Reyes, dijo que ordenaría a sus escuadrones que les bombardeasen sin piedad si seguían adelante con tales propósitos.

Los primeros en alzarse en armas habían sido los anarquistas, a quienes no tardaron en sumarse los poumistas y algunos otros grupos más pequeños. Todos defendían la idea de que guerra y revolución eran lo mismo, y estaban contra las tesis reaccionarias de socialistas y comunistas ortodoxos. El gobierno del Frente Popular fue conminado desde varios sectores a imponer su autoridad sobre los revoltosos, aunque Largo Caballero, consciente de la preponderancia de las unidades anarcosindicalistas en varios sectores del frente, era reacio a mostrarse demasiado duro con la CNT. Prieto y Negrín, cada uno por su lado, no dejaron de presionarle para que actuara con más contundencia. Pero había otra razón para el proceder de Largo. Su ideología y la comunista apenas se diferenciaban en algo, pero sabía que los comunistas aprovecharían la coyuntura para acrecentar su poder, y eso le preocupaba. Deseaba bolchevizar España, su modelo era la Unión Soviética, pero quería ser él quien ostentase el mando, no ejercer como mero asistente de Stalin en la península ibérica.

La situación en Barcelona, casi inmediatamente conocida en el exterior por los diplomáticos y periodistas extranjeros acreditados en la Ciudad Condal, inquietaba a muchos gobiernos. Como siempre, fue el británico el primero en reaccionar, enviando varios destructores al puerto barcelonés. La CNT y el POUM temían que hubieran ido allí para bombardear la urbe, en apoyo de las fuerzas gubernamentales, pero no era así. Los ingleses, ante el cariz que estaba tomando la situación, habían decidido evacuar a sus propios súbditos y a cuantos extranjeros quisieran abandonar Barcelona. El gobierno de Su Graciosa Majestad no se hacía ilusiones, siendo consciente de que, si la ciudad caía en manos de los anarquistas, éstos no tendrían consideración hacia la nacionalidad de nadie, procediendo a la eliminación física de aquellos que considerasen enemigos de clase, sin miramientos de ningún tipo.

Camillo Berneri
Camillo Berneri

Federica Montseny, que ocupaba la cartera de Sanidad en el gobierno de Largo Caballero, llegó a Barcelona el 5 de mayo, con la intención de mediar entre las facciones en pugna, para tratar de detener aquella carnicería. Ese mismo día fueron detenidos, torturados y asesinados, por guardias de asalto pertenecientes al PSUC y algunos policías municipales, los escritores italianos de ideología anarquista Francesco Barbieri y Camillo Berneri, lo que soliviantó a una parte considerable de la opinión pública internacional. Mientras tanto, se producían combates entre las fuerzas gubernamentales y anarcosindicalistas en Tarragona, Tortosa y Vich. Companys, por su parte, había maniobrado torticeramente, haciendo equilibrios inverosímiles para mantenerse en la presidencia de la Generalidad. Por suerte para él, Largo Caballero no tuvo más remedio que ceder a las presiones de su gabinete, y, en una conversación telefónica con el líder catalanista, le ofreció enviarle ayuda para restaurar el orden, a lo que Companys accedió porque no le quedaba otro camino.

La situación era surrealista. Mientras la mayoría anarquista seguía luchando, parte de la CNT hacía desesperados llamamientos a los obreros, para que dejasen las armas y volviesen al trabajo, pues los que no estaban combatiendo habían declarado una huelga general revolucionaria que tenía todas las fábricas paradas. Pero lo determinante, lo que acabaría por inclinar la balanza de parte del PSUC, el PCE y la Generalidad fue que Largo Caballero envió a Barcelona un gran contingente de guardias de asalto, parte desde Madrid y parte desde Valencia. Al mismo tiempo, un acorazado y su escolta de dos destructores, procedentes de Valencia, entraron en el puerto cargados de hombres armados. La noticia corrió por la urbe como un reguero de pólvora, provocando que gran parte de los trabajadores en huelga abandonasen ésta y cualquier otro tipo de resistencia.

El 7 de mayo entraron en la Ciudad Condal las fuerzas enviadas por Largo Caballero. Aunque se siguió combatiendo en varios puntos de la ciudad, la llegada de este contingente decidió la suerte de la revuelta. La facción de la CNT partidaria de suspender la lucha había pedido al gobierno que dicha fuerza la mandara el coronel Emilio Torres, que gozaba de muchas simpatías entre los anarcosindicalistas. Fue precisamente la presencia de Torres al frente de aquella fuerza expedicionaria lo que decidió a muchos a deponer sus armas, pues creían que éste se comportaría con los vencidos de forma civilizada. Pero Torres no quiso o no le permitieron actuar según su propio criterio. En las horas que siguieron, anarquistas y poumistas se rindieron por toda Cataluña. Si bien muchos fueron encarcelados, muchísimos más perecieron ejecutados por el PCE y el PSUC, ante la indiferencia, cuando no la complicidad, de las tropas gubernamentales.

Andrés Nin
Andrés Nin

El 8 de mayo la situación ya estaba controlada en su mayor parte por el gobierno frente populista. Se empezaron a retirar las barricadas y la ciudad recuperó una cierta normalidad, pero otra tormenta estaba a punto de desatarse. El PCE emprendió entonces la caza del trotskista, focalizando su actuación en el desorganizado POUM con la complicidad del gobierno, que ilegalizaría éste partido el 16 de junio, y de la Generalidad. El exterminio de los poumistas fue una prioridad para el PCE, cuyos dirigentes siguieron al pie de la letra las órdenes emanadas de Moscú. Si en los combates de Barcelona habían muerto un millar de personas, en la represión contra el POUM cayeron varios miles más. Entre ellos Andrés Nin, que sufriría las torturas más espantosas, incluso la de ser despellejado vivo, para que confesase que era un agente de Franco. La propaganda del PCE llenó la España frente populista de panfletos y carteles, en los que se acusaba al POUM de complicidad con los nacionales y de servir a los intereses alemanes. Para dar una pátina de credibilidad a su patraña, trataron de justificar la sospechosa desaparición de Nin contando que había huido ayudado por la Gestapo, nada menos, y hasta esparcieron billetes alemanes por el último lugar en que Nin había sido visto con vida, para reforzar esa historieta. Como es obvio, nadie se tragó tan burda mentira, y mucho menos Federica Montseny.

El POUM fue exterminado casi en su totalidad, no así los anarquistas, cuya importancia en los frentes no se podía ignorar. De todas formas, la CNT resultó muy tocada, produciéndose una escisión entre los partidarios de colaborar con el gobierno, incluso formando parte del mismo en contra de los principios del anarquismo, y los anarcosindicalistas puros. Después de lo de Barcelona, la CNT pasó a un segundo plano y perdió muchísima influencia en el Frente Popular. Los más beneficiados, con diferencia, fueron los comunistas de la onda moscovita, que alcanzaron un poder que ya nunca perderían.

Los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona tuvieron un tremendo impacto internacional, avivando los ya de por sí viscerales odios entre los estalinistas y los díscolos trotskistas. Por otro lado, aunque el gobierno legítimo se alzó con la victoria, aplastando la rebelión anarquista y poumista, la espeluznante represión desatada por los comunistas a partir del 8 de mayo, consentida y apoyada por las autoridades, representó un enorme desprestigio internacional para el Frente Popular. Salvo la URSS, Alemania e Italia, que tenían intereses estratégicos y políticos en España, el resto de las naciones, en mayor o menor medida, concluyó que no convenía inmiscuirse en el avispero español. Puede afirmarse que, a partir de ese momento, el Frente Popular empezaría a perder el apoyo moral que ingenuamente le habían proporcionado varios países. Cuando terminó la guerra, sólo la Unión Soviética y el México del muy corrupto PRI seguían apoyándole.

Un testigo de excepción de esos acontecimientos fue el novelista británico George Orwell, militante del POUM que se salvó de puro milagro, pues tuvo que huir chaqueteando de la Ciudad Condal. En abril de 1938, menos de un año después de lo ocurrido, publicó su novela HOMENAJE A CATALUÑA, en la que describe con bastante fidelidad los hechos acontecidos en Barcelona en aquellos terribles días de principios de mayo de 1937. No obstante, a pesar de estar muy bien escrita, HOMENAJE A CATALUÑA no deja de ser una obra propagandística y, en ciertos pasajes, incluso panfletaria, pues idealiza en exceso a anarquistas y poumitas. No puede negarse que, como apunta Orwell, los militantes del POUM y la CNT fueron idealistas, que lucharon por defender su concepto de la revolución. Pero también perpetraron abundantes crímenes contra aquellos que consideraban facciosos, o simplemente desafectos a lo que llamaban la causa obrera, que poco o nada tenía que ver con los problemas reales de los obreros. El destino final de Andrés Nin horroriza, haciendo que sintamos algo de simpatía por un hombre que fue torturado y asesinado por los sicarios de Stalin en España. Pero no debemos olvidar que Nin, a pesar de sus diferencias con El Pequeño Padre de los Pueblos, era un marxista convencido y, como tal, sostenía que el fin siempre justifica los medios. De hecho, durante toda su vida no hizo otra cosa más que lanzar soflamas en contra de lo que llamaba la burguesía, además de justificar el anticlericalismo criminal de la izquierda, sus asesinatos de religiosos y destrucción de templos, con frases como la que sigue: El POUM acabará con el problema de la Iglesia por el procedimiento de no dejar ninguna en pie.

HOMENAJE A CATALUÑA podría definirse como novela histórica, con todas las salvedades que ello conlleva, pero considerarla como un documento histórico, como todavía hoy hacen algunos, es un error, pues su visión de los acontecimientos es muy parcial, estando mediatizada por la ideología personal de su autor. Y es que el escritor británico también estaba influenciado por la mística izquierdista, completamente alejada de la realidad, hasta el punto de concluir que la reacción gubernamental contra la revolución, auspiciada por la CNT y el POUM en Barcelona, fue lo que determinó la derrota del Frente Popular en la guerra civil, teoría que simplemente se cae por su propio peso. El libro fue llevado al cine por el británico Ken Loach en 1995, en una versión libre que pasó por las carteleras sin pena ni gloria, aunque ciertos intelectuales de izquierda maniobraran para que se le dieran determinados premios, por otra parte irrelevantes.

Julian Besteiro
Julian Besteiro

Los sucesos de Barcelona también significaron la puntilla para Largo Caballero y su Gobierno de la Victoria. Aunque era básicamente un bolchevique, con todo lo que ello implicaba, se había resistido desde el principio, cuando sustituyó a Giral en la presidencia del gobierno, a las presiones soviéticas. Stalin, además de abogar por la inclusión de más miembros del PCE en puestos claves de la administración española, había intentado convencer a Largo para que ilegalizara el POUM y cualquier otra formación trotskista, a lo que éste se había negado en reiteradas ocasiones, aunque al final tendría que hacerlo. Para acabar de complicarle las cosas, los comunistas le acusaron de ser el responsable de las vergonzosas derrotas en Málaga (febrero de 1937) y Vizcaya (abril del mismo año), y hasta de la liberación del Alcázar de Toledo por las tropas nacionales, después de haber prometido hasta en cinco ocasiones que tomaría la fortaleza. Su actitud con el embajador de Stalin, Marcel Rosenberg, al que echó de su despacho con cajas destempladas, empeoró su situación, pues Rosenberg se apresuró a informar al dictador soviético, señalando la conveniencia de reemplazar a Largo por alguien más dócil. Con el ochenta y cinco por ciento de las reservas de oro del Banco de España en su poder, Stalin se había erigido en el amo absoluto del Frente Popular español, que dependía cada vez más de los suministros que recibía de Rusia. Largo empezó a recibir presiones políticas de todas partes, desde los socialistas de Prieto hasta los comunistas del PCE que seguían instrucciones de Moscú, pasando por los republicanos azañistas. La crisis subsiguiente provocó su caída en desgracia, siendo sustituido al frente del gobierno, no por casualidad, por Juan Negrin, miembro del PSOE que, en realidad, sólo obedecería órdenes de Stalin. Largo Caballero, que había intrigado para condenar al ostracismo a Julián Besteiro, fue a su vez ninguneado por el cada vez más sovietizado PSOE. Durante el resto de la guerra se desgañitó denunciando el aumento de la influencia estalinista en el gobierno frente populista, pero fue mayormente ignorado. Sólo al final, cuando la guerra ya estaba perdida, y lo que quedaba de las mal llamadas Cortes republicanas escenificaron un último y patético pleno, fue invitado a asistir, honor que declinó con gesto despectivo.

En el otro bando, los sucesos de Barcelona fueron recibidos al principio con escepticismo, pues nadie se podía creer que los rojos fueran tan insensatos como para matarse entre ellos. Cuando se tuvo confirmación de lo que estaba ocurriendo, fueron muchos los que respiraron aliviados, pues pensaban que el Decreto de Unificación promulgado por Franco el 20 de abril de 1937 (poco más de una semana antes del conflicto barcelonés), había impedido que en la zona sublevada ocurriera algo semejante. De todas formas, si bien en la España nacional había importantes diferencias entre la Falange y la Comunión Tradicionalista, los miembros de ambas formaciones observaron en todo momento un comportamiento muchísimo más civilizado que sus oponentes izquierdistas, pues su base católica tendía a atemperar el dogmatismo ideológico de cada una de ellas. Más adelante, ya concluida la contienda, se produjeron algunas tensiones en el seno de la Falange, cuyos principales dirigentes habían muerto en combate o asesinados durante la guerra. Hubo incluso algunos enfrentamientos armados, con varios heridos y hasta algún muerto, pero, salvo Manuel Hedilla y un puñado de exaltados, el grueso de los falangistas actuó racionalmente, respetando la legalidad vigente y asumiendo las condiciones del Decreto de Unificación. A título de curiosidad, conviene señalar que durante el franquismo las distintas fuerzas que componían el llamado Movimiento Nacional, las familias del régimen en el argot de la época, funcionaron en la práctica como partidos políticos semi-independientes, que, además de competir entre ellos, tenía cada uno un sector crítico con el sistema autoritario y a menudo hostil hacia la figura de Franco.

La actual Memoria Histórica, promovida por los herederos políticos del Frente Popular, en especial por el nuevamente bolchevizado PSOE, los estalinistas de Podemos y los independentistas catalanes, airea los crímenes de la dictadura, al tiempo que procura pasar de puntillas sobre los aspectos más reprobables de su actuación durante la guerra civil, tales como la salvaje represión emprendida en la retaguardia republicana o las despiadadas luchas por el poder que las izquierdas sostuvieron entre ellas mismas. Los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona ejemplifican los niveles de irracionalidad y fanatismo que caracterizaron a la izquierda española de entonces, que hoy pretenden vendernos como modélica, democrática y progresista.

© Antonio Quintana Carrandi (3.227 palabras) Créditos