Verdades históricas politicamente incorrectas, 4
LAS LUCHAS INTERNAS DEL FRENTE POPULAR, PRIMERA PARTE
por Antonio Quintana Carrandi
Federica Montseny
Federica Montseny

El Frente Popular, que se había alzado con el poder tras las sospechosas elecciones de febrero de 1936, era una amalgama poco cohesionada de republicanos de izquierda, socialistas, comunistas, anarquistas y separatistas vascos y catalanes, además de algunos grupos que, si bien se definían como comunistas, se negaban a seguir la línea estalinista del PCE. Lo único que mantenía la frágil unidad entre ellos era el odio compartido hacia lo que llamaban el fascismo. En todo lo demás sostenían posturas antagónicas. No debe sorprender, por tanto, que desde un principio conspiraran unos contra otros, llegando a librar una pléyade de pequeñas guerras civiles en el seno del Frente Popular y asesinándose con saña entre ellos, extremo minimizado y hasta falseado en ocasiones por la historiografía políticamente correcta.

La fuerza izquierdista más numerosa era el anarquismo, con enorme influencia en Aragón y Cataluña. La CNT llegó a tener más de un millón y medio de afiliados, suma de militantes nunca igualada por las demás formaciones marxistas. Sin embargo, su ventaja numérica quedaba casi anulada por la peculiar ideología anarquista, que rechazaba la idea del estado y sus instituciones, negaba el principio de autoridad, era contraria a cualquier atisbo de jerarquización, por ínfimo que fuese, y postulaba una supuesta igualdad fraternal y absoluta entre todos los hombres. Las circunstancias de la guerra obligarían a algunas figuras de la CNT, como Federica Montseny, a traicionar momentáneamente sus ideales ácratas, aceptando formar parte de un gobierno; es decir, de una estructura política jerarquizada. Pero varios acontecimientos, que culminaron con los luctuosos sucesos de Barcelona en mayo de 1937, acabarían con la influencia de la CNT, relegándola a un segundo plano dentro del Frente Popular.

Al producirse el alzamiento militar, el PSOE era el partido de izquierda con mayor peso político, debido en gran medida a su buena organización. No obstante, también estaba muy fraccionado. Francisco Largo Caballero encabezaba la facción más numerosa del mismo, la más radicalizada y combativa, que abogaba por la instauración de lo que llamaban la Dictadura del Proletariado (es decir, la del PSOE) y la bolchevización de España, con el fin de convertirla en una república soviética al estilo de las que componían la URSS. Largo ostentaba con orgullo el sobrenombre de el Lenin español. Era brutalmente franco en sus declaraciones públicas, llegando al extremo de defender el concepto de guerra civil en 1934, como medio de alcanzar los fines políticos de su partido, y a despreciar abiertamente al régimen democrático, al que consideraba como un mero jalón en el camino de la sovietización del país.

Indalecio Prieto
Indalecio Prieto

Frente al exaltado Largo se alzaba el supuestamente moderado Indalecio Prieto, cuya moderación era sólo pura apariencia, ya que en esencia aspiraba a lo mismo que el Lenin español, pero utilizando métodos más sutiles y elaborados. La dinámica política obligó a Largo, una vez alcanzó la presidencia del gobierno, a aceptar a Prieto en su gabinete, pero la verdad es que siempre fueron enemigos irreconciliables, que mantuvieron un constante forcejeo por hacerse con las riendas del PSOE. A la larga, el gran beneficiado por ese duelo de titanes socialistas sería Juan Negrín, ministro de Hacienda en el gobierno de Largo y artífice de la genial idea de poner a salvo las reservas de oro del Banco de España en la Unión Soviética, proporcionándole así a Stalin la oportunidad de ejercer un control absoluto sobre las decisiones del gobierno frente populista español.

A los exaltados de Largo y Prieto, y al oportunista filo-comunista de Negrín, sólo se oponía don Julián Besteiro, líder del muy minoritario grupo socialdemócrata del PSOE de entonces. Besteiro, que en su juventud había tenido veleidades revolucionarias, como todo izquierdista que se precie, se había moderado notablemente con la edad. Prestigioso catedrático de Lógica, era enemigo declarado del bolchevismo, que consideraba la mayor aberración política que habían conocido los siglos. Durante la intentona golpista de 1934, urdida en gran parte por el PSOE, acusó a sus líderes de utilizar a las masas obreras como carne de cañón para lograr sus sórdidos fines. La suya fue la única voz sensata que se alzó en el socialismo español, el único socialista de renombre que se negó a tomar parte en semejante atrocidad, y que además denunció con nombres y apellidos a los responsables de la misma. Por ello fue apartado de todos sus cargos y condenado al ostracismo, pasando toda la contienda en un discreto aislamiento y sin poder político efectivo. En 1939, con la guerra prácticamente perdida, don Julián hizo un enorme servicio a España, avalando con su prestigio político y personal el golpe de estado del coronel Segismundo Casado, que pondría fin, de una vez por todas, al inútil baño de sangre que Negrín y otros se empeñaban en prolongar.

En cuanto a los comunistas, el estallido de la guerra favoreció extraordinariamente la estrategia del PCE, dándole unas oportunidades de crecimiento que no habría tenido de no mediar el conflicto. Durante la etapa republicana, los comunistas ortodoxos, los que seguían las directrices moscovitas, que eran la mayoría, habían estado muy por debajo del bien organizado PSOE y la poderosa CNT. No obstante, llevaban largos años laborando en las sombras, atrayendo a muchos socialistas extremos a las filas comunistas, tarea en la que descolló un joven Santiago Carrillo, que a la sazón estaba al frente de la JSU (Juventudes Socialistas Unificadas), organización que sustrajo a la autoridad del PSOE ante las mismísimas narices de los líderes del mismo, lo que le valdría la eterna inquina de su propio padre, Wenceslao Carrillo, amigo personal de Largo Caballero. El PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña) era pro-soviético, y en cuanto a la rama catalana de la UGT, estaba completamente infiltrada por agentes comunistas, no tardando en caer en la esfera del PCE.

Carrillo y otros como él seguían al dedillo las instrucciones de Stalin. El PCE, como la inmensa mayoría de los partidos comunistas de todo el mundo por aquel entonces, sólo era un engranaje más del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética), que estaba al servicio de la internacionalización del comunismo soviético. Después de lo ocurrido en Barcelona en mayo de 1937, de la defenestración de Largo Caballero y del ascenso al poder de Juan Negrín, el hombre más importante de Stalin en el Frente Popular español, el PCE alcanzaría una posición hegemónica que mantendría hasta el final de la guerra.

Santiago Carrillo
Santiago Carrillo

Estaba además el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), que aglutinaba a los comunistas que se definían como anti-autoritarios y se oponían al estalinismo, aunque en realidad emplearan métodos similares a los de éste. Nacido en fecha tan reciente como septiembre de 1935, era el resultado de la fusión de la ICE (Izquierda Comunista de España) con el BOC (Bloque Obrero y Campesino). Los comunistas ortodoxos (los estalinistas) le acusaron desde un principio de ser una formación trotskista, basándose en que la ICE lo había sido en su origen. Pero lo cierto es que la ICE había roto con Trotsky antes de unirse al BOC, por ciertas diferencias de criterio en la estrategia política a seguir. Sus líderes más destacados, Joaquín Maurín y Andrés Nin, aspiraban a crear un gran partido marxista revolucionario con una sólida base proletaria.

Aparte de las grandes formaciones citadas, surgieron grupúsculos que eran escisiones más o menos radicalizadas de las mismas, y que en ocasiones chocaron frontalmente con sus partidos y sindicatos matrices. El resultado fue un caos absoluto, que exacerbó aún más los enfrentamientos entre tales fuerzas, contribuyendo a debilitar la ya de por sí frágil cohesión del Frente Popular.

Como se ha dicho, el objetivo principal del PCE era apoderarse paulatinamente de los resortes del poder en la zona frente populista, para ponerla al servicio de los intereses soviéticos. El problema era que en Cataluña, la región más rica de la llamada zona roja, el poder lo ejercían las milicias anarquistas de la CNT-FAI, y, en menor medida, las de la UGT. Tras el fracaso de la rebelión militar en Barcelona, en julio de 1936, al gobierno de la Generalidad, presidido por Luis Companys, no le había quedado otro remedio, si quería seguir pintando algo, que plegarse a la voluntad de los anarcosindicalistas. De cara al exterior, en la línea clásica de la política propagandística que caracterizó al Frente Popular, la Generalidad seguía gobernando, pero era el Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña el que detentaba el poder real. Los anarquistas no perdieron el tiempo, poniendo en marcha desde el primer día la revolución que soñaban, y extendiéndola también a tierras aragonesas.

Aunque los anarquistas se apresuraron a colectivizarlo todo, la dinámica económica exigía el recurso al vil metal, tan denostado por una parte de la CNT-FAI. En consecuencia, no tuvieron más remedio que acudir a las instituciones bancarias en busca de créditos para financiar sus proyectos. Los bancos también estaban colectivizados, pero los comunistas se las habían arreglado para hacerse con el control de los mismos, permitiendo a la Generalidad, que ni pinchaba ni cortaba, mantener una reducida y simbólica representación en ellos. Como es obvio, los anarquistas jamás obtuvieron ni una peseta de los bancos controlados por el PCE. Así las cosas, el Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña acabó por auto-disolverse, pasando sus líderes más destacados a ingresar en el gobierno de la Generalidad como consellers (consejeros), lo que no dejaba de resultar irónico, pues defendían una ideología que abominaba de los estados y sus instituciones. Pero, curándose en salud, la CNT-FAI organizó las llamadas Patrullas de Control, unidades parapoliciales compuestas exclusivamente por pistoleros anarquistas, cuyo cometido era controlar férreamente las calles de Cataluña, y que con su presencia recordaban a los adversarios de la CNT-FAI en el Frente Popular que todavía tenían la sartén por el mango. Estas Patrullas de Control, que actuaban con total impunidad, fueron responsables de numerosos crímenes.

La situación en España era tensa, hasta el punto de que muchos observadores internacionales comentaron en sus informes que los distintos integrantes del Frente Popular parecían más interesados en combatirse entre ellos que a los militares sublevados. La enorme represión desencadenada en la llamada zona gubernamental, de la que fueron testigos muchos diplomáticos y periodistas extranjeros, también amenazaba con pasar factura al gobierno, ya que incluso en países supuestamente amigos de la democracia española empezaban a alzarse voces contra aquellos excesos. Stalin, que una de las primeras cosas que hacía cada mañana, al levantarse, era pedir informes sobre la situación en España, resolvió enviar un mensaje a Largo Caballero pidiéndole moderación en sus ansias revolucionarias.

Francisco Largo Caballero
Francisco Largo Caballero

Que un individuo como Stalin, que había exterminado clases sociales enteras en Rusia en nombre del marxismo, pidiera al presidente del gobierno español que se moderase un poco, puede parecernos hoy algo incongruente, pero en la estrategia estalinista tenía mucho sentido. España era una nación de Europa occidental, en la que se libraba una cruenta guerra civil que atraía la atención de todo el mundo. Aunque la democracia había dejado de existir en el país, de lo que Iósif sin duda se congratulaba, el Frente Popular estaba gastando mucho esfuerzo y dinero en una campaña de saturación propagandística, en la que jugaba un papel relevante el PCE, cuyo objetivo era convencer a la opinión pública internacional de que la guerra de España era una lucha épica entre democracia y fascismo. Era necesario, por tanto, mantener esa ilusión durante el mayor tiempo posible, a lo que ciertamente no contribuía la actitud del PSOE bolchevizado de Largo Caballero, empeñado en atacar a la pequeña clase media y la propiedad privada. Así las cosas, el dictador soviético conminó a Largo a refrenar en lo posible sus impulsos revolucionarios, aplazándolos hasta que el Frente Popular ganara la guerra. Largo se permitió ignorar la sugerencia de Stalin, lo que a la larga, sumado a otras cosas, provocaría su caída en desgracia.

En Cataluña se iba exacerbando el clima de desconfianza entre las distintas fuerzas izquierdistas, que ya habían tenido algún enfrentamiento armado en pequeñas escaramuzas. Una de las cuestiones que dividían a los grupos de izquierda era su idea de la revolución. Los comunistas del PCE y el PSUC, seguidores de la línea moscovita, sostenían, con buen criterio, que la prioridad era ganar la guerra, para concentrarse después en hacer la revolución. A ellos se sumó el inoperante gobierno de la Generalidad, con el inefable Companys a la cabeza. Los anarquistas, por el contrario, eran partidarios de llevar adelante el proceso revolucionario a la vez que se combatía contra el fascismo. Había otros comunistas, los del POUM, que compartían esta visión de la CNT-FAI, además de ser radicalmente anti-estalinistas. En el invierno de 1936 ya estaban formados dos bandos antagónicos, que a la vuelta de unos meses sumergirían la Ciudad Condal en un baño de sangre.

Ha de tenerse en cuenta que la guerra civil española coincidió en el tiempo con la Gran Purga desatada en Rusia por Stalin, la serie de farsas judiciales empleadas por el sátrapa georgiano para afianzar su poder, eliminando físicamente a todo el que pudiera hacerle sombra. Esos juicios multitudinarios y amañados, que enviaron a la muerte a cientos de miles de rusos y a millones de ellos a los gulags de Siberia, fueron denunciados públicamente por Andrés Nin, que se convirtió por ello en una de las principales piezas a derribar por el PCE.

Stalin veía la guerra de España como una oportunidad excepcional para la expansión del comunismo por Europa. Apenas iniciada la contienda, los líderes y figuras relevantes del PCE recibieron instrucciones de El Centro, término usado por los comunistas europeos para referirse a Moscú, de ir adueñándose del poder político y militar en el Frente Popular, hasta alcanzar la supremacía en el mismo. De este modo, cuando se ganase la guerra, cosa de lo que entonces ningún izquierdista dudaba, el triunfo sólo podría atribuirse al comunismo. De alzarse con la victoria en la contienda, en las condiciones que Stalin anhelaba, gran parte de la Europa continental quedaría encajonada entre la URSS al este y una España sovietizada, sumisa y complaciente a los deseos de Moscú, al oeste. La dominación comunista de un país que ocupaba una posición estratégica tan importante y delicada habría trastocado, sin duda, el mapa geopolítico europeo, teniendo unas consecuencias imprevisibles.

Por otra parte, Iósif comprendió enseguida que la guerra española le brindaba la oportunidad de eliminar en masa a los comunistas disidentes, seguidores de León Trotsky, que pululaban por el mundo. Durante años, el siniestro NKVD había desplegado sus tentáculos por todo el planeta, persiguiendo a los llamados trotskistas y llevando a cabo cientos de asesinatos. La confluencia en España de diversas tendencias izquierdistas hacía suponer que, una vez estallada la guerra, miles de marxistas acudirían con entusiasmo a la llamada del Frente Popular, concentrándose en la península ibérica gran número de indeseables. Por tanto, encargó al PCE la tarea de limpiar de trotskistas España, labor emprendida con entusiasmo y férrea disciplina por sus cuadros, y glosada en algunos de sus incendiarios discursos por Dolores Ibárruri, Pasionaria, misión en la que estuvo arropada por varios intelectuales, entre ellos Rafael Alberti.

El objetivo principal del PCE era, como es lógico, el POUM. Los comunistas pro-soviéticos iniciaron una campaña difamatoria en su contra, llegando a acusarles de ser agentes al servicio del nazismo, que, bajo una falsa propaganda revolucionaria, estarían tratando de debilitar al Frente Popular y menoscabar la causa obrera. La acusación era absurda y delirante, no tenía ni pies ni cabeza, pero fue asumida como cierta por muchísima gente, lo que nos una idea del grado de fanatismo imbuido en las masas populares de entonces.

Josep Tarradellas
Josep Tarradellas

Los incidentes violentos fueron encadenándose hasta crear un clima explosivo. En este contexto, el hasta entonces poco menos que decorativo gobierno de la Generalidad empezó a maniobrar para tratar de imponer su autoridad. Companys encargó a su mano derecha, Josep Tarradellas, que se hiciera con el control de las fuerzas de policía. El problema era que las milicias de partido disponían de más armamento que las fuerzas del orden. A pesar de ello, Tarradellas prohibió, un tanto ilusoriamente, que los miembros de la policía tuvieran adscripción política, además de poner en marcha una campaña para recoger las armas en poder de los milicianos. Los anarquistas, furiosos, se retiraron del gobierno de la Generalidad, provocando una crisis que obligó al pusilánime Companys a recular, en contra de la opinión de Tarradellas, y a ceder ante las exigencias anarquistas. La CNT-FAI conservó su armamento y las Patrullas de Control, dirigidas por Josep Asens Giol, multiplicaron su actividad y sus tristemente famosos paseos, que solían terminar con el paseante en una cuneta y con un tiro en la nuca.

Puede sonar a fantasía cinematográfica, pero lo cierto es que en la España frente populista abundaban los políticos que disfrutaban de una especie de Guardia de Corps, que en la práctica actuaba como un ejército privado. Indalecio Prieto estaba escoltado por La Motorizada, unidad llamada así porque disponía de gran número de automóviles y motocicletas, además de tener acceso ilimitado al combustible, sin restricciones de ninguna clase. Los miembros de La Motorizada debían acreditar su filiación socialista, y entre ellos había miembros de las fuerzas regulares del orden, pero también delincuentes comunes como el pistolero Luis Cuenca, autor material del asesinato del líder derechista José Calvo Sotelo. Por su parte, el entonces ministro de Hacienda, Juan Negrín, había maniobrado hábilmente para convertir el cuerpo de Carabineros, cuya función principal era la vigilancia y control de las fronteras y los puestos aduaneros, en una unidad absolutamente fiel a su persona, capaz de cumplir sus órdenes sin cuestionarlas.

En abril de 1937, Negrín ordenó a los Carabineros que arrebataran a la CNT el control de las aduanas catalanas, pues según él lo estaban ejerciendo de forma ilegal. Al mismo tiempo, fuerzas de la flamante Guardia Nacional Republicana (la Guardia Civil del bando frente populista) y la Guardia de Asalto se desplegaron por el norte de Cataluña, con la orden de sustituir, de grado o por la fuerza, a las patrullas de milicianos anarquistas que campaban por sus respetos en ciudades como Figueras. Todas estas maniobras formaban parte de la estrategia con la que Negrín, en connivencia con el PCE y escudándose en una supuesta intención de restaurar lo que llamaba legalidad republicana, buscaba un enfrentamiento con los anarquistas para quitarlos de en medio. Como sabía que el POUM compartía la visión revolucionaria de la CNT-FAI, confiaba en que el partido de Andrés Nin se pondría del lado de los anarquistas, lo que le proporcionaría una excelente excusa para acabar con él.

Barcelona era un polvorín que podía estallar en cualquier momento. Los bandos estaban formados. De un lado, el PSUC, que en realidad era una prolongación del PCE, cuyas directrices seguía a rajatabla. Junto a él se posicionaron Companys, el gobierno de la Generalidad y ERC (Esquerra Republicana de Cataluña). Contaban con el apoyo del gobierno del Frente Popular. Del otro, la CNT-FAI, el POUM, las Juventudes Libertarias y un grupúsculo anarquista denominado Agrupación de los Amigos de Durruti. Había también una minúscula facción de la CNT, autodefinida como posibilista, que abogaba por un cese inmediato de las hostilidades entre los dos bandos. Huelga decir que su influencia en los sucesos subsiguientes fue irrelevante.

Unos y otros se dedicaron con frenesí a hacer acopio de armas y municiones, así como a fortificar en secreto sus edificios. Mientras tanto, los barceloneses aguardaban y temían el desencadenamiento de la tragedia que se cernía sobre su ciudad.

(Continuará).

© Antonio Quintana Carrandi (3.253 palabras) Créditos