Monstruos del siglo XX, 14
HIRO-HITO, SEGUNDA PARTE
por Antonio Quintana Carrandi
Hiro-Hito con los atributos imperiales
Hiro-Hito con los atributos imperiales

A principios de siglo, Japón estaba inmerso en un proceso de industrialización y modernización, que estaba haciendo del país la potencia más avanzada de Asia. Dada su acuciante necesidad de materias primas, sus ambiciones expansionistas, que habían quedado de relieve tras la guerra chino-japonesa de 1894/1895, chocaron con las del imperio ruso, que buscaba extenderse por las mismas áreas geográficas apetecidas por los nipones, en especial por la península de Corea. Esto llevó a la guerra ruso-japonesa de 1904/1905, que concluyó con una aplastante victoria nipona. Que una nación asiática derrotara a un imperio europeo tan potente, en apariencia, como el zarista, provocó una auténtica conmoción mundial, pues era la primera vez en la historia moderna que ocurría algo semejante. Este hecho determinó que Japón entrara en el concierto mundial por la puerta grande, alterando el equilibrio de poder en Asia. Aquella humillante derrota desmoralizó y enfureció a partes iguales al pueblo ruso, que la achacó, en gran parte con razón, a la corrupción e ineficacia del gobierno zarista. El malestar ciudadano por estos hechos favoreció el estallido de la revolución de 1905, precursora de la de 1917.

A principios de los años 30, Rusia sostenía esporádicos conflictos con tropas chinas en la frontera de Manchuria. La situación empeoró con la ocupación nipona de ese territorio, pues, tras crear el estado títere de Manchukuo, los nipones volvieron sus ojos hacia la vasta región soviética de Siberia, rica en materias primas y por ello muy apetecible para Tokio. Japón empezó a hostigar a las unidades soviéticas de la frontera, desencadenando así una peculiar guerra, nunca oficialmente declarada, pero que provocó innumerables enfrentamientos armados entre ambas naciones, al principio pequeñas escaramuzas que, con el transcurrir del tiempo y el envalentonamiento nipón, degenerarían en verdaderas batallas campales.

Los japoneses, enardecidos por la aplastante y humillante derrota que le habían infligido a Rusia en 1905, estaban convencidos de que volverían a derrotarla. Pero los rusos habían aprendido de aquella nefasta experiencia. A partir de 1933/1934, y siguiendo órdenes de Stalin, las fuerzas soviéticas en aquel sector tan delicado habían sido reforzadas, dotándoselas del más moderno material bélico de que disponía el Ejército Rojo, entre el que destacaban la artillería y los blindados. Se amplió la línea del ferrocarril transiberiano hasta la mismísima frontera china, y lo mismo se hizo con las líneas de otros ferrocarriles secundarios. Así mismo, se procedió a la construcción de más de un centenar de modernas fortificaciones, esparcidas a lo largo de la divisoria. En teoría, las tropas soviéticas allí destinadas podían combatir eficazmente durante un mínimo de seis meses, sin necesidad de recibir ni refuerzos ni pertrechos de la Rusia europea. Por desgracia, estas defensas se debilitaron a causa de las Purgas estalinistas en el seno de las Fuerzas Armadas, que prácticamente descabezaron a estas, pues la mayoría de los mandos más competentes fueron enviados a la muerte por capricho del abyecto Pequeño Padre de los Pueblos. En Tokio tomaron buena nota de aquello, concluyendo que, carentes de unos mandos capaces, y a pesar de su potencia, las fuerzas rusas podían ser derrotadas con relativa facilidad.

Sin embargo, no todos los buenos generales soviéticos cayeron en las Purgas. Algunos lograron sobrevivir, a base de mantener un perfil político bajo y observar una sumisión absoluta a Stalin y al comunismo. Uno de ellos fue Vasili Blücher, quien en la batalla del lago Jasán, librada entre el 29 de julio y el 11 de agosto de 1938, venció a los nipones, obligándoles a retroceder y a pedir el cese de las hostilidades que ellos mismos habían desatado con sus ansias expansionistas. Con los medios que tenía a su disposición, Blücher llevó a cabo una campaña modélica. Pero la fanática combatividad japonesa causó enormes bajas en las filas soviéticas, de modo que Stalin, siguiendo su costumbre, culpó a Blücher por no haber obtenido una victoria más limpia y menos costosa, ordenando su arresto por el NKVD. Acusado de espiar para los japoneses, Blücher fue sometido durante dos semanas a las torturas más espeluznantes, siendo posteriormente ejecutado.

A pesar de aquel revés, Japón siguió en sus trece, amenazando el territorio soviético. Esto empujó a Stalin a tomar medidas más drásticas todavía, buscando el enfrentamiento decisivo con las fuerzas niponas. Éste se produjo en la conocida como batalla de Jaljin Gol, desarrollada entre los días 11 de mayo y 16 de septiembre de 1939 en las inmediaciones del río mongol Jalja.

El 11 de mayo, varias unidades de caballería mongolas, que al parecer habían incursionado en cierta zona en disputa en busca de forraje, entablaron combate con fuerzas montadas niponas, dependientes del Manchukuo, que las expulsaron del lugar después de causarles numerosas bajas. Los mongoles, aliados de los soviéticos, no se arredraron y regresaron a la misma zona dos días después, con abundantes refuerzos. Al mismo tiempo, y según la versión rusa, los días 11 y 12 los japoneses habían atacado a los mongoles cerca de Nomonhan, utilizando incluso artillería ligera y algunos aviones. La situación se agravó y Stalin decidió contratacar con todo lo que tenía. Para dirigir ese contrataque designó a un hombre que, en años posteriores, se convertiría en una leyenda, siendo considerado por muchos historiadores militares el mejor general de la II Guerra Mundial: Gueorgi Zhúkov.

Los combates fueron de una dureza extraordinaria. Tanto, que incluso en Tokio empezó a cuestionarse aquella campaña. Los miembros menos fanatizados del Alto Mando del Ejército Imperial temían, con razón, que aquello degenerase en una guerra generalizada con la URSS, para la que no creían estar preparados. Informado Hiro-Hito, en principio apoyó a la línea dura del estamento militar, que apoyaba sin reservas la guerra total que deseaba el Ejército de Kwantung, que se oponía a cualquier clase de negociación. Por suerte, la minoría militar moderada consiguió, no sin enormes esfuerzos, hacer entrar en razón al emperador, que ordenó que se procurase evitar en lo posible la extensión de los combates a otras zonas, además de impartir instrucciones al embajador en Moscú para que intentase establecer negociaciones con vistas a un posible armisticio.

Pero Stalin, consciente de que sus fuerzas aventajaban a las niponas, instó a Zhúkov a derrotar a los japoneses, o, al menos, debilitarlos lo suficiente para que se avinieran a aceptar cualquier acuerdo de paz que se les ofreciese. Informado por su servicio de inteligencia de un plan nipón para atacar y destruir sus posiciones, Zhúkov se adelantó a los japoneses, lanzando una gran ofensiva precedida por un intensísimo bombardeo artillero y aéreo. Esto ocurría el 24 de agosto de 1939. La víspera, Molotov por la Unión Soviética y Ribbentrop por el Tercer Reich, habían firmado el Pacto de No Agresión Germano-Soviético, convirtiéndose Alemania y Rusia en aliados temporales. Dicho pacto contra natura provocó una enorme conmoción política y social en todo el mundo, pero en Tokio fue recibido como una traición de Hitler a Japón, pues en la práctica daba un vuelco a la situación estratégica. Ya no se podía contar con el respaldo diplomático alemán, que muchos en Tokio esperaban. La crisis política subsiguiente provocó la caída del gobierno del Primer Ministro Hiranuma Kiichiro, siendo sustituido por un nuevo gabinete, encabezado por Abe Nobuyuki, que se apresuró a buscar el modo de poner fin a las hostilidades con los soviéticos. A Hiro-Hito no le quedó otro remedio que aceptar la realidad. Pero en los frentes de batalla, los fanatizados generales japoneses seguían empeñados en resistir. Zhúkov ordenó arrasar al enemigo para acabar con aquello de una vez por todas. Las fuerzas niponas fueron totalmente destruidas. Los restos del Ejército japonés fueron perseguidos por los soviéticos hasta la frontera con Manchukuo.

El 9 y el 10 de septiembre, el embajador nipón en Moscú se reunió con el Comisario (ministro) de Exteriores ruso, Viacheslav Molotov. A pesar de haber sido vencido en toda línea, Japón se negó a aceptar las fronteras propuestas por los soviéticos. Propuso el alto el fuego, con el mantenimiento temporal de las posiciones militares, dejando para más adelante la cuestión de la delimitación fronteriza, propuesta que Stalin aceptó. El 16 de septiembre se decretó el alto el fuego. Casi un año después, el 9 de junio de 1940, se alcanzó un acuerdo fronterizo que satisfizo a ambas partes. El 13 de abril de 1941, Japón y la URSS firmaron un pacto de neutralidad.

Tras aquella cruenta guerra nunca declarada, los japoneses le cogieron un saludable respeto a la URSS, con la que a partir de entonces evitaron cualquier incidente. En teoría, una derrota de tal calibre debería haber servido de cura de humildad para Hiro-Hito y sus generales, pero no fue así. Ante la imposibilidad de extender su imperio a expensas de los territorios soviéticos, los nipones decidieron concentrar sus esfuerzos en el Pacífico, del que pretendían expulsar a europeos y estadounidenses. Los delirios de grandeza de Hiro-Hito y sus secuaces teñirían de sangre las aguas de aquel océano.

(Continuará).

© Antonio Quintana Carrandi (1.493 palabras) Créditos