La ley seca: Centenario de una ley absurda, 9
PRINCIPALES DETRACTORES, 1ª PARTE
por Antonio Quintana Carrandi
Al Smith
Al Smith

Al Smith (1873-1944). Político neoyorkino, miembro del ala progresista del partido Demócrata, fue quien con más determinación se opuso a la Volstead Act, lo que le haría blanco propiciatorio de una deleznable campaña denigratoria, orquestada por los grupos de presión favorables a la Ley Seca. Smith fue aborrecido por las élites políticas rurales, tanto republicanas como demócratas, porque representaba los nuevos valores de la pujante sociedad urbana, característicos de la revolución industrial y contrarios a los postulados puritanos de la América campesina.

Neoyorkino de pura cepa, había nacido en Oliver Street, en el Lower East Side de Manhattan. En su familia había sangre inglesa, irlandesa, alemana e italiana, pero desde muy joven se identificó con la comunidad irlandesa neoyorkina, siendo un devoto católico.

Al Smith tuvo que hacer frente a los avatares de la vida desde muy temprana edad. Tenía catorce años cuando su padre murió, viéndose obligado a dejar la escuela y ponerse a trabajar en el mercado de pescado de Fulton. No pudo por tanto cursar estudios de secundaria, ni mucho menos universitarios. Muchos años después, siendo gobernador del Estado de Nueva York, comentaría a la prensa que se había formado en las calles de la gran ciudad, conociendo de primera mano los problemas reales de las personas sencillas. Fue uno de los ejemplos más notables del hombre hecho a sí mismo, figura de tan profundas raíces en la sociedad estadounidense. Estaba orgulloso de sus orígenes humildes, se consideraba un hombre del pueblo y se erigió en defensor de los inmigrantes legales.

Su carrera política empezó en 1895, un lustro antes de contraer nupcias con Catherine A. Dunn, como funcionario en la oficina del Comisionado del Jurado. Su labor en dicha oficina no era muy destacada, pero su entrega y dedicación al trabajo llamarón la atención de algunos cargos del partido Demócrata, que le animaron a implicarse más en política. En 1903 se presentó como candidato a la Asamblea de Nueva York, resultando elegido. Enseguida demostró que no era otro politicastro al uso, que tan sólo se preocupaba por medrar en un cargo público. Cuando una fábrica se incendió, pereciendo más de un centenar de trabajadores en el siniestro, la Asamblea le designó como vice-presidente de la comisión que debía investigar las causas del desastre. Smith se implicó a fondo en el asunto, descubriendo que el accidente podría haberse evitado sólo con que el empresario hubiera aplicado unas mínimas normas de seguridad. Asqueado por aquello, encabezó una verdadera cruzada política para obligar a los propietarios de las fábricas a instalar sistemas de seguridad adecuados, que previnieran accidentes semejantes. En aquella época la mayoría de las instalaciones fabriles eran insalubres, pues los trabajadores se veían obligados a realizar sus funciones en naves abarrotadas y mal ventiladas. Por tanto, Smith exigió también que estas condiciones cambiasen, señalando que los empresarios deberían estar obligados por ley a proporcionar a sus empleados un ambiente de trabajo saludable. Incluso propuso una ambiciosa legislación correctiva, con fuertes multas, que debería aplicarse a quienes se empeñasen en seguir sometiendo a sus trabajadores a un estado de semi-esclavitud, con bajos salarios y jornadas interminables. Esto hizo que su popularidad aumentase entre las clases humildes, pero también le ganó la eterna inquina de los capitalistas más furibundos.

En unos años, se convirtió en el líder indiscutible del sector progresista del partido Demócrata neoyorkino, liderazgo que se acrecentó con su elección, en 1915, como Sheriff del condado de Nueva York. En 1918 se postuló a gobernador del Estado, resultando elegido y siendo el primer estadounidense de origen católico irlandés en alcanzar esa magistratura.

Una de las personalidades más influyentes por aquel entonces era William Randolph Hearst, magnate de la prensa amarilla y jefe de la facción populista del partido Demócrata. En principio, Smith trató de entenderse con Hearst, pero no tardó en descubrir la clase de individuo que era, y como no estaba dispuesto a dejarse manipular, procuró distanciarse de él. Hearst, acostumbrado a manejar a los políticos como si fueran marionetas, encajó mal que Smith se escapara a su control, de modo que empezó a atacarlo en sus periódicos. Llegó a acusarle de condenar a los niños neoyorkinos al hambre, por no abaratar el precio de la leche. La maniobra del siniestro Hearst tuvo cierto éxito, contribuyendo a que Smith fuese derrotado al presentarse a la reelección en 1920. No obstante, volvería a ser gobernador del estado durante los periodos 1922-1924 y 1924-1926. Debe tenerse en cuenta que en aquel tiempo, desde 1894, el mandato de un gobernador del estado de Nueva York tenía una duración de dos años. Posteriormente, en 1938, se establecería en cuatro años.

Considerado uno de los mejores gobernadores del estado de Nueva York durante el siglo XX, Smith impulsó medidas legales que favorecían a los obreros, consiguió que se aprobaran pensiones y subsidios para las mujeres que trabajaban fuera del hogar y mejoró notablemente las condiciones del trabajo infantil, que algunos sectores de la sociedad empezaban a percibir como una lacra. En la Convención Demócrata de 1924 se postuló como candidato a la nominación para las elecciones presidenciales, que no obtuvo. Sin embargo, cuatro años después se alzó con esa nominación, siendo el primer candidato a la presidencia de Estados Unidos que profesaba la fe católica.

Las presidenciales de 1928 fueron, sin duda, las elecciones más sucias de la historia americana, porque ni antes ni después fue acosado un candidato a presidente como Al Smith. La mayoría de las encuestas de la época daban como favorito a Herbert Hoover, pues la extraordinaria bonanza económica que disfrutaba el país se atribuía al buen hacer de las administraciones republicanas. Hoover, Secretario de Comercio con la administración saliente de Calvin Coolidge, que rechazó presentarse a la reelección, era un ferviente partidario de la Volstead Act y contaba con el respaldo de la América rural, puritana, protestante y defensora acérrima de la templanza. Smith, por su parte, no había dejado pasar ninguna oportunidad de expresar abiertamente su opinión sobre la Decimoctava Enmienda. Sostenía que su aprobación había sido el mayor error de la reciente historia americana, pues había facilitado el incremento exponencial del gangsterismo, dando a los criminales una oportunidad de oro para enriquecerse corrompiendo a la sociedad, además de haber hecho de USA una nación de hipócritas, porque sólo tres de cada diez estadounidenses la respetaba.

La ASL encabezó, orgullosa, la operación de acoso y derribo de Smith, con el auxilio de la WCTU y todo aquel que se consideraba a sí mismo auténtico americano, eufemismo que definía a individuos tan reaccionarios como Morris Sheppard, el obispo James Cannon, el reverendo Bob Jones y otros de idéntica ralea. En la tarea de hundir a Smith en el fango participó con entusiasmo Mabel WalkerWillebrandt, que animó a las mujeres americanas a devolverle al arrabal neoyorkino de donde procedía. Muchos demócratas del Sur, a pesar de que Smith era el candidato de su partido, hicieron campaña en su contra, pues Al nunca se había mordido la lengua, definiendo al Ku Klux Klan, que tenía una enorme implantación en los estados sureños y que había sido fundado por demócratas radicales, como criminal y antiamericano.

Aquella ola de insultos y descalificaciones confundió a Smith, que en varias ocasiones confesaría sentirse superado por todo aquello. Dijo que sus detractores estaban en su derecho de expresar opiniones contrarias a la suya, pero que con sus difamaciones estaban dejando por los suelos la democracia estadounidense. Le dolía, sobre todo, la mofa, befa y escarnio que se hacía de su condición de creyente católico, uno de los ejes sobre los que pivotó la campaña en su contra. Si un ciudadano me considera adecuado para presidir el país, y no vota por mí sólo porque soy católico, no merece ser considerado un verdadero estadounidense, declaró. Su relación con el Tammany Hall neoyorkino, de cuya corrupción se sospechaba, tampoco le benefició en aquellas elecciones, aunque jamás pudo probarse que hubiera participado de las corruptelas que se le atribuían a esa organización. La presión mediática sobre su persona se reflejó en los resultados de aquellas elecciones. Smith consiguió 15.015.464 sufragios directos, que equivalían a 87 votos electorales. Hoover obtuvo 21.427.123 sufragios directos y 446 votos electorales. Poco después, Smith, entristecido y asqueado, anunció que había tenido suficiente y se retiraba de la política.

Herbert Hoover, trigésimo primer presidente de los Estados Unidos, no tardaría en alcanzar el dudoso honor de ser el mandatario más impopular, hasta entonces, de la historia estadounidense. Ingeniero de minas, había sido designado para la Secretaría de Comercio por Warren G. Hardin. Al fallecer éste y ocupar su cargo el hasta entonces vicepresidente Calvin Coolidge, decidió mantener a Hoover en su puesto, pues su gestión había sido hasta aquel momento más que notable. Era muy apreciado en círculos empresariales, y eso, sumado a su decidida defensa de los intereses de la comunidad blanca y protestante, había animado al partido Republicano a presentarle como candidato a la presidencia, tras la renuncia de Coolidge. Pero si como Secretario de Comercio se desempeñó a la perfección, como presidente fue poco más que una nulidad. La prosperidad económica heredada de sus predecesores se vino abajo con la quiebra bursátil de octubre de 1929, que originó el periodo conocido como Gran Depresión. Gran parte de la economía se hundió, provocando un aumento increíble del paro y el consiguiente empobrecimiento de la población.

Hoove r trató de combatir la situación, pero, a pesar de que intentó desarrollar ambiciosos proyectos de obras públicas para proporcionar trabajo a los parados, como la presa que lleva su nombre, sus iniciativas en ese sentido se vieron lastradas por su negativa a reconocer la gravedad de la Depresión, considerándola como una crisis pasajera que se solucionaría por sí sola. El último clavo de su ataúd político fue su decisión de incrementar el impuesto sobre la renta de un 25 por ciento a un 63 por ciento. No obstante, ya que nadie de su partido se atrevía a presentarse a las presidenciales de 1932, en vista de cómo estaba la economía y la caída brutal de popularidad de los republicanos, se postuló a la reelección. Su campaña fue penosa, porque allí donde llegaba para protagonizar un acto electoral, era recibido por muchedumbres que le abucheaban y le culpaban, no sin cierto grado de razón, de la situación por la que atravesaba el país. Los millones de personas que habían perdido sus trabajos e incluso sus hogares le aborrecían. Un grupo de desempleados levantó, en pleno Central Park neoyorkino, un poblado de tiendas de campaña bautizado como Hooverville, primero de una pléyade de asentamientos chabolistas que, con idéntico nombre, cubrirían los parques y zonas verdes de las principales ciudades de USA. Hoover suscitó también la animadversión de la prensa, incluso de algunos importantes diarios de tendencia republicana. Todo esto se concretó en su aplastante derrota frente a un pletórico Franklin Delano Roosevelt, que no tardaría en derogar la estúpida Volstead Act, que el presidente saliente había defendido con férrea convicción digna de mejor causa.

Mientras tanto, Al Smith, alejado de la política, seguía trabajando por su amada Nueva York. Tras la desastrosa campaña electoral de 1928, se convirtió en presidente de la Empire State Inc., la corporación que construiría el Empire State, que con sus 102 pisos y sus 444´5 metros de altura sería, durante mucho tiempo, el edificio más alto del mundo. Cuando la infame Ley Seca fue derogada, recibió un cálido homenaje de los neoyorkinos y el obsequio de una caja de botellas de dorada, espumeante y refrescante cerveza.

Falleció el 4 de octubre de 1944, a los 70 años de edad, de un infarto agudo de miocardio provocado, según sus amigos, por la tristeza, el dolor y la profunda depresión que le había causado la muerte de su esposa unos meses atrás. No pudo ver, como habría sido su deseo, la victoria estadounidense en la II Guerra Mundial. Con él desaparecía una de las figuras políticas más importantes e injustamente tratadas de la historia americana.

(Continuará).


Notas

. Organización demócrata que controlaba la política en la ciudad de Nueva York. Durante ochenta años, de 1854 a 1934, ejerció una enorme influencia en La Gran Manzana, controlando férreamente las designaciones de demócratas neoyorkinos para la alcaldía de la ciudad, el Congreso, el gobierno del estado o la presidencia de la nación. Existía desde 1789, así que era casi tan antiguo como los Estados Unidos. A partir de 1845, con la masiva llegada de inmigrantes irlandeses que huían de la espantosa hambruna provocada por una plaga que azotó las cosechas de patatas, su poder se acrecentó. De hecho, la base electoral del Tammany Hall estaba formada principalmente por inmigrantes, en cuya defensa se erigió. Pronto los irlandeses dominaron la organización, pues era una comunidad muy unida, con acusada tendencia a la política. Por desgracia, los irlandeses también se mostraron tendentes al empleo de la violencia para controlar los procesos electorales, lo que, sumado a otras causas diversas, acabaría por corromper el Tammany Hall. En realidad, la compra de votos por su parte era una práctica habitual, pues sus líderes no tenían reparos en cambiar sufragios por dinero, o en la mayoría de las ocasiones por comida, ya que los inmigrantes pasaban por toda clase de penurias y tenían que sobrevivir como fuera. La corrupción del Tammany Hall llegó a ser tan evidente, que muchos líderes demócratas, entre ellos el futuro presidente F. D. Roosevelt, se posicionaron en su contra. Cada vez más debilitado, el Tammany Hall fue perdiendo paulatinamente su influencia y poder de antaño. John Fitzgerald Kennedy, demócrata y el primer presidente católico irlandés de USA, acabaría por privarle de todas sus prerrogativas. Desapareció en 1967, siendo su último presidente J. Raymond Jones. Curiosamente, su sede de entonces alberga hoy la Academia de Cinematografía de la ciudad de Nueva York. (N del A).

. Muchas décadas después y en el Viejo Continente, el presidente español José Luis Rodríguez Zapatero emuló a Herbert Hoover negando por activa y por pasiva la crisis económica que tenía delante de las narices, llegando incluso a calificar de antipatriotas a los que se referían a ella. Luego, cuando la realidad le superó insistió, como Hoover, en definirla como una convulsión pasajera, que se arreglaría por sí sola. La historia siempre se repite, por desgracia. (N del A).

© Antonio Quintana Carrandi (2.387 palabras) Créditos