La ley seca: Centenario de una ley absurda, 8
LA UNIÓN SICILIANA
por Antonio Quintana Carrandi
John Stege
John Stege

Una de las aspiraciones más ambiciosas de Capone era hacerse con el control de la Unión Siciliana. En principio, esta organización, fundada en Nueva York en 1885, no estaba implicada en actos criminales. Había sido creada por inmigrantes sicilianos para ofrecer apoyo, solidaridad y ayuda a quien lo necesitara, con la única condición de que fuera originario de Sicilia, pues el resto de los italianos no tenía cabida en ella. La organización tenía su sede en Nueva York y varias sucursales en las principales ciudades del Este y el Medio Oeste. La de Chicago era la segunda en importancia, tras la de la Gran Manzana. Durante bastante tiempo la Unión operó en la clandestinidad, ya que el gobierno estadounidense, abrumado con los problemas que daban los sindicatos legales, se negó a darle reconocimiento oficial.

Lo primero que hacía un siciliano al llegar a Estados Unidos, generalmente por Nueva York, era inscribirse gratuitamente en la Unión Siciliana, que se ocupaba de buscarle trabajo. Ya colocado, el inmigrante contribuía con una pequeña cantidad de dinero al sostenimiento de la Unión. Ésta disponía de un fondo para garantizar, a toda persona que lo deseara, el regreso a Italia después de muerto, para que pudiera ser enterrado en su tierra. Pero además, la Unión tenía agentes en Sicilia, que ayudaban a sus paisanos a viajar a América, arreglándoles todos los papeles. Cuando esto no era posible, por las razones que fueran, los introducían en USA clandestinamente, y una vez allí, la Unión les ayudaba a regularizar su situación. Como entre los sicilianos emigrados abundaban los maestros, sacerdotes y médicos, la Unión se ocupaba de emplearlos para organizar escuelas nocturnas y ofrecer a los necesitados una asistencia sanitaria básica. Venía a ser como una Mutua, donde los inmigrantes procedentes de Sicilia podían encontrar un resguardo y un apoyo.

Pero esta organización, tan modélica y solidaria, fue corrompida por un puñado de mafiosos que se introdujeron en ella. La Unión había cometido miles de pequeñas ilegalidades, siempre con la intención de hacer un poco más soportable la dura existencia en América de los inmigrantes sicilianos. Pero cuando la Mafia copó sus puestos directivos, se convirtió en un Sindicato del Crimen, dedicado a la delincuencia. A partir de entonces, la Unión explotó inmisericordemente a los que llegaban de la madre patria con una mano delante y otra detrás. Continuó prestando algunos servicios a la comunidad siciliana, pero se los cobraba en forma de ciertos favores de naturaleza ilegal, cuando no abiertamente criminal. Como es obvio, hubo inmigrantes que se negaron a plegarse a los designios de la Unión, pero eran vilipendiados por sus paisanos, tachados de traidores y presionados para que se unieran al gran sindicato siciliano.

Una de las prácticas criminales más extendidas, que todavía existe y no sólo en Estados Unidos, fue la del racket, vista en innumerables títulos del cine de gángsters. El racket no era más que extorsión pura y dura. Consistía en ofrecer a los comerciantes un seguro. Éstos, como es natural, contestaban que no necesitaban ningún seguro, o que ya tenían uno. Entonces el corredor de seguros, por llamarle de alguna manera, replicaba que lo que él ofrecía era mucho más seguro, pasando a enumerar las desgracias a las que se exponía el comerciante si insistía en su negativa. El racket surgió en los años de la Prohibición, siendo una de las innovaciones que introdujo la Unión Siciliana en el mundo criminal. Según estimaciones del FBI, durante los años 20 y 30 el ochenta por ciento de los negocios de Nueva York y todos los de Chicago estaban sometidos a este tipo de extorsión. Solo el contrabando de licor, la prostitución y el juego fueron más rentables para la Mafia que el racket.

Capone, además de su deseo de controlar todas las facetas del crimen en Chicago, odiaba a los sicilianos, según algunos historiadores porque el hombre que le rajó la cara fue un tal Frank Galluci, natural de Sicilia. Además, como heredero de Torrio, había heredado también los problemas de éste con la Unión.

Torrio era siciliano, pero fue uno de los pocos que consiguieron mantenerse al margen de esa organización. A Johnny no le gustaba la rígida jerarquización que comenzó a caracterizar a la Unión Siciliana cuando la Mafia se apoderó de ella. En cierto modo, era un individualista nato, que prefirió montar su propio negocio a trabajar para otros. Curiosamente, en la Unión sentían respeto por Torrio, lo que explica que le dejaran en paz. Con la Prohibición en marcha y la fiebre por el alcohol de contrabando, la Unión se avino a proponerle un acuerdo a Johnny. Éste necesitaba azúcar para sus destilerías, así que Mike Merlo, jefe de la organización siciliana, le propuso que se lo comprara a los hermanos Genna y a los también hermanos Ajello, miembros de la Unión, que se comprometía formalmente a no interferir en sus operaciones de contrabando de licor. Durante un tiempo las cosas fueron bien, pero empezaron a torcerse cuando Merlo falleció víctima de un ataque cardiaco. Torrio no sabía lo que iba a pasar, quién o quiénes iban a controlar la Unión muerto Merlo, pero no tuvo tiempo de hacer nada, pues al poco tiempo sufrió el atentado que le llevó a jubilarse anticipadamente, dejando a Scarface al frente de los negocios. No obstante, como no se conoce la fecha exacta en que Torrio abandonó la organización, hay un periodo de aproximadamente un año durante el que no está claro cuáles de las acciones emprendidas por ésta fueron ordenadas por él o por Capone.

Los hermanos Genna decidieron ampliar sus horizontes y dedicarse ellos mismos al contrabando de alcohol. Como no querían problemas con Capone, procuraron mantenerse apartados de los dominios de Torrio, que ahora eran los de Scarface. Los Genna creían que Capone seguiría la política diplomática de su mentor, pero estaban muy equivocados. A Caracortada no le hizo ninguna gracia que pretendieran meterse en el negocio del licor, pero de momento no dio rienda suelta a su brutalidad habitual. La clave de todo era la Unión, y el principal objetivo del napolitano era controlarla. Tras la muerte de Merlo, se había desatado una sorda pugna para sucederle. Capone propuso como candidato a Sam Amatua, con el que tenía amistad, pero éste fue asesinado. Al sabía que los asesinos habían sido sicarios de la propia Unión, pero en vez de reaccionar violentamente, propuso un nuevo candidato a la dirección: Tony Lombardo. Los hermanos Genna, sicilianos que no querían que la Unión cayera bajo el control de un napolitano, contraatacaron promoviendo la candidatura de Joe Ajello, que contaba también con el apoyo de uno de los grandes capos de la Mafia neoyorkina, Frank Uale. Capone, consciente de que estaba en juego el control de los negocios ilegales en Chicago, decidió que había llegado el momento de actuar con contundencia.

La guerra abierta por el control de la Unión Siciliana comenzó el 23 de mayo de 1925, cuando a Ángelo Genna le acribillaron desde un coche en marcha. El atentado fue obra de Scarface, pero éste se las arregló para sembrar la duda, haciendo correr el rumor de que Ángelo había sido asesinado por gángsters irlandeses, molestos porque se había metido en su territorio. Muy pronto le tocó el turno a Mike Genna, que sucumbió en un enfrentamiento con la policía. Sus guardaespaldas le abandonaron, dejándole solo ante un puñado de agentes comprados por Capone, verdaderos sicarios de uniforme que dieron buena cuenta de él. Pero al contrario que su hermano, Mike se defendió como gato panza arriba con un par de Colts semiautomáticos, y aunque al final murió al ser alcanzado en la cabeza por dos balas, logró matar a dos de sus atacantes y herir a un tercero.

Quedaban tres hermanos, Jim, Pete y Antonio o Tony, el más joven. Este último fue atraído a una emboscada, se supone que por una mujer, donde le clavaron dos balazos en la nuca. Jim y Pete, convencidos de que los siguientes serían ellos, recogieron todo el dinero que pudieron y huyeron de Chicago.

Los irlandeses estaban considerablemente debilitados, pero no vencidos, así que la pugna con ellos continuaba. Uno de sus episodios más violentos fue el atentado que Scarface había sufrido algún tiempo atrás en el hotel Lexington, donde había instalado su cuartel general. Existen varias versiones sobre lo ocurrido, pues la prensa de la época embelleció los hechos para hacerlos más espectaculares. Según parece, Weiss y Bugs Moran, con el refuerzo de dos pistoleros, consiguieron introducirse de algún modo en el vestíbulo del hotel, disfrazados y sin llamar la atención de los guardaespaldas de Al. De alguna manera, tal vez por una delación, sabían exactamente a qué hora iba a salir Scarface del Lexington y cuál de los ascensores emplearía. Cuando la cabina del ascensor se detuvo en el vestíbulo, y antes de que se abrieran las puertas, Moran, Weiss y los demás sacaron dos pistolas semiautomáticas cada uno, y mientras los anónimos pistoleros se ocupaban de los hombres de Al que estaban en el hall, los gángsters irlandeses acribillaron el elevador. Creyeron que habían logrado su objetivo y prorrumpieron en gritos de triunfo. Entonces se abrió la puerta del ascensor, en cuyo interior había una mujer gravemente herida. Weiss y Moran se desconcertaron durante unos segundos, aprovechados por Capone, que, tendido de bruces en el piso de la cabina, abrió fuego contra ellos con una escopeta recortada. Moran y Weiss lograron recular a tiempo y evitar la devastadora descarga. Ellos y sus ayudantes huyeron a la carrera del hotel, perseguidos por la gente del napolitano. El tiroteo prosiguió en la calle, donde se vieron implicados dos agentes de policía y algunos transeúntes. Hubo varios heridos pero no muertos. Los irlandeses consiguieron hacerse con un coche y huir. Mientras tanto, Capone se ocupaba de atender a la chica que le acompañaba. Es justo reconocer que Caracortada se preocupó de proporcionar a la joven la mejor atención posible, porque en vez de esperar una ambulancia, la llevó en su limusina Packard a una de las mejores clínicas privadas de Chicago, que dependía de la Unión Siciliana, y no se apartó de su lado hasta que los médicos le aseguraron que se salvaría. La chica, Sarah Ribbon, una prostituta de 22 años, tenía una aparatosa herida de bala en el tórax y una conmoción cerebral, causada por el golpe que se dio al caer.

Este atentado enfureció a Scarface, que no tardaría en vengarse eliminando a Weiss, como ya he narrado en una entrega anterior. Sin embargo, existen todavía hoy muchos interrogantes en torno a este episodio. Por ejemplo, en su momento se dijo que Weiss y Moran se habían acercado al Lexington con varios hombres, así que no está claro por qué sólo ellos y otros dos entraron en el hotel. En cuanto a cómo supo Capone lo que se le venía encima, hoy se cree que los sicarios de Moran y Weiss se precipitaron al disparar contra los hombres de Al. Éste habría oído las detonaciones desde el ascensor, y, previendo la acción de sus enemigos, se había arrojado al suelo. Pero ¿por qué llevaba una escopeta recortada, cuando lo habitual era que portase, como mucho, dos pistolas, una del 45 y otra del 32? Años después, un historiador especializado en el Crimen Organizado apuntó la posibilidad de que Sarah Ribbon, al llegar al Lexington, hubiera reconocido a Weiss como uno de sus clientes, advirtiendo a Capone del detalle. Pero, de ser así, ¿por qué éste arriesgó la vida de la muchacha, si después mostró tanta preocupación por ella? Posiblemente nunca podrán desvelarse éste y otros detalles del incidente, ya que Scarface se ocupó de que no quedase constancia del mismo en los archivos policiales.

Tras la ejecución de Weiss frente a la catedral del Santo Nombre, la opinión pública empezó a criticar con dureza a las autoridades, que parecían incapaces de imponerse a los gángsters. Esto fue determinante para que se intentara reforzar el Departamento de Policía de Chicago con nuevos agentes supuestamente incorruptibles. El FBI, que ya disponía de una sección dedicada a la lucha contra el Crimen Organizado, reforzó su plantilla en la Ciudad del Viento con una veintena de agentes especializados. Pero lo más importante fue el nombramiento del capitán John Stege como jefe del grupo especial de la policía para combatir el gangsterismo.

Stege tenía 50 años y fama de íntegro y duro. Partidario de acciones contundentes contra los criminales, tenía como colaborador principal al miembro de la Fiscalía William H. McSwiggin, cuyo padre era sargento de policía. Ambos, padre e hijo, gozaban de respeto y prestigio en la comunidad, pues se pensaba eran de los pocos funcionarios inmunes a la corrupción que quedaban en Chicago.

Will McSwiggin había asumido su puesto con toda una declaración de intenciones, pues su primer acto oficial fue enjuiciar a dos miembros de la banda de Capone, Anselmi y Scalise, que habían asesinado a dos policías que se negaron a aceptar un soborno. Los gángsters fueron absueltos por falta de pruebas, pero eso, al parecer, no hizo más que reforzar la decisión de McSwiggin de luchar contra el crimen con todas sus fuerzas. Asociado con Stege, trazó una línea de acción cuyo eje principal eran los confidentes, de los que el fiscal y el policía pretendían sacar la mayor información posible. No hay que ser ningún experto en investigación policial para saber que, en contra de lo que la mayoría de la gente cree, los soplones no son las personas más fiables a la hora de obtener informes plausibles, porque se trata, en el mejor de los casos, de traidores profesionales capaces de vender a sus madres por veinte dólares. Pero en aquel momento, con la corrupción extendida por todo Chicago, eran la única posibilidad que tenían McSwiggin y Stege de frenar a las bandas mafiosas.

Los gángster s, alarmados ante la determinación mostrada por los dos representantes de la Ley, contraatacaron con fuerza. Una noche hubo un aluvión de llamadas falsas a la policía, denunciando supuestos tiroteos en distintos puntos de la ciudad. El caos fue absoluto porque, desplazadas las patrullas policiales a aquellos lugares, se encontraban con que no se había producido ningún enfrentamiento armado entre bandas rivales. Esta situación se repitió durante varias noches más, a las que siguió un periodo de calma absoluta. El capitán Stege, buen conocedor de la peculiar forma de actuar de los gángsters, empezó a temer que algo terrible estuviera a punto de ocurrir.

No se equivocó. Una madrugada, estando todavía en la Jefatura, la dotación de un coche patrulla le informó que había encontrado, en la periferia de la ciudad, un cadáver horriblemente desfigurado. Stege ordenó que se pusiera al tanto a McSwiggin, para que se reuniera con él en el lugar de los hechos. El capitán, acompañado de media docena de agentes de su confianza y del forense del distrito, se personó en el escenario del crimen, descubriendo consternado que la víctima era el mismísimo William H. McSwiggin. Tras un primer examen, el forense confirmó que había recibido una paliza brutal, siendo ejecutado posteriormente de un tiro en la nuca. Más tarde, a eso de las siete de la mañana, otra patrulla policial informó haber encontrado, no muy lejos del lugar donde fue hallado McSwiggin, un Ford Lincoln negro con dos cadáveres en su interior. El auto había sido incendiado, seguramente para destruir pistas. De todos modos, el informe forense determinó que los dos ocupantes habían muerto de sendos disparos en la cabeza. Pero lo más revelador fue que se hallaron tres tipos distintos de sangre en el coche. El tercero de ellos coincidía con el de McSwiggin. Los muertos fueron identificados como James Doherty y Red Duffy, dos matones irlandeses que habían trabajado para los hermanos O´Donnell, antes de que éstos fuesen masacrados.

Stege llevó personalmente las investigaciones. Por la matrícula del vehículo, que era auténtica, supo que el coche pertenecía a una agencia de alquiler. El propietario de dicha agencia fue interrogado, admitiendo que ese automóvil en concreto había sido alquilado por tres hombres, Doherty y Duffy, a los que conocía muy bien de otras veces, y un tipo muy elegante, al que le pareció reconocer como uno de esos picapleitos famosos que salen en los periódicos.

Poco después, Stege descubrió que McSwiggin conocía a Duffy y Doherty desde la infancia, pues los tres se habían criado en el mismo barrio, aunque luego tomaran caminos muy diferentes. Stege acabó concluyendo que, posiblemente, McSwiggin había contactado con los dos irlandeses como parte de un plan para acabar con la Mafia de Chicago, que era lo mismo que decir con Capone. Stege creía que McSwiggin, consciente de que Duffy y Doherty ansiaban vengarse del napolitano, los había convencido para que le ayudaran. Seguramente, se dirigían a una cita con algún confidente, cuando fueron interceptados por no menos de tres o cuatro hombres, que asesinaron a los irlandeses, quemaron el coche de alquiler y se llevaron al fiscal unos kilómetros más al norte, donde le apalearon brutalmente, con una llave inglesa o herramienta similar según el informe forense, para luego ejecutarlo.

El de William H. McSwiggin fue el primer asesinato cometido por los gángsters que realmente indignó a la opinión pública de Chicago. La prensa dedicó multitud de artículos a glosar la figura de un recto padre de familia, natural de un barrio humilde, hijo de un honesto sargento de policía, que, tras licenciarse en Derecho con las mejores calificaciones, había consagrado su vida a luchar contra el crimen. Por primera vez, los periodistas se atrevieron a sugerir que quizás Capone tuviera algo que ver con el salvaje asesinato, porque... ¿A quién podía estar molestando McSwiggin con sus indagaciones si no? Stege opinaba lo mismo, así que, sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, decidió jugar una carta muy arriesgada y ordenó que le trajeran a Capone para interrogarlo. El resultado del interrogatorio dejó a Stege desolado, ya que Capone admitió que conocía a McSwiggin personalmente y desde hacía mucho tiempo, insistiendo en que eran buenos amigos, pues Will suele frecuentar uno de mis locales. Incluso reconoció que McSwiggin le había asesorado con frecuencia en cuestiones legales.

Stege empezó a temerse lo peor. Quizás, después de todo, William H. McSwiggin no había sido tan honrado como se creía. El capitán no quería creer aquello, pero era un investigador concienzudo, así que hizo de tripas corazón y siguió adelante con sus pesquisas.

Sus indagaciones fueron dando resultados. Averiguó que la noche del triple asesinato, y siguiendo su costumbre, Al había cenado en uno de los reservados de un local de su propiedad. Por un confidente, Stege supo que aquella noche, mientras cenaba, uno de sus hombres de confianza se había acercado a Capone, susurrándole algo al oído. Inmediatamente, el gángster había dejado de comer y, tras excusarse con sus invitados, había abandonado la sala. Eran aproximadamente las doce y diez de la noche. Según el forense, McSwiggin había sido asesinado entre la una y las dos de la madrugada. Cuando uno de los policías de paisano, que vigilaban constantemente el Lexington, declaró que aquella noche Capone había regresado al hotel a las dos en punto de la madrugada, las sospechas de Stege sobre la implicación del napolitano en el asesinato de McSwiggin se afianzaron.

Un chivato le contó a Stege que el fiscal cenaba cada quince días en un restaurante propiedad de Al Capone, aunque registrado a otro nombre. El mismo soplón juró que McSwiggin cenaba solo, pero que después entraba en uno de los reservados para entrevistarse con alguien, presumiblemente con Scarface. En base a lo que había ido descubriendo, Stege formuló una hipótesis sobre lo que había ocurrido. Creía que McSwiggin había aceptado sobornos de Capone, lo que explicaría que visitara con tanta frecuencia uno de sus locales. Luego, por alguna razón, el fiscal había entrado en tratos con Doherty y Duffy, enemigos declarados de Caracortada, empezando a operar como una especie de agente doble. Pero algo había levantado las sospechas de Capone, que seguramente había ordenado someter a McSwiggin a vigilancia, descubriendo así su relación con los irlandeses y decidiendo eliminarlo. Stege sabía que lo que más valoraba Capone era la lealtad, de modo que estaba convencido de que Scarface había intervenido personalmente en el apaleamiento y la ejecución de aquel traidor.

Capone fue citado para declarar por segunda vez. Mientras el gángster respondía a las preguntas de Stege, un grupo de policías, escogidos por el capitán personalmente entre los más íntegros del cuerpo, interrogó a los empleados del restaurante en el que había cenado Capone la noche del crimen, procediendo tan bien a un minucioso registro del local. Mientras tanto, Stege informaba a Caracortada que quedaba arrestado, bajo la acusación de triple homicidio.

Pero el cargo no prosperó, porque de los interrogatorios no se sacó nada en claro. En cuanto al registro, tan sólo se hallaron un par de botellas de coñac, que, como mucho, podrían servir para encerrar algún tiempo al propietario oficial del restaurante, acusado de posesión y venta de alcohol. Al Capone salió libre al día siguiente, tras pagar una moderada suma en concepto de fianza. La prensa, que no se atrevía a atacar a Capone directamente, la emprendió contra la policía, que había demostrado una vez más su incapacidad para luchar contra la Mafia.

Scarface volvió a sus quehaceres, centrándose en el asunto de la Unión Siciliana. Creía que al menos la sucursal de Chicago debía estar bajo su control, ya que él era el amo indiscutible de la ciudad. Al parecer, ni siquiera le preocupaba que se hubiera ganado a pulso el odio de la mayor parte de la población siciliana de la urbe, tal era su prepotencia. No obstante, era lo bastante astuto para no arriesgarse a erigirse en jefe de la Unión, pues sabía que eso le granjearía muchos problemas con los hijos de Sicilia. Muerto Amatua, su candidato para presidir la Unión era, como hemos dicho anteriormente, Tony Lombardo. Culto y hábil, Lombardo provenía de los ghettos sicilianos, pero, al contrario que la gran mayoría de sus paisanos, parecía mantenerse al margen del submundo de la criminalidad. De hecho, se le consideraba un ciudadano respetable y tenía fama de filántropo. Lo que la gente ignoraba es que, tras esa fachada de supuesta honorabilidad, se ocultaba el principal consejero de Capone. Lombardo era un gángster de guante blanco, uno de esos individuos que rara vez se manchan las manos de sangre, pero que están detrás de muchos crímenes abyectos.

Lombardo tenía que competir con Joe Ajello, que, como hemos visto, contaba con el apoyo de Frank Yale Uale. Uale había sido uno de los lugartenientes de Johnny Torrio, en los tiempos heroicos en que éste dirigía la Banda de los Cinco Puntos en Nueva York. Uale había acompañado a Torrio a Chicago, encargándose de ayudar a Jim Colosimo en la mejora de su infraestructura criminal para el tráfico de alcohol ilegal. Cuando Torrio se estableció en Chicago junto a Capone, Uale se quedó al frente de las operaciones en la Gran Manzana. Viendo el desmesurado interés de Torrio por los asuntos de Chicago, Uale aprovechó la coyuntura para ir desvinculándose, poco a poco, de la organización de Johnny, creando la suya propia. Como era siciliano, se las arregló para fusionar su flamante organización criminal con la Unión Siciliana, alcanzando así un enorme poder. De todas formas, consiguió independizarse sólo porque Torrio se lo permitió. Las cosas marchaban tan bien en la Ciudad del Viento, el dinero fluía de tal forma a sus manos, que Johnny se desentendió de sus antiguos negocios neoyorkinos. En cierto modo, todo parece indicar que no veía mal que Uale hubiera tomado las riendas de los negocios ilícitos en la ciudad de los rascacielos.

Se cree que Frank Uale era el único amigo siciliano de Al Capone, aparte de Torrio, y parece que se llevaban bastante bien. Ambos habían formado parte de la Five Points Gang, e incluso se dice que Uale había estado presente en la pelea en la que Capone resultó marcado en el rostro. Pero en la Mafia las amistades no duran mucho. Uale se consideraba el dueño de la Unión, así que exigió a Capone que retirase de inmediato la candidatura de Tony Lombardo a la dirección del sindicato siciliano. Le exigía, además, que acatara las decisiones de la Familia neoyorkina; es decir, las suyas propias. Pagaría muy cara su chulería. Hombres de Scarface le acribillaron a balazos cuando caminaba por el Rockefeller Center neoyorkino. Con él cayeron dos de sus guardaespaldas.

Muerto su principal valedor, Ajello, sabiéndose desprotegido, se apresuró a retirar su candidatura a la presidencia de la Unión. Un mes más tarde, Tony Lombardo fue elegido presidente de la misma.

Lombardo, siguiendo instrucciones de Capone, cambió el nombre de la organización, que pasaría a llamarse I. A. N. U. (Italo-American National Union), separándola de la organización matriz, que tenía su cuartel general en Nueva York. Luego creó un banco para administrar los fondos de la Unión, pero también para facilitarle a Caracortada las operaciones de blanqueo del dinero procedente de sus múltiples actividades criminales.

Pero Lombardo cometió un error de bulto. Pensó que podría desagraviar al ambicioso Ajello, y ganarle para la causa de Capone, ofreciéndole un puesto bien remunerado, así que le puso al frente del nuevo banco. Durante un tiempo las cosas parecieron ir bien, pero el resentimiento de Ajello, que no se resignaba a ser un segundón cuando tan cerca había estado de dirigir la Unión, iba en aumento. Lombardo, obedeciendo órdenes de Capone, abrió el sindicato a todos los italianos, derogando la cláusula que restringía el acceso al mismo sólo a los que hubieran nacido en Sicilia. Los elementos más veteranos y reaccionarios de la I. A. N. U. se enfurecieron, haciendo causa común con Ajello. Éste, crecido ante el repentino apoyo recibido, decidió enfrentarse a Capone y acabar con él. Entre 1927 y 1928, Scarface sufrió al menos cinco atentados contra su vida, de los que salió ileso pero a costa de perder varios hombres. La situación era tan peligrosa, que Al se hizo confeccionar un corsé de malla de acero, especie de chaleco antibalas de la época, y adquirió un nuevo automóvil especial, cuyo blindaje no tenía nada que envidiar al empleado en los coches de los jefes de Estado de entonces.

Ajello comenzó a tomar muchas precauciones, y mientras buscaba la oportunidad para eliminarle, Capone optó por dejarle sin sus principal fuente de ingresos legales, una fábrica de dulces y galletas típicos de Sicilia, que fue volada hasta los cimientos. Entonces Ajello, prudentemente, decidió abandonar por un tiempo Chicago, con la excusa de buscar fondos para levantar una nueva fábrica. Esto era cierto en parte, pero su objetivo principal era vengarse de Caracortada. Sus intentos para matarle habían fallado, así que Ajello centró su punto de mira en Tony Lombardo, al que odiaba casi tanto como al napolitano. El 7 de septiembre de 1928, Lombardo salió de casa y fue a comprar el periódico, como era su costumbre, antes de dirigirse a su despacho en la I. A. N. U. Le acompañaban dos guardaespaldas proporcionados por Capone. Caminaba por la acera, cuando un coche se arrimó al bordillo y desde su interior tableteó una Thompson. Lombardo y uno de sus guardaespaldas se desplomaron cosidos a balazos. El otro matón salió ileso de la emboscada, siendo encontrado por la policía refugiado en un portal, con una Colt 45 semiautomática vacía en la mano. Este hombre, Joe Lolardo, declaró que al empezar el tiroteo había corrido a refugiarse en ese portal, abriendo fuego desde allí contra el coche de los atacantes hasta que vacío el cargador. Al principio, la policía sospecho que estaba implicado en el atentado, pero pronto quedó claro que no había tenido nada que ver.

El asesinato de Lombardo indignó a la opinión pública casi tanto como el de McSwiggin. Indignación que aumentó exponencialmente cuando la prensa escarbó en el asunto, desvelando las conexiones de aquel honrado hombre de negocios con el crimen organizado. El escándalo a nivel nacional alcanzó proporciones colosales, pues era la primera vez que se hablaba claramente de la vinculación de un importante empresario con la Mafia. El desánimo cundió entre los habitantes de Chicago, pues si alguien como Lombardo había conseguido pasar por un ciudadano respetable, siendo una figura destacada de una organización criminal, absolutamente nadie quedaba libre de sospecha. La situación se consideraba tan grave, que la Casa Blanca decidió tomar cartas en el asunto.

© Antonio Quintana Carrandi (4.755 palabras) Créditos