Verdades históricas politicamente incorrectas, 2
CLARA CAMPOAMOR
por Antonio Quintana Carrandi

Para Montse, Ana y Elena.

Clara Campoamor. Diputada liberal que durante la Segunda República Española defendió el sufragio femenino ante fuerte la oposición de la izquierda. Al cabo de los años, es esa misma izquierda quien la reivindica y pretende apropiarse su figura.
Clara Campoamor. Diputada liberal que durante la Segunda República Española defendió el sufragio femenino ante fuerte la oposición de la izquierda. Al cabo de los años, es esa misma izquierda quien la reivindica y pretende apropiarse su figura.

La figura de Clara Campoamor (1888-1972), impulsora del sufragio femenino en España, ha sido secuestrada por la izquierda y el feminismo de nuevo cuño, que tan poco tiene que ver con el que defendía esta notable mujer. Convertida en un icono por las feministas de hoy día, Clara Campoamor sigue siendo, en buena medida, una gran desconocida, no sólo para el público en general, sino, lo que es más grave aún, para muchas de las que enarbolan su nombre y su legado como armas arrojadizas. Hora es ya de poner los puntos sobre la íes y de repasar, ateniéndonos a la realidad histórica y no a la mera propaganda, su vida y milagros.

Como lo que nos interesa es su trayectoria en lo que al sufragio femenino se refiere, me centraré exclusivamente en la etapa más intensa de su vida, durante la cual luchó denodadamente para conseguir que las mujeres españolas pudiesen por fin votar, en igualdad de condiciones con los varones.

En lo que a los derechos de la mujer se refiere, la situación en la España de la primera mitad del siglo XX no era muy distinta de la de otros países. El sufragio universal, entendido como el derecho al voto de todos los varones, llegó a nuestro país en 1890, de la mano del sistema político de la Restauración borbónica. Las mujeres estaban excluidas de ese derecho, pero ya entonces existía en España un movimiento, pequeño pero potente, en favor del sufragio femenino.

Curiosamente, fue durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera cuando comenzaron a producirse algunos tibios avances en la implicación política de las mujeres españolas. En este periodo, tan denostado por algunos, el país cambió profundamente, produciéndose una rápida transformación social y económica, que benefició en parte a la mujer. Seguían sin poder votar, pero Primo de Rivera aprobó una ley que permitía a las mujeres presentarse por primera vez para cargos públicos, gracias a la cual muchas accedieron a puestos de relevancia en la Asamblea Nacional.

Clara Campoamor, que se había licenciado en Derecho en 1924, reconocía la importancia de tal avance, pero, dada su ideología republicana, no simpatizaba con el régimen de Primo de Rivera. Si bien coqueteo algo con el socialismo, llegando a pertenecer al comité organizador de la Asociación Liberal Socialista, tampoco aceptaba la colaboración del PSOE con la dictadura.

En 1931 se proclamó la República. Como durante la dictadura, las mujeres podían ser elegidas para un cargo público, pero no votar, lo que a Clara Campoamor, que había resultado elegida diputada por la circunscripción de Madrid, se le antojaba una incongruencia. Militaba entonces en el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, que se definía como liberal, laico y democrático, principios políticos que ella defendía. Miembro del equipo que debía redactar la nueva Constitución, consiguió que en el texto constitucional se reconociera la no discriminación por razón de sexo, así como la igualdad jurídica de los hijos habidos dentro y fuera del matrimonio. Sin embargo, su principal reivindicación, el sufragio femenino, no logró prosperar, por lo que esa cuestión tendría que ser debatida en las Cortes, lo que hoy es el Congreso de los Diputados.

Comenzaba para Clara Campoamor la lucha más ardua de su vida, porque el tema del derecho al voto para las mujeres levantaba suspicacias a izquierda y derecha. Las derechas, básicamente católicas, veían la cuestión con cierta reticencia, pues temían que pudiera tener efectos dañinos sobre los matrimonios y las familias, si el varón votaba una cosa y su cónyuge otra opuesta. Pero algunos lo encontraban interesante, al considerar que las mujeres, en general de tendencias más ordenadas y pacíficas, votarían en mayor número a las candidaturas conservadoras.

Las izquierdas, por su parte, deseaban el voto femenino, pero siempre y cuando éste fuese para ellas. Muchos líderes izquierdistas compartían la visión que de la mujer española de la época tenían algunos derechistas. En consecuencia, temían que, si se otorgaba el voto a las mujeres, la mayoría de ellas votasen por las derechas.

El proceso de tramitación de la ley que debería dar el voto a las mujeres se convirtió en una despiadada batalla verbal, que enfrentó a Clara Campoamor no sólo con los que se oponían abiertamente al sufragio femenino, sino con otras dos mujeres que hicieron lo posible, e incluso trataron de hacer lo imposible, para tumbar los sensatos planteamientos de la diputada lerrouxista: Victoria Kent, del Partido Republicano Radical Socialista o PRRS, y Margarita Nelken, del PSOE.

Victoria Kent fue la que con más ahínco se opuso a las ideas de Clara. Según ella, las mujeres españolas todavía no estaban maduras para asumir una responsabilidad como el derecho de sufragio, pues carecían de una formación política adecuada. Aunque se cuidó mucho de expresarlo con claridad, para los analistas políticos de la época estaba claro que, cuando la Kent hablaba de educación política femenina, se estaba refiriendo a adoctrinamiento marxista puro y duro. Como muchos izquierdistas, Victoria Kent estaba convencida de que, si se concedía a las mujeres el derecho al voto, la mayoría de ellas votarían lo que les sugiriesen sus maridos o sus confesores, en el caso de las católicas practicantes, que por la época era la mayoría. Llegó a decir que el voto femenino en aquellas condiciones sería peligroso, porque perjudicaría a la República.

Esta última declaración de Victoria Kent, compartida por muchos diputados izquierdistas, viene a confirmar que la izquierda española de entonces tenía una idea patrimonial y exclusivista de lo que era la República. Hoy, casi un siglo después, los partidos y sindicatos de izquierdas, continúan defendiendo el falso principio según el cual la II República española fue un régimen traído por la izquierda, cuando, en realidad, fueron políticos de la derecha moderada (Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura) los que más laboraron para implantar ese sistema de gobierno en España. De ahí que socialistas, comunistas y anarquistas hablasen con desprecio de la República burguesa.

Por su parte, la exaltada revolucionaria socialista Margarita Nelken señaló que poner el derecho al voto en manos de la mujer es, en la España de hoy, realizar uno de los mayores anhelos del elemento reaccionario. Pero las protagonistas del debate fueron Campoamor y Kent, que se enzarzaron en una memorable lucha dialéctica seguida con avidez por la prensa, que no se recató a la hora de burlarse de ellas, bautizándolas como La Clara y la Yema..

Manuel Azaña cuenta en sus Diarios que la Campoamor le parecía más inteligente y elocuente que la Kent, pero también más antipática. Azaña sostiene que se le antojaba una atrocidad negar el voto a las mujeres, sólo porque algunos temieran que podrían votar a las derechas. Pero lo cierto es que, a pesar de lo que dejó dicho por escrito, cuando llegó el momento de retratarse optó por la abstención y una prudente retirada del hemiciclo, como también hizo el socialista Indalecio Prieto.

No obstante, Clara Campoamor logró convencer con sus argumentos a una parte considerable de la cámara. El artículo 34 de la Constitución republicana, que posibilitaría el sufragio femenino, fue aprobado por 161 votos a favor. Sólo 121 diputados votaron en contra y hubo algunas abstenciones. Fue una de las pocas ocasiones, en la historia de la convulsa II República, en que se impuso la sensatez. La mayoría de los conservadores y de los socialistas votó por la propuesta de Clara Campoamor. Sin embargo, Clara siempre se mostraría contrariada por el hecho de que el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, única formación política que tenía a sus espaldas una sólida tradición republicana y en la que ella militaba, había coincidido con el Partido Republicano Radical Socialista en su rechazo a la propuesta.

En 1933 el presidente del gobierno, Diego Martínez Barrio, propuso al presidente de la República, Niceto AlcaláZamora, la disolución del parlamento seguida de la convocatoria de nuevas elecciones para el día 19 de noviembre, en su primera vuelta, y para el 3 de diciembre, si se hacía necesaria una segunda. Pretendía solucionar así la crisis política planteada por la ruptura de la frágil coalición republicano-socialista, que había regido los destinos del país durante el primer bienio de existencia de la República. Era la primera vez que votaban las mujeres mayores de edad, que sumaban casi siete millones. Los republicanos de izquierda y los socialistas fueron barridos por la derecha, que obtuvo 200 diputados. Si bien la victoria conservadora era innegable, el parlamento seguía estando muy atomizado, lo que obligaba a recurrir a los pactos para asegurar la gobernabilidad de la nación.

Se produjo entonces una virulenta reacción de la izquierda, que se negaba a reconocer los resultados. El mismo Martínez Barrio cuenta en sus memorias que los líderes más destacados de la izquierda, con Manuel Azaña a la cabeza, presionaron a AlcaláZamora para que, antes de que se constituyeran las Cortes recién elegidas, convocara nuevas elecciones con ciertos cambios legislativos que aseguraran la victoria de los auténticos republicanos. El presidente se negó a apoyar aquella maniobra tan poco ética, que en la práctica equivaldría a un golpe de estado izquierdista. El 8 de diciembre de 1933, AlcaláZamora presidió la ceremonia de apertura de las nuevas Cortes, en un clima político que algunos historiadores describen como de absoluta normalidad, pasando por alto, la enorme tensión soterrada que existía entre los miembros de la clase política. La izquierda no tardaría en acuñar el peyorativo término Bienio Negro para referirse a los dos años de gobierno de la coalición radical-cedista.

A Victoria Kent su sectarismo le costó su popularidad, no saliendo elegida. Pero, inopinadamente, tampoco Clara consiguió renovar su escaño. El resultado electoral convirtió a Campoamor en blanco de las invectivas de la izquierda ultramontana, la misma que ahora pretende apropiarse de su figura y legado. Fueron legión los que la acusaron de ser la culpable de la debacle electoral de las izquierdas, alegando que con su manía (así, textualmente) de conceder el sufragio a las mujeres, había puesto decenas de miles de votos en manos de la derecha. Por supuesto, estas críticas obedecían tan sólo al carácter sectario y revanchista de la mayoría de los políticos de izquierda del momento, que en vez de examinar cuidadosamente la situación, para ver qué fallos habían cometido, optaron por culpar al sufragio femenino y a quien lo había traído.

La realidad es que tanto el voto femenino como el masculino estuvieron muy repartidos. Si los partidos de izquierda llevaron un varapalo en aquellas elecciones, se debió a dos causas que nada tenían que ver con que las mujeres votaran o no. Los conservadores, unidos en la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) y aliados con los lerrouxistas, aplastaron a una izquierda que se presentó muy fraccionada. Pero lo más importante fue el rotundo fracaso de las políticas aplicadas por los izquierdistas desde el advenimiento de la República. La Reforma militar de Azaña creó innecesarias tensiones en el Ejército. La Reforma agraria no solucionó ninguno de los problemas del campo español, más bien los agravó. Esto se debió a que tales reformas estaban impregnadas de una impronta ideológica marxista que, en la práctica, anulaba sus supuestos avances. En otras áreas, como la educación (Instrucción Pública lo llamaban entonces), el sectarismo había provocado verdaderos desastres.

Se suponía que la Constitución republicana era laica, pero en la práctica las izquierdas la asumían más bien como anticlerical y anticristiana. En consecuencia, se prohibió a la Iglesia ejercer funciones docentes de cualquier tipo, procediendo al cierre de todos los colegios religiosos, incluido el Instituto de Deusto, el único centro de formación económica existente en España en aquella época. Aunque posteriormente la historiografía favorable a la II República glosaría el supuesto esfuerzo desplegado por las autoridades para impulsar la educación, lo cierto es que el Estado no tenía recursos para financiar lo que la Iglesia había estado haciendo casi gratis. El resultado fue que España perdió muchos de sus centros docentes más prestigiosos. Estas y otras razones empujaron a la ciudadanía a votar en mayor número a las candidaturas conservadoras.

Clara no sólo tuvo que soportar los ataques de la izquierda más fanática, sino incluso el de uno de sus propios compañeros de partido. Martínez Barrio, que era el dirigente del ala izquierda del Partido Republicano Radical y miembro de alto rango de la masonería, la criticó amargamente, llegando a acusarla, tiempo después, de coquetear con el régimen franquista.

Tras perder estrepitosamente las elecciones de 1933 la izquierda más extrema, encarnada en aquel entonces principalmente por el PSOE y la UGT, se opuso ardorosamente a que la CEDA, ganadora de las mismas, formara gobierno, siendo Alejandro Lerroux, jefe del Partido Radical, el encargado de hacerlo. Pero la situación no podía sostenerse y acabó dando entrada a varios ministro de la CEDA, lo que se consideró como una provocación por parte de Largo Caballero, desencadenando la llamada Revolución de 1934, una insurrección armada que había de servir para liberar al país de lo que denominaban yugo del fascismo La intentona fracasó en toda España salvo en el Principado de Asturias, donde se prolongó por espacio de varias semanas, causando gran destrucción y algo más de un millar de víctimas mortales. Una vez que el gobierno logró dominar la situación, se produjo una represión dura pero notablemente corta, cuyas consecuencias fueron exageradas hasta el paroxismo por la extrema izquierda, con el bolchevizado PSOE de Largo Caballero al frente.

Clara Campoamor, como muchísimas personas dentro y fuera de España, asumió como reales aquellas supuestas atrocidades. Indignada por esos excesos represivos, abandonó el Partido Radical alegando que estaba demasiado supeditado a la CEDA, lo que no era cierto. Santiago Casares Quiroga la animó a entrar en Izquierda Republicana, formación que aglutinaba a los republicanos azañistas, los socialistas radicales y los galleguistas. Pero la dirección de Izquierda Republicana vetó su admisión, pues todos la culpaban de la victoria de los facciosos por haber conseguido el voto para las reaccionarias. Es de suponer que en ese momento Clara Campoamor se sintiera muy desilusionada, pero a la larga fue una suerte para ella que se le negara el ingreso en esa coalición, ya que eso la libró de manchar su impoluta trayectoria con la más que cuestionable actuación de Izquierda Republicana durante la Guerra Civil.

En mayo de 1936, mientras las tensiones se exacerbaban y el país avanzaba a marchas forzadas hacia la guerra civil, Campoamor publicó su libro EL SUFRAGIO FEMENINO: MI PECADO MORTAL, en el que reflexionaba sobre sus denodadas luchas parlamentarias y las consecuencias de las mismas.

Tras el estallido de la guerra civil optó por exiliarse, lo que quizás le salvó la vida, porque muchísimos republicanos de principios como ella cayeron asesinados por la vesania revolucionaria que se desató en la zona controlada por el gobierno del Frente Popular. Permaneció algún tiempo en Ginebra, Suiza, publicando en una editorial parisina, en 1937, LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA VISTA POR UNA REPUBLICANA. Esta obra fue muy denostada por los simpatizantes de la II República, ya que Clara, si bien defendía sus convicciones republicanas y democráticas, se mostraba muy crítica con el proceder general de los que se definían como republicanos.

Quiso regresar a España a finales de la década de los 40. El gobierno español de la época sostenía que cualquier exiliado republicano, sobre el que no pesaran delitos de sangre, podría volver sin problemas, y en buena medida así fue. Pero Clara, como muchos lerrouxistas, había pertenecido a una logia masónica y la justicia española tenía un expediente abierto contra ella por esa razón. De modo que, temiendo que si volvía tendría que pasar algún tiempo en la cárcel, decidió establecerse en Lausana (Suiza), donde vivió desde 1955. Años después perdió la vista y enfermó de cáncer, falleciendo en 1972. Su cadáver fue repatriado a España, recibiendo sepultura en el cementerio de Polloe (Guipúzcoa), en el panteón de los Monsó Riu, por haber sido ella madrina de la familia.

Irónicamente, los herederos políticos de aquellos que la injuriaron sin piedad en la convulsa España de los años 30, enarbolan ahora su nombre, su figura y su legado como banderas de combate. La izquierda más extremista y sectaria, que durante mucho tiempo la trató de traidora y la acusó de complicidad con la derecha, la ha convertido en un tótem del feminismo más excesivo. Pero lo más indignante, para cualquiera que conozca la vida y la obra tanto política como literaria de esta mujer, es que se la ponga a la misma altura que sus adversarias, Victoria Kent y Margarita Nelken. No hay punto de comparación entre ellas. De las tres, sólo Clara Campoamor era una verdadera feminista en la acepción más sensata del término. Tanto la Kent como la Nelken dejaron claro, en declaraciones en el parlamento y a la prensa, que sólo aceptarían el sufragio femenino cuando las mujeres españolas estuviesen adecuadamente formadas (léase adoctrinadas). En una de sus intervenciones en las Cortes, Clara, perpleja, preguntó a Nelken y Kent cómo era posible que admitieran que los hombres votaran, aunque una gran mayoría de ellos fuese completamente analfabeta, y se opusieran tan encarnizadamente al voto femenino. Las mencionadas se fueron por los cerros de Úbeda, perorando sobre el peligro que para la República (más bien para la idea sectaria que tenían de la misma) representaría que las beatas reaccionarias tuvieran derecho al voto. Valga este ejemplo como muestra de la idea del feminismo que tenían esas dos señoras.

Por otra parte, se puede estar a favor o en contra de lo defendido por Clara Campoamor, pero de lo que no puede dudarse es de su profunda honestidad política y personal. Se mostraba firme, incluso testaruda, en la defensa de sus convicciones, pero no era ni una agitadora como Dolores Ibárruri, ni una sectaria como Victoria Kent, ni una iluminada como Margarita Nelken. Su causa eran los derechos de las mujeres y por ellos luchó. Respecto al sufragio, su preocupación no era que algunas mujeres votaran a la derecha, sino darles a todas las féminas españolas la oportunidad de participar en la vida política de la nación, otorgándoles la posibilidad de elegir, según sus criterios personales, a los representantes públicos. Es decir, la verdadera y genuina igualdad con los varones. Ni más ni menos.

Exceptuando el asunto de su pertenencia a la masonería, que posiblemente se habría resuelto sin que tuviera que pisar la cárcel, como se resolvieron otros muchos casos similares, a Clara Campoamor no puede achacársele responsabilidad alguna en ningún episodio reprobable de la guerra civil, ya que se exilió al iniciarse el conflicto. Victoria Kent también marchó al exilio, trabajando como secretaria en la embajada republicana de París, donde al parecer realizó una encomiable labor ocupándose de la asistencia a los niños españoles refugiados en Francia.

Pero lo de Margarita Nelken es otra historia. Estuvo implicada en la intentona guerra-civilista de 1934, fracasada la cual, y tras serle retirada la inmunidad parlamentaria de que disfrutaba como diputada, fue procesada por incitación a la sublevación armada y condenada a veinte años de cárcel, aunque posteriormente la pena fue revisada muy a la baja. De todas formas, no debía de haber mucha vigilancia sobre ella, porque no tuvo problema para cruzar la frontera francesa. Bolchevizada, como casi todos los socialistas de su tiempo, se dedicó a peregrinar por los países nórdicos, contactando con los partidos socialistas y comunistas de los mismos y llegando a establecer buenas relaciones con elementos del NKVD soviético, que asesoraban a dichas formaciones. Como resultado, Margarita fue invitada a visitar la Unión Soviética, donde permaneció por espacio de un año como huésped de honor. Aunque no está debidamente documentado, en aquel tiempo se rumoreó que llegó a conocer al mismísimo Stalin. Amnistiada, regresó a España a tiempo para participar en las elecciones de febrero de 1936, presentándose como candidata del PSOE dentro del Frente Popular. Al estallar la guerra empezó a colaborar en el diario Claridad, desde cuyas páginas alentó la brutal represión frente-populista, escribiendo encendidos libelos contra la supuesta Quinta Columna que, según los exaltados como ella, conspiraba en las sombras del Madrid proletario. Incluso llegó a pedir la pena de muerte para esos quintacolumnistas, alabando la extraordinaria labor que se realizaba en las Checas y glosando a un asesino y ladrón de la catadura de Agapito García Atadell.

Durante la visita a Madrid de una delegación de diputados laboristas británicos, Nelken, que estaba perfectamente informada de lo que estaba pasando en las cárceles, se ocupó de mantener a los ingleses entretenidos para que no descubrieran las sacas de presos políticos que estaban llevando a cabo las milicias socialistas, comunistas y anarquistas. Visitó Toledo para animar a los milicianos que asediaban el Alcázar, y también el frente de Extremadura, donde pronunció una inflamatoria arenga a los soldados republicanos, instándoles a no tener piedad con el enemigo fascista. Colaboró asimismo en la creación de la Unión de Mujeres Antifascistas, de la que saldrían no pocas chequistas. Encabezó un grupo de las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas) tristemente famoso por su violencia, de lo que dejó testimonio en sus memorias el anarquista García Oliver. La última fase de la guerra la pasó en Barcelona, donde asistió a la última y patética reunión de las Cortes republicanas. Había abandonado el PSOE a finales de 1936, afiliándose al PCE en noviembre de ese año, coincidiendo con la formación del gobierno de Largo Caballero, pero fue expulsada del mismo en 1942, ya en el exilio, por criticar la política seguida por la UNE (Unión de Mujeres Españolas), organización dependiente del Partido Comunista, que observaba a rajatabla las directrices moscovitas.

Como puede verse, las biografías de Clara Campoamor y Margarita Nelken son tan distintas como la noche y el día. La primera fue una mujer entregada a un ideal sensato, por cuya consecución lo sacrificó todo. La segunda, una fanática que no dudó en incitar al crimen para defender sus cuestionables principios ideológicos. La izquierda actual, acostumbrada al falseamiento constante de la historia, ha pretendido equipararlas, como si fueran dos iconos idénticos de la lucha por los derechos de las mujeres. Pero sólo una de ellas, Clara Campoamor, merece ser recordada como una verdadera feminista.


Notas

El episodio más lamentable fue la Matanza de la Cárcel Modelo de Madrid, donde convencidos republicanos, si bien claramente conservadores como Melquíades Álvarez o José Martínez de Velasco, fueron asesinados por milicianos anarquistas sin mediar siquiera un remedo de proceso judicial, lo que provocó un enorme escándalo internacional que dejó tocado el ya de por si poco prestigio del que gozaba el gobierno de la II República.

A pesar de la retórica antimasónica del régimen franquista, fueron pocos los masones condenados a largas penas de prisión. Hubo algunos que fueron ejecutados, pero no por pertenecer a la Masonería, sino por tener delitos de sangre a sus espaldas. De hecho, muchos de los militares sublevados eran masones reconocidos, como los generales Cabanellas y Aranda, por ejemplo.

Nombre que se dio a la supuesta resistencia fascista existente en el Madrid de la Guerra Civil. Si bien es cierto que en la ciudad había miles de personas afectas al alzamiento, la verdad es que apenas pudieron hacer nada para favorecer a los sublevados, ya que la mayoría de ellas tenían que permanecer ocultas para salvar la vida. El término Quinta Columna, hoy universalmente empleado, fue acuñado por el general Emilio Mola, llamado El Director, quien había preparado el alzamiento militar concibiéndolo como un golpe de estado que se resolvería en un par de semanas. Al fracasar, ese golpe dio origen a una contienda que se prolongó durante tres sangrientos años. Los sublevados avanzaron rápidamente hacia la capital. Un periodista británico preguntó a Mola cuál de las cuatro columnas que convergían sobre la ciudad la tomaría. El general respondió que Madrid sería tomada por la Quinta Columna, dando a entender así que los alzados contaban con muchos simpatizantes en la urbe. Cuando las palabras de Mola se conocieron en Madrid, exacerbaron aún más la histeria de los milicianos, que para acabar con aquella supuesta amenaza cometieron todo tipo de atrocidades contra cualquier sospechoso de simpatizar con los nacionales. La perspectiva histórica revela que Mola cometió un grave error al mencionar a esa Quinta Columna, pues casi con toda seguridad que sus palabras costaron las vidas de muchos madrileños, pasados por las armas por las milicias frente populistas.

Centros de detención ilegales, creados por partidos y sindicatos de izquierda, para llevar hasta el último extremo la lucha de clases que preconizaba el marxismo en sus diversas variantes. Cualquiera podía acabar en ellas, y no era infrecuente que personas detenidas legalmente por la policía, y luego puestas en libertad por falta de pruebas, fueran capturadas por grupos de milicianos y conducidas a la checa del partido o sindicato al que aquellos pertenecían. Los detenidos eran sometidos a una farsa de juicio popular, en el que su defensor era otro chequista que, naturalmente, hacía todo lo posible para que su defendido fuese condenado. Las checas funcionaron como centros de tortura y asesinato. En algunas, como en las dependientes del PSOE y el PCE, se empleaban depuradas técnicas importadas del NKVD soviético. Hubo algunas donde los chequistas exigían a sus víctimas un rescate en dinero o alhajas a cambio de sus vidas, pero lo habitual fue que quien era arrestado por las milicias desapareciera en las checas. Existieron en toda la España republicana, pero más de la mitad de ellas se concentraban en Madrid y Barcelona. Incluso Izquierda Republicana, cuyo líder, Manuel Azaña, criticó la existencia de las checas, regentó dos de ellas en la capital.

Agapito García Atadell (1902-1937). El chequista más famoso de la Guerra Civil Española. Tipógrafo que primero se afilió a la Agrupación Socialista de Madrid; luego, durante un breve periodo, al entonces minúsculo y casi irrelevante PCE y finalmente de nuevo al PSOE. Perteneció brevemente a la Motorizada, la escolta del líder socialista Indalecio Prieto, durante la campaña electoral de 1936. Al estallar la Guerra Civil, el Ministro de Gobernación, Sebastián Pozas, desconfiando de la lealtad republicana de gran parte de las Fuerzas de Orden Público, nombró como policías auxiliares a miembros del PSOE y la UGT, entre los que figuraba García Atadell, a quien se puso al frente de las denominadas Milicias Populares de Investigación. La llamada Brigada Atadell se instaló en el palacio de los condes de Rincón, previamente expropiado por las autoridades republicanas, situado en la esquina de la calle Martínez de la Rosa con el Paseo de la Castellana.

La checa de Atadell contaba con medio centenar de miembros, ninguno de los cuales tenía ni entrenamiento ni mucho menos experiencia policial previa. De hecho, una parte de ellos eran delincuentes comunes, con antecedentes por diversos delitos, que se habían afiliado al PSOE recientemente. La denominada Brigada Atadell fue la más famosa checa de Madrid, exaltada hasta el paroxismo por la prensa frente populista de simpatías socialistas. Era también una de las más activas, realizando miles de registros y detenciones extrajudiciales. Aunque algunos de los arrestados eran puestos a disposición de la Dirección General de Seguridad, la mayoría fueron juzgados, si se puede decir así, por los chequistas de Atadell, ejecutándose numerosísimas penas de muerte. Sólo los que podían comprar sus vidas con dinero o joyas tenían alguna posibilidad de ser puestos en libertad.

Durante algún tiempo, García Atadell y sus secuaces actuaron como verdaderos forajidos, pero como sus víctimas eran presumiblemente gente de derechas, o sea, enemigos del pueblo, gozaban de impunidad absoluta. El embajador de Gran Bretaña advirtió al gobierno republicano de la nefasta imagen que de la República estaba dando Atadell en el extranjero, pero no se le hizo ningún caso, ya que en aquel momento era considerado un verdadero héroe republicano.

Sin embargo, cuando las columnas nacionales convergían sobre Madrid, García Atadell, temiendo como muchos otros que la ciudad cayera en manos de los sublevados, decidió huir. El dinero, joyas y obras de arte expoliadas por los chequistas debían ser entregados al gobierno del Frente Popular, pero Atadell y sus lugartenientes, Luis Ortuño y Pedro Penabad, habían ocultado un cuantioso botín, muy superior a lo que habían entregado a las autoridades. Los tres hombres y la mujer de Atadell, Piedad Domínguez Díaz, huyeron a Alicante con varias maletas repletas de dinero en efectivo y objetos de valor. En el mercado negro se hicieron con pasaportes falsos, embarcando en un buque rumbo a Marsella.

Según parece, el gobierno republicano tuvo noticias de su llegada a Francia a través de su embajador en París, el socialista Luis Araquistaín, a quien por lo visto informó el cineasta comunista Luis Buñuel, que había obtenido la información de un sindicalista francés. Las autoridades del Frente Popular, enfurecidas por la traición y la deserción de Atadell, al que calificaron de ladrón por haberse quedado con una sustanciosa parte del botín arrebatado a sus víctimas, autorizaron a Araquistaín para que, a través de la embajada de un país neutral, avisase a las autoridades franquistas del rumbo que había tomado Atadell. El chequista y Pedro Penabad tomaron pasaje en un barco que debía hacer escala en las Canarias. El 24 de noviembre de 1936 fueron arrestados en Santa Cruz de La Palma.

Trasladado posteriormente a la cárcel provincial de Sevilla, Atadell fue internado en el ala de máxima seguridad. Las investigaciones se prolongaron durante varios meses. Podría haber sido condenado a una larga pena de prisión, pero entre el pequeño tesoro que se le confiscó fue hallada una caja de puros, llena a rebosar de alianzas matrimoniales. Por otra parte, se sabía que en su checa habían sido torturadas y asesinadas no menos de trescientas personas, aunque según parece él mismo redujo esa cifra a la mitad. Fue sentenciado a morir en el garrote vil, pena que se ejecutó en abril de 1937. Dejó una nota para Indalecio Prieto: Ya no soy socialista. Muero siendo católico. Agapito García Atadell.

© Antonio Quintana Carrandi (4.974 palabras) Créditos