EL BUEN EJEMPLO DE AMANCIO ORTEGA
por Antonio Quintana Carrandi
Amancio Ortega

Criticado hasta el vómito por el cabecilla de la progresía patria —ése que reivindicaba el barrio obrero de Vallecas para acabar enclaustrándose en una mansión custodiada por media compañía de beneméritos—, el empresario gallego Amancio Ortega ha recibido el agradecimiento de sus empleados en todo el mundo. El motivo no es otro que su ejemplar comportamiento durante la pandemia que todavía dura. Mientras aumentaba exponencialmente el número de parados, y la mayoría de las empresas se apresuraban a aplicar brutales Expedientes de Regulación de Empleo, Ortega se negó en redondo a despedir a nadie, optando por llevar a cabo algunos ajustes para afrontar la situación sin prescindir de ningún empleado.

No hace mucho tiempo, don Amancio se ganó las críticas y la inquina de la paleoizquierda al donar más de 300 millones de euros a la sanidad pública, con el fin de dotarla de unos equipos de última generación, inexistentes hasta entonces en España, para el tratamiento del cáncer. Dichas críticas tenían un inequívoco sesgo ideológico, porque, para la izquierda iconoclasta e iletrada que medra en esta desdichada piel de toro, es inconcebible que un enemigo de clase, un capitalista explotador, tenga ni siquiera un mínimo de humanidad. De las barbaridades que se soltaron entonces ya hablé en un trabajo anterior, de modo que no insistiré sobre el tema. La tribu progre ya quedó en evidencia en aquel momento, demostrando con sus declaraciones que nada les importan ni la salud ni el bienestar de los ciudadanos. Pero ahora don Amancio les ha dado la puntilla, porque hasta la mismísima Comisiones Obreras, sindicato de inspiración comunista, ha reconocido que Ortega se ha portado con sus empleados como un señor.

El de este hombre debería ser un ejemplo a seguir. El hijo de un humilde jefe de estación se ha convertido en uno de los hombres más ricos del mundo. Combinando con acierto su talento empresarial y su tremenda capacidad de trabajo, don Amancio ha creado, prácticamente de la nada, una empresa que es hoy un referente mundial en el campo textil, que da trabajo directo a miles de personas e indirecto a muchísimos miles más. Pero don Amancio, a la vista está, no ha olvidado ni por un instante cuáles son sus orígenes y de dónde partió. El verdadero temple, la auténtica valía de las personas, se revela en los momentos difíciles. Y ante la grave situación económica derivada de la pandemia, el empresario gallego no ha dudado en hacer lo justo y necesario, y no lo más conveniente. A pesar de las pérdidas que sin duda ha tenido su empresa, ni uno sólo de sus empleados ha perdido su puesto de trabajo. Un empresario como él es un orgullo para esta pobre España, desgobernada por una colección de iluminados, cantamañanas y jetas que no le llegan ni a la suela del zapato. Ojalá hubiese en nuestro país una docena de hombres con las cualidades empresariales y humanas de Amancio Ortega. El paro desaparecería como por ensalmo.

Ortega es un ejemplo incómodo para la izquierda casposa y decimonónica; pero también para esos empresarios, tan abundantes por desgracia, que en cuanto pierden mil euros se ponen a lloriquear, lamentarse y exigir ayudas estatales, mientras echan a la calle, con una mano delante y otra detrás, a un montón de gente. Me consta que muchas Pymes, no tienen capacidad financiera para mantener los empleos. Pero hay grandes empresas que, aprovechando la coyuntura y con la excusa del coronavirus, se han apresurado a aplicar ERTES con el triple objetivo de capear el temporal financiero, reducir plantillas y maximizar beneficios.

Frente a esa concepción clásica del empresariado, inhumano y explotador, se alza Amancio Ortega, un hombre sencillo y eminentemente bueno, que ha sabido crear riqueza no sólo para sí mismo, sino para miles de personas. Vaya desde aquí mi más sentido homenaje para quien ha dignificado, hasta límites realmente insuperables, la figura del gran empresario.

© Antonio Quintana Carrandi (651 palabras) Créditos