Verdades históricas politicamente incorrectas, 1
LA RESISTENCIA FRANCESA: MITO Y REALIDAD
por Antonio Quintana Carrandi
Nuevos reclutas recibiendo instrucción sobre el uso de un subfusil británico Sten
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La literatura, pero sobre todo el cine y la televisión, han contribuido a crear una leyenda heroica en torno al movimiento de resistencia que operó en la Francia ocupada por los alemanes entre 1940 y 1944. Magnificadas por la propaganda,, a las hazañas de los resistentes galos les han rodeado de un aura casi épica. Pero, en realidad, la resistencia francesa no fue ni mejor ni más eficaz que otros movimientos guerrilleros. De hecho, casi nunca tuvo la destacada importancia que le atribuye la historiografía gala y los historiadores francófilos.

El 21 de junio de 1940, Francia firmó la capitulación ante Alemania en Compiègne, en el mismo vagón de tren donde los alemanes firmaron la suya en 1918. El país fue dividido en dos zonas, una ocupada por la Wehrmacht, que comprendía el norte y toda la costa atlántica, y otra bajo el control de un gobierno títere de Alemania, presidido por el mariscal Petain y con sede en Vichy.

Los historiadores franceses han venido sosteniendo que, desde el primer día de la ocupación, existió un movimiento de resistencia al invasor, lo que simple y llanamente es falso. La desmoralización no sólo del Ejército francés, sino de la población gala, era absoluta, siendo muy pocos los que pensaban en plantarles cara a los victoriosos germanos. Además, una gran parte de los franceses, y no sólo los más conservadores, como se podría pensar, se acomodó bastante bien a la ocupación, y sólo comenzó a renegar de ella cuando los alemanes endurecieron el racionamiento. Durante los meses que siguieron a la rendición, en la zona ocupada apenas hubo incidentes, y otro tanto puede decirse de la Francia de Vichy. Como es obvio, hubo personas que, a título personal, intentaron oponerse a los invasores de algún modo, pero sus acciones fueron irrelevantes, aunque importunaran mucho a las autoridades teutonas.

Es decir, que en la Francia inmediatamente posterior a la ocupación no existió un movimiento organizado de resistencia armada. ¿Por qué? Porque los comunistas galos tenían órdenes de colaborar con los alemanes, y pusieron el máximo celo a la hora de desempeñar tal cometido.

En principio, las ideologías Nacionalsocialista y Bolchevique (comunista) parecían estar separadas por un abismo, cada una en los extremos del arco político. Sin embargo, entre el nazismo alemán y el comunismo ruso existían muchas más similitudes que divergencias. Ambos abrazaban una concepción totalitaria del Estado, rendían culto al líder, sostenían que el fin justifica los medios y, en consecuencia, utilizaban la violencia como arma política. Aunque se habían enfrentado en las calles alemanas durante los años 20 y 30, también habían escenificado treguas puntuales, durante las que se aliaron para combatir a la República de Weimar y al enemigo común de rojos y pardos: El Partido Socialdemócrata, única formación que parecía capaz de derrotarles.

Hitler y Stalin eran adversarios políticos, pero sentían gran admiración por los logros del otro. Compartían también una aversión enfermiza por el ideal democrático, aunque los dos lo utilizarían de modo oportunista para enmascarar sus tropelías. Pero ambos usaban la expresión democracias degeneradas cuando se referían a los estados de derecho.

El 23 de agosto de 1939, Von Ribbentrop por Alemania y Molotov por la URSS firmaron el Pacto de No Agresión Germano-Soviético. El mundo quedó perplejo ante aquello. Hasta ese momento, los comunistas de todo el orbe, entonces dependientes por completo de las directrices moscovitas, habían hecho gala de su postura antifascista y antinazi, significándose especialmente durante la Guerra Civil española, que presentaron no sólo como una lucha contra los militares sublevados, sino como una especie de cruzada obrera mundial contra el fascismo, y muy especialmente contra la Alemania hitleriana, que había acudido en ayuda de las fuerzas alzadas contra la II República. La guerra de España había terminado el 1 de abril de 1939. A la vuelta de sólo cuatro meses, el hasta entonces despreciado enemigo de clase pasaba a convertirse en un aliado de la Patria de los Trabajadores. Para el resto del mundo era algo delirante, inconcebible. Pero para los bolcheviques, adoctrinados en la obediencia ciega al partido, no era más que un cambio de estrategia que debían acatar.

Y vaya si lo acataron. De pronto, la Alemania nazi era una nación hermana de la Unión Soviética, defendida a capa y espada por líderes rojos que, un par de semanas antes, dedicaban los más terribles epítetos a los jerarcas nacionalsocialistas y vaticinaban horrores sin fin, si la ideología hitleriana se imponía en el mundo. Hasta Dolores Ibárruri, Pasionaria, icono de la izquierda en España y experta agitadora de masas, dejó de referirse a los nazis en sus alocuciones públicas. De pronto, la señora del ¡Pero no pasarán! —que, por cierto, copió literalmente de un lema francés de la I Guerra Mundial— parecía encontrar respetable a Hitler, mientras seguía vituperando a Franco.

Siguiendo órdenes tajantes de Stalin, los comunistas se erigieron en defensores de la política alemana en todas partes. Lo cierto era que ni Adolf ni Iósif se fiaban mucho uno del otro, pero en ese momento concreto de la historia compartían intereses. El Pacto signado por sus Ministros de Asuntos Exteriores se complementaba con un protocolo secreto, plagado de cláusulas que, de haber sido conocidas entonces por la opinión pública internacional, habría puesto al resto del mundo en contra de los dos sátrapas, porque, simplemente, se repartían éste en áreas de influencia, empezando por Europa.

Hitler invadió Polonia por el Oeste el 1 de septiembre de 1939, y Stalin por el Este a partir del 16 del mismo mes. Más tarde, la Wehrmacht lanzó una ofensiva en el Oeste europeo, cuya primera fase concluyó con la conquista de Francia. El fulgurante avance alemán fue posible, en gran medida, gracias al combustible proporcionado por la URSS. Además de petróleo, carbón y otros minerales, Stalin le vendió a Hitler cientos de miles de toneladas de alimentos, mientras buena parte del pueblo ruso pasaba estrecheces o, simplemente, perecía de inanición. El amigo excepcional de la república española, como había llamado Juan Negrín a Stalin, fue en gran parte responsable de que casi toda Europa occidental cayera bajo el yugo nazi.

Durante todo un año, entre el 21 de junio de 1940 y el 22 de junio de 1941, la Francia ocupada sería el destino preferido por los soldados alemanes. La tranquilidad era casi absoluta, pues sólo muy de vez en cuando se producía algún altercado, ya que, además de la eficaz labor de la policía de ocupación, el Partido Comunista francés no dudaba en entregar a las autoridades germanas a aquellos que sospechaba o sabía que albergaban intenciones hostiles contra el invasor. Cuando Alemania se lanzó sobre Inglaterra, y el presidente Estadounidense, Franklin Delano Roosevelt, se las arregló para mandar la ayuda que podía a los británicos, el minúsculo pero potente Partido Comunista de USA arremetió contra él. Muchos integrantes del Batallón Abraham Lincoln, formado principalmente por comunistas americanos, que habían luchado en la Guerra Civil española encuadrados en las Brigadas Internacionales, publicaron artículos en la prensa y dieron charlas en la radio a favor de la estricta neutralidad y el aislacionismo más completo. Durante meses, insultaron al presidente hasta el hartazgo. Pero a partir del 22 de junio de 1941, cuando Hitler invadió la URSS, los que hasta entonces habían injuriado a Roosevelt se volvieron, de pronto, antinazis convencidos y devotos demócratas.

La Operación Barbarroja puso a los comunistas de todo el mundo, que hasta entonces habían contemporizado con los nazis, en contra de Alemania. El PC francés comenzó a movilizarse contra las fuerzas germanas que ocupaban el país. Fue entonces cuando nacieron oficialmente la Resistencia, que actuaría en las ciudades, y el Maquis o guerrilla rural. Hubo muchos franceses no marxistas que se enrolaron en las filas de ambas organizaciones, pero el grueso de los resistentes estaba formado por comunistas, gran número de ellos exiliados, españoles.

Durante tres años, de junio de 1941 a junio de 1944, la resistencia francesa llevó a cabo algunas acciones armadas contra la Wehrmacht, unas cuantas de ellas ciertamente espectaculares. Pero ninguna resultó decisiva en la marcha de la contienda. La mejor labor que realizaron las FFI (Fuerzas Francesas del Interior) fue la de ayudar a los aviadores aliados derribados sobre Francia, que eran ocultados, curados si estaban heridos, y devueltos a Inglaterra cuando se presentaba la ocasión.

Sólo a partir de las semanas previas a la Operación Overlord, el desembarco aliado en Normandía del martes 6 de junio de 1944, asumió la resistencia gala un papel decisivo en la guerra contra Alemania. Volaron trenes y vías férreas, dinamitaron tramos de carretera, entorpeciendo el tráfico militar germano, atacaron algunas fortificaciones costeras y, en general, procuraron distraer a la mayor cantidad posible de tropas. Pero no debe olvidarse, aunque la historiografía gala lo ha hecho hace décadas, que los británicos no sólo les proveyeron de armas y pertrechos para hacerlo, sino también de expertos en demoliciones y operaciones de comando, muchos de los cuales fueron quienes de verdad mandaron las fuerzas de la resistencia en aquellas acciones. La resistencia colaboró en la liberación, pero ésta no habría sido posible sin el formidable concurso de británicos y estadounidenses, sobre todo de los segundos, que serían los que más bajas mortales sufrirían durante las operaciones en Francia.

Según se iba liberando terreno francés, la resistencia, controlada por los comunistas, se dedicó a la caza del colaboracionista. Pero en aquella cacería no cayeron sólo los colaboradores reales, sino también muchísima gente que se había limitado, seguramente por miedo, a mantener una actitud pasiva durante la ocupación. Para la resistencia, tan colaboracionista era el que había denunciado a un compatriota a la Gestapo, como el paisano que había entablado amistad con un soldado alemán, o la muchachita que se había dejado cortejar por un boche. La represión llevada a cabo por la resistencia fue brutal, y en ella cayeron tantos inocentes como culpables. Las autoridades militares británicas y estadounidenses trataron de poner freno a esos excesos criminales, pero bastantes mandos ingleses y americanos hicieron la vista gorda. El resultado fue que, hasta el final de la guerra en Francia, unos 375.000 franceses murieron en los ajustes de cuentas de los resistentes. Una represión que superó con creces la sufrida por la Resistencia a manos de los alemanes, e incluso mucho mayor que la efectuada por el bando nacional al término de la Guerra Civil española.

El proceso de mitificación de la resistencia francesa tuvo sus precedentes en las producciones de Hollywood realizadas durante la conflagración, con actores de la talla de Humphrey Bogart, Errol Flynn y otros encarnando a patriotas galos de una pieza, que se jugaban la vida, y a veces la perdían, luchando por Francia; films vistosos y espectaculares, pero tremendamente falsos. Inmediatamente después de la guerra, De Gaulle, que sabía perfectamente que la resistencia no había sido ni tan eficaz ni tan popular como se pretendía, orquestó una operación propagandística para reivindicar su actuación, atribuyéndole una relevancia que estuvo muy lejos de tener.

Suele decirse que los políticos mienten más que hablan, pero De Gaulle, un militar de carrera con aspiraciones políticas que cristalizaron exclusivamente gracias a la guerra, lanzó unas falsedades tan evidentes desde el mismo día de la toma de Paris, que británicos y estadounidenses se sintieron insultados. En el discurso que pronunció con motivo de la liberación de la capital, afirmó que Francia había sido liberada por su pueblo, con alguna ayuda de los aliados. Según él, salvo un puñado de miserables, casi todos los franceses se habían comportado como verdaderos patriotas. La triste verdad es que la inmensa mayoría de la población gala observó una actitud pasiva e indiferente frente a los ocupantes.

Las palabras de De Gaulle enfurecieron a George S. Patton, el único general aliado al que realmente temían los alemanes, que protestó enérgicamente ante Eisenhower. Paris fue liberado no por los parisinos, como alegaba De Gaulle, sino por los americanos. Era el Ejército de Patton el que estaba a las puertas de la ciudad. Pero, para satisfacer el ego del general francés, Churchill convenció a Dwight Eisenhower para que cediera a sus pretensiones de ser el primero en entrar en la urbe. Algo que pudo hacer sólo porque el comandante alemán del Gran París, el general Dietrich Von Choltitz, se negó a cumplir las órdenes de arrasar la metrópoli que le había dado Hitler y decidió rendirse. Hubo algunas escaramuzas callejeras con unidades alemanas, principalmente de las SS y la Gestapo, que se negaban a capitular. Pero si Von Choltitz hubiese dado la orden de resistir, ni las FFL de De Gaulle ni la resistencia interior habrían podido hacer nada sin el concurso de los estadounidenses.

Por otra parte, hubo un enfrentamiento entre la versión gaullista, que proclamaba que la liberación de Francia había sido posible sólo gracias al liderazgo del general, y la comunista, que sostenía que el factor decisivo en la liberación había sido la resistencia interior dirigida por el PC francés. El pulso entre ambos duró años. Al final, se cocinó un relato de compromiso, tomando partes de ambas versiones. Es el que actualmente se considera canónico, aun siendo básicamente una elaborada falsificación histórica, pues ni las FFL (Fuerzas Francesas Libres) de De Gaulle, ni las FFI, básicamente la resistencia comunista y los minúsculos grupos que se federaron a ella, tuvieron otro papel en la contienda que el de meros auxiliares de los Ejércitos americano, británico y canadiense.

Otro detalle interesante es que, a pesar de que se intentó ocultárselo a la opinión pública durante décadas, varios miles de franceses, entre veinte y treinta mil según las fuentes, se alistaron en las filas de la Wehrmacht para combatir al comunismo soviético. Los efectivos de la Resistencia jamás superaron los diez mil hombres en todo el país, aunque contaban con bastantes colaboradores. Sumando a estas cifras las de los voluntarios anti-comunistas del resto de países ocupados, sin contar a los de la División Azul española, resulta que más de un millón de europeos formaron en las filas del ejército alemán. Está comprobado, más allá de cualquier duda, que muchos franceses que se habrían unido gustosos a la resistencia, no lo hicieron porque estaba monopolizada por el Partido Comunista.

Por el contrario, en el Este las cosas fueron muy distintas, pues en aquel escenario los movimientos de resistencia fueron muy efectivos. En Yugoslavia y la Unión Soviética, las guerrillas partisanas, algunas de las cuales llegaron a contar con más de diez mil hombres, tuvieron un peso considerable en el resultado de las operaciones militares. Su actuación fue decisiva durante toda la guerra, no sólo durante un corto periodo de ella. El tributo en sangre pagado por los partisanos de Tito, por ejemplo, no puede compararse ni de lejos con el de la Resistencia gala, cuyas víctimas mortales fueron muchísimas menos de las que se piensa.

No es mi intención ofender la memoria de los que hallaron la muerte luchando por la libertad de Francia, ya sea en el Ejército regular, en las fuerzas aliadas o en la Resistencia y el Maquis. No puede negarse que contribuyeron, en la medida de sus posibilidades, a la derrota de la Alemania nazi. Pero, a la hora de tratar los asuntos históricos, debe hacerse con ecuanimidad, narrando los hechos reales y obviando la propaganda, venga ésta de donde venga. La Resistencia francesa tuvo sólo una importancia relativa en el resultado de la guerra en Francia, y no fue, ni de lejos, ni tan decisiva ni tan masiva como la propaganda gala ha querido dar a entender.


Notas

Me refiero exclusivamente a los voluntarios. Más de 100.000 franceses, de las regiones de Alsacia y Lorena, fueron forzados a incorporarse a la Wehrmacht en 1942 tras la ocupación de las mismas apelando a su germanidad.

© Antonio Quintana Carrandi (2.621 palabras) Créditos