Verdades históricas politicamente incorrectas
PRESENTACIÓN
por Antonio Quintana Carrandi
Clara Campoamor. Diputada liberal que durante la Segunda República Española defendió el sufragio femenino ante fuerte la oposición de la izquierda. Al cabo de los años, es esa misma izquierda quien la reivindica y pretende apropiarse su figura.
Clara Campoamor. Diputada liberal que durante la Segunda República Española defendió el sufragio femenino ante fuerte la oposición de la izquierda. Al cabo de los años, es esa misma izquierda quien la reivindica y pretende apropiarse su figura.

Suele decirse que la historia la escriben los vencedores, lo que en gran medida es cierto. Pero, si dejamos a un lado el larguísimo periodo de existencia de la URSS, durante el que los bolcheviques alteraron la historia a su conveniencia, nunca como ahora hemos asistido no a una tergiversación, sino a una falsificación tan absoluta de los hechos históricos. Bajo la dictadura de la corrección política, que ha ido imponiéndose en el mundo occidental desde hace décadas, auspiciada por ciertos grupos políticos y empresariales, por lobbys del más variado pelaje, por Estados e incluso particulares que persiguen unos objetivos muy evidentes, la institucionalización de la mentira histórica avanza a pasos agigantados. El totalitarismo políticamente correcto se adivina ya en el horizonte, anunciado por la extrema polarización que, por ejemplo, está dividiendo a la sociedad estadounidense; por el avance de ideologías con una base teórica más que cuestionable; por la puesta en entredicho de los principios y valores más elementales de las sociedades humanas; por la aprobación de leyes de corte totalitario, como, en el caso de España, las de género y memoria histórica, y por mil cosas más por el estilo.

Para que la dictadura de la corrección política acabe imponiéndose en todo el orbe, es requisito imprescindible adormecer hasta el máximo posible a la masa ciudadana. Poco formada políticamente y por tanto acrítica, dicha masa será más fácil de gobernar y dirigir para que sirva a los intereses del globalismo posmoderno al que aludía en el párrafo anterior. Los totalitarismos nacionalsocialista y comunista ya lo intentaron en el pasado, con resultados más que prometedores. Hoy, en la era de la información y la digitalización, gracias a las cuales es posible hacer llegar cualquier mensaje prácticamente a todo el planeta y en tiempo real, la dictadura de lo políticamente correcto representa ya un peligro inminente.

Conversando sobre este tema, cierta persona me comentó que el historiador debería ser absolutamente imparcial. Eso sería lo sensato en un mundo ideal. Pero este no es un mundo ideal y la imparcialidad absoluta no existe. La educación, el entorno social y familiar, las circunstancias de la vida y mil cosas más determinan nuestra postura ante los hechos históricos, y ésta es una verdad incuestionable. Sin embargo, tal como yo lo veo, lo que debería exigirse a los historiadores es que fuesen honestos, que relatasen las causas y consecuencias de lo que aconteció, huyendo de la interpretación en clave ideológica de lo sucedido. Creo firmemente que un historiador puede ser fiel a su personal ideario político, sin necesidad de falsear aquellos hechos de la historia que no se ajusten al mismo.

Los historiadores honestos, de cualquier sensibilidad política, son una gran mayoría. Las fuentes académicas a las que he acudido, procuran ser asépticas, al cabo, y sobre todo en los acontecimientos recientes, la cantidad de documentación disponible es tal, que resulta difícil ocultar y falsear el dato. El problema viene de otra parte, del divulgador, el propagandista, de quien posee el control de los medios de comunicación de masas, que sabiendo que raramente se va a acudir a las obras de los estudiosos, y menos a la documentación original, expone los acontecimientos a su conveniencia.

Por eso he decidido escribir esta serie de ensayos, cuyo objetivo primordial no es otro que ofrecer a los lectores una visión racional y ponderada de ciertos acontecimientos históricos, que han sido popularmente divulgados de forma sesgada, para mejor servir a la propaganda de un Estado, una ideología o un grupo determinado de personas.

Lejos de mi intención presentar trabajos exhaustivos sobre periodos o hechos históricos concretos. Me propongo observar en la medida de lo posible el antiguo principio literario que reza: Lo que se gana en extensión se pierde en intensidad. Cada entrega de esta serie estará dedicada a un tema, que desarrollaré lo más breve y al mismo tiempo lo más rigurosamente posible. No interprete mis palabras como las Tablas de la Ley, a lo que aspiro es a despertar el gusanillo de los lectores por la historia y sus personajes, incitándoles a ampliar sus conocimientos sobre los temas aquí tratados.

Estoy convencido de que debe redefinirse lo que es un historiador. Historiador es aquella persona que tiene un conocimiento profundo y cabal de los procesos sociales, políticos y económicos que determinan el desarrollo de los acontecimientos históricos, y que escribe ponderadamente sobre ellos, y no sólo aquel que posea un título universitario que lo acredite como tal. Historiador no es el que trata de adecuar la historia a su particular percepción de los hechos, sino el que intenta diferenciarlos de la pura propaganda. Historiador no es el que asume como válida la reinterpretación de la historia, con el fin de adaptarla al corpus político de su preferencia, sino quien, aun defendiendo sus ideas personales, es capaz de admitir los hechos tal y como se produjeron. Historiador es, en definitiva, aquel en cuya obra escrita prevalece la verdad de los hechos, por encima de análisis partidistas. Esto y no otra cosa es para mí un historiador. Por eso me considero como tal, aunque carezca de una titulación universitaria que lo avale.

Si con esta serie de breves ensayos consigo combatir eficazmente la propaganda sesgada que tantos historiadores científicos están propalando, me daré por satisfecho.

© Antonio Quintana Carrandi (877 palabras) Créditos