Monstruos del siglo XX, 13
HIRO-HITO, PRIMERA PARTE
por Antonio Quintana Carrandi
Showa Tenno, Hirohito
Showa Tenno, Hirohito

Hiro-Hito (1901-1989) tuvo buena suerte, pues fue el único líder del Eje que escapó a la muerte, además de ser también el único cuya biografía fue blanqueada por razones políticas. Pero no adelantemos acontecimientos y veamos quién fue, en realidad, ese pájaro de cuenta que, de haber justicia en el mundo, debería haber sido ahorcado por sus múltiples crímenes.

El Japón moderno nació en 1854, cuando el comodoro norteamericano Matthew Perry obligó al país, mediante una acción armada que dio pie al tratado de Kanagawa, a salir de su aislamiento secular y abrirse al comercio exterior. A dicho tratado siguieron otros con varias potencias occidentales, acuerdos que, si bien provocaron puntuales crisis políticas, contribuyeron a integrar al país en la comunidad internacional.

Durante la llamada Era Meiji, que abarcó de 1868 a 1912, Japón fue consolidándose como la principal, o mejor dicho, la única potencia asiática. En los años comprendidos entre 1912 y 1926, el país atravesó un breve periodo seudo-democrático, que no acabó de cristalizar en una democracia de hecho por las presiones del estamento militar, ansioso de convertir Japón en un auténtico imperio. Cuando estalló la Gran Guerra, o I Guerra Mundial, Japón se posicionó del lado aliado, pues deseaba aprovechar la coyuntura para adueñarse de las posesiones germanas en el Pacífico y China. Cuando terminó la contienda, Japón salió muy beneficiado por las cláusulas del Tratado de Versalles referentes a la zona del océano Pacífico, en la que se le reconocía de facto una influencia considerable.

A pesar de sus graves problemas internos, durante los años 20 y 30 Japón se convirtió en una potencia industrial a tener en cuenta. Existía una corriente política que aspiraba a democratizar el país, pero apenas tuvo relevancia. Otra, la comunista, también minoritaria pero mucho más combativa, tenía como fin destruir el orden social establecido y sovietizar Japón, pero tampoco alcanzó su objetivo, porque el grueso de la población nipona, educada o mejor debiéramos decir adoctrinada durante generaciones en el culto a los emperadores, rechazaba de plano cualquier concepción política de la sociedad que implicase una merma en los poderes del monarca, que para la inmensa mayoría de los japoneses era un dios viviente, el hijo de Amaterasu, la diosa del Sol. Las instituciones imperiales, por otra parte, fomentaban ese adoctrinamiento mediante el cine, la radio y la prensa escrita. Siendo la japonesa de la época una cultura tremendamente disciplinada, en la que se respetaban y valoraban los principios y tradiciones de su historia milenaria, no debe extrañar que la inmensa mayoría de los japoneses respondieran muy positivamente a los esfuerzos propagandísticos del Estado. En consecuencia, para 1930 Japón ya casi se había consolidado como una nación totalitaria, en la que todo estaba intervenido de alguna manera por el gobierno.

Hiro-Hito subió al trono el 25 de diciembre de 1926, tras la muerte de su padre, el Emperador Yoshihito. Irónicamente, uno de los títulos que ostentaba el que sería responsable en buena parte de una contienda monstruosa, era el de Showa, que significaba algo así como Paz Ilustrada.

El principal problema de Japón era la superpoblación, lo que hoy conocemos como explosión demográfica. Se calcula que, hacia finales de los años 20, nacía un millón de nuevos japoneses cada año, mientras el índice de mortalidad era algo menor. El país pasaba por graves apuros para alimentar a una población tan numerosa. Otro problema añadido era la sucesión de malas cosechas, que agravó aún más la ya de por sí difícil situación, obligando al gobierno a importar del extranjero, a un elevado coste, gran parte de los alimentos que se consumían en el país. Japón padecía, además, una alarmante carencia de materias primas, tales como el petróleo, el metal o el carbón, que debía adquirir en los mercados internacionales.

Con el acceso al trono de Hiro-Hito, los militares, que llevaban décadas intrigando para afianzar y engrandecer su poder, llegando al extremo de urdir los asesinatos de varios primeros ministros y otros políticos civiles tachados de demasiado blandos, vieron colmadas sus aspiraciones de dominio absoluto. El Emperador compartía los puntos de vista de la casta militar y su desprecio por las ideas liberales y pacifistas, así que desde el primer momento mostró un inusitado interés por sus planes de conquista.

El Ejército consideraba peligrosas las costumbres occidentales, que empezaban a imponerse tímidamente en el Japón de 1930. Quería preservar las esencias de la cultura milenaria nipona, e impuso ésta de grado o por la fuerza a la población. Su mejor herramienta para conseguirlo era el Kenpeitai.

Nacido en 1881 como una rama de la policía militar, el Kenpeitai fue en principio algo así como una gendarmería del estilo de la Guardia Civil española. Formaba parte del Ejército, pero tenía competencias sobre la Armada, y en la práctica acabaría por asumir muchas de las funciones de la Policía Naval, la Tokeitai. Además, acabó dependiendo de tres Ministerios, el de la Guerra y dos civiles, el de Interior y el de Justicia, porque poseía una sección de policía judicial. En la práctica, sin embargo, su funcionamiento sería similar al de la RSHA (Oficina Central de Seguridad del Reich, por sus siglas en alemán), que aglutinaba al SD (Servicio de Información de las SS), la Gestapo (Policía Política creada por Hermann Goering) y la Kripo (Policía Criminal o Secreta). Durante la Segunda Guerra Mundial, el Kenpeitai funcionó casi como un Estado dentro del Estado, sirviendo siempre a los intereses de la cúpula militar. El pueblo llano la llamaba Policía del Pensamiento, por su celo en controlar hasta el último detalle de las vidas de las personas. Sus miembros, conocidos como kenpeis, llegaron a ser tan odiados y temidos como los SS nazis, cuyos crímenes emularon y algunas veces superaron.

Como se ha explicado, Japón estaba necesitado de recursos de todo tipo. Había dos maneras de obtenerlos: una, mediante el comercio; otra, a través de una guerra de conquista. Ésta última opción fue la que se impuso por expreso deseo de la casta militar, que contaba con el respaldo del Emperador. Japón ocupaba Corea desde principios de siglo, pero esa posesión apenas le proporcionaba una ínfima parte de lo que precisaba. Así pues, los nipones pusieron sus ojos en Manchuria, una tierra rica en carbón y ganga de hierro, que también podría proporcionarles grandes cantidades de alimentos.

Japón invadió Manchuria usando una treta que casi una década más tarde copiarían los nazis. El ferrocarril del sur de Manchuria estaba gestionado por una compañía de capital nipón. El 18 de septiembre de 1931, un tramo de dicho ferrocarril, cercano a la ciudad de Mukden, fue dinamitado, supuestamente por extremistas chinos. Los autores del atentado eran, en realidad, oficiales escogidos por el Alto Mando nipón por su fanatismo y carencia de escrúpulos. Este falso ataque chino serviría de excusa para que el Ejército de Kwuantung, la flor y nata de las fuerzas armadas niponas, invadiera el país. Hubo enfrentamientos armados entre tropas chinas y japonesas desde la misma noche del 18 de septiembre.

La idea del Alto Estado Mayor nipón era forzar a los chinos a negociar, haciendo que cedieran a las pretensiones japonesas sin luchar. Pero Shigeru Honjo, general al mando del Ejército de Kwantung, ignoró a sus superiores de Tokio y lanzó una ofensiva sobre los chinos, conquistando Mukden. Más tarde se le unirían tropas procedentes de Corea. Entre las autoridades civiles niponas hubo tímidas protestas por la prepotencia de los militares, que, supuestamente, estaban actuando sin autorización del Emperador. Pero lo cierto es que Hiro-Hito no cesó a Honjo ni a ninguno de los generales que le secundaron, ni ordenó detener las operaciones; lo que demuestra, por encima de cualquier revisionismo histórico, que aprobaba el proceder de aquellos altos oficiales.

La invasión de Manchuria, que casi de inmediato se convertiría en un estado títere de Japón con el nombre de Manchukuo, proporcionó ingentes recursos naturales a la nación nipona, pero también se convirtió en un permanente avispero, donde los enfrentamientos con las guerrillas chinas se prolongaron hasta el final de la 2ª Guerra Mundial. La pomposa pero inútil Sociedad de las Naciones elevó una protesta, instando a los japoneses a retirar sus tropas de Manchuria. Los nipones optaron por abandonar esa organización a la que, en realidad, siempre habían considerado un obstáculo para sus planes de expansión por Asia y el Pacífico.

Envalentonados por su triunfo en Manchuria, y también porque occidente no había reaccionado ante su osadía, Japón comenzó a acariciar la idea de apoderarse de toda China, un país inmenso, preñado de recursos naturales de todo tipo. Los planes nipones para adueñarse de China databan de finales de los años 20, y existen pruebas de que Hiro-Hito estaba al tanto de los mismos.

Tras la invasión de Manchuria, la situación política japonesa pareció estabilizarse, pero no era más que un espejismo. Algunos políticos civiles cuestionaban la preponderancia de los militares, pero no tenían ni fuerza ni intención real de hacer nada práctico. A excepción hecha de Fumimaro Konoe (1891-1945), al que se consideraba un moderado, teniendo en cuenta, eso sí, la particularísima idea que de la moderación política se tenía en el Japón de entonces.

Konoe fue nombrado Primer Ministro en junio de 1937. Su nombramiento no gustó a los militares, pues se le consideraba un opositor al Ejército, que, según su criterio, debía estar subordinado por entero al poder civil. Pero Konoe no era, ni mucho menos, tan moderado como pensaban algunos ilusos en Occidente. De hecho, en 1940 fundó el Taisei Yokunsakai, un movimiento político ultranacionalista, que acabaría por convertirse en el Partido Único nipón.

Los roces entre fuerzas chinas y japonesas estaban a la orden del día en la frontera de Manchuria, y, cuando Konoe accedió al cargo de Primer Ministro, la situación era explosiva. El 7 de julio de 1937, cuando Konoe apenas llevaba un mes en su puesto, se produjo el que ha pasado a la historia como el incidente del puente Marco Polo. En ese momento la tensión entre los gobiernos de Nankin, la entonces capital de China, y Tokyo era máxima. No se conocen todos los detalles de los hechos que acontecieron, pero, según se desprende de lo poco que todavía hoy se sabe, uno o varios soldados japoneses se perdieron durante unas maniobras, adentrándose, se supone que sin saberlo, en el territorio que controlaban las fuerzas del Kuomintang, el partido del líder nacionalista chino, el generalísimo Chiang Kai-shek. Chinos y japoneses dispararon unos contra otros, lo que al principio no pasaba de ser otra escaramuza más. Pero en las cercanías había unidades niponas y chinas de cierta envergadura, que al oír los disparos se apresuraron a acudir en auxilio de los suyos. El resultado fue que se desató una auténtica batalla campal, con varios miles de muertos y heridos.

Tanto los mandos chinos como los nipones se percataron de que aquello se les estaba yendo de las manos, que podía degenerar en un baño de sangre aún mayor, así que trataron de encontrar una solución pacífica al asunto. Pero la tropa de ambos bandos ignoró a sus jefes y siguió masacrándose, llevada por el fanatismo y el odio al contrario. Puestas al tanto de lo que estaba ocurriendo, las autoridades de Nankin desautorizaron a los oficiales que intentaban negociar con los japoneses. No sólo eso, sino que además enviaron tropas al sector, con la orden de repeler a los nipones y hacerlos retroceder. En Tokyo, Konoe cedió con sospechosa facilidad a las presiones de los elementos más conservadores de su gabinete, y el antimilitarista Fumimaro no hizo nada por contener a los militares. Propuso, eso sí, iniciar una ronda de conversaciones con el gobierno chino para resolver la situación. En la práctica, tales conversaciones no fueron más allá de unas tibias declaraciones de la intención de ambas partes para alcanzar la paz, desmentidas por los cada vez más frecuentes choques armados entre tropas niponas y chinas.

Konoe acabó autorizando la ampliación de las operaciones armadas en China, para lo cual otorgó poderes especiales al Alto Mando del Ejército Imperial, lo que significaba que los militares tendrían las manos libres para actuar sin la supervisión del poder civil. Con esta decisión, Fumimaro Konoe daba carta blanca a la expansión militarista de Japón por Asia. El antimilitarista de antaño se había convertido en un adalid del militarismo nipón. En noviembre de 1937 anunció oficialmente el inicio de un Nuevo Orden, lo que definió como una Esfera de Coprosperidad Asiática, que sería creada y mantenida por el Imperio del Sol Naciente. Según su opinión, compartida por las figuras políticas y militares más relevantes del Imperio, Japón tenía la sagrada misión de liberar Asia del yugo europeo. Sabiendo cómo funcionaba la política en el Japón de los años 30, si Konoe se atrevió a declarar públicamente algo así, fue porque contaba con la aprobación de Hiro-Hito.

La guerra entre China y Japón se prolongaría hasta 1945, ocho años durante los cuales los nipones cometieron toda clase de atrocidades en el gigante asiático. China era inmensa, poseía abundantes recursos naturales y una población muy numerosa, pero militarmente era irrelevante, comparada con la potencia japonesa. El odio de los japoneses hacia los chinos era tan absoluto como irracional, de modo que los nipones no sólo mataban a los soldados chinos, lo que hasta cierto punto sería entendible, sino que se complacían en masacrar a los civiles. Los crímenes cometidos por el Ejército japonés en China abarcan todas las variantes del horror, incluyendo las torturas más atroces perpetradas contra mujeres, niños y ancianos, las violaciones masivas no sólo de mujeres y niñas, sino también de hombres, y hasta el canibalismo. La tristemente famosa Unidad 731 del Ejército Imperial sometió a miles de chinos a delirantes experimentos médicos, tan horribles e inútiles como los perpetrados por los nazis en sus campos de exterminio unos años más tarde. Asimismo, los militares nipones emplearon armas químicas contra la población civil china, en muchas ocasiones sólo para comprobar sus efectos in situ y matando, tal vez, a varias decenas de miles de personas.

Nada comparable, sin embargo, a lo que sufrió Nankin. Chiang Kai-shek, siguiendo los consejos de sus asesores, optó por defender la ciudad. La situación pronto se tornó desesperada, y mientras el generalísimo y su gobierno huían, las desorganizadas fuerzas chinas trataban de repeler a los nipones. El 13 de diciembre de 1937 cayó la ciudad en manos de los invasores, que de inmediato ejercieron una represión feroz no sólo contra los soldados chinos, sino también contra la población civil en su conjunto.

Nankin fue tan devastada como Stalingrado o Manila unos años después. El horror se prolongó durante seis semanas, cuarenta y dos días que los supervivientes de la llamada Masacre de Nankin no olvidarían jamás. Durante ese mes y medio los japoneses se dedicaron por entero a violar, torturar y matar bajo la complacida mirada de sus superiores, que no sólo no hicieron nada por impedirlo, sino que participaron con entusiasmo en aquella orgia de sangre. De hecho, el Alto Estado Mayor Imperial había ordenado que se distribuyeran sobres con órdenes muy concretas a todos los oficiales, de teniente para arriba. Todos los sobres contenían la misma nota, que rezaba: Desháganse de los prisioneros. Una vez leído, destrúyase.

Parecía que la población de Nankin estaba condenada al exterminio, pues en su vesania criminal los nipones no respetaban condición, sexo o edad. Pero entonces surgió la figura de un hombre dispuesto a paliar en lo posible aquel horror. John Rabe (Hamburgo, 1882—Berlín, 1950) era un alemán que llevaba treinta años en China. Representante de los intereses de la firma Siemens en el país, y miembro destacado del partido Nacionalsocialista de la comunidad germana de Nankin, Rabe reaccionó con una dignidad y un humanitarismo que nadie hubiera esperado en un nazi. Secundado por otros seis occidentales de varias nacionalidades, creó una zona de seguridad en pleno centro de la ciudad, que protegió bajo la enseña de la cruz gamada. Al principio, dio cobijo allí a los chinos que trabajaban para su empresa o para otras firmas occidentales. Pero al ver lo que estaba pasando, abrió las puertas de la zona de seguridad a todos los chinos. Los japoneses, rabiosos, no podían hacer nada, porque eso significaría atacar a un ciudadano del Tercer Reich, potencia con la que Japón mantenía excelentes relaciones.

Rabe se había afiliado al partido nazi porque, como muchos de sus compatriotas, creía que Hitler obraba de buena fe y su único propósito era devolver a la nación germana la dignidad perdida por culpa del injusto Tratado de Versalles, que criminalizó a Alemania, como si sólo ella hubiese sido responsable de la Gran Guerra. Tenía buena opinión de Hitler y creía que el antisemitismo de que hacía gala en sus discursos no era muy distinto del que existía en otras naciones, siendo más retórico que real. Resulta evidente que, al llevar tres décadas fuera de su país, no tenía información de primera mano sobre lo que estaba pasando allí. Por otra parte, aunque es innegable que sentía cierta admiración por Hitler, no así por otros capitostes nazis, también tuvo una razón pragmática para afiliarse al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán: Siendo miembro de dicha formación política, podría acceder con más facilidad a las subvenciones concedidas por el Estado.

Rabe, como presidente del recién formado Comité Internacional de Ayuda al Pueblo Chino, utilizó su condición de nazi para presionar a los japoneses, instándoles a respetar la zona de seguridad que había creado, e incluso ampliando ésta para tener espacio en el que acoger a más refugiados. Tanto él como el resto de los occidentales se desvivieron para proteger a decenas de miles de personas, que, de otro modo, hubieran sido masacradas por la horda nipona. Pero Rabe superó con creces a sus compañeros del Comité, porque incluso tenía por costumbre aventurarse fuera de la zona de seguridad, recorriendo las devastadas calles en su automóvil para salvar al mayor número de personas que pudiera. Años más tarde, no menos de dos centenares de mujeres chinas, incluyendo muchas que eran niñas de corta edad por esas fechas, declararon que habían sido salvadas de ser violadas y asesinadas por John Rabe en persona, quien, completamente solo, y luciendo ostentosamente en su brazo izquierdo el brazalete con la esvástica, se había enfrentado a las bestias niponas para arrebatarles sus presas. La cruz gamada, hoy día aborrecida en occidente por el uso que hicieron los nazis de ella, cumplió en aquel entonces con su significado milenario como símbolo solar y de buena suerte, sirviendo para preservar vidas humanas.

Había que dar testimonio de aquel horror, de forma que Rabe sacó cientos de fotos de las víctimas de los japoneses, e incluso filmó una película, para dar a conocer al mundo la auténtica dimensión de los crímenes cometidos por las tropas del Imperio del Sol Naciente. Sin embargo, eso no le parecía suficiente, de modo que le escribió al Führer una larga y pormenorizada misiva, poniéndole al tanto de lo que ocurría. Rabe esperaba que Hitler tomara cartas en el asunto, presionando al gobierno japonés para que pusiera fin a aquella matanza. Nunca recibió contestación. Lo más probable es que esa carta acabara en las manos de Martin Borman o Heinrich Himmler, quienes seguramente se la ocultaron al líder nazi, porque es sabido que censuraban la correspondencia que llegaba hasta él. Como fuese, el gobierno alemán no hizo nada y las matanzas prosiguieron durante seis semanas. Desencantado al comprobar que las autoridades de su país abandonaban a los chinos a su suerte, Rabe rompió con la ideología nazi, de la que, al conocer sus atrocidades después de la II Guerra Mundial, renegó por completo.

En febrero de 1938, ya concluida la masacre, la Siemens China Co. depuso de su cargo a Rabe y le ordenó regresar a Alemania. A su vuelta a Berlín, Rabe trató de convertirse en el portavoz de los más de 300.000 chinos que habían sido asesinados en Nankin. Dio varias conferencias, que apoyó con la abundante documentación fotográfica que poseía sobre los crímenes nipones. Incluso intentó llegar hasta Hitler, para hacerle partícipe de la realidad. Como es obvio, no lo consiguió. De hecho, acabó siendo detenido por la Gestapo, acusado de injuriar a una nación aliada de Alemania. Aunque fue puesto en libertad muy pronto, perdió cualquier influencia que pudiera tener y pasó la mayor parte de la guerra en el anonimato. Después del conflicto, y a pesar de que existían miles de testimonios de su dignidad, humanidad durante los sucesos de Nankin, los aliados le desposeyeron de sus propiedades y le sometieron a un estúpido proceso de desnazificación, del todo innecesario porque ya hacía mucho tiempo que se había apartado del Partido Nazi y de todo lo que significaba. Durante los últimos cinco años de su vida, vivió en la pobreza más extrema que imaginarse pueda, sobreviviendo, él y su familia, sólo gracias a los paquetes de alimentos que periódicamente le enviaban desde Nankin muchísimas de las innumerables personas que había salvado. Gran parte de las fotografías que tomó fueron destruidas por la Gestapo, pero la película que filmó ha llegado a nuestros días, siendo el testimonio más espantoso e irrefutable de las monstruosidades perpetradas por los japoneses en aquella ciudad.

John Rabe logró salvar de la muerte a más de un cuarto de millón de personas. Es, sin ninguna duda, el hombre que más vidas humanas ha preservado en toda la historia de la humanidad, aunque durante décadas su hazaña permaneciera en el olvido. Cuando en 1996 se publicó en varios países el diario que escribió durante aquellos terribles sucesos, su figura empezó a ser reivindicada. Ese diario fue publicado también en Japón, pero su tirada fue insignificante, pues narra una verdad muy incómoda para los japoneses, que siempre han sostenido que en Nankin sólo fueron fusilados militares chinos, y que nunca se llevó a cabo ninguna represión contra los civiles. El gobierno nipón ha aceptado oficialmente la existencia de la masacre exclusivamente por presión estadounidense, pero la inmensa mayoría de los japoneses sigue negándola.

Pero la Masacre de Nankin existió, como todavía hoy pueden atestiguar miles de personas que la vivieron, muchas de ellas niños entonces, que prácticamente volvieron a nacer gracias a la decisión y presencia de ánimo del que sólo puede calificarse como un hombre eminentemente bueno.

Después de lo de Nankin, el rodillo japonés continuó abatiéndose sobre China. Pero el proceder de Tokyo alarmaba, y mucho, a un individuo que compartía con Hiro-Hito su vesania criminal y su falta de escrúpulos, aunque era incluso peor que el Emperador de los japoneses: Stalin, cuyas tropas serían las primeras en vapulear al hasta entonces imparable Ejército Imperial nipón.

© Antonio Quintana Carrandi (3.789 palabras) Créditos