La ley seca: Centenario de una ley absurda, 7
PRINCIPALES PROMOTORES, TERCERA PARTE
por Antonio Quintana Carrandi
James Cannon Jr.
James Cannon Jr.

James Cannon Jr. (1864-1944). Sucesor de Wayne Wheeler en la jefatura de la ASL. Parecía imposible superar la vesania prohibicionista de Wheeler, pero Cannon lo logró con creces.

Obispo metodista desde 1918, se distinguió por ser uno de los promotores más reaccionarios de la Prohibición. En 1909 ya era el máximo dirigente de la Liga Anti-Tabernas de Virginia, cargo que le serviría para acceder, algún tiempo después, al de Superintendente de la ASL para todo el país. A la muerte de Wheeler ocupó el puesto de éste. Pero mientras Wheeler había sido un hombre inteligente y capaz, Cannon se reveló como un inepto que sólo valía para proferir sandeces sin límites. Dio muestras de su incontenible diarrea oral en numerosas ocasiones, pero durante la campaña presidencial de 1928 acabó de perder por completo los papeles. Sólo había una cosa que odiaba tanto o más que el alcohol: el catolicismo, al que definía como la madre de la superstición, la ignorancia, la intolerancia y el pecado. Virtudes éstas que, como veremos, le adornaban a él mismo.

Cannon arremetió con todo su poder, que era considerable, contra el candidato del partido Demócrata a la Casa Blanca, el neoyorkino Al Smith, que además de oponerse a la Prohibición era papista, como llamaban con desprecio los protestantes a los católicos. En comandita con la inteligentísima pero deleznable Mabel WalkerWillebrandt, y el reverendo Robert Jones Sr., Cannon orquestó una campaña de difamación contra Smith que ha pasado a la historia por su virulencia. Las formas y la retórica empleadas por Cannon y Jones fueron muy similares a las utilizadas por los oradores nazis en Alemania. Entre otras lindezas, Cannon llamó a Smith degenerado. Afirmó que, de alcanzar la presidencia, el neoyorkino le pondría un despacho al Papa en el ala este de la Casa Blanca, y hasta llegó a asegurar que, con un católico de presidente, todos los hijos de matrimonios protestantes pasarían a ser ilegítimos. En cuanto a los partidarios del demócrata, Cannon se refirió a ellos como esos guarros que uno puede tropezarse en cualquier acera de Nueva York, para él una verdadera Sodoma y Gomorra estadounidense. Xenófobo hasta extremos delirantes, sostenía que Smith sólo podría contar con los votos de inmigrantes irlandeses, italianos, alemanes, judíos y otra chusma por el estilo. El Ku-Klux-Klan se sumó con entusiasmo a la campaña de acoso y derribo de Smith emprendida por el siniestro obispo metodista, envenenando aún más el ambiente preelectoral.

Puede afirmarse que, sin Cannon, Jones, WalkerWillebrandt, el Klan y otros de idéntico pelaje, Herbert Hoover no habría sido reelegido. Su campaña para la reelección se caracterizó por un programa ambiguo, que no concretaba nada, aparte de insistir machaconamente en la buena marcha de la economía. Smith, por el contrario, tenía unos principios sólidos, las ideas claras y la férrea determinación de llevarlas a la práctica. Pero su catolicismo y su resuelta postura contra la Prohibición le perjudicaron muchísimo. Por otra parte, el encarnizamiento de la campaña en su contra adquirió tales dimensiones, que al comprobar que Hoover le había derrotado en las urnas por una aplastante mayoría, declaró que ya había tenido más de lo que podía soportar, y que no volvería a postularse a la presidencia.

Cannon se regodeó ante la prensa y los micrófonos de los noticiarios radiados, jactándose de haber sido el némesis del demonio católico Smith. Pero algún tiempo después salieron a la luz pública, seguramente reveladas por un enemigo político, sus más que sospechosas manipulaciones en el mercado de valores, a través de una entidad empresarial acusada de prácticas corruptas. Fue sometido a varias investigaciones no sólo por las autoridades federales, sino por su propia iglesia. Entre otras cosas, se le acusó, al parecer con pruebas irrefutables, de haberse dedicado a la acumulación de harina de trigo durante la I Guerra Mundial, que más tarde había vendido obteniendo enormes beneficios.

Los cargos en su contra siguieron aumentando conforme pasaba el tiempo. El Honesto Cannon, como le habían bautizado algunas publicaciones de simpatías republicanas y pro— Ley Seca, resultó ser un miserable que, mientras su esposa estaba muriéndose, había mantenido relaciones adúlteras no con una, sino con dos mujeres, una de ellas su propia secretaria. Pero el colofón vendría en 1931, cuando el Gran Jurado le acusó de violar las leyes electorales federales. Al parecer, entre otras cosas poco edificantes, había pedido prestados 65.000 dólares para financiar su campaña contra Smith y a favor de Hoover, quedándose con la mayor parte de esa suma. Aunque sería absuelto por falta de pruebas, dicha acusación, sumada a las anteriores y a sus notorios escándalos sexuales, imperdonables en un clérigo que se erigía en valedor de la moral protestante, destruyeron su reputación y su influencia política. Cuando falleció, a los ochenta años, pocos fueron los que lloraron por aquel individuo, tan frío y traicionero como una serpiente de cascabel, que tanto se había esforzado por destruir la carrera de, este sí, el honesto Al Smith.

Robert Davis Reynolds Jones
Robert Davis Reynolds Jones

Robert Davis Reynolds Jones Sr., llamado Bob Jones (1883-1968). Aunque algunos sectores de la sociedad estadounidense todavía le consideran hoy día un benefactor público, por el hecho de haber fundado una universidad, lo cierto es que fue uno de los personajes más nefastos de la historia americana. Fanático religioso, aborrecía a los católicos. Era además profundamente racista, pues simpatizaba con el Ku-Klux-Klan que, según él, aglutinaba a los americanos de corazón. A veces criticaba los linchamientos perpetrados por los encapuchados del Klan, pues quería dar la imagen de una persona de orden, pero no dudaba en afirmar que los negros eran inferiores en todo a los anglosajones blancos, y hasta llegó a decir en una ocasión que las personas de raza negra poseían una inteligencia mínima. Siempre encontraba motivos para excusar las tropelías de los matones de la Hermandad de la Camelia Blanca —otro nombre por el que se conocía al Klan—, hablando de los excesos de unos pocos incontrolados y otras majaderías por el estilo. El mismo argumento que, hoy día, esgrimen los progres para justificar el terror desatado por las izquierdas en la zona frente populista durante la guerra civil española.

Jones fue uno de los abanderados más destacados de la Ley Seca. Incluso sostenía que la Volstead Act era demasiado blanda, y abogaba por un endurecimiento ejemplar de las penas por quebrantarla. Su fundamentalismo religioso era de tal calibre, que incluso patrocinó el rodaje de una película ejemplarizante, en la que vertió todo el veneno religioso que llevaba dentro. El problema fue que, en su afán por describir el pecado de la forma más realista y contundente posible, aquel mazacote fílmico acabó siendo destrozado por la censura de la que él mismo era partidario.

Mejor suerte tuvo con la radio, novedoso medio de comunicación de masas que empezó a funcionar regularmente en USA en 1927. Otros clérigos sostenían que, al igual que el cine, la radio sólo serviría para embrutecer a la gente y apartarla de Dios. Jones, por el contrario, era lo bastante inteligente para saber que no se podía frenar el desarrollo tecnológico, así que optó por utilizarlo para difundir su mensaje. Puede afirmarse que Bob Jones fue el antecesor de los actuales telepredicadores. Sus emisiones en defensa del puritanismo protestante y de la Prohibición alcanzaron gran éxito. De hecho, Jones mantuvo ese programa en antena hasta 1962 nada menos.

Los fundamentos religiosos de Jones eran sencillamente delirantes. Así, por ejemplo, sostenía que el hombre era depravado por naturaleza, consideraba el baile como un pecado mortal, como beber o fornicar, y se oponía frontalmente a que en los colegios se enseñara la teoría de la evolución, hoy sobradamente demostrada. En diciembre de 1926 fundó la universidad que lleva su nombre, en un intento por sacralizar la enseñanza. La Universidad Bob Jones tenía un nivel académico notable, pero destacó sobre todo por su difusión de las teorías bíblicas creacionistas, contribuyendo, en la práctica, a hacer más mal que bien.

El entonces reverendo y más tarde obispo Jones tuvo un papel destacadísimo en la campaña presidencial de 1928. Haciendo causa común con Mabel WalkerWillebrandt, James Cannon Jr. y otros meapilas por el estilo, se dedicó en cuerpo y alma a la sucia tarea de injuriar a Al Smith, del que dijo auténticas barbaridades. En una ocasión, este simpatizante declarado del KKK declaró por radio: Prefiero ver a un asqueroso negro en la Casa Blanca, antes que tener al maldito Al Smith de presidente. Político de alzacuellos, aceptaba con regocijo y publicitaba con descaro las contribuciones económicas que su iglesia recibía del Klan. De hecho, uno de sus mejores amigos, el gobernador de Alabama, Bibb Graves, era un importante miembro del KKK.

Cuando la Volstead Act fue derogada, en diciembre de 1933, Jones siguió en sus trece, exhortando a los buenos americanos —es decir, a los blancos, anglosajones y protestantes—a luchar contra el vicio y el pecado. Fue un decidido aislacionista, que sostenía que Estados Unidos podía llegar a un entendimiento con la Alemania hitleriana para mantener la paz. Según parece, durante la II Guerra Mundial estuvo bajo vigilancia del FBI, pues muchas de las cosas que defendía se asemejaban sospechosamente a algunas defendidas por los nazis.

Otra de sus bestias negras fue el cine. Cuando en 1946 se estrenó DUELO AL SOL (DUEL IN THE SUN , King Vidor, 1946), no tuvo inconveniente en suscribir las opiniones del clero católico estadounidense, que consideraba esa película como obscena, pecaminosa y peligrosa. La lista de los films que fueron blanco de sus invectivas fundamentalistas, vomitadas a través de las ondas radiofónicas y publicaciones de corte religioso, sería interminable.

Durante la Era Kennedy, a pesar de estar ya viejo y enfermo, continuó mostrándose tan combativo como siempre en defensa de la segregación racial. No ocultaba su desprecio por aquel presidente papista, que pretendía equiparar en derechos a blancos y negros, algo que, según explicó en radio y televisión, se le antojaba aberrante, porque Dios fue el autor de la segregación, y oponerse a la misma es oponerse a Nuestro Señor.

Aquejado de múltiples achaques, Bob Jones trató de continuar al pie del cañón, defendiendo hasta el final sus deleznables ideales. En 1965 su salud se deterioró hasta un punto sin retorno. Moriría el 16 de enero de 1968. Es una lástima que no viviera para ver cómo, por imposición federal, en 1971 la universidad que lleva su nombre abandonaría la segregación racial de una vez por todas.

© Antonio Quintana Carrandi (1.741 palabras) Créditos