RODEA EL CAPITOLIO
por Antonio Quintana Carrandi
Asalto al Capitolo en Washington

La polémica presidencia de Donald Trump ha acabado como el rosario de la aurora por culpa, exclusivamente, del susodicho. Tras perder las elecciones, podría haberse marchado tranquilamente, como sus predecesores. Pero, en lugar de eso, ha optado por aferrarse al poder, insistiendo machaconamente en la existencia de un supuesto fraude electoral, que hasta la mayoría de los republicanos niega que se haya producido. El pasado miércoles, 6 de enero, el Congreso iba a proceder a la ratificación del demócrata Joe Biden como presidente electo. Trump, genio y figura hasta la sepultura, no dudó en animar a sus seguidores a intentar boicotear esa sesión del Congreso, con el resultado que todos conocemos. En lugar de perder como un caballero, con la elegancia y resignación demostrada por todos los presidentes anteriores, el magnate ha soliviantado a las masas que le apoyan, propiciando una situación insólita en la historia de USA. Su presidencia ha sido bastante irregular, aunque no puede negarse que ha tenido algunos aciertos. Pero cuando en el futuro se hable de ella, sólo se recordará cómo terminó, y las vergonzosas imágenes de una horda de descerebrados asaltando la sede de la soberanía nacional estadounidense.

A Trump le juzgará la historia, aunque también es posible que de sus acciones se deriven algunas responsabilidades de índole penal. Pero, como español, lo que me ha provocado verdaderas náuseas fueron las declaraciones de ciertos individuos e individuas—lo repito por enésima vez, seamos paritarios—, que se han desgañitado en defensa de la democracia y el antifascismo aprovechando la coyuntura. Personajes que no hace mucho alentaron una acción idéntica a la promovida por Trump. ¿O es que ya no nos acordamos de que en España ocurrió lo mismo con aquello de rodea el Congreso? Que los culpables de eso se pongan ahora estupendos, presumiendo de lo que nunca han sido ni serán, demócratas, y arremetan contra Trump por hacer en USA lo mismo que ellos hicieron aquí, sólo puede provocar la indignación de cualquier persona sensata y medianamente enterada de lo que ocurre por el mundo. Lo sucedido en Washington DC y lo ocurrido en España, bajo los lemas de rodea el Congreso y no nos representan, son lo mismo. Y ya sabemos quiénes estaban detrás y qué era lo que buscaban.

No hace mucho, Barak Obama tuvo palabras de elogio para George Walker Bush —otra bestia negra de la sucia progresía mundial—, del que dijo que había hecho todo lo posible y más para facilitar el cambio de administración. Trump podría haber hecho lo mismo, demostrando así respeto por los principios, los valores y las reglas de la democracia estadounidense. No ha querido hacerlo. Es más, ha intentado aferrarse al poder de un modo similar al de Maduro, no reconociendo los resultados electorales. Por fortuna, Estados Unidos no es Venezuela. Su lamentable maniobra sólo ha servido para situarle a la altura de Andrew Johnson y Richard Nixon, posiblemente dos de los presidentes menos valorados de la historia estadounidense.

En cuanto a ciertos personajillos de la bajuna politiquería ibérica, estarían mejor callados, porque cada vez que abren la boca la cagan. Aunque, a decir verdad, dudo que eso preocupe a los que están acostumbrados a afirmar, con la misma seriedad, una cosa por la mañana y la contraria por la tarde. Al final, uno acaba concluyendo que tenía razón don Melchor Gaspar de Jovellanos, cuando, hace más de doscientos años, aseguró: Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen.

© Antonio Quintana Carrandi (574 palabras) Créditos