La ley seca: Centenario de una ley absurda, 6
PRINCIPALES PROMOTORES, SEGUNDA PARTE
por Antonio Quintana Carrandi
Mabel Elizabeth Walker-Willebrandt
Mabel Elizabeth Walker-Willebrandt

Mabel Elizabeth Walker-Willebrandt (1889-1963). Conocida como La Primera Dama de la Ley, fue la versión femenina de Wayne Wheeler. Lo curioso es que, en principio, Mabel no parecía tener mucho en común con las estultas beatas de la WCTU, a la que nunca perteneció. Hija del editor de un pequeño periódico de provincias, ejerció la docencia a la vez que estudiaba Derecho por las noches. En 1910 contrajo matrimonio con Arthur Willebrandt, director del colegio en el que trabajaba como maestra, del que se separaría en 1916, para divorciarse en 1924. En su tiempo era el prototipo de mujer moderna, con una buena formación e ideas propias. Obtuvo su título de abogado en 1916, destacando desde un principio como una tenaz luchadora en defensa de los derechos de las mujeres. Cuando Estados Unidos entró en la Gran Guerra, en 1917, fue nombrada jefe de la Junta Asesora Legal para asuntos de reclutamiento en la ciudad de Los Angeles. Su labor fue tan meritoria que cuatro años después, avalada por las recomendaciones por escrito del senador Hiram Johnson y la mayoría de los jueces del sur de California, Walker-Willebrandt accedió al puesto de Fiscal General Auxiliar en la administración del presidente Warren G. Hardin. Estaba al cargo de la división de impuestos, de las prisiones federales y también de la aplicación de las leyes relacionadas con la Prohibición.

Según testimonios de familiares y amigos, Mabel Walker-Willebrandt había estado en contra de que se aprobara algo como la Ley Seca. Pero, al ocupar un cargo público tan importante, hizo a un lado sus preferencias personales y se dispuso a aplicar la Volstead Act con todo rigor, haciendo gala de un celo prohibicionista que tenía poco que envidiar al de Wayne Wheeler.

Mabel se había ganado la reputación de honesta e incorruptible durante su etapa de abogado en California, donde se había ocupado principalmente de casos de prostitución, en los que llevó ante el estrado a más de dos mil meretrices. Pero también consiguió que, por primera vez en la historia judicial de Estados Unidos, los clientes de aquellas prostitutas fueran obligados a comparecer ante una corte, lo que fue interpretado por los círculos progresistas y feministas como un gran avance, pues hasta ese momento esos hombres habían gozado de cierta impunidad.

Cuando fue nombrada Asistente del Fiscal General, el 27 de septiembre de 1921, se convirtió en la mujer de más alto rango de la administración federal. Pero, en cierto modo, dicho nombramiento no dejaba de ser un regalo envenenado. Aunque en su momento su acceso al cargo fue celebrado por las feministas de entonces, la cruda verdad es que accedió al mismo porque nadie lo quería, ya que ningún político en sus cabales habría aceptado la responsabilidad de hacer cumplir una ley tan impopular como la Seca. Trabajadora y muy seria, incluso adusta, Willebrandt era consciente de ello, pero decidió esforzarse al máximo en el cumplimiento de su tarea. Había sido aficionada a tomarse una copa de vez en cuando, pero desde el mismo momento en que asumió el puesto de Asistente del Fiscal General de Estados Unidos, se volvió completamente abstemia.

Mabel no se hizo ilusiones de ninguna clase. Sabía que no sólo tendría que enfrentarse a los que violaban descaradamente la Volstead Act, sino también a los que, entre las bambalinas políticas, les apoyaban por activa o por pasiva. Así que desde el primer momento adoptó una actitud combativa e intransigente. Esta postura le granjeó la animadversión de muchísimas personas del ámbito judicial, porque, por ejemplo, tenía por costumbre despedir fulminantemente a aquellos fiscales que, a su juicio, se mostraban demasiado blandos o contemporizadores a la hora de instruir procesos relacionados con la Prohibición.

Al principio tuvo bastante éxito, logrando el procesamiento de contrabandistas de licor tan importantes como George Remus, o los denominados Cuatro Grandes de Savannah, Georgia. Pero sus triunfos, aireados a bombo y platillo por la prensa afín a los postulados prohibicionistas, eran espectaculares pero insignificantes. Además, Mabel Walker-Willebrandt tenía el mismo defecto que los fanáticos moralistas de la WCTU y la ASL: nunca quiso admitir que era imposible hacer cumplir la Ley Seca porque ésta era, sencillamente, una norma absurda e injusta que casi nadie acataba.

Considerada en algunos círculos muy concretos como una mujer culta y ecuánime, Mabel reveló su verdadera faz durante la campaña presidencial de 1928. El candidato del partido Demócrata era Al Smith, que había sido gobernador del estado de Nueva York. Smith era un progresista en el sentido más amplio y limpio del término, y no en el que le da ahora la patulea progre en ambas orillas del Atlántico. Enemigo declarado del Ku-Klux-Klan, al que calificaba de antiamericano, era un luchador incansable por la causa de los derechos civiles de todos los habitantes de Estados Unidos, sin distinción de raza o credo. Willebrandt, ferviente republicana, no dudó en sumarse a la campaña de acoso y derribo que orquestó el partido Republicano contra Smith. Su condición de católico con raíces irlandesas e italianas, sumada a su firme oposición a la Ley Seca, que en su opinión sólo beneficiaba a los delincuentes, fueron hábilmente utilizadas en su contra por sus adversarios políticos. Y Mabel fue una de las más despiadadas, pues en un acto religioso en Ohio, al que asistieron unos dos mil pastores protestantes, pidió a éstos que convenciesen a sus congregaciones para que votaran contra Smith. Tal proceder fue una violación deliberada del principio democrático de separación entre iglesia y estado, que hasta entonces había sido respetado escrupulosamente en USA. Pero la sucia jugada le salió bien, y entre ella y otros de su estilo, lograron manipular a las masas para que se opusieran al candidato demócrata. Por otra parte, los votantes del Sur, feudo del partido Demócrata, el gran valedor de la segregación racial por aquel entonces, abominaban de tener entre sus filas a un amigo de los negros como Smith, que además era papista y se declaraba contrario a la causa sagrada de la Prohibición. El resultado fue que Al Smith perdió frente al republicano Herbert Hoover por una abismal diferencia de más de seis millones de sufragios directos.

Willebrandt se había dejado la piel en la campaña para llevar al prohibicionista Hoover a la Casa Blanca y esperaba su recompensa. Pero, por razones nunca aclaradas, el nuevo presidente la ignoró por completo una vez instalado en el poder. Amargada, Willebrandt dimitió en 1929, dedicándose a partir de entonces a la práctica privada de la abogacía. Es significativo que ella, que observó casi el mismo celo que Wayne Wheeler para implantar y hacer cumplir la Volstead Act, defendiera más tarde a varias personas y empresas por violaciones de la Prohibición.

Como abogado representó a varias personas e instituciones de la industria del cine, tales como los actores Clark Gable, Jean Harlow y Jeanette MacDonald; al magnate Louis B. Mayer, a la Metro Goldwyn Mayer y al Sindicato de Directores de Cine, entre otros muchos. Casi siempre salía triunfante de los lances judiciales, por lo que se convirtió en el abogado más importante y solicitado de Los Angeles.

Nadie puede poner en duda su valía, pues, además de ser experta en leyes, regulaciones e impuestos federales, obtuvo varios doctorados Honoris Causa, escribió libros e incluso se sacó la licencia de piloto de aviación, emulando a su amiga Amelia Earhart. Pero su actuación durante la época de la Ley Seca ensombreció sus logros en otros campos. Es justo reconocer que, durante su servicio como Asistente del Fiscal General de Estados Unidos, tuvo algunos aciertos, como recomendar al joven y dinámico J. Edgard Hoover para dirigir el entonces irrelevante y muy corrupto FBI; o al desarrollar la idea de procesar a las principales figuras criminales por evasión de impuestos, táctica legal que permitiría el enjuiciamiento y posterior encarcelamiento de Al Capone en 1931. Pero en lo que a la Ley Seca se refiere, mostró un sectarismo similar al esgrimido por Wayne Wheeler y los de su cuerda. De hecho, Mabel Walker Willebrandt se declaraba admiradora de aquel fanático moralista.

Irónicamente, ella, una auténtica inquisidora protestante, que en 1928 había hecho gala de un anti-catolicismo casi frente-populista al arremeter contra Al Smith, despertando en las masas un sentimiento anti-católico deleznable, acabó convirtiéndose al catolicismo.

Mabel Walker-Willebrandt murió de cáncer de pulmón en 1963. De ella llegó a decirse que, de haber usado pantalones, podría haber alcanzado la presidencia de Estados Unidos. Aún hoy sigue siendo una figura controvertida de la historia americana. Lo que no puede negarse es que, para bien o para mal, o para ambas cosas, dejó su impronta en la misma.

Morris Sheppard
Morris Sheppard

Morris Sheppard (1875-1941). Aunque Andrew Volstead daría su nombre a la Decimoctava Enmienda, los estadounidenses siempre han considerado a Morris Sheppard como el padre legítimo de la Prohibición. Este senador tejano, que se dedicó a la alta política desde 1902 hasta su muerte, era descendiente directo, por vía materna, de Robert Morris, uno de los firmantes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, quien también estampó su rúbrica en la Constitución.

Morris pertenecía al ala mayoritaria y más conservadora del partido Demócrata, hegemónico por aquel entonces en el Sur. Hoy día se asocia a dicho partido, sobre todo desde la Era Kennedy, con el progresismo, la lucha por los derechos civiles y el antirracismo. Es cierto que ha sido el primer partido en llevar a un negro a la Casa Blanca, lo que no deja de tener su mérito, por más que el tal Obama haya resultado un presidente más bien mediocre. Pero es preciso recordar que desde la década de 1870, cuando Washington retiró los gobiernos militares de los antiguos estados confederados y éstos volvieron a ser gobernados por las élites sudistas, mayoritariamente demócratas, éstas buscaron la forma de soslayar las leyes federales que otorgaban varios derechos, entre ellos el del voto, a los antiguos esclavos negros. El partido Demócrata monopolizó la vida política en el Sur, instaurando un sistema segregacionista que sobrevivió hasta hace relativamente poco tiempo, y cuyas consecuencias aún están muy presentes en el imaginario colectivo estadounidense. Existía una facción moderada en el partido Demócrata, a la que pertenecía gente como Al Smith (del que hablaré detalladamente más adelante), pero a principios del siglo XX era muy minoritaria y se circunscribía principalmente a las grandes ciudades del Norte. Puede afirmarse, por tanto, que en la época de la Prohibición la inmensa mayoría de los demócratas eran por lo menos tan reaccionarios como los republicanos más conspicuos. Y Morris Sheppard era uno de los más intransigentes.

Como he dicho, Morris empezó su carrera política en 1902, cuando, a la muerte de su padre, fue elegido para ocupar su puesto en la Cámara de Representantes. Mantuvo dicho escaño hasta 1913, cuando la Legislatura de Texas lo eligió para el Senado. Como senador, Morris se distinguió por ser un verdadero azote para los republicanos y, en general, para cualquiera que, a su juicio, pretendiera dañar de algún modo a su estado natal. Se hizo muy popular al promover una línea de créditos federales que beneficiaba a los campesinos. En 1921, junto a Horace Mann Towner, impulsó la denominada Ley Sheppard-Towner, que implementaba varias medidas para reducir la mortalidad infantil, una verdadera lacra en aquel tiempo. Así mismo, defendió a capa y espada el sufragio femenino y otras cosas que hoy consideraríamos como muy progresistas. Pero el progresismo que defendía era sólo para los blancos de raíces anglosajonas y protestantes. Despreciaba a católicos y judíos, y desconfiaba de los inmigrantes que llegaban al país. En lo que a los negros se refiere, se oponía con firmeza digna de mejor fin a que pudieran votar, además de considerar la segregación racial como una virtud netamente americana. Otros políticos sudistas trataban de disimular su racismo, adoptando un aire paternalista con los negros. A Sheppard, en cambio, se le podía acusar de cualquier cosa, menos de ser un hipócrita. Tradicionalmente, las primeras damas de Estados Unidos suelen ofrecer un té a las esposas de los congresistas. En 1929 una de las invitadas por la señora Hoover fue Jessie De Priest, la mujer de Oscar Stanton De Priest, el primer negro elegido para el Congreso en lo que iba del siglo XX. Muchos fueron los que se sintieron contrariados por lo que consideraban una indignidad, pero sólo Sheppard se atrevió a expresar sin tapujos su parecer. En declaraciones a la prensa dejó claro que aquello le parecía contraproducente, pues sostenía que semejante confraternización entre razas amenazaba la civilización blanca.

En lo que a la Prohibición se refiere, Morris Sheppard fue uno de sus defensores más entregados y entusiastas. Había ayudado a redactar la llamada Ley Web-Kenyon de 1913, que restringía severamente el comercio interestatal de licores, y fue el principal impulsor de otra ley, aprobada en 1916, que imponía una suerte de prohibición parcial en el Distrito de Columbia; es decir, en la capital federal de Washington y sus áreas dependientes. Él fue quien presentó la resolución del Senado para la Decimoctava Enmienda, que establecía la Prohibición, además de colaborar en la redacción de la Volstead Act, que preveía su aplicación.

Algún tiempo después de la instauración de la Ley Seca, la policía encontró un alambique clandestino en un apartado rancho tejano, cuyo dueño era..., Morris Sheppard, el Látigo Prohibicionista del Senado. Sus adversarios políticos trataron de sacar tajada del asunto, pero Sheppard poseía varias propiedades en el Estado de la Estrella Solitaria, no siendo aquel rancho en concreto una de las más importantes. Las autoridades concluyeron que algunos de sus empleados eran responsables de ese alambique, sin que el senador tuviera conocimiento de aquellas actividades ilegales. Sheppard despidió fulminantemente a los implicados en el asunto, que fue pronto olvidado.

A principios de los años 30 casi todo el mundo estaba convencido de que la Ley Seca había fracasado, generando un sinfín de problemas de todo tipo sin que, por otra parte, hubiera alcanzado su objetivo principal. Aunque en principio no quería mojarse en un tema tan controvertido, Franklin Delano Roosevelt, tras escuchar con atención a sus asesores más perspicaces, decidió hacer de la derogación de la Volstead Act uno de los ejes de su campaña para la presidencia. Gracias a esto, consiguió los votos de mucha gente que en principio no parecía simpatizar con sus postulados. En las presidenciales de 1932 batió en toda línea al candidato republicano, el entonces presidente Herbert Hoover, imponiéndose al mismo en 42 de los 48 estados entonces existentes.

Menos de un mes después, antes aun de que Roosevelt fuera investido presidente, el senador republicano por Wisconsin, John J. Blaine, presentó ante el Senado una resolución conjunta para la promulgación de una nueva enmienda, la Vigesimoprimera, que derogaría la Decimoctava, la Voltead Act o Ley Seca.

Sheppard se opuso, como era de esperar. Pero en esa ocasión no fue respaldado por casi nadie, porque hasta los prohibicionistas más señalados habían comprendido que debía ponerse fin a aquella aberración legal, que había hecho más mal que bien. Genio y figura hasta el final, Sheppard utilizó una maniobra obstruccionista, similar a la empleada por el personaje de James Stewart en CABALLERO SIN ESPADA (Mr. SMITH GOES TO WASHINGTON, Frank Capra, 1939), para tratar de impedir la votación. Logró prolongar la sesión del Senado durante ocho horas y media, pero al fin, agotado y desmoralizado al ver que casi no contaba con apoyos, no le quedó otra que darse por vencido. La resolución presentada por Blaine se aprobó por 63 votos contra 23. Los que votaron en contra lo hicieron más por mantener el tipo ante sus electores, que por convicción. Cuando la resolución pasó a la Cámara de Representantes, las deliberaciones de la misma no pasaron de los cuarenta minutos, aprobándose por 289 votos a favor y 121 en contra. El siguiente paso era enviar la nueva Enmienda a los estados para su ratificación. Pero antes de que fuera ratificada por las legislaturas estatales, cuando apenas llevaba una semana en la Casa Blanca, Roosevelt instó al Congreso a hacer tres cosas: recortar el gasto federal, reorganizar los bancos y aprobar una ley que legalizara la cerveza. Entonces, la minoría que aún seguía a Sheppard intento bloquear la votación en el Congreso, recurriendo a los manidos argumentos prohibicionistas que tan buen resultado les habían dado en el pasado, pero no les sirvió de nada. Senadores y representantes de la mayoría anti-prohibicionista, impacientes, exigieron que se procediera a votar cuanto antes, al grito de: ¡Queremos cerveza! La venta del ambarino líquido sería legalizada el 7 de abril de 1933. Todavía habrían de transcurrir ocho meses hasta que, el 5 de diciembre de ese mismo año, se derogara definitivamente la Ley Seca. Pero, para la mayoría de los estadounidenses, la nefasta Volstead Act desapareció cuando, por fin, pudieron tomarse una caña sin que se les considerase delincuentes.

Morris Sheppard siguió en el Senado hasta su muerte, el 9 de abril de 1941. Hoy se le recuerda como una de las figuras políticas más importantes de Texas, pero también como un individuo intransigente y sectario que, con su apoyo sin fisuras a la Ley Seca, contribuyó a dar forma a uno de los periodos más negros de la historia estadounidense.

© Antonio Quintana Carrandi (2.877 palabras) Créditos