ROSA Y AZUL
por Antonio Quintana Carrandi
Rosa y azul

Cuando uno creía que los progres no podían caer más bajo, que habían alcanzado el límite de la ridiculez, nos dejan atónitos con una nueva gansada. Resulta que ahora el ministerio de la Igual-da, que no Igualdad, ha decidido emprender una cruzada contra el color rosa, por considerar que es un elemento de marginación de la mujer, o cosa parecida. Hasta la inepta que dirige tan inútil ministerio ha llegado a decir que esa tonalidad oprime y reprime a las niñas.

La campaña contra ese color es otra más de las sandeces de género y génera a que nos tienen acostumbrados los belitres podemitas. Semejante idiotez, como otras ideadas o patrocinadas por esta cuadrilla de zascandilas, podría incluso resultar graciosa, y prestarse divinamente a mofas y chascarrillos. Pero, o mucho me equivoco, o la genialidad de la marquesa de Galapagar tendrá un coste económico para las arcas públicas, es decir, para los bolsillos de los ciudadanos. Precisamente ahora que nos sobra el dinero.

En cuanto a la campaña en sí, me recuerda a la que emprendieron los progres, hace ya una porrada de años, contra los juguetes y los juegos sexistas. No sé qué clase de infancia habrán vivido los genios y genias de antes y los de ahora, pero en mi barrio éramos un grupo de chavales preocupados solo por jugar y divertirnos, y no por la significación de género o génera que pudieran tener nuestros juegos o juguetes. Todos participábamos por igual. Cuando, por ejemplo, jugábamos a indios y vaqueros, algunas niñas podían interpretar los roles de prisioneras de los pieles rojas a las que había que rescatar. Pero otras muchas hacían indistintamente de cow-boys o indios sin problemas. Y lo mismo ocurría con otros juegos. Los días lluviosos, en que resultaba imposible jugar en la calle, un puñado de chiquillos nos reuníamos en un portal — ¡qué tiempos aquellos en que se podía dejar los portales abiertos sin temor! — y, o bien recurríamos a los socorridos Juegos Reunidos Geyper, que ofrecían horas de diversión asegurada, o jugábamos a las casitas, a los papás y las mamás, incluso a las cocinitas y cosas así. Y los niños tomábamos parte en el juego sin absurdos complejos, de igual modo que ellas participaban con entusiasmo en nuestros partidos de fútbol, o en las guerras que librábamos periódicamente con pandillas de otros barrios. Guerras incruentas, todo hay que decirlo, donde las niñas rivalizaban con nosotros en el arte de armar escándalo con aquellas pistolas y rifles de rastallones, que los críos de hoy nunca conocerán ni disfrutarán.

Servidor, como otros chicos de mi barrio, no tuvo complejo alguno a la hora de jugar a lo que por aquí llamábamos la tusa, y en otras zonas de Asturias el cascayu. Seguro que muchos lectores se acuerdan de ese juego, en el que se pintaban una serie de cuadros en el suelo, con tiza, y uno deambulaba por el mismo a la pata coja.

Por supuesto, los críos de mi generación leíamos y mucho, no como ahora. Tebeos y novelas de a duro eran nuestro principal material de lectura, además de los títulos clásicos de la literatura infantil y juvenil. Y tampoco en ese campo discriminábamos por razón de sexo. Yo leí ávidamente MUJERCITAS, de Louisa May Alcott, novela femenina donde las haya, con el mismo interés que muchas de mis amigas de la infancia leían 20.000 LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO, de Julio Verne, o EL ÚLTIMO MOHICANO, de James Fenimore Cooper, máximos exponentes de la literatura de aventuras de corte masculino. Otro tanto ocurría con los cómics, por ejemplo con Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, y Esther y su mundo, que aparecía en una revista femenina de Bruguera llamada Lily, que era también el nombre de un personaje dibujado. ¿Y saben una cosa? Jamás se me ocurrió llamar a una niña marimacho porque leyera El Corsario de Hierro o El Capitán Trueno, ni ellas a mí sarasa porque me gustaran, por ejemplo, Mari Pili y Leopoldino, un matrimonio muy fino.

Recuerdo con nostalgia tres o cuatro ocasiones en que, por las razones que fuesen, dos de mis vecinitas querían jugar a la goma y les faltaba una compañera. Confieso que ese juego nunca me agradó, pero les prestaba con gusto mis piernas. Me sentaba en el suelo o en una caja, y mientras ellas jugaban a la goma, yo me enfrascaba en la lectura de alguna novela. Por cierto, que esta época coincidió con mi descubrimiento de la ciencia-ficción literaria.

Podría poner mil ejemplos más, pero, ¿para qué seguir? Creo que los párrafos anteriores bastan para demostrar que, pese a las adalides de la Igual-da, los niños de mi generación no teníamos el menor problema en soslayar las diferencias de sexo —que no de género, que es otra cosa— sin necesidad de que acudieran en nuestro rescate un puñado de iluminadas sin nada mejor o más útil que hacer.

Hay además una cuestión importante que estas zangolotinas no han tenido en cuenta y que por mucho que quieran ya no van a poder cambiar, mal que les pese. El rosa, que no el morado, es definitivamente universalmente considerado como el color femenino, y que mejor muestra que todos los meses de octubre empresas, marcas, envases, comercios, medios de comunicación... viran a ese color solidarizándose con los millones de mujeres que sufren cáncer de mama. Sería divertido saber que opina la ministra y sus enchufadas al respecto.

© Antonio Quintana Carrandi, (909 palabras) Créditos