La ley seca: Centenario de una ley absurda, 5
PRINCIPALES PROMOTORES
por Antonio Quintana Carrandi

Cuando se habla de la Ley Seca, el imaginario colectivo lo asocia de inmediato con Al Capone y otros jefes mafiosos. Pero hubo figuras políticas y sociales muy destacadas, relacionadas de un modo u otro con la Volstead Act. Son tantas que podría escribirse un grueso volumen sobre el tema. Por razones obvias, me centraré sólo en las más relevantes.

A favor de la prohibición

Wayne Bidwell Wheeler
Wayne Bidwell Wheeler

Wayne Wheeler (1869-1927). El prohibicionista por definición, el más destacado y furibundo, el que dejó su impronta en esa aberración jurídica conocida como Ley Seca.

Según parece, Wheeler empezó a odiar la bebida cuando, siendo un niño, un empleado de la granja de su padre, que se encontraba bajo los efectos de una gran borrachera, le hirió por accidente con un bieldo, también llamado horca y en España pala de dientes. El jornalero fue despedido ipso-facto y, a partir de ese momento, el joven Wayne se juró a sí mismo erradicar el vicio de la bebida de los Estados Unidos, causa a la que dedicó toda su vida.

En 1894 entró en la ASL (Anti-Saloon League / Liga Anti-Tabernas) por la puerta grande, avalado por Howard Hyde Russell, directivo de la misma, que vio en él un valor seguro para la lucha por la Prohibición. A principios del siglo XX, Wheeler ya era la figura más conocida a nivel nacional de la ASL, de la que no tardó en erigirse en jefe absoluto. Eficientísimo organizador, se entregó en cuerpo y alma a la tarea de convertir la Liga en la organización más importante del movimiento prohibicionista. Wheeler admiraba a la Unión de Mujeres Cristianas por la Templanza (WCTU por sus siglas en inglés), pues había sido la pionera de la cruzada anti-alcohólica, pero cuestionaba sus métodos. Aunque en la WCTU había bastantes exaltadas, que recurrían con frecuencia a la violencia para lograr sus fines, la mayoría de sus integrantes eran damas de educación victoriana y protestante, que limitaban sus actividades a organizar concentraciones ante los bares, en las que se entonaban himnos religiosos seguidos de una arenga contra el demonio del licor. A Wheeler aquello se le antojaba demasiado teatral, además de resultar, a su juicio, poco efectivo. De hecho, los parroquianos de los bares tenían la costumbre de salir a las puertas de los locales y mofarse de aquella legión de beatas, a veces de forma harto obscena. Si bien la religión protestante tenía un peso considerable en la ASL, Wayne optó por relegarla a un segundo plano. Que las damas de la WCTU cantaran himnos. Él encauzaría sus esfuerzos de una forma más práctica.

Bajo el liderazgo de Wheeler, la ASL adquirió las características de funcionamiento de una empresa moderna, similar, por ejemplo, a la Ford Motors Company, cuyo propietario, Henry Ford I, era un entusiasta defensor de la templanza. La Liga disponía de varias imprentas, que Wayne hizo rendir al máximo, publicando toneladas de folletos que, a través del correo, inundaron el país de costa a costa y de la frontera canadiense a la mejicana. Cientos de miles de simpatizantes colaboraban entusiásticamente en la labor propagandística, dando a conocer el mensaje de la ASL hasta en el villorrio más incomunicado de los Estados Unidos. Wheeler recurrió al empleo de la prensa, los noticiarios cinematográficos y cualquier otro medio que tuviese a su alcance para difundir el ideario de la ASL. El resultado fue que, en poco tiempo, las afiliaciones a la Liga Anti-Tabernas aumentaron en un cuarenta por ciento.

Wheeler se convirtió en uno de los hombres más populares del país. Era un hábil polemista, cuya mordacidad era tan temida como respetada. En aquel tiempo (inicios del siglo pasado), el problema del alcohol ya era una cuestión nacional, que preocupaba muy seriamente a los estadounidenses. Fue en esos años cuando Wayne Wheeler reveló de qué pasta estaba hecho. Su objetivo era lograr que las bebidas alcohólicas fuesen totalmente prohibidas en Estados Unidos, y a ese fin consagró todos sus esfuerzos. Pero antes de lanzarse a la conquista de la Prohibición, se propuso acabar con aquellos que, simpatizando en cierto modo con los postulados de la WCTU y la ASL, eran, en su opinión, demasiado blandos. Uno de ellos era Myron T. Herrick (1854-1929), gobernador republicano de Ohio, que se presentaba a la reelección en 1906. En principio, parecía que Herrick llevaba las de ganar, pero Wheeler le aborrecía, porque se había negado a apoyar la prohibición total del alcohol en Ohio, como la ASL deseaba. Herrick simpatizaba en cierta medida con la Liga Anti-Tabernas, en parte por intereses políticos. Pero como hombre moderado, pensaba, como muchos estadounidenses, que el problema del alcoholismo debía solucionarse con una combinación de fuerza legal, educación de los jóvenes y tratamiento de los afectados por dicha adicción. En todo caso, no era partidario de las medidas drásticas que perseguía Wheeler, así que sólo por eso se convirtió en el enemigo número uno del todopoderoso jefazo de la ASL. La campaña de Wheeler contra Herrick fue feroz. La Liga apoyó a su contrincante, el demócrata John M. Pattison, que ganó las elecciones y después se plegó a los deseos de los prohibicionistas radicales. Herrick se había labrado un buen prestigio político, pero su carrera se vio afectada negativamente por su enfrentamiento con Wheeler y la ASL. En 1912 fue nombrado embajador de USA en Francia, cargo que desempeñó hasta 1914. De regreso a los Estados Unidos se postuló al Senado en 1916, pero Wheeler y su organización se cebaron de nuevo en él, utilizando todas sus influencias, que eran muchas, para impedir su entrada en la Cámara Alta del Congreso. Volvió a París como embajador en 1921, muriendo en la capital gala en el desempeño de sus funciones. En 1927 tuvo el honor de recibir al aviador Charles Lindbergh, tras su exitoso vuelo trasatlántico en solitario. Al menos, Wheeler no pudo arrebatarle eso.

La defenestración de Myron T. Herrick convirtió a Wheeler en el despiadado árbitro de la política americana, acrecentando además el poder de la ASL. Los políticos de ambos partidos comenzaron a mirar con temor y respeto a aquel picapleitos que se había hecho con el control de la Liga Anti-Tabernas. Nadie quería correr la misma suerte que Herrick, de modo que tanto demócratas como republicanos intentaron complacer en lo posible a los prohibicionistas. Incluso corrieron rumores de que Wheeler pretendía meterse en política, y hasta se insinuó que aspiraba a convertir la ASL en un tercer partido.

El propio Wheeler salió al paso de aquellos rumores, declarando en varias ocasiones que ni aspiraba a ocupar cargo político alguno, ni mucho menos albergaba la intención de hacer de la Liga un nuevo partido. Siempre dejaba claro, eso sí, que su único y principal objetivo era la total prohibición del alcohol en el territorio de los Estados Unidos, y que para eso estaba dispuesto a lo que fuera. Y hablaba en serio.

Para hacernos una idea de la determinación de este hombre, basta señalar que, mientras la WCTU se ocupaba de muchos problemas humanitarios, algunos sin relación con el alcoholismo, la ASL de Wheeler se centró exclusivamente en el tema de la Prohibición, desdeñando todo lo demás. Si algún miembro de la Liga se desviaba aunque fuera sólo ligeramente del objetivo propuesto, era fulminantemente expulsado de la organización. No es ninguna exageración afirmar que, durante las primeras dos décadas del siglo XX, Wayne Bidwell Wheeler fue uno de los hombres más poderosos de América, y que supo usar ese poder para impulsar su causa sagrada. Así, amparándose en el amplio apoyo ciudadano de que gozaba la ASL, no dudó en chantajear abiertamente a los políticos. Cuando éstos no eran lo suficientemente duros en el tema del alcohol, Wheeler les amenazaba no sólo con retirarles el apoyo de la ASL, sino incluso con financiar a sus contrincantes. Su estrategia era simple pero efectiva: gracias a la enorme implantación de la ASL en la sociedad, podía controlar entre un diez y un quince por ciento de los votos ciudadanos en cada estado. Por otra parte, casi la mitad de los compromisarios de ambos partidos estaban en su nómina, bien por convicción personal, o más frecuentemente por conveniencia política. Eso le bastaba para convertirse en árbitro de las elecciones, ya que la ASL venía a ser como un partido bisagra diríamos hoy, que, inclinándose a un extremo u otro según conviniera a sus intereses, podía decidir quiénes ocuparían los cargos públicos.

La causa suprema de Wheeler era la templanza. Aparte de eso, no le preocupaba nada. Republicanos y demócratas, dispuestos a secundar sus ideas prohibicionistas, se beneficiaron de su apoyo, aunque mantuvieran posturas antagónicas en todos los demás asuntos de interés nacional. A veces, los candidatos de los dos partidos a un mismo puesto rivalizaban entre sí por ganarse el apoyo de Wheeler, dando un espectáculo bochornoso. Pero además la ASL llegó al extremo de contratar los servicios de detectives privados, que se encargaban de escarbar en las vidas y los pasados de ciertas personalidades políticas, en busca de información vergonzosa que Wheeler pudiera emplear, llegado el caso, para convencer a esos hombres de que les convenía apoyarle.

Además de la WCTU, existía una pléyade de pequeñas asociaciones por la templanza en todo el país. La única que intentó hacerle sombra a la ASL fue el denominado Partido de la Prohibición, un grupúsculo de tarados que nunca fue capaz de articular un discurso coherente y mucho menos una organización eficaz. Wheeler no combatió el sistema bipartidista, como pretendía hacer el Partido de la Prohibición, sino que se alió al mismo y lo utilizó para sus propios fines. Pero en cuanto a extremismo, Wayne no tenía nada que envidiar a esos otros adalides de la templanza.

La ASL, y por extensión las distintas asociaciones prohibicionistas, formaron el primer lobby de la historia. El poder de la Liga llego a ser tal, que decidía los nombramientos de funcionarios y legisladores estatales, y hasta los de algunos miembros del Congreso. Una prueba del poderío de la ASL: el presidente Willian H. Taft vetó el proyecto de la denominada Ley WebbKenyon, ideada para prohibir el transporte de licor a aquellos estados que tuvieran leyes anti-alcohol, incluso si se trataba de pequeñas cantidades para consumo personal. El presidente trató de justificar su veto alegando que era una cuestión de derechos de los estados, y que por tanto no requería legislación federal de ningún tipo. Su postura era consecuente con la realidad política y estaba avalada por la de algunos presidentes anteriores, que habían obrado de igual manera en otras cuestiones. Pero la ASL tenía muchos apoyos en el Senado y la Cámara de Representantes, que anularon el veto presidencial.

Desde hacía algunos años, venía debatiéndose en USA la conveniencia de implantar un impuesto sobre la renta a nivel nacional. Hasta entonces, casi la mitad de los ingresos anuales del gobierno federal dependían de los impuestos a la fabricación, venta y transporte de bebidas alcohólicas. La idea de un impuesto semejante había provocado una gran controversia social, dividiendo más aún al país. Pero para los prohibicionistas en general, y para Wheeler en particular, aquel proyecto se traduciría en una oportunidad de oro para el imparable avance de su causa.

La ASL, la WCTU y otras asociaciones anti-alcohólicas menores se posicionaron a favor del impuesto sobre la renta. Sabían que si se aprobaba éste, el gobierno federal dejaría de depender económicamente de los gravámenes al alcohol, por lo que, presumiblemente, las autoridades federales estarían más predispuestas a apoyar leyes más restrictivas sobre el asunto de la bebida. La ASL se volcó en la campaña a favor del impuesto sobre la renta, organizando una machacona y eficaz ofensiva propagandística en toda la nación. Era necesaria una Enmienda constitucional, que facultase al gobierno para cobrar impuestos federales sobre los ingresos. La propuesta de la Decimosexta Enmienda se presentó en el Congreso el 12 de julio de 1909, siendo aprobada y promulgada el 3 de febrero de 1913, tras un impresionante debate nacional. Su promulgación fue acogida con entusiasmo por la ASL y la WCTU, siendo considerada por Wheeler como un triunfo personal.

Wheeler y otros sostenían que también la Prohibición debía ser avalada por una Enmienda a la Constitución, y no por una simple ley. Como abogado, Wheeler sabía que las leyes se cambian con relativa facilidad, en función de los intereses políticos o personales de quien detente el poder en un momento determinado. Pero la Constitución era, para los estadounidenses de la época, un texto casi tan sagrado como la Biblia. Hasta entonces, ninguna de sus enmiendas había sido derogada. Todos los prohibicionistas pensaban que, cuando se aprobasen las medidas en contra de la bebida, éstas deberían estar respaldadas por una enmienda constitucional, que garantizase su vigencia por siempre jamás. Y a esta labor se dedicó Wheeler desde 1913, con entrega absoluta.

El poder del Movimiento por la Prohibición en general aumentó de forma exponencial. El indiscutible líder de la Liga Anti-Tabernas maniobró con notable habilidad, extendiendo más aún la influencia de su organización al aliarse con los defensores de otras causas. Así, por ejemplo, aunque personalmente no parece que estuviera muy a favor del voto femenino, dada su educación, apoyó sin reservas al movimiento sufragista. En correspondencia, las sufragistas de todo el país hicieron causa común con la ASL, apoyando con decisión la cruzada anti— alcohólica que Wheeler lideraba. La Decimoctava Enmienda, presentada al Congreso el 18 de diciembre de 1917, en plena Gran Guerra, fue promulgada el 16 de enero de 1919. Un año más tarde, en enero de 1920, entraría plenamente en vigor, y desde entonces se la conocería como Ley Seca. Bajo la protección de esta enmienda, se construiría una densa y farragosa legislación, que prohibía la fabricación, transporte, venta y consumo de licor en todo el territorio de los Estados Unidos. Wheeler, agradecido, puso todo el aparato de la ASL al servicio del sufragismo, logrando que en junio de 1919 se presentara ante el Congreso el proyecto de la Decimonovena Enmienda, que garantizaría el sufragio femenino, y que sería promulgada el 18 de agosto de 1920.

Wheeler alcanzó la cima de su poderío en 1920, cuando empezó a aplicarse con toda severidad la Decimoctava Enmienda. Fue uno de los principales redactores de las disposiciones de la llamada Volstead Act, que proporcionaría los medios para hacer cumplir la enmienda prohibicionista. También ejerció su influencia en la recién creada Oficina de la Prohibición, cuyos agentes tendrían por único cometido identificar y arrestar a los que comerciaran con alcohol ilícito. Wayne estaba convencido de que había dejado su impronta en la historia de los Estados Unidos. En su fanatismo abstemio, creía que la Ley Seca acabaría imponiéndose, y que la templanza sería el estado natural de los futuros norteamericanos.

Pero en la práctica, la Decimoctava Enmienda era inaplicable, porque el grueso de la población era hostil a la misma. Después de una subida viene siempre una bajada. Wheeler había subido tan alto y tan deprisa, que el descenso de su popularidad fue igualmente rápido, a lo que contribuyó también su forma de ser. Había alcanzado su objetivo, pero su intransigencia y sus métodos le habían granjeado escasas simpatías entre la ciudadanía y no pocas enemistades entre la clase política. Cuando alguien de la Oficina de la Prohibición propuso agregar veneno al alcohol industrial, para evitar su uso en bebidas, apoyó con entusiasmo la criminal idea. Llegó a afirmar en varias ocasiones que tal práctica era legítima, porque, según él, el gobierno no estaba obligado a proteger las vidas de los ciudadanos que infringieran la ley y consumieran licor. Algunas personalidades que en principio habían estado a favor de la Ley Seca, alarmadas por el auge del gangsterismo que ésta había provocado, abogaron para que se legalizara al menos la cerveza, aunque fuese de baja graduación. Wheeler respondió atacándoles sin misericordia desde la prensa, llegando a insultarles veladamente, y afirmando que sólo la prohibición total del alcohol conseguiría erradicar de USA el mal de la bebida. Su cerrilismo le pasó factura, porque incluso algunos prohibicionistas sensatos se cuestionaron no ya su proceder actual, sino sus actos pasados. El envenenamiento de alcohol ordenado por el gobierno causó numerosas muertes, lo que a su vez provocaría un cúmulo de protestas ciudadanas, tanto en la prensa como en las calles. No está claro si abandonó la dirección de la ASL por propia voluntad, o presionado por alguien, pero el caso es que en 1927 Wheeler dejó sus responsabilidades como líder de la Liga Anti-Tabernas, aunque siguió colaborando con ella hasta el final de su vida.

Ese año de 1927 fue nefasto para él, el auténtico Canto del Cine del mayor defensor de la Ley Seca. En agosto murió su esposa, quemada viva en un incendio que devastó el hogar familiar. Su padre, que intentó socorrerla, sufrió un paro cardiaco que le condujo a la tumba. Menos de un mes más tarde, Wayne Bidwell Wheeler, que a pesar de no haber bebido jamás estaba aquejado de una gravísima afección renal, falleció también. Con él desaparecía la figura más prominente de la lucha en favor de la Prohibición, y uno de los personajes más carismáticos, pero también más nefastos, de la historia estadounidense.

(Continuara).

© Antonio Quintana Carrandi, (2.871 palabras) Créditos