UN PUNTO DE VISTA DIFERENTE
por Pedro Muñoz Jimenez
UN PUNTO DE VISTA DIFERENTE

Su piel está fría. La calefacción lleva ya un mes rota y durante todos estos días no ha parado de llevarme para abrigarse. A veces incluso se pone una segunda chaqueta encima. En esas ocasiones siento que me ahogo, especialmente cuando elige ese jersey peludo y viejo que me aplasta como si fuera el cadáver de un animal sintético. Pero esta vez le es suficiente con mi protección y no se ha puesto ninguna otra capa.

Algo va mal, está temblando. Se frota la mejilla con una de mis mangas y noto que está húmeda. Está llorando. Coge el móvil y marca un número de teléfono que no llego a ver. En cualquier caso, tampoco sé leer así que habría dado igual.

—Tía... —se le quiebra la voz y solloza.

Se oye una voz femenina al otro lado de la línea, pero no puedo distinguir lo que dice.

—Sí, estoy llorando, es que... —vuelve a quedarse sin voz— Es muy fuerte, ¿tú crees que estoy loca?

Otra vez se escucha el murmullo.

—Ay sí, perdona. Bueno mejor te lo cuento en persona. ¿Quedamos en el bar en veinte minutos?

Restriega de nuevo mi manga contra su mejilla mientras su amiga le contesta.

—Vale, muchas gracias, tía —dice antes de colgar.

Se levanta y entonces me agarra de una de mis extremidades, la retuerce y tira de ella hacia arriba. Lo que siento es algo parecido al dolor, pero no es igual que el dolor humano, al fin y al cabo, no tengo terminaciones nerviosas, solo soy un jersey. En un rápido gesto me saca de su cuerpo y me tira sobre el sofá. Y, allí arrugado, espero a que me recoja, me doble y me guarde en el armario, junto con el resto de su ropa, pero se olvida de mi en cuanto dejo de estar en contacto con su piel y desaparece tras la puerta de su cuarto.

El salón no es muy grande, apenas hay espacio para un feo sofá gris, una televisión que, por su fecha de fabricación, sorprende que aún esté en funcionamiento, y una mesa baja que hace las veces de comedor. Casi no queda hueco para una pequeña estantería llena de figuritas de personajes de ficción. Algunas de las películas a las que pertenecen las reconozco de haberlas visto en este mismo salón acurrucado entre el calor de dos cuerpos, a veces puesto sobre Alicia y otras sobre Raúl. Tanto el uno como el otro me llevan con frecuencia hasta tal punto que ya ni recuerdo quién de los era mi dueño original. Mi memoria no es demasiado prodigiosa y tiendo a olvidarme rápido de las cosas.

Privado del calor de Alicia y sin calefacción, noto como comienzo a enfriarme y, aunque no sufro realmente, no es una sensación agradable.

Oigo pisadas, pero son demasiado débiles para pertenecer a Alicia. Tampoco son las de Raúl. No, esas pisadas pertenecen al tercer inquilino de la casa, ese ser pequeño y gruñón que no hace otra cosa que llenarme de pelos y que, en este instante, se está acercando sigilosamente.

Con su habitual elegancia (esa que hace dar la impresión de que nada le cuesta el más mínimo esfuerzo) se encarama al sofá y posa su trasero sobre el logo del bar en el que me diseñaron. Esta caliente y, pese a mis quejas, he de admitir que es reconfortante. Después, se recoge en una bola de pelo y cierra los ojos. Es el momento en el que me doy cuenta de que se va a quedar dormido encima de mí y me va a dejar, otra vez, hecho unos zorros. Si tuviera nariz, mostraría mi exasperación con un suspiro.

En ese momento aparece de nuevo Alicia. Ya no llora, se ha pintado los labios y tiene recogido el desordenado cabello en una coleta negra. Ahora lleva puesta su chaqueta de cuero rosa. Odio a esa prenda, es la favorita de Alicia y lo sabe, y no duda en presumir de ello siempre que puede. Sin embargo, por muy bonita que sea, jamás podrá usurpar mi puesto: nadie se pone una chaqueta de cuero para ver la tele.

Entre la ropa de la casa existe cierta rivalidad. Las camisetas nos odian a los jerséis y a las chaquetas porque sienten que las oprimimos y nunca les dejamos ver. Del mismo modo, nosotros odiamos a los abrigos. El invierno es la peor estación, nos gusta la primavera y el otoño. Pero los abrigos, que son bastante tranquilos, no odian a nadie y sufren mucho en los meses cálidos, cuando se ven recluidos al último rincón de la casa. A veces siento lástima por ellos.

—¡Eh! Mimi, quita de ahí. Me la estás poniendo perdida.

Alicia me quita a la gata de un manotazo y me levanta del sofá mientras da palmadas para limpiarme, pero yo sé que ese gesto es inútil. Esa gata es mi cruz, me paso más tiempo lleno de pelos que sin ellos. Después, mi dueña me dobla y me coloca con suavidad sobre una silla en su habitación y para mantenerme a salvo de ese demonio cierra la puerta.

Desde aquí escucho como se cierra la entrada del piso: vuelvo a quedarme solo. Pero al menos ahora estoy bien doblado y no arrugado como antes. Puede parecer una tontería para alguien que no tiene huesos, pero os aseguro que hay una diferencia importante.

Y así es como paso la mitad de mi vida: guardado en el armario, tumbado en una silla o tirado sobre el sofá, mientras espero a ser utilizado otra vez y temo que se olviden para siempre de mí. Lo peor es cuando me meten en la lavadora. Es una experiencia aterradora que viene seguida de una fría noche colgado a la intemperie. Vivo con el temor de que alguna de las pinzas falle y me vea arrojado al vacío. Una vez sujetaron mal a uno de los calcetines y en cuanto cerraron la ventana, se soltó de la cuerda y se precipitó al suelo. Nunca ha vuelto a ser el mismo.

Lo único bueno de todo ese proceso es cuando ya ha acabado. No hay nada mejor que sentirse limpio y con olor a limón. Después llega Mimi y acaba con todo el trabajo.

Pero hay algo distinto en la habitación. No reconozco el sujetador rojo que está debajo de la cama. No es de la talla de Alicia.

Una vez más, escucho como se abre la puerta. Alicia ha vuelto.

—Mimi, no. Ya sabes que no puedes salir — exclama una voz masculina.

No es Alicia, es Raúl, a quien hace dos días que no veo. Anoche Alicia fue a visitar a su madre al pueblo y me llevó con ella, haciéndome pasar una de las peores noches de mi vida, pero eso es una historia para otro momento.

—¿Alicia? ¿Estás en casa? le grita a la vivienda vacía — ¿Alicia?

Abre la puerta del cuarto y nada más verme me agarra, me desdobla, y me introduce por su cabeza.

—¡Qué frío hace en esta casa!

Es muy distinto cuando me lleva Alicia de cuando me lleva él. Tienen una estructura corporal muy diferente: Raúl es más grande y me ajusto mejor a su forma, al contrario que Alicia, que es más pequeña y, cuando me lleva, me cuelgan los extremos de las mangas, por lo que se las tiene que arrugar. Pero no por ello prefiero necesariamente a Raúl. Si me lleva Alicia, mi parte frontal la noto más libre ya que suele colgar de su pecho, así que cuando está de pie apenas rozo su tripa. Esto no me ocurre con su novio, que está echando cada vez más barriga.

Raúl se sienta en la cama y empieza a mirar el móvil, pero algo distrae su atención y, en un momento, nos hemos lanzado al suelo de un salto y agarra con fuerza el sujetador. Parece asustado. Y Raúl también.

—¡Mierda!

No para de repetir esa palabra mientras anda de un lado para otro con la mano apoyada en la frente y, sin dejar de caminar, saca un teléfono del bolsillo y llama a alguien. Le tiemblan las manos y siento palpitar su corazón más rápido de lo habitual.

—Oye...

Una voz agobiada sale del teléfono. Habla tan alto que soy capaz de distinguir parte de lo que dice.

—... ¿Por qué no contestas? — le grita la voz.

—Sí, sí. Lo sé, lo acabo de encontrar —la voz ha bajado el tono y ya no soy capaz de entender lo que dice—. No, creo que no lo ha visto —le dice él—, pero me voy a llevar esto de aquí ahora mismo. Te veo en media hora enfrente del bar de ayer.

Sin esperar a escuchar la respuesta, cuelga y se arruga el sujetador en el bolsillo, lo cual no es una situación cómoda para ninguna de las dos prendas.

Salimos corriendo hacia la calle. Nada más dar un paso fuera, la endemoniada gata dobla la esquina a la carrera, con intención de salir de la casa, pero, antes de que logre alcanzar el rellano, Raúl ya le ha cerrado la puerta en las narices. El animal empieza a maullar lastimosamente, exigiendo que le abran, pero el dueño ya está llamando al ascensor. Le habría sacado la lengua si hubiera podido.

Es raro que me saquen a la calle, normalmente suelen avergonzarse de mí y prefieren llevar otras prendas más glamurosas y menos desgastadas, como la chaqueta de cuero rosa, pero, con las prisas, no se ha parado a pensar en ello. He de reconocer que resulta excitante, hace tiempo que no siento el aire puro sobre mis costuras.

Está intranquilo, noto su respiración agitada y sus movimientos nerviosos mientras camina por la acera. Recorremos varias calles antes de llegar al lugar donde una mujer rubia y alta, que viste una camiseta roja de corte extravagante y unos pantalones vaqueros, le está esperando.

—¡Por fin! —exclama la desconocida nerviosamente— ¿lo tienes?

Sin decir nada, mete la mano en el bolsillo, saca el sujetador arrugado y se lo entrega. Desde aquí puedo sentir el alivio de los pantalones al deshacerse de la carga. Los aros se le estaban clavando. La prenda entregada también se tranquiliza al reencontrarse con su dueña.

—¿No vas a decirme nada?

—¿Qué quieres que diga? —le responde él bruscamente.

—Oye, a mí no me pongas ese tono que aquí el que ha engañado a su novia has sido tú.

—Ya, ¡cómo que tú no querías!

Ella no contesta, simplemente se le queda mirando con los ojos medio llorosos.

—Perdona, me he pasado. Me siento culpable y lo estoy pagando contigo —dice finalmente.

—¡Todo esto no hubiera pasado si la hubieras dejado cuando dijiste que ibas a hacerlo!

—No es tan fácil...

De nuevo un silencio incómodo les envuelve a ambos. Una corriente de aire sopla provocando un escalofrío en la chica.

—¿Por qué no te has puesto una chaqueta o algo?

—No sé, estaba nerviosa, he salido muy rápido de mi casa. No me he parado a pensar en eso...

—Anda toma.

—Raúl levanta los brazos y tira de mí hacia arriba. Apartado de su calor me doy cuenta de que hace frío en la calle.

—No hace falta —ella me aparta con una mano, pero él insiste otra vez mientras me aprieta contra su gélida piel.

Así que, después de unos segundos de disputa, ella me agarra y me viste. Hace mucho tiempo que no estaba tan incómodo. No reconozco la forma corporal. Tiene pechos, como Alicia, pero el tamaño es distinto, me resulta extraño. Además, las mangas no me cuelgan, sino que se adaptan perfectamente a la longitud de su brazo. Soy consciente de que su camiseta tampoco está cómoda debajo de mí. No puedo evitar sentirme abandonado.

—Gracias —le dice mientras se frota uno de los antebrazos con la mano opuesta.

—Anda, vamos a dar un paseo y lo hablamos.

* * *

Hemos estado horas paseando y, cuando creía que por fin iba a volver con Raúl, él ha salido corriendo y se ha ido sin recuperarme. Ahora me encuentro en el apartamento de esa chica tirado de mala manera sobre una cama deshecha. Tanto yo como su camiseta nos hemos sentido aliviados cuando se ha deshecho de mí.

La puerta está abierta y eso me tiene en tensión. No sé si vive alguien más en esta casa y los humanos tienen la inexplicable manía de vivir con animales de compañía.

Alguien entra, provocando que se me acelere el corazón (o lo habría hecho de haber tenido uno) pero es otra vez la desconocida. Se ha cambiado de ropa y ahora lleva una más cómoda y ligera para estar por casa que, si pudiera hablar, estoy seguro de que hablaría como una adolescente cuyo papi es el dueño de una multinacional.

Me agarra y cuando lo hace pienso que me va a vestir y me preparo para ello, pero simplemente me mantiene en su regazo.

—Me ha dejado su jersey favorito, supongo que eso es que le gusto de verdad, ¿no?

Me da lástima la chica, Raúl no me ha regalado. Solo se ha olvidado de mí y ni siquiera soy su jersey favorito.

Empieza a acariciarme como si fuera un bebé. Nunca me han hecho algo así, resulta agradable. Sus manos delicadas rozan suavemente mis desgastadas costuras. Es casi como si supiera que tengo algún tipo consciencia. Casi. Acerca su nariz a mi e inspira con fuerza, lo que me provoca algo similar a un escalofrío.

—Creo que te voy a echar a lavar, hueles un poco a ella...

La lavadora no, por favor, pienso, pues no solo me da miedo la máquina, sino también el resto de ropa. Ya es bastante malo el proceso cuando lo comparto con prendas que conozco. Por suerte, cuando estamos de camino a la cocina llaman a la puerta, y nos desviamos para ir a abrirla.

—¡Lo sabía! —grita Alicia al abrir la puerta y verme—. No quería creerlo, pero lo supe en cuanto vi el sujetador.

Me arranca con brusquedad de su mano y le da un empujón a la chica. Nunca le he visto esa expresión en el rostro.

—¿Cómo has podido? —le grita de nuevo.

—Alicia, espera puedo explicarlo.

—¿Explicarlo? —repite con tono burlón— ¿Explicar qué? ¿Que te has tirado a mi novio?

La desconocida se queda sin palabras. Los segundos parecen horas sumergidos en ese silencio homicida. Alicia lleva puesta la chaqueta rosa y creo que está disfrutando de la situación. A esa prenda nunca le ha caído muy bien Raúl.

—Venga, ¡explícate!

—Yo...

—¿Tú qué?

—Yo... lo siento...

La disculpa no satisface a Alicia, que se va dando un portazo y dejando a la chica con la palabra en la boca, pero no sin antes gritarle un ¡Vete a la mierda! ¡No quiero volver a verte en mi vida! Parece que al final no voy a quedarme a vivir allí.

Mi dueña camina rápido mientras mueve los brazos arriba y abajo, balanceándome con tanta fuerza que siento que me voy a marear. Avanzamos rápido, pero sé que no nos dirigimos a casa porque no reconozco la zona.

—Esa zorra... —va murmurando.

La gente que pasa por la calle se aparta sutilmente de su camino, asustados por la expresión que debe de tener. Eso juega a mi favor, pues evita que me restriegue contra todo el mundo, como ya ha ocurrido alguna vez. Aún recuerdo, hace mucho, una noche que me llevaron de fiesta. Yo aún era nuevo, y no les daba vergüenza enseñarme, no como ahora. De hecho, creo que fuimos al bar donde me diseñaron. El bar lleva cerrado años, así que esto tuvo que ser hace muchísimo tiempo. Ni siquiera recuerdo quién me llevaba. Solo recuerdo que había un concierto y hacía mucho calor así que quien fuera, decidió quitarme de encima y llevarme en la mano... Todavía tengo pesadillas.

Cruzamos un paso de peatones cuyo semáforo está en rojo. Alicia va tan decida que ni siquiera se para a comprobarlo. Un coche azul pita cuando está a punto de atropellarla, pero a ella le da todo igual y apenas da un pequeño salto para apartarse de la trayectoria y murmura un insulto. Nunca la he visto así.

Logramos llegar a nuestro destino sin más percances y nos paramos frente a un portal. Entonces llama a uno de los telefonillos. Al principio, nadie contesta, pero vuelve a intentarlo. La melodía suena de nuevo, aunque, esta vez, responden antes de que termine.

—¿Quién es? —pregunta una voz masculina.

Esa voz me resulta familiar.

—Soy yo, abre.

Suena un zumbido que indica que la puerta está abierta. Es increíble como esa sencilla frase puede abrirte cualquier portal. Pocos robos hay para lo tontos que pueden llegar a ser los humanos.

Al llegar al piso, la puerta ya está abierta y un hombre alto y moreno, que tiene el rostro cubierto por una cuidada barba, espera tras ella. Va en pijama.

Los pijamas son prendas agradables. Apenas se comunican y siempre tienen aspecto de querer dormir. Es el único tipo de ropa contra la que no me importaría estar apretado. Son tan cómodos y suaves...

—¿Qué haces aquí? —pregunta secamente—. Creí que habíamos quedado en no volver a vernos.

Alicia, por única respuesta, me levanta y me pone delante de ella como si fuera una ofrenda de paz. Al verle de cerca la sensación de que conozco a ese chico se hace más fuerte.

—Ostras, ¿y esto? ¿La tenías tú? —un atisbo de sonrisa aparece en su cara—. ¡Creí que la había perdido!

Me agarra de los hombros y me levanta frente a él para poder observarme mejor.

—Está un poco desgastada, se ve que le has dado buen uso.

—Cuando estoy en casa ni me la quito ¿Puedo pasar?

Esa frase borra la sonrisa de la cara del chico.

—Sí, sí, claro — murmura.

Se echa a un lado para dejarla entrar y cierra la puerta tras ella. Después le hace pasar al salón.

—¿Quieres algo de beber? ¿Agua?

Una atmósfera extraña envuelve la habitación. Él está tenso y ella ha perdido el ímpetu que hace un segundo le dominaba.

En cambio, entre las ropas la situación es muy distinta: la chaqueta de Alicia ha llegado al éxtasis, ella sí sabe lo que está pasando y lo está disfrutando mucho. En el extremo totalmente opuesto, al pijama del chico no parece importarle nada y está a punto de quedarse dormido. Y mientras tanto en medio estoy yo, colgando de la mano del hombre como si fuera un trapo y sin entender nada.

—No, no hace falta, gracias.

Él parece esperar a que diga algo más, pero permanece callada y mirando al frente sin enfocar ningún punto en concreto de la habitación.

Aunque el edificio es viejo, el piso está reformado. Las paredes son de un blanco impoluto y una enorme televisión casi llega a cubrir una de ellas. Otra está escondida tras una estantería repleta de vasos, jarras y botellas en los que, probablemente, se puede leer el nombre de todas las marcas de cerveza existentes. Sin embargo, Alicia no parece impresionada por la colección.

El chico aprieta el puño y me agarra cada vez con más fuerza.

—¿Qué haces? — explota.

Se nota el enfado en su voz.

—¿Cómo que qué hago?

—Sí, ¿qué haces? Primero reapareces después de tantos años sin vernos y comenzamos a quedar. Luego me besas, pero me dices que está mal y vuelves a desaparecer: me bloqueas en todas las redes, no contestas mis llamadas...

Se detiene un momento para tomar aliento. Alicia intenta decir algo, pero él no ha terminado.

Es increíble, pienso, que este pijama se haya quedado dormido en una situación como esta.

—Después, me paso semanas llorando y, cuando ya consigo hacerme a la idea de que no vamos a volver a vernos, vas y apareces otra vez para... ¿devolverme un viejo jersey?

Le tiembla la voz. Ha hablado de forma atropellada.

—O me explicas lo que está pasando o te vas ahora mismo.

—Vale, pero júrame que no te vas a enfadar.

—Ya estoy enfadado —responde cortante.

Al principio duda, pero después empieza a hablar y le cuenta todo. A medida que habla, él se va alterando más y más hasta que llega a un punto en el que no puede contenerse. No le deja terminar la historia.

—¿Por eso volviste a hablar conmigo? —está gritando.

La chaqueta de Alicia está impactada. Creo que no se esperaba que la conversación terminara así. Un sentimiento de regocijo me invade.

—No, eso fue antes. De todo esto me he enterado hoy.

Intenta mirarle a los ojos, pero él la rehúye.

—Y ahora vuelves otra vez porque él ya no te quiere. O tal vez como venganza —concluye—. ¿Sabes qué? —Una repentina seguridad se ha apoderado de su voz—. Vete a la mierda.

Ella no puede contener más las lágrimas y se echa a llorar, mojando así la chaqueta. Y, mientras tanto, el pijama sigue durmiendo. ¡Increíble!

—No, ya he aguantado bastante tus mierdas. Ya he caído en ese truco de las lágrimas —da la impresión de que él mismo se va a echar a llorar en cualquier momento—. Y ahora vete por favor.

Ella levanta la cabeza en un gesto suplicante, pero él señala la puerta con la misma mano con la que me sostiene. El gesto es brusco. Si hubiera tenido cerebro se me habría ido toda la sangre de él y me habría mareado.

—Vete... Por favor... —repite en un hilo de voz.

Después de unos tensos segundos en los que él no se mueve ni un ápice, ella se levanta y se marcha. Después de que se haya ido, a él le entra un escalofrío.

—¡Qué frío hace aquí!

Me introduce por su cabeza y al instante reconozco el cuerpo que está bajo la capa del somnoliento pijama. Ya sé de qué conozco a este hombre. Esta tripa, aunque ha perdido rigidez con los años, sigue siendo la misma, y los brazos han perdido masa muscular, pero mantienen su forma esencial. Él es mi dueño original. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que me vistió que ya ni me acordaba de aquel chico entusiasta que acababa de abrir su primer bar. Había olvidado a ese joven emprendedor que decidió diseñar unos jerséis con el logo del local estampado para celebrar su primer éxito. Hace tiempo que no siento que me ajuste tan bien a una persona.

* * *

Ha pasado el tiempo y no he vuelto a ver a Raúl ni a Alicia (ni a su odiosa chaqueta). Tampoco les he echado de menos. Dentro de unos meses no serán más que un vago recuerdo y con los años tampoco recordaré sus nombres.

Aquí estoy bien. Álex me tiene más aprecio. No se avergüenza de mí y me saca de vez en cuando a la calle. Me gusta sentir que soy así de importante para alguien. Sin embargo, en todo este tiempo hay un ser en el que he pensado con frecuencia. Después de tantos años maldiciéndola, ¿quién me iba a decir que iba a notar tanto la ausencia de Mimi?

© Pedro Muñoz Jimenez, (3.859 palabras) Créditos