La ley seca: Centenario de una ley absurda, 4
GUERRAS DE BANDAS
por Antonio Quintana Carrandi

Unos lo llaman contrabando. Otros Crimen Organizado. Para mí es un negocio. Dicen que infrinjo la Ley Seca. ¿Y quién no? Lo único que he hecho es vender cerveza y Whisky a nuestra mejor gente. Lo único que he hecho es satisfacer una demanda muy generalizada. Y son mis mejores clientes los que más vociferan. Hasta algunos de los jueces más importantes beben. ¿Y dicen que lo mío no es legal? Nadie es legal.

Al Capone
Hymie Weiss
Hymie Weiss

Aunque en todas las grandes ciudades estadounidenses hubo traficantes de licor, algunos verdaderamente sanguinarios, Chicago es la urbe norteamericana que se asocia de inmediato con la Ley Seca y sus consecuencias, y en ello tuvo mucho que ver Capone. Uno de los episodios más famosos de la Prohibición, que se desarrolló en la ciudad del viento de Illinois, fue el de la llamada guerra de la cerveza.

Los intentos de Torrio por mantener la paz entre las bandas de Chicago habían fracasado, porque los beneficios que podían obtenerse de robar los cargamentos de alcohol de la competencia eran tan enormes, que todo el mundo se dedicó a ello con entusiasmo. Como resultado, la violencia se acrecentó aún más.

Dion O´Banion, cabecilla del gang irlandés, despreciaba a los italianos, aunque se cuidaba de guardar las apariencias, en especial con Torrio, cuyo poder temía. Pero cuando se le presentó la ocasión de quitar de en medio a sus competidores latinos, no la dejó pasar. Por medio de un informador, supo que la policía planeaba hacer una redada en su mayor fábrica de cerveza. Guardo silencio al respecto y de inmediato se puso en contacto con Torrio y Capone. Les dijo que estaba cansado y que quería dejar el negocio y retirarse a una vida tranquila, así que estaba dispuesto a venderles la fábrica por medio millón de dólares. Cerraron el negocio y Torrio acudió a la fábrica con varios de sus hombres, decidido a tomar posesión de la misma. Cayó en manos de la policía y fue detenido.

O´Banion había esperado que Capone acompañara a Torrio y cayera también en la trampa, pero no fue así. Por alguna razón, tal vez porque no acabara de fiarse del irlandés, Al faltó a aquella cita. Cuando se enteró de lo ocurrido montó en cólera, pues apreciaba de verás a Torrio. A O´Banión se le ha escapado la presa más peligrosa, declaró a la prensa.

O´Banion siguió con su rutina diaria como si tal cosa, pues cometió el error de creer que, después de su calentón ante los periodistas, el napolitano no se atrevería a actuar contra él. Funesto error. Meses después, una mañana de mayo de 1925, O´Banion abrió su floristería como cada día, pero aquella iba a ser su última jornada de existencia. Sus primeros clientes fueron tres hombres de negro, que abrieron fuego contra el con sus Tommy Gun. Su muerte conmociono a los bajos fondos. Las investigaciones policiales fueron infructuosas, pues la ley del silencio de la Mafia era respetada por todo el mundo por razones obvias. J. Edgard Hoover envió un refuerzo de agentes a la Delegación del FBI en Chicago, pero los federales tampoco sacaron nada en claro. Todo el mundo culpó a Capone, aunque naturalmente no había pruebas en su contra. Scarface envió al funeral de O´Banion la corona de flores más grande y vistosa que pudo conseguir.

Capone había quedado dueño del campo, pero la situación en Chicago era explosiva. Muerto O´Banion, los irlandeses se fraccionaron en una pléyade de bandas pequeñas, que emprendieron numerosas acciones de represalia contra los italianos. Los principales jefes irlandeses eran Bugs Moran y Hymie Weiss. Capone decidió emplear la estrategia de Torrio y, con el fin de atraérselos y absorber sus debilitadas organizaciones, intentó llegar a un acuerdo con ellos. Pero Moran y Hymie rechazaron cualquier compromiso con el napolitano, pues habían jurado vengar el asesinato de O´Banion.

Poco más tarde, el coche de Capone fue tiroteado desde otro auto. Scarface salió ileso, pero uno de sus guardaespaldas murió y su chófer resultó herido. Caracortada se compró entonces un Cadillac blindado, que pesaba nada menos que siete toneladas. Este atentado marcaría el inicio de la guerra de la cerveza de Chicago, un conflicto entre criminales que teñiría las calles de la ciudad de rojo y se cobraría numerosas víctimas mortales.

Torrio no estuvo detenido durante mucho tiempo, para disgusto de Moran y Weiss, que decidieron acabar con su vida de una vez por todas. Cuando Johnny y su mujer regresaban a su casa tras hacer la compra semanal, fueron tiroteados por hombres de Weiss y Moran. El coche de Torrio quedó como un colador y él fue alcanzado por cinco disparos, pero logró sobrevivir. Su esposa, milagrosamente, no fue ni siquiera rozada por una bala. El veterano gángster, decidiendo que ya había tenido bastante, optó por dejar los negocios. Durante varias semanas no salió de su casa. Capone, que le había puesto media docena de guardaespaldas armados con metralletas, le visitó con frecuencia. Más tarde Torrio y su esposa regresaron a Nueva York, donde tomaron un barco rumbo a Italia. Según parece, llevaban con ellos una gran suma de dinero para asegurarles el porvenir.

Convertido en heredero de Torrio, Scarface se dispuso a sentar sus reales en la ciudad. Durante un tiempo sus hombres y los irlandeses se enfrentaron en sangrientas escaramuzas. El punto de inflexión de la guerra de la cerveza lo marcó Hymie Weiss, quien, al frente de un pequeño ejército de gángsters, distribuidos en once coches, atacó a plena luz del día el restaurante de Cicero que Capone utilizaba como sede de sus negocios. Cuarenta hombres armados con metralletas Thompson acribillaron el local, causando la muerte de varias personas, entre ellas algunos transeúntes inocentes. Una vez más, Scarface salió del trance sin un rasguño.

Es significativo que, tras aquella escabechina, la policía no realizara ningún arresto, lo que se explica porque la mayoría de los miembros del Departamento estaban en la nómina de Capone. Pero semejante carnicería amenazaba con llamar la atención de las autoridades federales, y sobre todo de J. Edgard Hoover, el joven y dinámico director del FBI, que se la tenía jurada a los gángsters. Así pues, Al decidió acabar de una vez por todas con el clan irlandés.

Hymie Weiss, que poco más tarde sufriría un atentado del que saldría indemne, debería haberse ido de Chicago tras fracasar en su intentona de matar a Capone, pero decidió quedarse, manejando sus negocios desde las sombras. Durante toda la semana, Weiss permanecía en paradero desconocido. Sin embargo, Capone desplegó su ejército de colaboradores por toda la ciudad, y pronto supo que el irlandés, católico devoto, acudía cada domingo, de incógnito, a la misa que se celebraba en la catedral del Holy Name (Santo Nombre). De inmediato Scarface preparó un plan para apiolar al molesto irlandés. El atentado iba a cometerse el primer domingo de octubre de 1926, pero como ese día estaba prevista la celebración de una fiesta floral en la plaza de la catedral, Capone optó por posponerlo una semana, pues, consciente de que aquello podría degenerar fácilmente en una carnicería, quería evitarla en lo posible para no llamar la atención de la prensa y mucho menos de los federales.

El domingo siguiente se puso en marcha el plan, mientras el precavido Al se encontraba muy lejos de allí, llevando flores a la tumba de su hermano Frankie y saludando a todo el mundo, creándose así una sólida coartada.

A las doce llegó Weiss en un coche, acompañado de una muchacha, seguramente una prostituta, y tres guardaespaldas. Cuando Weiss bajó del auto, aparecieron dos mujeres desastradas, dos mendigas que le agarraron por los brazos. Surgieron más mendigas, en realidad matones de Capone disfrazados, que dispararon contra los hombres del irlandés, dejándolos malheridos. Mientras una de las mendigas apartaba a un lado a la muchacha, Weiss forcejeaba con sus captores, que habían logrado amordazarle, lo que sugiere que pretendían raptarle para liquidarle en otra parte. El caso fue que logró zafarse de ellos y correr hacia las escalinatas que llevaban al pórtico de la catedral. Las mendigas se abrieron en abanico, cortándole toda retirada. Desesperado, Weiss intentó alcanzar a la carrera el pórtico, para buscar refugio en el interior del templo. Como es obvio, no lo consiguió. Los hombres de Scarface abrieron fuego contra él con armas cortas. Según declararon algunos testigos, todavía estaba en pie su cuerpo acribillado, cuando cuatro coches recogieron a los pistoleros y se dieron a la fuga. Posteriormente, el informe forense detallaría que había sido alcanzado por cincuenta y una balas, disparadas por cuatro modelos distintos de pistola o revólver. De la chica que le acompañaba nunca más se supo.

La sensación ciudadana era que el hampa gozaba de la más absoluta impunidad, que los gángsters estaban venciendo al gobierno y que se reían de la ley. A raíz del asesinato de O´Banion, la prensa reflejó las dudas de la ciudadanía sobre la Ley Seca, que favorecía cosas como aquella. Esta vez ni la WCTU, ni la ASL, ni sus terminales mediáticas y políticas pudieron silenciar a los periodistas, porque fueron los principales diarios estadounidenses, los de más tirada de costa a costa, los que se hicieron eco del suceso y sus implicaciones con la estúpida Volstead Act. Los partidarios de la Prohibición perdieron un asalto por primera vez, pero todavía tenían muchísimo poder y siguieron en sus trece.

Capone también la había emprendido con la banda irlandesa de los O´Donnell, un clan familiar que se la tenía jurada a Torrio, porque este había convencido a muchos de sus clientes para que le compraran el licor a él. Capone sabía que, como heredero de Torrio, los O´Donnell irían a por él, así que se adelantó a los acontecimientos. Con la colaboración de dos renegados de esa organización, Danny MacFall y Frank MacErlaine, Scarface se dispuso a cortar la cabeza del gang O´Donnell de un solo tajo. Los dos individuos antes citados atentaron contra los O´Donnell en un restaurante, logrando matar a uno de ellos, Jerry, aunque el resto de los hermanos resultaron ilesos. Según parece, esto se debió a que, en vez de metralletas Thompson, los pistoleros se limitaron a emplear dos revólveres cada uno, pensando que esa potencia de fuego sería suficiente. No fue así y Capone los reprendió severamente por ello, aunque no hay constancia de que les aplicara ningún correctivo. El caso fue que los O´Donnell, escarmentados, purgaron su organización, eliminando a los que creían sospechosos de traicionarles llegado el caso, y luego se dispusieron a enfrentarse con Capone.

Pero la banda del napolitano era más numerosa y despiadada. Los hombres de Capone se adueñaron de las destilerías de los O´Donnell en verdaderas batallas campales, que implicaron el empleo de docenas de hombres armados y llenaron Chicago de cadáveres. Sin destilerías propias, los O´Donnell tuvieron que recurrir a proveedores que les suministraran el licor, pero ninguno quiso venderles ni un galón de cerveza, pues Capone había ordenado matar a quien lo hiciera. En poco tiempo el clan familiar irlandés se vino abajo, pues sin whisky, ginebra o cerveza los O´Donnell no podían conseguir fondos para pagar a sus pistoleros, que no tardaron en abandonarles. De los cinco hermanos O´Donnell que quedaban, tres murieron asesinados por los hombres de Capone, y el cuarto por sus propios guardaespaldas, que con este acto esperaban congraciarse con Al y conseguir que éste los admitiera en su banda. El quinto hermano se largó de Chicago a toda prisa. Nunca se supo qué fue de él.

La prensa informó de estos hechos, resaltando que, sólo durante 1926, se habían producido ochenta asesinatos en Chicago, todos ellos relacionados, de un modo u otro, con el negocio del alcohol ilegal. Además, otras quince personas inocentes, dos de ellas niños, habían muerto por el fuego cruzado. Pero ni siquiera estos datos tan terribles conmovieron a los partidarios de la Prohibición, que redoblaron sus campañas en favor de la infame Volstead Act.

Entre tanto, Al Capone estaba a punto de convertirse en el amo de la ciudad. Su siguiente objetivo sería la llamada Unión Siciliana.

(Continuará).

© Antonio Quintana Carrandi, (2.031 palabras) Créditos