La ley seca: Centenario de una ley absurda, 3
PRODUCCIÓN, CONTRABANDO Y CHOQUE DE CULTURAS
por Antonio Quintana Carrandi
Wayne Wheeler
Wayne Wheeler

Mientras Capone consolidaba su poder en Chicago, eliminando sin piedad a sus competidores, una pléyade de organizaciones criminales controlaba el mercado del alcohol ilegal en otras grandes ciudades. Pero no eran sólo los delincuentes profesionales los que se dedicaban al lucrativo comercio del licor de contrabando. En la América rural el negocio estaba en manos de pequeños productores, que empezaron destilando whisky para el autoconsumo, y que con el tiempo decidieron sacarse unos dólares extra vendiendo los excedentes de su producción a los vecinos. En las poblaciones pequeñas casi todo el mundo estaba en el ajo, y el que no, se limitaba a hacer como que no se enteraba de nada. Los Sheriffs de los condados o los Comisarios (jefes de policía) de las localidades solían recibir pequeños sobornos en especie, generalmente una o dos cajas de licor al mes, para que hicieran la vista gorda, y a veces algo de dinero en efectivo. En ocasiones, para complacer a la WCTU, a la ASL y a sus simpatizantes, se escenificaba alguna redada, casi siempre ante las cámaras de algún noticiero cinematográfico, donde se destruía un alambique hallado en la profundidad del bosque y se procedía a detener a su dueño. Pero por cada destilería destruida ante las cámaras de cine, veinte más seguían en activo con pleno conocimiento de las autoridades policiales. En realidad, los que en la llamada América profunda observaban escrupulosamente la Volstead Act eran una minoría irrelevante, a pesar de que los movimientos anti-alcohol habían surgido precisamente en el ámbito rural.

Muchos médicos encontraron la forma de ganarse un suculento sobresueldo. El único alcohol que podía venderse legalmente era el sanitario, sólo disponible en farmacias. Para adquirirlo era obligatorio presentar una receta médica, así que ocho de cada diez galenos extendían dichas recetas a cambio de veinticinco o treinta dólares, que para la época era mucho dinero. Era una práctica tan extendida que en Nueva York, por ejemplo, las autoridades federales encargadas del cumplimiento de la Volstead Act se sorprendieron al comprobar que cientos de miles de neoyorkinos parecían sufrir algún mal, a juzgar por el inusitado número de recetas de alcohol que despachaban los farmacéuticos. Huelga decir que no eran pocos los boticarios implicados en el asunto, porque también abundaban las recetas falsificadas.

La calidad del licor destilado ilegalmente dejaba mucho que desear. En las vastísimas zonas rurales del país era posible encontrar tanto un whisky de maíz aceptable, como abominables bebidas con denominaciones tan reveladoras como Bourbon de burro, destiladas sólo Dios sabía a partir de qué. El alcohol comercializado en las grandes urbes se producía en enormes cantidades, a escala industrial. Cada organización criminal solía disponer de una destilería especial, en la que trabajaba personal muy cualificado, y donde se elaboraba licor o cerveza de calidad media, que se destinaba a surtir a las clases adineradas. El grueso de la producción, sin embargo, se caracterizaba por su bastedad. El único criterio que se respetaba era el de poner en el mercado cuantos más galones mejor. Así pues, el licor que consumía la mayoría de la gente era básicamente alcohol etílico con alguna sustancia para darle color y sabor. Naturalmente, aquellos mejunjes, llamados eufemísticamente whisky, gin, ron, etcétera, no se parecían en nada a los producidos por empresas legales antes de la Prohibición. Para hacernos una idea del ambiente que rodeaba la producción y venta de bebidas alcohólicas durante aquel tiempo, basta recordar una escena de la mítica LOS VIOLENTOS AÑOS VEINTE (THE ROARING TWENTIES, Raoul Walsh, 1939), una de las grandes joyas del cine de gángsters. Cuando su proveedor decide subir el precio del licor que le vende, el personaje de James Cagney le espeta: Yo también tengo bañera en casa.

Aunque no se dispone de datos fiables sobre este extremo, parece ser que algunos desaprensivos comercializaron durante algún tiempo ciertos licores que eran, básicamente, alcoholes de quemar aderezados con colorantes. La toxicidad de semejantes productos era alta, lo que provocó el envenenamiento de sus consumidores y un número indeterminado, pero presumiblemente elevado, de fallecimientos. Sin embargo, la gentuza que destilaba ese veneno líquido fue pronto apiolada por los pistoleros de organizaciones como las de Capone y otros, pues causar la muerte de los clientes con alcohol envenenado era malo para el negocio.

Pero lo más espantoso es que el mismísimo gobierno fomentaba la distribución de licor envenenado. Los fanáticos moralistas sostenían que, cuando la gente empezara a morir al consumir aquel alcohol infernal, el resto de la población temería correr la misma suerte y dejaría la bebida. Semejante aberración fue llevada a cabo con la bendición de las distintas Ligas Anti-alcohólicas y no pocos clérigos protestantes. No hay datos concluyentes sobre las víctimas mortales causadas por esta execrable práctica, pero serían, como poco, varios millares. Wayne Wheeler, líder de la ASL del que hablaré más adelante, declaró que la sociedad estaba mejor sin esos borrachos impenitentes, lo que dice mucho y no bueno de su auténtica catadura moral. Años más tarde se juzgaría, en Nüremberg y otros lugares, a los criminales nazis que gasearon a millones de judíos. Pero en los Estados Unidos, la patria de la libertad y la justicia, nadie pisó nunca un tribunal por lo que fue, sin ninguna duda, un crimen sancionado por los poderes públicos.

La WCTU y la ASL habían pretendido acabar con las tabernas, pero la realidad era que en 1921 los bares ilegales proliferaban como hongos en las grandes ciudades. Las autoridades federales estimaban que sólo en Nueva York existían al menos diez mil tabernas clandestinas. En Filadelfia, por ejemplo, según los datos municipales, había no menos de seis mil locales de ese tipo, contra sólo cuatro mil dedicados a la venta de comestibles.

La clientela más selecta de los traficantes de licor era la de clase alta, que rechazaba los brebajes que se servían en las tabernas clandestinas, pero que tampoco parecía muy satisfecha con los productos de las destilerías especiales. Pagaban a precio de oro sus bebidas y exigían calidad. Así pues, los grandes traficantes coligieron que no les quedaba más remedio que satisfacer esta demanda con licor de importación. A mediados de los años veinte todas las organizaciones de cierta importancia habían enviado a sus agentes al extranjero, en busca de vinos, champán y coñac franceses, ron jamaicano, whisky escocés auténtico y cosas así. Capone encargó el suministro exterior de licores a uno de sus hombres de confianza, Tony Cosmano, que recorrió Europa comprando grandes cargamentos de bebidas alcohólicas variadas. La última escala de Cosmano fue España, donde adquirió vinos de Rioja, Jerez y brandy. Las autoridades estadounidenses, alertadas, intentaron conseguir que el gobierno del general Primo de Rivera le negara a Cosmano el permiso de exportación, pero desde el ejecutivo español de la época respondieron que, con arreglo a las leyes españolas, el hombre de Capone no estaba haciendo nada ilegal y no podían proceder contra él. El cargamento comprado en nuestro país por el mafioso partió hacia Estados Unidos, y todo parece indicar que, a pesar de los esfuerzos del gobierno norteamericano, consiguió ser introducido en USA.

Había dos rutas principales para introducir alcohol de matute en Estados Unidos. Una era la extensa frontera canadiense, y otra, la más empleada por Capone, la del Caribe. De hecho, Scarface viajó a La Habana en un par de ocasiones, en las que al parecer se entrevistó con las muy corruptas autoridades cubanas. La hoy famosísima ciudad de Miami, en Florida, entonces una población relativamente menor, fue utilizada como puerto de entrada del licor adquirido en el extranjero por Capone, que compró una lujosa mansión en dicha urbe. También estaba la vastísima divisoria mejicana, pero por allí tan sólo entraban mescal y tequila, bebidas que entonces no eran nada populares entre los estadounidenses, salvo entre aquellos que vivían al lado de la frontera con México.

Las organizaciones más grandes, como la de Capone, poseían sus propias destilerías y una red de tabernas. También vendían a otros, que tenían bares clandestinos pero no producían su propio licor. Incluso en ciudades como Nueva York, Filadelfia, Baltimore, Los Ángeles, San Francisco y hasta en la mismísima Chicago, feudo de Scarface, hubo quien se atrevió a hacerles la competencia a los grandes tiburones, destilando su propio alcohol y ofertándolo al mercado a precios más asequibles. Huelga decir que estos pequeños empresarios duraron muy poco. Los más afortunados aceptaron poner sus destilerías bajo el control de tal o cual banda, pasando a trabajar para un capo determinado. Otros huyeron con lo puesto y el dinero que consiguieron reunir, tras recibir el oportuno aviso. Algunos, los más osados e inconscientes, acabaron sus días bajo un aluvión de balas, destrozados por una bomba o apuñalados en una esquina.

Aparte de su nefasta influencia en el mundo del hampa, la Prohibición tuvo efectos colaterales igualmente dañinos en otras áreas de la sociedad estadounidense. La industria del licor daba empleo a centenares de miles de personas en toda la nación. Al entrar en vigor la Volstead Act, esa gente perdió sus trabajos de la noche a la mañana. No se trataba sólo de camareros o barmen, sino de los que trabajaban en las destilerías, o en las fábricas de toneles y de botellas de vidrio. Muchos campesinos, que hasta entonces habían vendido sus cosechas a firmas que elaboraban licores, no encontraban salida para su producción, lo que les abocaba a la ruina. Las empresas de transporte por carretera, entonces un negocio floreciente y novedoso, acusaron pérdidas terribles, que les obligaron a prescindir de la mayoría de sus conductores. No es extraño que muchos de ellos acabaran trabajando para las organizaciones criminales.

Donde más se notó el palo que para la clase trabajadora había representado la Prohibición fue en las ciudades. Proliferaron las manifestaciones de personas que habían perdido sus empleos por culpa de esa absurda ley. La WCTU y la ASL intentaron minimizar su importancia, contando con el apoyo de las hipócritas autoridades políticas. Pero la tragedia de aquellas gentes no se podía ocultar. Decenas de miles de familias americanas se quedaron en la más absoluta pobreza por culpa de la Volstead Act. En los años siguientes, este hecho incontestable sería utilizado como argumento por los que querían derogar la Prohibición.

Luego estaba la cuestión religiosa. Los prohibicionistas, los adalides de la templanza cristiana eran, en realidad, sólo una parte de los cristianos, en concreto los de origen protestante. Los prejuicios contra los católicos estaban a la orden del día, como recordaba el gran director de cine John Ford, descendiente de inmigrantes irlandeses. La WCTU, la ASL y quienes las apoyaban formaron el primer lobby de la historia, que no sólo estaba empeñado en hacer abstemia por la fuerza a toda una nación, sino que además, enarbolando la bandera del americanismo, pretendía imponer a la sociedad estadounidense sus creencias religiosas, morales, políticas y sociales en todos los órdenes. En teoría, Estados Unidos era el país de la libertad, la tierra en que se respetaba al máximo la diversidad y donde todos tenían oportunidad de progresar, de acuerdo con su esfuerzo y mérito personal. En general, era y aún es así. Pero en aquel tiempo los prohibicionistas intentaron moldear la sociedad americana a su imagen y semejanza, para lo que no dudaron en utilizar todos los medios a su alcance, incluso logrando que se aprobase una ley como la Seca, que coartaba la libertad individual de las personas, algo que iba contra los principios básicos de la democracia americana y contra lo defendido por los venerados Padres Fundadores de la nación.

Aplicar la Volstead Act era un verdadero quebradero de cabeza, porque sólo unos pocos convencidos se esforzaban por que se cumplieran las leyes anti-alcohol que complementaban la XVIII Enmienda. Uno de los problemas lo generó el modo en que dicha disposición había sido redactada. En uno de sus apartados, la Volstead Act estipulaba que la financiación necesaria para su aplicación debía ser aportada por igual por el gobierno federal y los estados. Esta imprecisión fue aprovechada, tanto por el gobierno nacional como por las administraciones estatales, para desentenderse del asunto en la medida de lo posible. Desde el gobierno federal alegaban que hacer cumplir la Ley Seca era cosa de los estados, y estos contraatacaban diciendo que, tratándose de una Enmienda Constitucional, era responsabilidad de Washington. De modo que nunca hubo fondos suficientes para aplicar la Prohibición con pleno rigor.

Se creó la llamada Oficina de la Prohibición, un organismo federal, dependiente del Departamento de Justicia, que debía velar por la observancia de la Ley Seca en todo el territorio nacional. Como los fondos eran escasos, se contrató a un tropel de hombres sin experiencia policial previa, que percibían unos salarios míseros. Se les daba una placa de agente federal de la Prohibición y un revólver, y se les enviaba a perseguir a quien infringía la Volstead Act. Huelga decir que muchos de ellos no tardaron en corromperse, aceptando sobornos de los traficantes de licor. El resto crearon más problemas de los que resolvieron. A menudo se enfrentaban a tiros con los gángsters en plena calle, sin ninguna consideración por la seguridad de los transeúntes. Muchos ciudadanos resultaron heridos o muertos en esas refriegas, y aunque se trató de ocultarlo, pronto se descubrió que la mayoría de las víctimas habían sido abatidas no por los criminales, sino por aquellos agentes federales sin ninguna experiencia pero ligeros de gatillo, que disparaban a tontas y a locas.

Aunque la Prohibición era apoyada por millones de personas, otros muchos millones estaban en contra. La XVIII Enmienda dividió a los estadounidenses en dos bandos que parecían irreconciliables. De un lado la América rural, inmovilista, de raíces blancas, anglosajonas y protestantes, que deseaba preservar la esencia de lo que llamaba americanismo; de otro, la América urbana y progresista, la de las grandes ciudades caracterizadas por una población inmigrante en constante expansión, compuesta principalmente por europeos para los que la bebida formaba parte de sus culturas. El choque entre ambas era inevitable. Los prohibicionistas consiguieron imponerse en las ciudades medianas y pequeñas. Pero urbes como Nueva York eran otra cosa.

Puede afirmarse que la policía de la Gran Manzana, y no sólo la parte corrupta de ella, pasó olímpicamente de aplicar la Volstead Act. Más del ochenta por ciento de los policías de Nueva York eran de ascendencia católica irlandesa, conocían de primera mano los prejuicios de la América rural y protestante contra el catolicismo, y la mayoría de ellos no estaba dispuesta a plegarse a sus pretensiones. Los puritanos protestantes repetían machaconamente que alcohol y catolicismo estaban intrínsecamente unidos, pues, según ellos, los que más licores consumían eran los inmigrantes procedentes de naciones católicas, como italianos e irlandeses. Los germanos, mayoritariamente protestantes (aunque también había entre ellos algún papista), eran odiados por la WCTU y la ASL porque muchos se habían dedicado a la producción de cerveza, negocio en el que alcanzaron un gran éxito. Lo más irónico es que los adalides de la Prohibición presumieran de cristianos, cuando defendían una ley que habría encarcelado a Jesucristo por convertir el agua en vino.

El antes mencionado Wheeler, de la ASL, pretendía que el comisario de policía de la ciudad concediera prioridad a la represión de los delitos relacionados con la Ley Seca. Así se hizo durante algún tiempo, hasta que la gente empezó a protestar, porque, por ejemplo, mientras unos facinerosos atracaban a punta de pistola una joyería, a dos manzanas de allí media docena de policías se dedicaban a registrar el coche de un modesto oficinista en busca de alguna botella de licor. Cosas como esta, que parecerían de chiste si no fueran tan serias, ocurrían constantemente en Nueva York a comienzos de la Prohibición. La policía neoyorkina, asumiendo que su trabajo era ocuparse de los delitos auténticos y peligrosos, y no de las patochadas prohibicionistas, acabó por hacer la vista gorda en la mayoría de los casos, en que la supuesta infracción era portar una petaca de Whisky o cosa semejante.

En general, puede afirmarse categóricamente que la Ley Seca fue un absoluto fracaso en todo el país. Pero en el caso de Nueva York los prohibicionistas encontraron la horma de su zapato, porque jamás lograron que la Voltead Act se aplicara con todo rigor en la ciudad, la más importante de la nación y escaparate mundial de USA. Los neoyorkinos sostenían que su ciudad seguiría siendo tan húmeda como el océano Atlántico, mal que les pesara a los partidarios de la Prohibición.

La Ley Seca estaba generando infinidad de problemas, sin que ninguno de los que pretendía atajar estuviera en vías de solucionarse. Más bien al contrario. Pero la beatería estulta que militaba en la WCTU y la ASL, apoyada por clérigos protestantes fundamentalistas y una caterva de políticos arribistas e hipócritas, estaba dispuesta a mantener seco el país al precio que fuera. Mientras tanto, aumentaban la corrupción entre los funcionarios públicos y las guerras entre traficantes de licor, que estaban anegando en sangre las calles de las metrópolis americanas, con Chicago a la cabeza.

(Continuará)

© Antonio Quintana Carrandi, (2.835 palabras) Créditos