LA LACRA OKUPA
por Antonio Quintana Carrandi
Fuera okupas

Una de las aventuras más divertidas de Mortadelo y Filemón, atemporales e incombustibles antihéroes del cómic español, trata sobre el problema generado por la ocupación ilegal de inmuebles, al que los geniales personajes creados por Francisco Ibáñez tratan de dar solución. Pero esta es la cara jocosa del asunto. La realidad es más cruda y miles de españoles la están sufriendo en este mismo momento.

Recientemente hemos conocido, a través de los medios de comunicación, el caso de una señora que acudió a su segunda residencia, descubriendo que no sólo estaba okupada por unos quinquis, sino que además éstos habían vendido todo el mobiliario, incluidos grifería y sanitarios. Lo lógico y justo hubiera sido que, una vez esa mujer puso lo ocurrido en conocimiento de las autoridades, éstas procedieran al desalojo inmediato de los usurpadores y desvalijadores de la casa y a tomar las medidas legales pertinentes. Pero como las leyes españolas en esta materia son como son, cuando escribo esto la legítima propietaria de la vivienda todavía no ha recuperado ésta y los okupas continúan mofándose de ella. Quizás algún día, dentro de varios meses o incluso años, esa pobre señora logre recuperar su propiedad, pero para entonces estará totalmente destrozada. Y de recuperar sus muebles o el dinero que pagó por ellos en su día, mejor no hablar. Eso sí, imagino que le cargarán puntualmente las facturas correspondientes, incluyendo la del IBI (Impuesto de Bienes Inmuebles), que para eso, para meter mano en los bolsillos de los ciudadanos, la politiquería está más que dispuesta.

Interesado por el asunto, he procedido a investigar sobre él, descubriendo que la realidad es muchísimo peor. La okupación se ha extendido por la geografía peninsular como el virus del Covid-19, y en la práctica no hay región española que se libre de esa lacra; aunque, como es obvio, tiene mayor incidencia en las grandes ciudades. Pero lo más preocupante es la impunidad con la que actúa esa panda de gamberros, que algunos descerebrados califican de colectivo. En la mayoría de los casos, el propietario de una vivienda o local okupados debe bregar con todo tipo de trabas legales, que parecen concebidas para favorecer a esa quincalla y no al ciudadano que paga religiosamente sus impuestos. En el momento en que una persona descubre que alguien ha entrado ilegalmente en su propiedad, haciéndose fuerte en la misma, comienza para ella un auténtico Vía Crucis que puede dilatarse indefinidamente en el tiempo. Echar al okupa u okupas es cualquier cosa menos fácil, y aunque al final se consiga, el legítimo propietario se encontrara, para su disgusto y cabreo, con que ha gastado una pequeña fortuna en abogados para recuperar algo que es legalmente suyo.

Pero es que, además, los okupas ya no se limitan a asaltar viviendas vacías, sino que incluso se atreven con las habitadas, aprovechando los momentos en que sus inquilinos han salido. Mucha gente regresa a su casa, tras un agotador día de trabajo, y se la encuentra okupada por una o varias personas, que no han dudado en romper la cerradura para acceder al interior. Eso es allanamiento de morada, y que yo sepa, está tipificado como delito. Pero no importa las medidas que tome el dueño legítimo de la vivienda, porque, salvo en muy rarísimas ocasiones, la basura okupa suele salirse con la suya. Por supuesto que esa patulea incivil acaba desalojando la casa o local. Pero para cuando la ley les obliga a hacerlo ya han transcurrido, en el mejor de los casos, varios meses, y el piso o local okupado está para el arrastre.

Lo más sangrante es la dinámica de esto de la okupación. Si usted sorprende a los okupas con las manos en la masa, en el instante en que entran ilegalmente en su propiedad, puede hacer que la policía o la Guardia Civil los desaloje casi en el acto. Pero si para cuando llegue a casa los okupas ya han cambiado la cerradura, poniendo otra en lugar de la que se han cargado, las fuerzas de orden público no podrán actuar. Y darán lo mismo los títulos de propiedad, las facturas de electricidad, gas, agua, teléfono, comunidad e IBI que presente para demostrar que el piso es suyo. En ese momento la policía o la Guardia Civil le aconsejará que ponga la preceptiva denuncia en el Juzgado, y a partir de ahí... ¡Que Dios le coja confesado!

Lo más grave, lo que ha propiciado esta fiebre okupa que se ha extendido por España como una pandemia, es el respaldo que esa morralla recibe de otra ídem que medra en la politiquilla más abyecta. No es necesario mencionar siglas políticas o nombres propios, pues son de todos conocidos, así como sus delirantes argumentos a favor de la okupación. Que algunos defensores de los okupas ocupen, a su vez, cargos públicos clama al cielo, pues esos personajillos, con su indigno proceder, atacan la esencia misma de la democracia y el estado de derecho, basado en la defensa de la ley y de la propiedad privada. Para más inri, algunos de estos adalides de la okupación viven ahora en exclusivas urbanizaciones, y varios de ellos hasta cuentan con seguridad a costa del erario público. Les falta tiempo para justificar a los okupas, pero llevan una vida burguesa, como la casta a la que hasta hace nada parecían despreciar, y naturalmente defenderán la okupación siempre que no les afecte a ellos. Como decía mi abuela: Tienen mucho de pico, pero nada de pala. Es decir, que no predican con el ejemplo. Y si no es así, no sé a qué están esperando los Marqueses de Galapagar para abrir su extensa propiedad a los okupas, en lugar de acordonarla con medio centenar de beneméritos, una escolta que ya hubieran querido tener los ministros franquistas.

No faltan los ingenuos biempensantes que alegan que una familia sin recursos, que, por las razones que sean, ha sido desahuciada, no tiene más remedio que recurrir a la okupación si quiere tener un techo sobre sus cabezas. Es cierto que ha habido casos así, pero son situaciones excepcionales, a las que las autoridades políticas deberían dar solución. La triste realidad es que la inmensa mayoría de los okupas está formada por individuos asociales, sin oficio ni beneficio, entre los que predominan los ladrones y los drogadictos. También abundan en ese colectivo los anti-sistema, afines a cierta ideología defendida por unas formaciones políticas muy concretas, que abogan por la supresión de la propiedad privada..., de los demás, claro, y que aspiran a repartir equitativamente, que diría Churchill, la miseria más absoluta, que es lo único que puede repartirse allí donde gobiernan los de su catadura. En todo caso, los barrios en los que predominan los okupas tienden a convertirse en conflictivos, generando una gran inseguridad ciudadana.

Además, como estamos bajo la tiranía de la corrección política, si los okupas en cuestión están racializados, y se osa señalarlo, no faltarán las acusaciones de racista simplemente por aclarar a que etnia o raza pertenecen los okupantes. Volviendo al primer caso expuesto en este artículo, la propietaria en cuestión dijo que los que okuparon su vivienda son gitanos, y que, al parecer, alegan que se metieron en ella porque un moro se la había ofrecido por 800 euros, algo sin pies ni cabeza. El caso fue que la presentadora televisiva se apresuró a rogarle a la víctima, muy educadamente, que se olvidara de eso, dando a entender que no era justo señalar a esos colectivos. Pero la mujer nunca tuvo intención de criminalizar a gitanos o magrebíes. Lo único que hizo fue poner de relieve el hecho de que los okupantes de su casa son de etnia gitana, y que según ellos, en el asunto está metido un moro. Es decir, se refirió única y exclusivamente a esos gitanos y a ese moro en concreto, no al resto de las personas de esas razas, entre las que supongo predomina la gente decente. Imagino que, en el texto de la denuncia, esa buena mujer tuvo que especificar la raza de esos desalmados, así que no veo qué problema hay en que diga lo mismo en una cadena de televisión. Por otra parte, como sabe cualquiera que procure estar un poco informado, entre los okupas hay representantes de todas las razas, y aunque no podría afirmarlo, creo que los blancos (caucásicos dicen en las películas americanas) son mayoría.

Uno los argumentos esgrimidos por los okupas para intentar justificar lo injustificable, es que en España hay muchísimas viviendas vacías. Muy bien. ¿Y qué? ¿Es que esos pisos no tienen dueños? Por supuesto que sí, y esas personas pueden hacer con sus propiedades lo que les venga de gusto, mientras paguen las tasas e impuestos correspondientes. Faltaría más.

En ocasiones, los okupas tratan de encontrar una justificación políticamente correcta para sus usurpaciones, alegando que las viviendas que han invadido pertenecen a los malvados bancos, que se hicieron con ellas durante la última crisis económica, cuando miles de personas perdieron sus pisos al no poder hacer frente a las hipotecas. Pero eso no altera el hecho de que están okupando la propiedad ajena. Con arreglo a la ley, las entidades bancarias son las legítimas propietarias de esas casas o pisos, así que okuparlas sigue siendo un delito, no importa las vueltas que quieran darle al asunto.

El problema no ha hecho más que agravarse desde que, hace ya más de una década, una colección de impresentables okupara tres bloques de pisos en la localidad granadina de Jun, cuyo alcalde, del PSOE si no me falla la memoria, no se acomplejó a la hora de declarar públicamente su indignación porque, según él, varias familias habían abandonado sus viviendas al ser amenazadas por los okupas. Parece que en aquella ocasión el problema se solucionó de forma pacífica, pero sólo porque la Guardia Civil montó un operativo formidable para desalojar las viviendas, siguiendo instrucciones judiciales. Pero la okupación ilegal se prolongó durante diecinueve semanas nada menos. Por cierto, según parece en uno de los bloques okupados vivía un viejo legionario, con el que nadie se metió y al que nadie tuvo arrestos para echar de su casa. Evidentemente, la basura okupa sabe muy bien con quién no conviene mostrarse farruco.

Los conflictos generados por los okupas han propiciado la aparición de una nueva actividad empresarial: las compañías especializadas en recuperar inmuebles okupados. Una muestra más de hasta dónde llega el problema.

Los okupas son delincuentes, así de claro, y como a tales debe tratárseles. Es imprescindible que se reformen y se simplifiquen en profundidad las leyes, para garantizar la defensa del propietario frente a esta gentuza. Tan pronto como una persona denuncie que su vivienda ha sido okupada ilegalmente, y una vez comprobado mediante la documentación pertinente que es el dueño legitimo del piso o local, las fuerzas de orden público deben proceder al inmediato desalojo, por las buenas si es posible o empleando la fuerza si es necesario, de los invasores de la propiedad privada. Sólo así se podrá atajar, de una vez por todas, el gravísimo problema que, como una maldición bíblica, se ha abatido sobre muchos españoles.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.855 palabras) Créditos