La ley seca: Centenario de una ley absurda, 2
SCARFACE
por Antonio Quintana Carrandi
Alfonso Capone

La familia Capone se instaló en Nueva York, donde el padre, Gabriel, abrió una modesta barbería, con cuyos magros beneficios tenía que sostener a su esposa y a sus siete hijos. Uno de ellos, Alfonso, dejó la escuela a los once años, habiendo estudiado sólo hasta quinto curso de primaria. Gabriel le metió entonces de aprendiz en su barbería, pero al díscolo muchacho no le agradaba aquel trabajo y trataba bastante mal a los clientes. Viendo que por ese lado no había nada que hacer, Gabriel consiguió, a través de La Hermandad, nombre que recibía una asociación que prestaba apoyo a los inmigrantes italianos, que su hijo Alfonso entrase a trabajar en los muelles como mozo de carga y descarga o estibador. El problema era que había más solicitantes de trabajo que puestos para ellos, lo que propiciaba que en ocasiones los hombres decidieran con los puños o con la navaja quiénes debían trabajar y quiénes no. Aquel ambiente encantó al fornido Al, que empezó a sentirse como pez en el agua entre aquella legión de pendencieros. Es justo reconocer que, cuando tuvo que trabajar, lo hizo como el que más. Pero también que consumía su tiempo libre jugando a los dados o al póker, como la mayoría de sus compañeros. Como donde hay juego hay ventajistas, o sea, tramposos, que solucionaban sus cuitas a puñetazos o cuchilladas, Al se curtió en aquellas lides, saliendo casi siempre triunfante gracias a su impresionante físico.

Al compaginaba su trabajo en los muelles con su pertenencia a la Banda de los Cinco Puntos (Five Points Gang), llamada así porque Five Points era un barrio del Bronx, situado al final de la calle Bovary, un lugar miserable en que se hacinaban inmigrantes italianos, polacos, irlandeses y judíos. Se detestaban unos a otros, pero tenían en común su desprecio por los Estados Unidos, pues pensaban que aquel país los marginaba. En consecuencia, proclamaban con orgullo que no eran americanos, sino italianos, polacos, irlandeses o lo que fuese. La mayoría de esas bandas eran bastante gregarias y la jefatura de las mismas se alcanzaba exclusivamente por la violencia. Sin embargo, la italiana difería del resto en que su jefe, Giovanni Johnny Torrio, era muy inteligente.

En otro ambiente, si hubiese utilizado su inteligencia y habilidad para algo bueno, Torrio podría haber sido un empresario de éxito. Pero como había pasado su niñez y adolescencia en los barrios bajos, entre hampones, chulos y prostitutas, encauzó su vida por la senda del delito. Muy pronto Al entró a trabajar para él, y en poco tiempo se establecería entre ambos una sólida amistad, cuya consecuencia más importante fue que el joven napolitano se convirtió en el lugarteniente principal del gángster.

Torrio prefería permanecer en la sombra y no era muy dado a la violencia, optando por la peculiar diplomacia característica de los bajos fondos. Al Capone, por el contrario, gustaba de emplear con prodigalidad puños, navajas y pistolas. Nunca se echaba atrás ante una pelea, y de hecho su apodo, Scarface (Caracortada) se debía a la enorme cicatriz de cuchillo que cruzaba su mejilla izquierda. Gustaba de contar que se trataba de una herida recibida durante la Gran Guerra, pero nunca fue reclutado por el ejército americano. No se sabe quién le causó tal herida, pero es indudable que debió pagarlo con su vida. En todo caso, el sobrenombre de Scarface fue muy pronto conocido en los bajos fondos, y su sola pronunciación suscitaba terror, algo que acabó enorgulleciendo a Capone.

Por mediación de Torrio, Capone se trasladó a Chicago en 1920 para trabajar a las órdenes de Giacomo Jim Colosimo, socio y buen amigo de su mentor neoyorkino. Colosimo, otro inmigrante italiano dedicado al delito, que durante un tiempo se vio obligado a trabajar como barrendero, había revolucionado el negocio de la prostitución. Utilizando a los proxenetas como inversores, había retirado a las mujeres de la calle, instalándolas en diversas casas distribuidas por toda la ciudad, de forma que las chicas pudieran ejercer su labor con más comodidad y seguridad. Las prostitutas iban rotando de casa en casa, con el fin de ofrecer mayor variedad a los clientes. Con el negocio del sexo clandestino Colosimo ganó una fortuna. Como la mayoría de los gángsters, recibió la Volstead Act como una oportunidad para enriquecerse aún más, así que recurrió a su amigo Torrio para que le enviase a alguien de confianza para ayudarle en la diversificación de sus negocios. Además, como no tenía mucha experiencia en ciertas cosas, necesitaba a alguien curtido en luchas callejeras, que se ocupara adecuadamente de sus competidores.

La competencia de Colosimo era la banda de los también italianos Rocco Rock Maggio y Tony Cappellaro. Por aquel entonces Rock Maggio había impuesto en Chicago su reinado de terror, a base de coacciones, palizas y asesinatos. Con la entrada en vigor de la Prohibición se asoció con Cappellaro, que tenía tras sí un violento historial de crímenes de diversa índole. Estos dos quinquis venidos a más declararon una guerra abierta no sólo a la competencia, sino también a la policía, donde los tiroteos con resultado de muerte estaban a la orden del día. Así que, cuando Capone llegó a Chicago, ésta ya era una ciudad extremadamente violenta, situación que empalidecería ante el horror que desataría Al en la urbe cuando se convirtiese en el dueño de la misma.

En Chicago también funcionaban varias bandas irlandesas. La más importante de todas era la de Dion O´Banion, que regentaba una floristería y mantenía una apariencia de ciudadano modelo ante la comunidad. O´Banion poseía una extensa red de funcionarios condescendientes, por decirlo de alguna manera, que le permitían atender sus negocios evitando en lo posible recurrir a la violencia.

Existía una especie de acuerdo tácito entre todas las bandas criminales, grandes y pequeñas, que se habían repartido la ciudad en territorios. El neoyorkino Torrio ejercía su influencia en Chicago, promoviendo una serie de cumbres del hampa, en las que se procuraba arreglar las diferencias entre bandas de forma pacífica. Torrio sostenía que había mercado para todos y que los enfrentamientos armados eran contraproducentes. Abogaba por delimitar claramente los territorios de cada grupo, procurando que nadie invadiera el de otro. Pero Maggio no estaba por la labor, acabando por desencadenar una escalada de violencia que amenazaba las estructuras del resto de las bandas. Éstas reaccionaron trayendo pistoleros de fuera de Chicago, dispuestas a pararle los pies a Maggio. Esta fue una de las razones por las que Torrio se avino a prestarle a su amigo Colosimo al encargado de sus negocios en la Gran Manzana, el ya tristemente famoso Scarface Capone.

Al no perdió el tiempo, haciéndose cargo inmediatamente de la situación. Lo primero que hizo fue informarse sobre todos los detalles no sólo de los negocios de prostitución y tráfico de alcohol de Colosimo, sino de los de Maggio, O´Banion y los demás. Al mismo tiempo, organizó un ejército de hombres armados hasta los dientes, cuyas funciones serían proteger los cargamentos de licor propios y hostigar a los contrarios, robándoles en ocasiones la mercancía. Otra de las cosas que hizo fue recorrer personalmente las tabernas clandestinas de la competencia, realizando algunas consumiciones y tomando buena nota de todo lo que veía.

Maggio no le tenía miedo a Capone, así que, decidido a imponerse como fuera, atentó contra Colosimo. Aunque era un delincuente, Jim no gustaba de la violencia y, además, lo suyo eran más las relaciones públicas, optando por dejar la dirección de sus negocios en manos de su amigo Torrio. En aquella época tenía cierta aureola de personaje público, pues pocos conocían su relación con la prostitución, el juego y el alcohol ilegal, por lo que nunca se imaginó que la violencia vinculada a las bandas le afectara. Pero ocurrió. Cierta noche, cuando se disponía a entrar en casa, tres hombres abrieron fuego contra él con metralletas Thompson. Se salvó de puro milagro, pues escuchó el sonido metálico del seguro de una de las armas al destrabarse, e instintivamente se arrojó al suelo, alcanzando una esquina tras la que se guareció.

Después del atentado, Colosimo, que carecía de la sangre fría que suele atribuírsele a un gángster, nombró a Capone su guardaespaldas permanente. De todas formas, las aguas pronto parecieron volver a su cauce y Jim no tardó en reanudar su vida habitual. Aunque estaba casado, frecuentaba la compañía de veinteañeras de dudosa reputación. Su esposa, Victoria, estaba algo desquiciada y, para vengarse de él, no se le ocurrió otra cosa que empezar a vestirse y comportarse como las jóvenes furcias que se relacionaban con su marido. Colosimo se sintió avergonzado y la repudió, divorciándose de ella. Poco después contrajo nuevo matrimonio con una tal Hope Winter, supuesta actriz totalmente desconocida en Broadway y Hollywood, especializada seguramente en la interpretación horizontal. Colosimo era lo que hoy llamaríamos un animal mediático, vivía para figurar, así que dio la máxima propaganda a su boda, que celebró por todo lo alto, con centenares de invitados entre los que había muchos periodistas y fotógrafos. Al discreto Torrio, enemigo de llamar la atención innecesariamente, aquello no le gustó un pelo. Tras la boda, la pareja partió en viaje de luna de miel. Los recién casados regresaron a Chicago el 11 de mayo de 1921. Al día siguiente, Giacomo Jim Colosimo fue asesinado.

La lista de enemigos de Colosimo era más larga que un día sin pan, por lo que las investigaciones se eternizaron. Las principales sospechas recayeron en Torrio, que entonces se encontraba en la ciudad del viento, pero éste siempre se había preocupado por mantener un historial limpio y las autoridades pronto le dejaron en paz. Capone, cuya tapadera era un inexistente negocio de compra y venta de muebles usados, estaba casualmente en un viaje de negocios cuando Colosimo fue acribillado en un conocido restaurante de la ciudad. Nunca se dilucidó quién estuvo detrás de su muerte, pero después de su fastuoso funeral, Torrio mandó a su joven viuda a otro estado, con el riñón bien cubierto, por así decirlo. Johnny se hizo cargo de los negocios de Colosimo, y su primera medida fue ascender a Capone, permitiéndole montar un prostíbulo y dos destilerías bajo la identidad falsa de Al Brown. El napolitano por fin había dejado de ser un asalariado. El burdel y las destilerías le proporcionaron mucho dinero, con el cual llevó a su familia a Chicago, instalándola en una casa de planta y piso en el número 7.244 de Prairie Avenue. Su padre, Gabriel, no tardaría en morir. Para entonces Al ya estaba casado con una mujer llamada Mae Barbara, de la que tuvo un hijo, Alberto o Albert, al que llamaba Sonny, y que sería una de las pocas personas a las que realmente quiso en su vida.

Torrio, que engrandeció más aun los negocios heredados de Colosimo, quería imponer la paz en Chicago mediante acuerdos con las otras bandas. La única voz discordante en sus filas era la de Capone, que sostenía que debían imponerse a los demás por cualquier medio. Johnny valoraba la opinión de su lugarteniente, pero creía poder convencer al resto de jefes para alcanzar un acuerdo beneficioso para todos. Así pues, convocó una reunión de todas las bandas de la ciudad, grandes y pequeñas. No se conoce ni la fecha exacta ni el lugar donde se celebró ese cónclave de mafiosos, pero sus frutos se apreciaron enseguida, porque durante un tiempo disminuyeron los actos violentos en Chicago. Sin embargo, en unos pocos meses la situación se degradó. Se ignora quién rompió o quienes rompieron el acuerdo logrado por Torrio, pero el caso fue que en poco tiempo la sangre volvió a correr por las calles, porque nadie respetaba los territorios ajenos. Torrio concluyó que Capone tenía razón, y desde ese momento se dedicó a extender su organización de forma pacífica, siempre que podía, pero recurriendo a los expeditivos métodos de Scarface cuando no quedaba otro remedio. El jefe supremo seguía siendo Torrio, y Capone su hombre de confianza y su brazo ejecutor, pero las cosas ya habían empezado a cambiar.

El tráfico de licor estaba a la orden del día en todo Estados Unidos, así como la violencia que generaba. Pero a los gángsters de Chicago había que darles de comer aparte. La ciudad se había convertido en un permanente campo de batalla. Los tiroteos entre bandas rivales estaban a la orden del día, para desesperación de una ciudadanía que asistía, espantada e impotente, a aquel baño de sangre, viendo cómo las autoridades, por incapacidad en unos casos y por connivencia con los criminales en otros muchos, no hacían absolutamente nada.

Chicago se convirtió en la ciudad más violenta del país, arrebatándole ese dudoso honor a Nueva York. En consecuencia, fue el principal ejemplo esgrimido por los detractores de la Volstead Act para denunciar el caos criminal que había propiciado la Prohibición. En fecha tan temprana como 1922, cuando apenas habían transcurrido dos años desde la implantación de la Ley Seca, varios diarios de todo el país se atrevieron a señalar lo que era de conocimiento público: que la Enmienda XVIII sólo había servido para agravar los problemas derivados del consumo de alcohol. La WCTU, la ASL y otras organizaciones moralistas menores arremetieron contra aquellos periodistas que se habían atrevido a contar la verdad, provocando que algunos de ellos fueran despedidos de sus trabajos. Los inquisidores prohibicionistas contaron con el decidido apoyo de una parte importante de los políticos americanos, que se erigían en paladines de la templanza, al tiempo que desembolsaban grandes cantidades de dinero para obtener licor de calidad para su consumo personal. Mucho se ha dicho y escrito sobre la supuesta doble moral estadounidense, pero en ningún otro momento de la historia ésta resultó tan evidente como en la época de la Ley Seca.

Llegó 1923, año de elecciones. La Prohibición era uno de los temas principales que dividían a republicanos y demócratas. En esas fechas se estaba realizando la campaña para la reelección del presidente Warren G. Hardin, y simultáneamente otra para elegir un nuevo alcalde para Chicago. En ésta última jugó un papel decisivo el Crimen Organizado, representado por las figuras de Torrio y Capone. Las elecciones a la alcaldía de Chicago de 1923 son recordadas como las más terroríficas y sangrientas de la historia de Estados Unidos.

Los principales defensores de la Prohibición eran los republicanos, mientras que los demócratas se decantaban, cada vez en mayor número, por derogar la Enmienda XVIII. Los traficantes de licor, que se habían convertido en hombres inmensamente ricos y poderosos gracias a la Ley Seca, se alinearon con los republicanos, como es obvio. Torrio encargó a Capone que se ocupara del asunto y éste lo hizo con su eficacia y contundencia habituales. Hizo traer a un numeroso grupo de hombres de fuera de la ciudad, para que no pudieran ser identificados por nadie. Estos hombres fueron distribuidos en una especie de comandos, que operaban desde camiones con rótulos de empresas falsas, dedicándose a recorrer la ciudad de madrugada, atacando con metralletas y granadas de mano las casas de los candidatos que habían prometido a los electores luchar contra el Crimen Organizado. Hubo varios heridos y al menos dos muertos, aunque la intención de Capone era más intimidar que matar. Su estrategia contemplaba también un aluvión de llamadas falsas a la policía, con el fin de distraerla y crear confusión. Asimismo, algunos de sus hombres telefonearon a los domicilios de los candidatos más relevantes, amenazándoles con matar a sus esposas e hijos si se atrevían a presentarse a las elecciones. Inopinadamente, aunque se suponía que Capone apoyaba la reelección del alcalde republicano William H. Thompson, que presumiblemente estaba al servicio del mafioso, salió elegido el candidato demócrata, William E. Dever. Muchos ingenuos creyeron que éste iba a arremeter contra los gángsters, pero lo cierto es que las cosas apenas cambiaron, algo que a mucha gente le resultó más que sospechoso. Hubo quien apuntó que Scarface había jugado a dos cartas. Nunca pudo probarse que Dever estuviera en la nómina de Capone, así que hemos de colegir que, o bien era un corrupto que supo ocultar perfectamente su condición, o simplemente no pudo luchar contra la corrupción generalizada que dominaba la ciudad. El presidente Hardin falleció repentinamente el 2 de agosto, siendo sustituido en el cargo por su vicepresidente, Calvin Coolidge, quien, elecciones mediante, ocuparía la más alta magistratura de la nación hasta 1929.

Sea como fuere, parecía que Capone había impuesto su voluntad sobre la política de la ciudad del viento, pero perdió a un hermano en el envite. Salvatore Frankie Capone, que contaba veintidós años, era un matón de baja estofa, chulo y pendenciero. Al le quería, pero como sabía que era un exaltado sin demasiadas luces, le recomendó que no se acercara a las mesas electorales. Aunque la mayor parte de la policía estaba comprada, un puñado de agentes honestos se había propuesto defender la limpieza de aquellos comicios, protegiendo a los que fueran a votar, sobre todo en los distritos que se consideraban afines a los demócratas. Frankie Capone, ignorando la advertencia de su muchísimo más inteligente hermano, reunió a unos compinches y se fue a un barrio en el que se sabía que la mayoría de los vecinos era de simpatías demócratas. Cuando él y sus sicarios bajaron del coche, dispuestos a emprenderla a golpes con los que atendían la mesa electoral y los que se acercaban a depositar su voto, un grupo de policías apareció por una esquina. No hubo voces de alto ni estupideces por el estilo. Aquellos valerosos agentes, que simbolizaban lo mejor de la corrompida policía de Chicago, sabían con quiénes se jugaban los cuartos y abrieron fuego contra aquella patulea. Uno de los seis agentes resultó herido de bala, pero Frankie Capone y sus amigotes cayeron para no levantarse más.

La muerte de Frankie en tan inequívocas circunstancias le pasó factura a Capone. Siempre se había preocupado de ocultar a su madre la verdadera naturaleza de sus negocios, pero la mujer, Teresa, supo lo ocurrido por la prensa, que se refirió a Frankie como el hermano pequeño de uno de los gángsters más conspicuos de la ciudad. Apenada por el fallecimiento de su hijo, y destrozada por haber descubierto las verdaderas ocupaciones de sus retoños, culpó a Alfonso de lo ocurrido y le repudió. A partir de entonces apenas le dirigió la palabra, pero Al se encargó económicamente de ella, aunque de forma indirecta.

Capone ya se había establecido sólidamente en Chicago, pero seguía dependiendo de Torrio. Éste ambicionaba extender su imperio criminal a Cicero, una zona que, aun estando en el área de Chicago, pertenecía a otra administración, lo que facilitaba extraordinariamente el soborno de funcionarios municipales y policías. El problema era que en Cicero el contrabando de alcohol estaba en manos de irlandeses y sicilianos. Éstos últimos monopolizaban la prostitución. El gángster irlandés Dion O´Banion era el más peligroso, pues sus hombres controlaban tres cuartas partes de Cicero. Torrio, fiel a su costumbre de evitar en lo posible enfrentamientos armados que llamasen la atención de la policía, abogaba por llegar a algún acuerdo con O´Banion. Capone, que ya empezaba a estar harto de tanta diplomacia, insistía en que lo mejor era cortar por lo sano, eliminando a O´Banion y adueñándose de sus negocios.

(Continuará).


Notas

N del A. Arma automática, diseñada por el coronel John Taliaferro Thompson para facilitar el asalto a las trincheras por las tropas americanas durante la I Guerra Mundial o Gran Guerra. El conflicto terminó antes de que Thompson tuviera su prototipo dispuesto, en 1919. Ergonómica, muy fiable y con una cadencia de tiro de entre 700 y 1.000 disparos por minuto, según modelos, salió al mercado civil en 1921. Aunque fue adquirida por el ejército y algunos departamentos policiales, como Thompson deseaba, sus principales compradores y usuarios fueron los criminales, algo que en principio daría una pésima fama al arma. Apodada Tommy Gun, se convirtió en la favorita de los gángsters por la gran capacidad de sus cargadores de tambor, que albergaban 50 y 100 cartuchos calibre 45 en sus dos versiones. También empleaba cargadores rectos de 30 cartuchos. Era un arma muy cara, pues costaba 200 dólares, la mitad que un buen automóvil de la época. J. Edgard Hoover, director del FBI, tuvo que bregar mucho ante el Congreso para que éste aprobase una partida presupuestaria destinada a la compra de 300 unidades del subfusil Thompson para dotar a los agentes federales, que por entonces sólo disponían de revólveres, pistolas semiautomáticas, escopetas y rifles de repetición, lo que los situaba en desventaja a la hora de enfrentarse con los sicarios de las bandas. Con la entrada de USA en la II Guerra Mundial, el Thompson fue modificado, simplificando su fabricación para reducir su coste de 200 a 70 dólares y así poder suministrarlo en grandes cantidades a las tropas. Esta arma tuvo una prolongada existencia, pues además de participar prácticamente en todos los conflictos armados que ha conocido el mundo desde los años 20 del siglo pasado hasta la fecha, permaneció en servicio en centenares de departamentos de policía estadounidenses hasta la década de los 80.

© Antonio Quintana Carrandi, (3.528 palabras) Créditos