La ley seca: Centenario de una ley absurda, 1
ANTECEDENTES HISTÓRICOS Y SOCIALES
por Antonio Quintana Carrandi
Adustas defensoras de la moralidad y las buenas costumbres
Adustas defensoras de la moralidad y las buenas costumbres

Las leyes son necesarias; más aún, imprescindibles para ordenar la existencia en las comunidades humanas. Una sociedad sin ley, en la que cada cual haga lo que le venga de gusto, está abocada al caos y, en última instancia, a su destrucción. En general, sobre todo en las sociedades modernas y democráticas, las leyes cumplen una función reguladora, evitan arbitrariedades e injusticias y contribuyen al bien público. Es este un axioma difícilmente discutible.

Pero las leyes son dictadas por personas o grupos humanos, que pueden responder no al interés común, sino a la prevalencia de sus postulados políticos, económicos, sociales o religiosos. Por eso, en demasiadas ocasiones a lo largo de la historia, algunos ordenamientos jurídicos tuvieron por objeto coartar las libertades de unos y favorecer las de otros, ya fuera por razones de clase o más frecuentemente por cuestiones raciales, cuyos máximos ejemplos son las injustas leyes segregacionistas en Estados Unidos, vigentes en algunos estados hasta ayer mismo, las atrocidades legales nazis de Nuremberg en 1935, o el ominoso Apartheid sudafricano. Durante la II República española, que tantos ensalzan hoy sin conocer su historia real, lo que significo y sus consecuencias, el gobierno, con el propósito de sortear su propia legalidad y afianzar su poder, promulgó la llamada Ley de Defensa de la República, que en la práctica facilitaba el que quedaran desprotegidos por las leyes aquellos que fueran críticos con las autoridades, marginando de facto a todo aquel que no fuera de izquierdas. Hoy, sin salir de España, asistimos a algo muy parecido con las sectarias leyes de género, que criminalizan a la mitad de la población en razón de su sexo o la totalitaria de Memoria Histórica, con la que se pretende fijar el pasado, adaptándolo al gusto y los intereses espurios del legislador. Unos ejemplos claros de utilización torticera de la legalidad para beneficiar a unos colectivos muy concretos, que no están interesados por el bienestar común, sino exclusivamente por el propio.

Hace un siglo se promulgó en Estados Unidos la Volstead Act, más conocida como Ley Seca o Prohibición, mediante la cual quedaba prohibida la fabricación, comercialización y consumo de cualquier bebida alcohólica. El alcoholismo era un grave problema, sobre todo entre las clases más bajas. Pero intentar combatir esa lacra con una medida tan drástica resultó no sólo ineficaz, sino que fomentó la criminalidad hasta extremos nunca antes vistos en Estados Unidos.

¿Cómo se llegó a esa situación? Bien, lo cierto es que el tema preocupaba y mucho a una parte de la sociedad estadounidense desde mediados del siglo XIX. El excesivo consumo de alcohol entre las masas populares provocaba en ocasiones auténticas tragedias. Abundaban las familias abocadas a la miseria, porque el padre dilapidaba su exiguo sueldo en licor. A veces eran ambos progenitores los que bebían, lo que llevaba a la desestructuración del núcleo familiar y al abandono de los hijos, que acababan en orfanatos o incluso en la calle. El licor también se asociaba con innumerables crímenes violentos, tales como asesinatos y violaciones.

El núcleo principal de la sociedad americana decimonónica estaba formado por los descendientes de los primeros colonos anglosajones, caracterizados por su puritanismo de raíz protestante. Pero a partir del final de la Guerra de Secesión (1861-1865), empezaron a llegar a Estados Unidos cada vez más inmigrantes, principalmente europeos, que llevaron consigo sus usos y costumbres, que chocaban con las de los americanos de entonces. Italianos, alemanes, holandeses, polacos... Entre los recién llegados había de todo, y para muchos de ellos las bebidas alcohólicas formaban parte de su cultura. Entre ellos destacaron los alemanes, algunos de los cuales, en cuanto dispusieron de los medios económicos necesarios, se dedicaron al negocio de la fabricación y venta de cerveza.

Las diversas iglesias protestantes, que representaban al sector más importante e influyente de la sociedad, se hicieron eco del problema, predicando la abstinencia desde los púlpitos y animando a sus feligreses a actuar contra la depravación que causaba el licor. Los sermones de los clérigos protestantes estaban plagados de alusiones a los daños que causaba la bebida, a la que se culpaba, directa o indirectamente, de todos los males que acuciaban a los estadounidenses. La campaña religiosa y moralista contra el alcohol fue machacona y constante en el tiempo, movilizando a miles de personas en favor de la templanza. Por todo el país comenzaron a proliferar asociaciones ciudadanas que se declaraban en contra del alcohol, cuyos integrantes llegaron a contarse incluso por decenas de miles, lo que les proporcionaba un considerable poder de presión política. En la década de 1890 ya existían, a lo largo y ancho de la geografía estadounidense, poblaciones en las que había algún tipo de reglamentación restrictiva para las bebidas alcohólicas, y en muchas de ellas incluso estaban prohibidas. Pero la lucha contra los males que acarreaba el consumo de alcohol se vio fortalecida por la creación, a finales de siglo, de la Woman´s Christian Temperance Union (Unión de Mujeres Cristianas por la Templanza), una organización que aspiraba a convertir el problema del consumo de alcohol en una cuestión nacional. Poco después se fundó la Anti Saloon League (Liga Anti-Tabernas), cuya pretensión última era, ni más menos, que forzar el cierre de todos los locales que vendieran licor en el país.

El movimiento anti-alcohol estaba integrado principalmente por mujeres de clase media, a las que posteriormente se sumaron féminas de las clases trabajadoras y numerosos hombres. Su ideario, aparte de la lucha contra la bebida, estaba férreamente vinculado a la religión protestante, mayoritaria entonces en USA en sus diversas variantes. Los americanos de origen anglosajón vieron en este movimiento no sólo una eficaz manera de combatir el alcoholismo, sino también un modo de aumentar su influencia política. El principal valedor de las asociaciones por la templanza fue el partido Republicano, aunque éstas también contaban con el apoyo de una parte del partido Demócrata. Así que, si bien su objetivo principal era erradicar el consumo de alcohol, hacían también una apasionada defensa de los valores religiosos protestantes y de las esencias más puras de lo que se ha dado en llamar americanismo..., tal y como se entendía en aquella época.

Tanto las integrantes femeninas de la WCTU, como las de la ASL, consideraban que se habían embarcado en una lucha sagrada, y en consecuencia estaban dispuestas a todo. No se limitaron a organizar marchas por la templanza ni a buscar apoyo político, sino que en ocasiones observaron una intolerancia radical, con la cual se granjearon gratuitamente la hostilidad de una parte considerable de la sociedad. Así, por ejemplo, provocaron innumerables incidentes violentos, al pretender cerrar por la fuerza locales que despachaban licor. Hubo grupos de enfurecidas mujeres que, armadas con hachas, atacaron bares y almacenes de bebidas alcohólicas, destruyendo toneles y botellas. Algunas de esas fanáticas acabaron detenidas, pero en general la presión ciudadana lograba que se las pusiera de inmediato en libertad, tras abonar en algunos casos muy concretos una irrisoria cantidad en concepto de multa. En la mayoría de las ocasiones, sin embargo, las autoridades, viendo el apoyo ciudadano y político que suscitaban, hacían la vista gorda ante sus tropelías. Muchos propietarios de bares, que trataron de defender sus negocios, sufrieron lesiones, algunas de consideración, aunque no consta que las actividades de la WCTU y la ASL produjeran ninguna muerte.

El debate a favor y en contra del alcohol alcanzó proporciones épicas, dividiendo a los estadounidenses en dos bandos irreconciliables. Los que estaban en contra de su prohibición admitían que su consumo en exceso provocaba graves problemas, pero alegaban, con razón, que la inmensa mayoría de las personas que consumían algún tipo de licor habitualmente no solían embriagarse. Estaban dispuestos a aceptar reglamentaciones más duras en algunos aspectos, pero no a que se prohibiera por completo. Pero la WCTU y la ASL eran organizaciones dirigidas e integradas casi exclusivamente por fanáticas moralistas, con las que cualquier intento de diálogo o de consenso estaba abocado al fracaso. La rivalidad de ambas facciones se enconó, y sólo remitió un poco a partir de 1917, cuando Estados Unidos entró en la I Guerra Mundial. Pero incluso entonces aprovecharon los prohibicionistas para envenenar el ambiente ciudadano, afirmando que la cerveza que se consumía en el país era producida por boches emigrados, y que la reducción del consumo de esta bebida sería una forma de demostrar el patriotismo de cada cual. Los inmigrantes y descendientes de inmigrantes alemanes eran vistos con hostilidad por los norteamericanos, a lo que se sumó el boicot promovido por la sucia campaña de las prohibicionistas. Muchos de ellos, algunos con nacionalidad estadounidense, fueron acusados de envenenar a sus clientes con cerveza adulterada, siendo agredidos físicamente en ocasiones. Una página vergonzosa de la historia de Estados Unidos, pues, salvo excepciones muy puntuales y referidas a individuos muy concretos, la comunidad germano-americana se caracterizó por su profundo compromiso moral y político con la nación que habían abrazado como propia. Algo muy parecido ocurriría veinte años después con los americanos de origen japonés.

Acabada la contienda, el asunto del alcohol volvió a la palestra política. Varias asociaciones anti-alcohólicas locales y estatales se fusionaron con la WCTU, dando a ésta un poder de presión social tremendo. Una gran mayoría de los estadounidenses creía que el consumo de alcohol estaba directamente relacionado con el incremento de la delincuencia en todas sus formas, con el auge de la prostitución y con diversas enfermedades. Los políticos republicanos, por su parte, en su afán de congraciarse con aquel movimiento de masas por razones estrictamente electoralistas, hicieron suyos los postulados de la WCTU y la ASL. Entre ellos destacó Andrew Volstead (1860-1947), miembro de la Cámara de Representantes por Minnessota.

Andrew Volstead, defensor de las defensoras
Andrew Volstead, defensor de las defensoras

La llamada Ley Seca, enmienda XVIII a la Constitución de los Estados Unidos, fue en principio idea de Wayne Wheeler, miembro de la ASL y amigo de Volstead, quien se sumó encantado a la iniciativa. Sería Volstead el que defendería con entusiasmo el proyecto de ley en el Congreso, logrando su aprobación, por lo que la norma entró en vigor como la Volstead Act.

Volstead era un puritano furibundo. Al contrario que la mayoría de los miembros de su partido, defendía la Prohibición porque creía en ella, y no sólo por los beneficios políticos que pudiera obtener del apoyo a la misma. La enmienda XVIII a la Constitución de los Estados Unidos fue ratificada en enero de 1919 por 36 de los 48 estados existentes entonces, lo que facilitaba su imposición como Ley Federal; es decir, aplicable a todo el país. Los partidarios de la Prohibición mostraron su júbilo. En octubre del mismo año, al aprobarse por fin la Ley Seca, Volstead declaró, con solemnidad digna de mejor fin:

Esta noche, justo un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hará testamento, iniciándose una era de ideas claras y modales limpios. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles quedarán vacías y las transformaremos en fábricas y graneros. Los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán aliviadas las mujeres y el futuro se mostrará esperanzador para nuestros hijos. Las puertas del infierno se habrán cerrado para siempre.

Las palabras de Volstead fueron acogidas con entusiasmo por cientos de miles de personas. Pero muchas más se mostraron escépticas ante los vaticinios del congresista, temiendo que aquello fuera a acabar de forma muy distinta a la esperada por los adalides de la Prohibición. El tiempo no tardaría en darles la razón.

Empezó entonces una campaña de destrucción masiva de reservas de bebidas alcohólicas, muy publicitada en la prensa y en la radio y ávidamente filmada por los noticieros cinematográficos. Una marea de puritanismo abstemio barrió los Estados Unidos, pero no era más que apariencia, pues en el fondo eran más los que estaban contra la Ley Seca que los defensores de la misma, aunque éstos hubieran acabado imponiéndose por presiones políticas. Desde el mismo momento en que entró en vigor, millones de personas en todo el país se propusieron saltarse esa ley tan impopular a las primeras de cambio.

Sobre el papel, la ley no prohibía por completo el alcohol etílico, pues observaba algunas excepciones, como la referente al Jerez español, siempre que su consumo pudiera justificarse por razones medicinales o religiosas. Su objetivo principal era alejar a las masas de la bebida, algo que en principio parecía capaz de conseguir, al prohibir la manufactura, transporte y venta de licor, ya fuera para el mercado nacional o para la exportación. La importación de licores, como es natural, también estaba vetada.

Pero aunque la elaboración de vino o cerveza estaban prohibidas, la gente se las arregló para saltarse la legalidad gracias a la venta libre de concentrados de uva semisólidos, que, si se dejaban fermentar adecuadamente, permitían hacer un vino pasable. Este concentrado se comercializaba en unas piezas similares a ladrillos, en cuyo envoltorio se advertía al comprador que utilizarlo para producir vino iba contra la ley. Era igual, porque nueve de cada diez personas lo querían precisamente para eso. Por su parte, los fabricantes de cerveza intentaron capear el temporal como pudieron, comercializando un preparado con el que se podía elaborar una bebida muy similar a la actual cerveza sin alcohol, que sin embargo nunca tuvo mucha aceptación.

El grueso de la población parecía estar encantada con la Volstead Act, pero la impopular norma estaba a punto de desencadenar el horror más absoluto sobre la sociedad estadounidense de los años 20.

El triste final de un barril de cerveza
El triste final de un barril de cerveza

El efecto colateral más devastador de la absurda Volstead Act fue la creación y expansión del crimen organizado. Los delincuentes constataron que había una gran demanda de licor y que ésta iba en aumento, comprendiendo que de allí se podían sacar cuantiosos beneficios. En consecuencia, todos ellos decidieron concentrarse en el lucrativo negocio que representaba el satisfacer esa demanda. La Ley Seca empezó a aplicarse con todo rigor el 17 de enero de 1920. Para entonces ya existían los embriones de lo que, en muy poco tiempo, se convertiría en una compleja red criminal. En contra de lo vaticinado por Volstead, las puertas del infierno estaban abriéndose y no cerrándose.

Las organizaciones delictivas americanas vivieron su Edad de Oro durante esa época. Matones andrajosos, que hasta entonces habían sobrevivido con tropelías varias, que raras veces resultaban lucrativas, empezaron a ganar dinero a espuertas con la fabricación y venta de bebidas alcohólicas. Como es lógico, expandieron el negocio, lo que les llevó a entrar en conflicto con otras bandas que pretendían hacer lo mismo. Las diferencias entre gangs rivales se arreglaban a tiros, lo que provocó un asombroso incremento de la violencia. Los asesinatos se cuadruplicaron y hasta quintuplicaron con respecto a los años anteriores a la Ley Seca, lo que llevó a muchos a colegir que ésta era un fracaso que iba a tener consecuencias terribles para la sociedad. Pero los extremistas puritanos seguían teniendo mucho poder político y mediático, e intentaron relativizar la situación, argumentando que, cuando la ley se aplicara con más firmeza y determinación, se acabaría con la violencia.

Otro efecto no deseado de la Prohibición fue el aumento desmesurado de la corrupción a todos los niveles. Siempre habían existido funcionarios venales, pero las cada vez más poderosas organizaciones criminales regaron las administraciones estatales y locales con una auténtica lluvia de dólares, comprando protección policial, judicial y política, que les permitiera desenvolverse con impunidad. Según declaraciones del comisario jefe de la policía de Chicago en aquellos años, más de la mitad de la plantilla policial de la ciudad recibía algún soborno, y el resto se veía incapacitado para actuar con un mínimo de contundencia. La consigna era oro o balas y la elección no era difícil, porque los que no aceptaban los sobornos, o se resistían a la coacción, pagaban su integridad viendo cómo eran agredidas sus familias. Y si eso no les ablandaba, ellos mismos acababan siendo tiroteados, apuñalados o apaleados hasta la muerte en cualquier rincón. Ocurría lo mismo en todo el país, pero la ciudad del viento de Illinois ha pasado a la historia no por el incendio que la destruyó en 1871, sino por haber sido el feudo personal del traficante de licor más famoso que jamás existió y el gángster más despiadado de todos: Alfonso Al Capone (1899-1947). La Ley Seca hizo de Capone lo que fue. Si no hubiese existido la infame Volstead Act, el napolitano, hijo de un humilde barbero que había emigrado a USA en 1904, no habría sido más que un quinqui de segunda fila, del que sólo media docena de policías habrían oído hablar.

(Continuará).

© Antonio Quintana Carrandi, (2.757 palabras) Créditos