EL MURO DE TRUMP Y EL DE «LA VERGÜENZA»
por Antonio Quintana Carrandi
El muro desde Berlín Este

Una de las bazas que facilitaron la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos fue su postura firme y decidida ante la inmigración ilegal, gravísimo problema que amenaza con desestabilizar económica y socialmente la Unión. Su propuesta para tratar de atajar esta amenaza demográfica fue reemplazar la valla fronteriza, existente desde hace décadas, por un muro mucho más compacto, así como reforzar los sistemas de seguridad para que no se cuele nadie de matute en USA. Esta actitud, que cualquier persona sensata aplaudiría, ha provocado el rechazo de la progresía mundial. Los que pretenden pasar por los buenos de la película creen que ese muro que están levantando los yankis en su frontera con Méjico atenta contra los derechos de los inmigrantes. El cinismo y la papanatería de esta gente no dejan de asombrarme. Por lo visto, piensan que entrar ilegalmente en un país es un derecho humano o algo así. Algunos progres han llegado incluso a comparar el muro de Trump con el de Berlín, también llamado de la Vergüenza. Una vez más, hacen gala estos belitres de la estulticia que los caracteriza.

No existe ni punto de comparación entre ambas murallas. La primera ha sido proyectada como una protección pasiva contra la inmigración ilegal, porque, por mucho que les pese a los babayos antiamericanos, muchísima gente quiere entrar en los EE UU pero, al menos que sepamos, por ahora nadie quiere salir. El otro muro fue alzado por los amigos de la siniestra II República española, para impedir que la población de la RDA huyera en masa a Occidente. Pero hagamos un poquito de Historia, siquiera sea para tratar de ilustrar a esos que siguen tragándose las mentiras izquierdistas.

En 1945, concretamente el 2 de mayo, los últimos defensores de la capital del III Reich se rindieron a los soviéticos, y el 8 de mayo se firmó el acta oficial de la capitulación de Alemania. Meses antes, el 19 de septiembre de 1944, los aliados decidieron dividir Alemania, una vez acabada la guerra, en tres zonas de ocupación más el sector de Berlín. Para dirigir éste último los Aliados crearon la Kommandantur , que se ocuparía de la administración conjunta del sector conocido como Gran Berlín . Dos meses después, el 19 de noviembre del 44, se completó el protocolo de Londres, añadiéndole nuevas cláusulas para instituir un mecanismo de control de Alemania. El 11 de febrero de 1945, durante la Conferencia de Yalta, se acordó, por sugerencia de Churchill, otorgarle a Francia una zona de ocupación y la representación en los organismos de control aliados, con lo cual Alemania y el propio Berlín quedaban divididos no en tres sino en cuatro zonas de ocupación. La Kommandantur aliada de Berlín comenzó a funcionar el 11 de julio de 1945. Entre el 17 de julio y el 2 de agosto de ese mismo año tuvo lugar la Conferencia de Potsdam, que dotó a Berlín del curioso estatuto por el que la ciudad se regiría hasta la caída del Muro a finales de los ochenta.

Aunque al principio las cosas parecían ir bien entre las potencias ocupantes, lo cierto es que los comunistas no dejaron de sembrar cizaña contra los occidentales ni un momento. El 24 de junio de 1948, excusándose en una reforma monetaria adoptada por los occidentales en su zona, que no era del agrado de los bolcheviques, éstos decidieron retirarse de la Comisión de Control, lo que equivalía a abandonar la Kommandantur. Apenas unos días más tarde, los rusos iniciaron el bloqueo de la zona occidental de Berlín. Las autoridades militares de Estados Unidos, Inglaterra y Francia disponían de provisiones sólo para 34 días, y casi dos millones y medio de personas tenían que ser alimentadas durante el tiempo que durase el bloqueo. A pesar de las amenazas rojas, Occidente acudió en auxilio del Berlín occidental, con un fabuloso puente aéreo que todavía hoy asombra por su eficacia y precisión.

Dos aviones norteamericanos, dos transportes Douglas C-47 Skytrain (versión militar de carga del mítico DC-3 ), llegaron a la antigua capital del Reich el 26 de junio de 1948 con provisiones y medicinas. No serían los únicos. El 28 del mismo mes se les unió la RAF británica, y el 14 de octubre del mismo año las escuadrillas de transporte estadounidenses e inglesas se fusionaron, creando una de las unidades aéreas más famosas de la Historia: la Combined Air Lift Task Force , compuesta por más de 700 aparatos, 225 de los cuales eran cuatrimotores C-54, capaces de transportar diez toneladas de carga. Las cifras de esta legendaria unidad son abrumadoras. Para salvar a los berlineses occidentales de la muerte por hambre a la que querían condenarles los rojos, los pilotos ingleses y americanos efectuaron casi 300.000 vuelos, recorriendo 91.664.000 km, es decir, 2.291 veces la vuelta al mundo. Berlín llegó a recibir de este modo hasta 8.000 toneladas diarias de suministros de todas clases. El promedio de vuelos era de casi uno por minuto y el coste de la operación durante aquellos diez meses alcanzó los 254 millones de dólares de la época, eso sin contar los gastos militares, el transporte de las mercancías y el valor intrínseco de las mismas.

El día 4 de mayo de 1949, tras tensas negociaciones, se firmaron los Acuerdos de New York , que ponían fin al bloqueo y al puente aéreo provocado por este. El 14 de mayo entraron en vigor las normas que regularían las relaciones entre la Kommandantur aliada y Berlín, ciudad a la que se le impedía la integración jurídica en la RFA. La antigua capital de Hitler ya no estaba dividida en cuatro zonas sino en dos, la soviética y la occidental.

Pero los rojos tuvieron que enfrentarse a un gravísimo problema. El Paraíso Socialista no debía ser tan atrayente, porque lo cierto era que cada día centenares de berlineses del Este se pasaban a la zona controlada por los occidentales para no regresar. Para contener este éxodo que amenazaba con despoblar la zona oriental, los rojos trazaron una línea divisoria infranqueable entre su zona y la RFA en el verano de 1952. Sin embargo, los del Este seguían huyendo por millares hacia Occidente. Sin Berlín Occidental muchos no lo habrían logrado. La ciudad puso a disposición de los fugitivos del terror rojo todos los alojamientos disponibles. Enfurecidos, los comunistas cometieron múltiples crímenes en su zona, entre los que cabe destacar la sangrienta represión de la rebelión obrerista de 1953, aplastada sin contemplaciones por los tanques rusos, que hicieron uso de sus cañones y ametralladoras a placer.

A pesar de todo, el flujo de fugitivos que pedía asilo en la RFA aumentaba por momentos. Así que en la madrugada del 13 de agosto de 1961 los rojos comenzaron a levantar el tristemente célebre Muro de la Vergüenza. Las calles de la zona rusa fueron ocupadas por los Vopos y se impidió a la gente cruzar al sector occidental. Al que se resistía, se le arrestaba y en algunos casos se le ejecutaba allí mismo. Más de 17 millones de personas quedaron prisioneras tras aquella muralla infame, levantada por las autoridades comunistas de la RDA con el beneplácito soviético. Entre 1948 y el 13 de agosto de 1961 huyeron de Berlín oriental, en busca de la libertad, 2.700.000 personas. Tras la construcción del Muro, cualquier tentativa de atravesarlo en dirección oeste se convirtió en un delito capital, castigado muchas veces con la pena de muerte. Pero no existe energía más poderosa que el deseo de libertad. Centenares de alemanes arriesgaron sus vidas para cruzar al lado occidental. Muchos perecieron en el intento, pero otros muchos lo lograron y pudieron narrar su odisea a la prensa del Mundo Libre.

El Muro ya es historia. Cayó, al igual que todo el sistema comunista, víctima de la corrupción propia de un régimen criminal. Pero ha quedado su recuerdo, como símbolo de las atrocidades cometidas en nombre de una ideología sólo superada en fanatismo y vesania por el nacionalsocialismo hitleriano. Algunos pretenden que caiga en el olvido, pues su recuerdo lesiona gravemente la imagen del marxismo que últimamente, sobre todo en estepaís, como dicen los progres, se quiere vender. Pero la Historia es tozuda y no se deja manipular fácilmente, para desgracia de los que pretenden seguir interpretando a los buenos de la película.

El muro fronterizo norteamericana protege a los EE. UU. de la invasión de inmigrantes ilegales que, por otra parte, no puede acoger. Separa dos naciones bien diferenciadas y cumple una función benéfica. El Muro de Berlín partió por la mitad un país, una ciudad y miles de familias. No fue levantado para proteger a la RDA de una inexistente agresión fascista, sino para impedir que Alemania del Este se vaciara y quedara despoblada, al escapar a Occidente la mayoría de su población. Ni una sola de las ametralladoras pesadas emplazadas en sus torretas apuntaba hacia la RFA, sino hacia su propio territorio, que no era más que una inmensa cárcel. Fue obra de unos desalmados sólo interesados por perpetuar su tiranía y mantener esclavizadas a millones de personas. Cualquiera que se atreva a comparar ambas construcciones es simplemente un ignorante, por no decir algo peor.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.537 palabras) Créditos