SABRINA
SABRINA EE. UU., 1954
Título original: Sabrina
Dirección: Billy Wilder
Guión: Billy Wilder, Samuel Taylor y Ernest Lehman, basado en una pieza teatral del segundo
Producción: Billy Wilder para Paramount
Música: Frederick Hollander
Fotografía: Charles Lang en B/N
Duración: 113 min.
IMDb:
Reparto: Humphrey Bogart (Linus Larrabee); Audrey Hepburn (Sabrina Fairchild); William Holden (David Larrabee); Walter Hampden (Oliver Larrabee); John Williams (Thomas Fairchild); Martha Hyer (Elizabeth Tyson); Joan Vohs (Gretchen Van Horn); Marcel Dalio (Barón St. Fontanel); Marcel Hillaire (Profesor de cocina); Nella Walker (Maudee Larrabee); Ellen Corby (Srta. McCardie); Francis X. Bushman (Sr. Tyson)

Sinopsis

Sabrina Fairchild, hija del chófer de la acaudalada familia Larrabee, ama en secreto a David Larrabee, pero este, mujeriego y banal, apenas repara en ella. La muchacha intenta suicidarse, lo que impide la repentina intervención de Linus, el adusto hermano mayor de David. Thomas, el padre de Sabrina, conoce los sentimientos de la muchacha hacía el joven Larrabee y trata de desengañarla, porque pertenecen a clases sociales muy distintas. Para conseguirlo, envía a su hija a París, a formarse en una prestigiosa escuela de cocina, esperando que la chica se olvide de David. Sabrina vuelve de París completamente cambiada, transformada en una atractiva mujer de mundo, a la que en un principio ni siquiera David reconoce. El joven Larrabee se siente irresistiblemente atraído por ella, hasta el punto de que piensa en romper su compromiso con Elizabeth Tyson, un matrimonio de conveniencia concertado por los patriarcas de las dos familias para unir sus intereses. Linus, que siempre ha sido el hermano responsable y ahora ostenta el control de la compañía Larrabee, idea un plan para apartar a Sabrina de su hermano, seduciendo a la joven. Ella se va enamorando poco a poco de Linus. Éste, por su parte, está dispuesto a seguir adelante con su plan, pero acabará descubriendo que también se ha enamorado de la maravillosa muchacha.

Esta película, uno de los títulos más celebrados de Billy Wilder, contiene también una de las interpretaciones más inusuales de Humphrey Bogart, memorable villano en innumerables cintas de gángsters y antihéroe icónico del mejor cine negro. De la mano de Wilder, Boggie se convirtió en un romántico galán maduro, y el público mundial se rindió a la deliciosa química que parecía existir entre él y la dulce y delicada Audrey Hepburn, la princesita que poco antes había deslumbrado a Hollywood en VACACIONES EN ROMA (ROMAN HOLIDAY, William Wyler, 1953), ganando el Oscar a la mejor actriz.

El film ha devenido en uno de los clásicos más reconocibles. Versión libre del cuento de La Cenicienta, emprendida por uno de los indiscutibles genios del Arte Cinematográfico, SABRINA es una película elegante, estilizada, divertida, con el humor sutil y cuidado de los films de Wilder. Viéndola, a uno le parece casi imposible que su rodaje fuera una experiencia infeliz para casi todos los integrantes del reparto, pero así fue. Paradojas del cine.

En 1953, tras el apabullante éxito de VACACIONES EN ROMA, Paramount acariciaba el proyecto de llevar a la pantalla una pieza teatral de Samuel Taylor, que había cosechado las mieles del triunfo en los escenarios británicos con el título de SABRINA FAIR. La obra se había estrenado en Broadway sólo como SABRINA, en un intento por evitar confusiones con VANITY FAIR (LA FERIA DE LAS VANIDADES), de William Makepeace Thackeray.

Según parece, Audrey Hepburn pudo leer el libreto de la obra incluso antes de que ésta se estrenase. Se sintió fascinada por la historia, que en esencia era la de una Cenicienta moderna. Era el tipo de relatos que le gustaban, así que sugirió a la Paramount que la comprasen para ella. Dicho y hecho. Bastó que la actriz se interesara por ella, para que el Estudio se apresurara a adquirir los derechos para el cine. Los ejecutivos de Paramount sabían que tenían en nómina a una verdadera revelación, una mujer totalmente distinta a las demás, que unía a su increíble talento interpretativo una presencia física etérea, casi irreal, perfecta para encarnar a figuras netamente femeninas, como la princesita de VACACIONES EN ROMA o la dulce muchachita de SABRINA, capaz de encandilar a dos hermanos tan distintos como la noche y el día.

SABRINA fue la película con la que Billy Wilder completó su contrato por cinco films con Paramount. A sus cuarenta y siete años, Wilder era uno de los directores mejor considerados en el Hollywood de la época, con un registro profesional tan amplio como vasto era su talento. Supo de inmediato que la obra le habría encantado a Ernst Lubitsch, el maestro indiscutible de la comedia sofisticada, para el que había trabajado como guionista. De hecho, a Wilder se le consideraba el único director que había logrado aproximarse a lo que se conoce como el toque Lubitsch, esa impronta única e indefinible que caracterizó la obra fílmica del cineasta del sempiterno veguero. En la Paramount estaban seguros de que, si alguien era capaz de trasladar a la pantalla un relato como aquel, tan aparentemente intrascendente y hasta cursi según algunos, ese era Wilder.

Los productores o directores de Hollywood solían escribir primero el argumento de sus películas, dejando la selección del reparto para después. Wilder trabajaba a la inversa. No empezaba con el guión hasta tener a los principales actores contratados. De este modo, podía adaptar los personajes al talento particular del intérprete que iba a encarnarlo. Trabajando de esta manera, Billy evitaba también llevarse sorpresas desagradables, porque los Estudios tenían la mala costumbre de asignar a sus estrellas bajo contrato papeles que, muchas veces, no cuadraban con sus actitudes interpretativas. Además, había un buen número de intérpretes con los que Wilder deseaba trabajar, y este era el mejor modo de conseguirlo. Sabiendo cómo era el pequeño cineasta, está claro que, sin Jack Lemmon, no habrían existido EL APARTAMENTO (THE APARTMENT, 1960) e IRMA LA DULCE (IRMA LA DOUCE, 1963 y otro tanto puede decirse de James Cagney y UNO, DOS, TRES (ONE, TWO, THREE, 1961). En el caso de SABRINA, tan sólo aceptó producirla y dirigirla para trabajar con Audrey Hepburn.

Hoy se nos antoja perfecta la creación que de Linus Larrabee hace Bogart, pero lo cierto es que el papel era para Cary Grant, al que Wilder había contratado al mismo tiempo que a William Holden. Pero por razones nunca aclaradas, Grant se echó atrás. Billy necesitaba urgentemente una estrella masculina del nivel, la fuerza interpretativa y el carácter que sólo poseían Cary Grant y un puñado de actores como él. La presencia física lo era todo, pues Linus debía dar la adecuada réplica al atlético, atractivo y banal David encarnado por Holden. La Paramount propuso a Gregory Peck, pensando en asegurar el éxito del film emparejando de nuevo a los protagonistas de la celebérrima VACACIONES EN ROMA. Ante la negativa de Wilder, que tenía absoluta libertad para confeccionar el reparto, se barajaron los nombres de James Stewart, James Mason y Tyrone Power, pero ninguno convenció al director. Entonces a Billy se le ocurrió la genial idea de darle el papel a Humphrey Bogart, tachada de ridícula por algún directivo del Estudio.

Bogart se mostró interesado por la película, y en una reunión que mantuvo en su casa con el director, se avino a protagonizarla. Humphrey ni siquiera se molestó en leer el guión, pues le bastaba con que Wilder se comprometiese a cuidar de él, a lo que Billy accedió. La cordialidad de este encuentro no presagiaba las dificultades que estaban por venir, y que acabarían enfrentando a director y estrella.

Lo cierto es que Boggie había aceptado el papel con la profesionalidad que le caracterizaba, pero estaba molesto porque no habían contado con él desde un principio, porque su personaje hubiera sido escrito para otro actor. En realidad, a nivel personal no simpatizaba con Billy Wilder, aunque en lo profesional reconocía que sus películas eran extraordinarias. También estaba preocupado por la reacción del público, pues temía que la gente no acabara de creerse que una dulce y atractiva jovencita eligiera al adusto Linus, en vez de caer rendida en los brazos del joven y apuesto David. Su mayor temor era no estar a la altura de William Holden, que tenía experiencia en el campo de la comedia. Según parece, en algún momento valoró la posibilidad de retirarse del proyecto, pero su agente le convenció para seguir adelante, argumentando que, si el film era un éxito, su imagen como actor se realzaría al demostrar que era capaz de desenvolverse en la alta comedia. Boggie cedió a los requerimientos de su agente, en lo que sin duda tuvo mucho peso la excelente oferta económica de la Paramount. Según los términos de su contrato, percibiría 20.000 dólares semanales por diez semanas de trabajo; es decir, 200.000 dólares. Además se estipulaba que, si pasado ese plazo todavía eran necesarios sus servicios, cobraría la curiosa suma de 3.333 dólares diarios por cada jornada extra que trabajase. Sus emolumentos incluían dos pasajes de avión en primera clase para Nueva York y una lujosa suite para él y su esposa, Lauren Bacall, en el hotel St. Regis, uno de los mejores de la ciudad, donde también se alojaron Hepburn, Holden y su mujer Brenda, Wilder y más tarde el guionista Ernest Lehman.

El rodaje de SABRINA comenzó a finales de septiembre. El escenario principal sería la residencia Larrabee, que en realidad era un lujoso palacete propiedad de Barney Balaban, director del Estudio, que cedió la señorial mansión para la ocasión, percibiendo cierta suma en concepto de alquiler.

El primer problema grave al que tuvo que enfrentarse Wilder fue el guión. El director y el autor de la obra, Samuel Taylor, habían reescrito el texto con Audrey Hepburn y Cary Grant en mente. Cuando ni siquiera tenían terminado el primer borrador del guión cinematográfico, la pieza original se estrenó en escenarios teatrales, cosechando un éxito inmediato. La carrera teatral de SABRINA era impresionante, las recaudaciones en taquilla superaron con mucho las expectativas de Taylor y las críticas fueron muy buenas. Así las cosas, el dramaturgo coligió que su obra era perfecta, por lo que se opuso a que Wilder eliminara texto y pasajes que él consideraba imprescindibles. El enfrentamiento entre Wilder y Taylor estaba cantado, y tras varias discusiones entre ellos, el último abandonó el proyecto. Wilder no se amilanó y le buscó un sustituto. El escogido fue Ernest Lehman, que por aquel entonces estaba trabajando en el guión de CHANTAJE EN BROADWAY (SWEET SMELL OF SUCCESS, Alexander Mackendrick, 1957), que sería producida por Metro Goldwyn Mayer. Lehman siguió trabajando en MGM por las mañanas, dedicando las tardes a la Paramount y a SABRINA.

Sin embargo, las diferencias entre el director y el nuevo guionista no tardaron en surgir. Se produjeron varios desencuentros entre ellos, el más grave por sus diferencias a la hora de afrontar un momento clave de la película: ése en que Linus y Sabrina, que se encuentran en el ático del edificio de la compañía Larrabee, descubren que se están enamorando. Wilder quería hacerla muy íntima, sugiriendo que acababan acostándose. Lehman replicó que eso estropearía la película, porque nadie se acostaba con otro en los Cuentos de Hadas. Wilder llegó a exigirle a Lehman que Sabrina mantuviera relaciones sexuales con Linus. El guionista se mantuvo firme en su negativa, alegando que el público no lo aceptaría. Llegados a ese punto, el director montó en cólera y la emprendió con Lehman, llegando, como cuenta el guionista en su autobiografía, a llamarle marica, eunuco y otras lindezas por el estilo. Incluso llegó a decirle que odiaba el sexo y a sugerir que le daban miedo las mujeres. Pero Lehman se mantuvo firme, sin ceder ni un ápice ante la lluvia de exabruptos vomitados por Wilder, y al final este último acabó claudicando.

Los mayores problemas del rodaje se debieron a la actitud de Bogart. Hombre que ya estaba de vuelta y media de todo, no se molestó en disimular que Wilder no le agradaba y que el tema de la película le parecía una estupidez. Se quejaba además, parece ser que con cierta razón, de que Wilder se complacía en filmar estupendos primeros planos de Holden, mientras que a él le filmaba principalmente el cogote. Boggie se lamentaba amargamente de que ni siquiera necesitaba el peluquín que usaba para disimular su calvicie, porque Wilder casi siempre le sacaba de espaldas. El director consiguió aplacarle diciéndole que al final sería su personaje el que se llevaría a la chica, pero de todas maneras Bogart siguió mostrándose huraño durante toda la filmación.

Otro detalle que molestaba al actor era que Audrey Hepburn era más alta que él, pues hasta con calzado plano la chica alcanzaba el metro setenta. Para que no se notara tanto la diferencia de estatura entre ambos, Wilder accedió a que Bogart usara alzas en sus zapatos. Al actor la idea no acababa de gustarle. Entonces Wilder le espetó que la estatura no tiene nada que ver con el talento de un actor, recordándole que Edward G. Robinson, Alan Ladd y Peter Lorre eran más bajos que él.

Wilder tenía fama de salirse casi siempre con la suya y de dominar perfectamente las situaciones en el plató, pero con Bogart encontró la horma de su zapato. Como el contrato del actor especificaba que éste tenía derecho de aprobación sobre el guión, sus objeciones al mismo debían tenerse en cuenta, lo que obligó a Wilder a reescribir varios pasajes. La actitud de Bogart contrastaba con la del resto del elenco, que en general seguía al pie de la letra las instrucciones de Billy y no daba problemas.

En realidad, Bogart había aceptado interpretar a Linus Larrabee porque quería trabajar con Wilder, uno de los grandes de la dirección cinematográfica, pero pronto empezó a arrepentirse, porque su personaje de ejecutivo maduro y de buenas maneras no le gustaba un pelo. Como tampoco le gustaba verse relegado a ejercer de apoyo lujoso de dos rutilantes estrellas de la Paramount, como Holden y Hepburn. Otra cosa que le preocupaba es que, según un sector de la crítica, no estaba en su mejor momento profesional. Además, el de la alta comedia era terreno desconocido para él, por lo que se sentía terriblemente incómodo. Quizás por eso su comportamiento durante el rodaje fue cualquier cosa menos ejemplar. Por otra parte, según declararon varias personas que le conocieron bien, Bogart era bastante caprichoso, estaba acostumbrado a tener a los directores en un puño y a que éstos atendieran a todas sus sugerencias, lo que no iba con Wilder, que pensaba que en sus películas no había más estrella que él mismo. La actitud de Boggie molestaba mucho a sus compañeros de reparto, que llegaron a comentar, medio en serio medio en broma, que al actor se le había pegado parte de la paranoia del capitán Queeg, personaje que había interpretado recientemente en EL MOTÍN DEL CAINE (THE CAINE MUTINY, Edward Dmytryk, 1954). La única que no decía nada era Audrey Hepburn, una chica tranquila, que siempre procuraba mantenerse alejada de problemas y discusiones.

Eso sí; la única vez que Audrey abrió la boca, fue para comentar en tono suave que le parecía que Bogart bebía demasiado y que eso no era bueno ni para él ni para la película. Era cierto, porque por aquel entonces el actor tenía serios problemas con el alcohol, como su gran amigo Spencer Tracy. Todo indica que durante la mayor parte de la jornada se esforzaba por permanecer sobrio. Pero su contrato estipulaba que terminaría de trabajar exactamente a las seis de la tarde, y cada día, a las seis y cinco minutos, ya tenía un whisky en la mano, que le llevaba su secretaria, Verita Petersen. Tras bebérselo de uno o dos tragos, la hosquedad del actor se acentuaba.

Las manías horarias de Bogart sacaban de quicio a Wilder. A veces, por diversos imponderables, era necesario trabajar hasta un poco más tarde de la hora habitual de terminar, pero Humphrey no hacía excepciones. A las seis en punto abandonaba el trabajo, y poco después se largaba. Hepburn, Holden y los demás hicieron alguna hora extra de buen grado, pero Boggie nunca trabajó ni siquiera dos minutos más de lo estipulado en su contrato.

La tensión entre director y actor fue acentuándose. Bogart se complacía en ridiculizar cada aspecto del guión, lo que sacaba de sus casillas a Wilder. Uno de los detalles que más criticaba Boggie era el vestuario de Linus. Aborrecía los sombreros de fieltro, los pantalones rayados y los cuellos duros del personaje. Prefería con mucho los trajes normales y las gabardinas que había llevado en tantísimas películas de gángsters. En ocasiones comentaba que había cometido un grave error al aceptar trabajar en una película como SABRINA. El público le adoraba en su rol característico, con sombrero ladeado, gabardina y empuñando un revólver o una semiautomática. Llegó a temer que la película fuera un fracaso, porque sabía que mucha gente iría a verla sólo porque trabajaba él, y posiblemente aquellas personas se sentirían decepcionadas al verle interpretar a alguien tan blandengue, que sólo disparaba una pistola para probar la resistencia de una pieza de plástico.

Lo que acabó de amargarle fue que Wilder, Hepburn y Holden hicieron buenas migas desde el principio. En ocasiones, al terminar el trabajo, los tres se reunían en el camerino del último para tomar una copa y mantener animadas y distendidas conversaciones. A veces se les unía Ernest Lehman, pero no Bogart, al que nunca invitaron porque creyeron que, dado su carácter, no aceptaría. Pensaron que Boggie no le daría importancia a aquello, pero, sin proponérselo, consiguieron que el veterano actor se sintiera marginado. Cuando repararon en que quizás le habían ofendido, la dulce Audrey propuso que le invitaran a sus reuniones, pero ya era demasiado tarde para eso, pues Bogart coligió que le habían excluido a propósito. Esto hizo que el actor se lamentara amargamente de cómo se le trataba en Paramount, donde todo el mundo parecía simpatizar con Wilder pero no con él. Estaba acostumbrado al trato que recibía en Warner, donde se le consideraba la gran estrella masculina del Estudio, y creía que en Paramount era poco más que un paria. Cada vez más amargado y resentido, se complació en airear ante la prensa sus opiniones sobre sus compañeros de reparto y el director de la película en que estaba trabajando. De Audrey Hepburn dijo que, para hacer una escena, necesitaba como mínimo diez o doce tomas. La dulce Audrey sufrió una de las decepciones más grandes de su vida. Una de sus películas favoritas era CASABLANCA, y cuando supo que iba a trabajar con el duro y a la vez tierno intérprete de Rick Blaine, se ilusionó. Ilusión que rompió Boggie con sus declaraciones a la prensa y su comportamiento en el plató. La mayoría de los miembros del equipo de SABRINA pensaba que Humphrey Bogart era un matón amargado no se sabía por qué, que bebía más de la cuenta y que, por alguna razón, parecía sentir una profunda antipatía hacia Audrey Hepburn. Lo que ocurría es que Boggie pensaba que el papel de Sabrina debería haber sido para su joven esposa, Lauren Bacall. Se dice, aunque no hay constancia oficial de ello, que el actor intentó infructuosamente que Audrey Hepburn fuera reemplazada por su mujer, y que al no lograrlo se enfureció. Durante todo el rodaje estuvo lanzando pullas contra la actriz. Otra mujer más temperamental habría replicado con acritud, pero Audrey era dulce, sensible e introvertida, enemiga de cualquier tipo de discusión, por lo que respondió a los desplantes y las invectivas de Bogart con absoluta indiferencia, haciendo suyo el viejo dicho asturiano que afirma: No hay mayor desprecio que no hacer aprecio.

La indiferencia de Audrey enervó más todavía a Humphrey, enrareciendo el ambiente del rodaje. La mayor virtud de Bogart era su profesionalidad. Le bastaba echarle una breve mirada al texto para aprenderse su diálogo. Como las nuevas páginas de guión no se entregaban a los actores hasta que llegaban al Estudio por la mañana, sólo tenían un par de horas, a veces menos, para memorizar sus papeles. Audrey tenía no pocas dificultades para hacerlo, lo que en ocasiones provocaba retrasos que sacaban de quicio a Bogart, que le espetaba a la pobre chica que, en vez de salir cada noche con Holden, haría mejor quedándose en casa estudiando su papel. Parece que incluso llegó a burlarse de la voz suave de la actriz. Wilder intervino para frenar aquello, pero sólo consiguió que Boggie se burlara de él, imitando su cerrado acento germánico, pues sabía que, aunque mucha gente lo encontraba encantador, Billy se avergonzaba del mismo. Pero el director vienés no se achicó, así que contraatacó criticando siempre que podía a Nicholas Ray y Richard Brooks, dos directores que habían hecho hasta entonces dos films cada uno con Boggie, y a los que éste idolatraba. Para Wilder, Ray y Brooks se rebajaban al dar coba a un elemento como Bogart, aceptando sumisamente sus malos modos. Billy acusó a Bogart de poner en ridículo a los directores citados, añadiendo que éstos no tenían más remedio que aceptarlo, porque para mucha gente así era aquel negocio. Pero dejó claro que los realizadores con carácter, como John Huston, Joseph L. Mankiewicz y él mismo no tenían por qué plegarse a sus caprichos. De todas formas, a Wilder no le quitaba el sueño el proceder de Boggie, porque siempre tenía una adecuada réplica en los labios. Al fin y al cabo, también él sabía cómo fastidiar al prójimo, delicado arte que había aprendido de Erich von Stroheim, uno de los directores más tiránicos e insufribles del Hollywood clásico. Según Wilder, von Stroheim se habría merendado a Bogart en un minuto.

Otro detalle que le quitaba el sueño a Bogart fue el temor a que Wilder, consciente de lo irreal que le parecería a un sector del público que el envejecido Linus se llevara a una chica veinteañera, reescribiera el guión para que Sabrina se quedara con el apuesto David. Viendo la preferencia del director por William Holden, algunos miembros del equipo compartían el parecer de Boggie. Por otra parte, ambos actores ya habían trabajado juntos en BARRERAS INFRANQUEABLES (INVISIBLE STRIPES, Lloyd Bacon, 1939), desarrollando una mutua antipatía que se acrecentó durante la filmación de SABRINA. A Holden no le había gustado nada tener que teñirse de rubio para la ocasión, lo que fue aprovechado por Bogart para burlarse de él con frecuencia.

Hubo una ocasión en que, como suele decirse, Bogart se pasó tres pueblos, pues llamó a Wilder nazi hijo de perra. En el Estudio muchas personas pensaban que aquel intercambio de insultos entre director y actor eran una especie de bromas viriles, a las que tan aficionados eran algunos en Hollywood. Pero aquello fue la gota que colmó el vaso. Billy le dijo a Boggie que sólo era un gran mierda, y a partir de entonces la tensión entre ellos se agudizó, alcanzando límites extremos. En descargo del actor hay que decir que entonces ignoraba que la madre de Billy Wilder había sido asesinada por los nazis en Auschwitz. Parece que mucho más tarde, al saberlo, llamó por teléfono al director para disculparse. Pero, en todo caso, jamás debió decir una monstruosidad semejante.

Holden tampoco se llevó bien con Boggie, porque este, además de bautizarlo como el sonriente Will, no se cansaba de ridiculizar su imagen, señalando que sólo era un gracioso pero intrascendente ídolo juvenil, y no un hombre de verdad. Estuvieron a punto de llegar a las manos, lo que fue impedido, in extremis, por Billy Wilder. La animadversión entre los actores era tal, que en una ocasión Holden le preguntó a Wilder: ¿Quieres que lo mate ahora o más adelante?.

Si hubo una persona en el rodaje de SABRINA que procuró mantener la ecuanimidad y el decoro, ésa fue Audrey Hepburn. La actriz intentó en todo momento calmar las aguas, y a pesar de que Boggie la hizo blanco de sus pullas en muchas ocasiones, jamás habló mal de él, ni entonces ni después. Como máximo, comentó que el veterano actor parecía estar muy nervioso durante la filmación de las escenas de amor. También dijo que, en cierto modo, Bogart le daba miedo, pero que en ocasiones fue bastante razonable con ella, sin abandonar del todo su brusquedad habitual. Aunque no hay duda sobre el comportamiento del actor durante el rodaje de SABRINA, Audrey Hepburn repitió ante la prensa, siempre que tuvo oportunidad, que si Bogart tenía mala opinión de ella, nunca se lo había demostrado a las claras. Lo curioso es que, tiempo después del estreno del film, Boggie dedicó a la actriz uno de los rarísimos cumplidos que, muy de vez en cuando, hacía a algún colega, al declarar que era muy distinta a otras actrices con las que había trabajado, pues resultaba impredecible, como una buena jugadora de tenis que cambia el estilo de sus golpes cada poco. Años más tarde Wilder aclararía más el asunto, al reconocer que Bogart no odiaba a Audrey Hepburn, como habían supuesto algunos, porque nadie podría odiar a un ángel semejante. Dijo que tampoco sentía una animadversión especial por Holden, añadiendo que, en realidad, Boggie le odiaba a él porque sabía que se había sentido frustrado al no poder trabajar con Cary Grant. Incluso admitió que el actor le había hecho un favor al aceptar intervenir en la película.

De todas formas, Boggie no dejó de incordiar durante todo el rodaje. Parecía que se complacía en buscar motivos para quejarse. El objeto recurrente de sus ácidas críticas era con frecuencia el guión, que calificaba de memez absoluta. Cierto día se encaró con el director, preguntándole si tenía hijos. Perplejo, Wilder respondió que tenía una niña de dos años. Entonces Bogart blandió ante los ojos del realizador un puñado de folios, y pregunto: ¿Ha escrito esa cría mis diálogos o qué? Conforme transcurría la filmación, Boggie iba convenciéndose de que aquella película era un callo, una banalidad sin remedio y hasta una soberana estupidez en celuloide, y procuraba que todo el mundo estuviera al tanto de sus opiniones.

Con Lehman tuvo una agarrada de cuidado. Una mañana el guionista llegó al set con dos copias del guión, una para Wilder y otra para Holden. Bogart preguntó dónde estaba la suya. Lehman contestó que, de momento, no tenía más copias. El actor lo tomó como un desaire a su persona, emprendiéndola contra el escritor, del que comentó que debería ser enviado de vuelta a la Monogram, único Estudio de cine que, en su opinión, era digno de los exquisitos guiones de semejante individuo. Wilder, harto, dijo que se detenía el trabajo, y que nadie seguiría rodando hasta que Bogart se disculpara con Lehman. Las aproximadamente ciento cincuenta personas que se encontraban en el plató se quedaron de piedra, esperando una reacción airada de Boggie. Pero, para sorpresa de todos, Bogart se acercó a Lehman y le invitó a tomar una copa en su camerino, donde se supone que le presentó sus disculpas. Wilder reanudó la filmación poco después y, al menos momentáneamente, las aguas volvieron a su cauce.

Una de las razones por las que Bogart parecía despreciar a Holden era por su aire de playboy. El actor no sólo era un mujeriego en la pantalla como David Larrabee, sino también en la vida real. Su promiscuidad era conocida en todo el mundillo hollywoodense, e incluso por su propia esposa, la sufrida Brenda Marshall, con la que sin embargo estuvo unido en matrimonio durante treinta años, de 1941 a 1971. Todo indica que la pobre Brenda, consciente de que la monogamia no estaba hecha para su esposo, transigió con todo y procuró mantener la dignidad porque lo amaba. Will posiblemente sentía lo mismo por ella, pero su naturaleza física le empujaba a desplegar su innegable encanto con otras mujeres. Entre sus conquistas figuró nada menos que Grace Kelly, entre otras estrellas de la época. Bogart había mantenido un affaire con Mayo Methot durante el rodaje de LA MUJER MARCADA (MARKED WOMAN, Lloyd Bacon, 1937) y algunos escarceos ocasionales con otras actrices, pero desde que conoció a Lauren Bacall en TENER Y NO TENER (TO HAVE AND HAVE NOT, Howard Hawks, 1944) no hubo más mujer para él. Cuando se reveló que entre Holden y Hepburn había algo más que amistad, se indignó por lo que consideraba el sucio proceder de un hombre casado.

Fue el guionista Ernest Lehman quien descubrió accidentalmente lo que ocurría, cuando cierto día entró sin llamar en el camerino de Holden, encontrándose a Will y a Audrey abrazados y mirándose tiernamente a los ojos. La cosa trascendió, no porque Lehman fuera un cotilla, sino porque resultaba demasiado evidente. Dada la forma de ser de Audrey, fue un romance muy discreto, pero los miembros del equipo se sorprendieron muchísimo, concluyendo que si una chica como ella había dado un paso semejante, era porque estaba realmente enamorada de William Holden. Y así era, en efecto. La actriz confesaría, bastantes años después, que no había podido evitar sentirse culpable por la situación, pero que el actor había sido el amor de su vida, añadiendo que cuando él le dijo que pediría el divorcio para casarse con ella, se negó en redondo, pues no quería ser acusada de romper un hogar. En su negativa también tuvo su peso el hecho de que sabía que Holden se había hecho la vasectomía. Audrey poseía un acusado instinto maternal, quería tener hijos y no le agradó saber que Will no podía engendrar.

Wilder declararía tiempo después que él no se había enterado de nada, al menos mientras duró la filmación. Cuando terminó el rodaje algunas personas le pusieron al tanto del asunto, pero se limitó a encogerse de hombros, decir que tanto Holden como Hepburn eran buenos amigos suyos, y desear que mientras estuvieran juntos, fuera durante poco o mucho tiempo, ambos encontraran algo de felicidad, porque le constaba que los dos no eran precisamente felices en sus vidas personales. Bogart, por su parte, comentó que aquel asunto tan poco edificante había interferido negativamente en el trabajo de Audrey, lo que no parece tener mucha base, porque la interpretación de la actriz en SABRINA es simplemente memorable. Pero aquel tema provocó que la inquina de Bogart hacia Holden aumentara, lo que sin duda benefició a la película, pues la irritación que sentía Boggie se trasladó a su personaje, aportándole mayor credibilidad.

Si el rol de Sabrina hubiese caído en manos de otra actriz, el rodaje habría sido un auténtico infierno. Pero Audrey Hepburn era una de esas mujeres extraordinarias, únicas, que parecen rodeadas por un halo de paz y buenos sentimientos que transmiten a cuantos las rodean. Era grácil, elegante, con una curiosa mezcla de sencillez y sofisticación. Su exquisita educación, su saber estar en todo momento y ocasión, más su encanto natural, hacían que todo el mundo se enamorara de ella de forma platónica. Wilder dijo más tarde que se había sentido fascinado por Audrey incluso antes de trabajar con ella, cuando, durante la preproducción, vio las pruebas de cámara que William Wyler le había hecho para VACACIONES EN ROMA. Yo también me enamoré de ella, admitió el realizador, y fue una suerte que mi mujer también se llamara Audrey, porque... ¡Si llego a pronunciar su nombre en sueños...! Concluido y estrenado el film, Wilder declaró que no podía existir una Cenicienta más perfecta que Audrey Hepburn, añadiendo que trabajar con ella había sido un placer para él porque todo lo hacía con facilidad y elegancia, y en la práctica casi no había que dirigirla.

Además de la actitud combativa de Bogart, Wilder tuvo que hacer frente al peliagudo problema que generó el asunto del vestuario. En principio, de este tema se iba a ocupar Edith Head, la legendaria diseñadora de Hollywood, que había confeccionado todo el vestuario de Hepburn para VACACIONES EN ROMA. Pero intervino entonces Gladys de Segonzac, a la sazón esposa del representante de Paramount en París. La de Segonzac, admiradora del modisto español Cristóbal Balenciaga, quería que éste se ocupara de diseñar los vestidos de la película. Balenciaga se mostró encantado, creyendo que iba a vestir a Katharine Hepburn. Pero cuando supo que la tal Hepburn no era la indomable Kate, rechazó el trabajo. Entonces la de Segonzac pensó en Hubert de Givenchy, al que fue enviada Audrey. El joven diseñador de veintiséis años, que aspiraba a ocupar el trono francés de la moda, también pensó en un primer momento que se trataba de Katharine Hepburn y estuvo a punto de decir que no, pero consciente de que todavía estaba haciéndose un nombre, y de que participar en un film de Hollywood le daría lustre y distinción a su carrera, aceptó el encargo. Lejos estaba de sospechar entonces que conectaría a las mil maravillas con Audrey Hepburn, estableciéndose entre ellos una amistad que duraría el resto de sus vidas.

Audrey regresó a la Meca del Cine con un montón de bocetos de Givenchy, que Edith Head debía utilizar para el diseño de vestuario. A Head no le gustó un pelo tener que rebajarse a aquello, mostrándose muy dolida porque, según ella, la habían relegado a un segundo plano. Audrey estaba como loca con los diseños de Givenchy, pero procuró exteriorizarlo lo menos posible para no herir más a Head, a la que por otra parte pidió disculpas. Wilder, dispuesto a calmar los ánimos de Head, decidió que ésta última se ocuparía de lo que él llamaba la ropa de Cenicienta de Audrey y del resto del vestuario de la película, mientras que para la transformación de Sabrina se emplearían los maravillosos diseños de Givenchy. Tras el estreno del film, la revista VANITY FAIR comentó que los modelos diseñados por Head para Audrey Hepburn se habían limitado a un vestido de golfilla y un par de insignificantes conjuntos deportivos, una opinión a todas luces injusta. Puede que los diseños de Hubert de Givenchy sean espectaculares y muy elegantes, pero Audrey Hepburn nunca estuvo tan hermosa y encantadora como con los sencillos vestidos de la Sabrina pre-París.

Resulta curioso que SABRINA esté considerada por la gran mayoría de los espectadores como una típica película de Billy Wilder, porque, como sabe cualquier estudioso del cine, no se ajustaba al tipo de films característicos del vienés. Aunque durante el rodaje se cuidó mucho de comentar nada al respecto, lo cierto es que al director no le agradaba el tono rosáceo y demasiado empalagoso de la historia. Hombre muy culto, Wilder sabía que la versión original del cuento de La Cenicienta era bastante menos infantil de lo que parecía. Su intención era aderezar la cinta con algunas notas agrias, características de su estilo, pero la Paramount se lo impidió, pues el Estudio quería mantener la impoluta imagen dulce y conservadora que el público tenía de Audrey Hepburn desde VACACIONES EN ROMA. Esto provocó que el director asumiera el rodaje de SABRINA con cierta desgana, pero, inopinadamente, esto no se nota en absoluto en el resultado final de su trabajo, lo que dice mucho de su profesionalidad.

Lehman comentó que, durante la filmación, Wilder se mantenía casi exclusivamente a base de cigarrillos y café, con algún bocadillo ocasional, lo que provocó que su salud se resintiera un tanto. Como había que cumplir con los plazos de rodaje, Billy se esforzaba al máximo y exigía lo mismo al resto del equipo. El estrés era tal, que un día Lehman se derrumbó y empezó a llorar, víctima de agotamiento nervioso. Wilder llamó a un taxi y mandó al guionista a casa, enviándole un médico. El galeno inyectó a Lehman un tranquilizante que le hizo dormir durante doce horas seguidas. El trabajo se detuvo durante dos días. Posteriormente Lehman declararía que, aunque Wilder se apiadó de él y le ayudó en lo que pudo, en realidad había sido el causante de su crisis nerviosa. El guionista siempre sostuvo que Billy creaba a propósito un ambiente de trabajo frenético, seguramente porque creía que, sometidos a presión, sus colaboradores darían lo mejor de sí mismos. De todas formas, aquel ritmo también le pasó factura a Wilder, pues durante toda la producción padeció fortísimos dolores de espalda, que le obligaron a recibir atención médica en varias ocasiones.

Como hemos visto, el rodaje de SABRINA fue cualquier cosa, menos monótono y aburrido. A pesar de sus problemas con Bogart, Wilder siempre sostuvo que era uno de los actores más competentes que conocía. Según él, Boggie era, al mismo tiempo, el más perezoso y el más concienzudo de los intérpretes, pues nunca estudiaba su papel en casa, y al llegar al set siempre parecía falto de preparación, pero se sabía sus frases, nunca se equivocaba y, en general, hacía lo que tenía que hacer en una sola toma.

La finalización del rodaje fue como una liberación para todos, pero especialmente para Wilder. Según muchísimos testigos, cuando se rodó la última toma válida, el 5 de diciembre de 1953, en vez de gritar ¡Corten! el director alzó la vista al techo y gritó: ¡Que te den por el c...! Fue, sin duda, uno de los rodajes más complicados a los que se enfrentó Wilder a lo largo de su carrera.

Por expreso deseo de la Paramount, la premiere de la película tuvo lugar en Londres, el 9 de septiembre de 1954. Luego SABRINA se estrenó a bombo y platillos en Nueva York, el 22 de septiembre. Era una fecha muy significativa, pues el mismo día se unieron en matrimonio Audrey Hepburn y Mel Ferrer.

El film despertó expectación desde el primer momento, a juzgar por las interminables colas que se formaron ante los cines en su estreno neoyorkino. Asistir a un romance entre el duro más duro de la pantalla y la dulce y tierna protagonista de VACACIONES EN ROMA era un reclamo irresistible.

Las críticas fueron en general positivas, aunque hubo algún imbécil que definió a la Audrey Hepburn de SABRINA como un extraño híbrido con el pelo masacrado, y señaló que se notaba que su encanto y gracia eran fingidos.

Humphrey Bogart, que durante el rodaje había despotricado a placer contra aquella película ñoña e insulsa, recibió algunas de las mejores críticas que cosechó la cinta. SABRINA era un film concebido a la medida de Audrey Hepburn, ideado para resaltar sus excepcionales cualidades personales. Pero el Linus Larrabee de Boggie sedujo al público casi tanto como la Sabrina Fairchild de Audrey. The New York Times resaltó la habilidad del actor, que, manteniendo su estilo característico, había sabido enternecer al público sin perder ni un ápice de su masculinidad.

Para la Paramount SABRINA fue otro taquillazo, pues con un coste total de 2.238.813 dólares y 19 centavos exactamente, recaudó enseguida la friolera de cuatro millones de dólares, convirtiéndose en la tercera película más rentable estrenada en 1954.

El impacto de SABRINA entre las jóvenes es digno de estudiarse, pues su estilo, definido como el de la mujer gacela por su esbeltez extrema, fue imitado por legiones de muchachas en todo el mundo. Sin proponérselo, Audrey Hepburn se convirtió, a sus veinticinco años, en el modelo en el que se miraba toda una generación de mujeres. Wilder dijo que esto no le había sorprendido en absoluto, porque, en su opinión, no había habido una mujer semejante desde Greta Garbo. A su juicio, sólo Ingrid Bergman podía compararse a Audrey Hepburn, aunque sus estilos eran muy diferentes.

El 30 de marzo de 1955 se celebró, en el RKO Pantages Theatre de Hollywood, California, la vigesimoséptima gala de los Oscars de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, presentada por Bob Hope en Los Ángeles y Thelma Ritter desde Nueva York. SABRINA competía en los apartados de mejor director (Billy Wilder); actriz principal (Audrey Hepburn); guión (Wilder, Samuel Taylor y Ernest Lehman); fotografía en B/N (Charles Lang); dirección artística en B/N (Hal Pereira, Walter Tyler, Sam Comer y Ray Moyer) y vestuario en B/N (Edith Head). Sólo obtuvo este último premio. El de mejor dirección fue para Elia Kazan por LA LEY DEL SILENCIO (ON THE WATERFRONT). Audrey Hepburn fue desbancada por Grace Kelly y su papel en LA ANGUSTIA DE VIVIR (THE COUNTRY GIRL, 1954). George Seaton se hizo con el Oscar al mejor guión por LA ANGUSTIA DE VIVIR, que también había dirigido. Recibió el galardón de manos de Audrey Hepburn. El de mejor fotografía en B/N fue para Boris Kaufman por LA LEY DEL SILENCIO, y el encargado de entregarle la estatuilla fue Humphrey Bogart. También el film de Kazan se hizo con el Oscar a la dirección artística en B/N, que recayó en Richard Day. En total, LA LEY DEL SILENCIO cosechó ocho Oscars de los doce para los que estaba propuesta. Bogart también competía en la categoría de mejor actor por EL MOTÍN DEL CAINE, pero el premio fue para Marlon Brando por su extraordinaria caracterización en la cinta de Kazan.

Puesto que Hubert de Givenchy no estaba acreditado en los títulos, el único Oscar que recogió SABRINA fue para Edith Head. A Audrey Hepburn aquello le pareció una injusticia y lo comentó con Wilder. Éste dijo que, si hubiera sido por él, tanto Head como Givenchy habrían sido acreditados y compartirían el premio, pero que la Paramount insistió en que sólo Head debía aparecer en los créditos. Audrey telefoneó a París, para disculparse con el modisto. Hubert le dijo que no se preocupara, pues había corrido la voz de que los vestidos de la Sabrina post-París eran diseños suyos, y que esto le había proporcionado más clientes nuevos de los que podía atender.

Lo mejor de SABRINA está en las interpretaciones de Audrey Hepburn y Humphrey Bogart. Ella supo despojarse de los aires principescos y un tanto infantiles de su personaje en VACACIONES EN ROMA. Sabrina Fairchild posee la inocencia, el candor, el encanto y la frescura de la princesita del film de Wyler, pero se revela también como una mujer elegante y sofisticada, capaz de hacer frente a las complejas situaciones que provoca el triángulo amoroso en que se ve envuelta.

Por su parte, Bogart realiza una de sus interpretaciones más memorables por lo atípica. Hay quien piensa que los escenarios y ambientes de la película habrían sido más idóneos para Cary Grant. Pero, a pesar de que Grant es mi actor preferido, creo que el film salió ganando con Bogart. Grant fue el galán con mayúsculas de Hollywood, y a nadie le hubiera extrañado que la tierna Sabrina se sintiera atraída por él. Pero con Cary en el reparto, SABRINA habría sido muy distinta, más convencional. Está claro que Bogart no podía hacerle sombra a Grant como héroe romántico. Pero su Linus, reprimido, reservado, con cierto toque de amargura, da la impresión de un hombre que nunca ha sido joven, pero al que de pronto rejuvenecen los sentimientos que le inspira Sabrina. El estilo interpretativo de Boggie le sienta como un guante al personaje, y es difícil imaginar a otro Linus Larrabee más convincente.

SABRINA brilla como una gema de extraña belleza entre las comedias románticas clásicas. Wilder aborda este Cuento de Hadas con su ritmo y contención habituales, al tiempo que imprime a la historia un tenue barniz corrosivo, convirtiendo un relato intrascendente en apariencia, en una levemente ácida reflexión sobre la sociedad americana de los 50 y las diferencias entre clases. Pero lo hace de una forma tan sutil, con un cuidado tan exquisito, que las pequeñas gotas de acidez con que salpica la narración quedan parcialmente diluidas por el ambiente optimista de la misma.

Todavía hoy una legión de críticos estultos se empeña en considerar a SABRINA como una cinta muy menor e intrascendente en la vasta filmografía de su director. Peor para ellos si piensan así, porque SABRINA es una de las más deliciosas comedias románticas de la historia del cine, una obra maestra indiscutible e inmarchitable, una película eterna que fascina y conmueve con cada nuevo visionado.

© Antonio Quintana Carrandi,
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