LOS DISTURBIOS EN USA
por Antonio Quintana Carrandi
Anthony Crider. CC By 2.0

Una vez más, y van tropecientas, Estados Unidos se inflama por los disturbios provocados, aparentemente, por la muerte de un hombre negro a manos de la policía. Y digo aparentemente, porque, como en ocasiones anteriores, esa muestra de brutalidad policial está sirviendo de excusa para que colectivos antisistema se pongan las leyes por montera y arremetan contra el orden democrático establecido.

No se me malinterprete. No pongo en duda la existencia del racismo en la sociedad estadounidense, ni tampoco en el estamento policial de ese país. Pero por mucho que lo niegue la patulea progre, las cosas no son como antaño ni mucho menos. Este tipo de comportamientos son muy puntuales y siempre tienen su castigo. Lo que ocurre es que, como es habitual en estos casos, la izquierda moviliza a sus hordas y a sus terminales mediáticas cada vez que se produce un hecho semejante. Su propósito no es otro que agitar la calle, enervar a la gente para provocar revueltas que hagan tambalearse a la sociedad. Y entre los agitadores profesionales, y los quinquis que siempre están dispuestos a aprovecharse de estas cosas para llevar a cabo sus tropelías y latrocinios, acaban montando verdaderas batallas campales en las calles.

Lo más sangrante es que el policía responsable de la muerte de ese hombre negro ya ha sido detenido por sus propios compañeros, acusado de homicidio y puesto a disposición judicial. Lo más probable es que le condenen a una larga pena de prisión. En todo caso, su carrera como agente de la ley ha terminado, y las personas sensatas han de congratularse por ello. Pero que un negro, un hispano o un asiático resulten muertos por la policía no puede servir de excusa para que masas incontroladas tomen las calles y cometan actos vandálicos. Además, también son muchos los blancos maltratados por la policía norteamericana, a veces con resultado de muerte, y nunca hemos asistido a unas algaradas semejantes por ello.

Es evidente que los distintos departamentos policiales de Estados Unidos deben implementar medidas para evitar cosas como la sucedida, purgando de sus filas a aquellos individuos que manifiesten actitudes racistas o se caractericen por ser desproporcionadamente violentos. Pero ni se puede ni se debe criminalizar a toda la policía estadounidense, en la que hay decenas de miles de negros, por los actos de unos individuos muy concretos.

Manifestarse es un derecho, integrado en el más genérico que garantiza la libertad de expresión de los estadounidenses. Sin embargo, viendo el paño, pienso que, en vez de organizar manifestaciones, que siempre son aprovechadas por radicales políticos y delincuentes comunes para llevar el agua a sus molinos, los que quieran expresar su repulsa por actos semejantes tienen otras formas de hacerlo. Si de verdad quieren luchar contra esa lacra que representa la existencia de policías racistas, que lo hagan de un modo civilizado, pues las sociedades occidentales disponen de canales adecuados para ello, más en la época que nos ha tocado vivir. En todo caso, lo que no es admisible es que, escudándose en hechos tan lamentable como el acaecido, y que ya tiene una adecuada respuesta legal, manadas de gamberros se posesionen de las vías públicas, destrocen el mobiliario urbano y atenten impunemente contra la propiedad privada.

He empleado el término gamberros con toda intención. Porque, si bien una pequeña parte de los manifestantes se limitaron a exteriorizar pacíficamente su repulsa por lo ocurrido en Minneapolis, a ellos se sumó una horda de indeseables que sembró el caos en las calles de esa ciudad de Minnesota y en otras muchas de USA. Por tanto, las medidas tomadas por las autoridades estadounidenses están plenamente justificadas, aunque no sean del agrado de la morralla que, en esta desnortada Europa, y sobre todo en España, aboga por el todo vale, vale todo.

Los daños materiales causados por los disturbios serán, con toda probabilidad, enormes y costosísimos. Los que allí, en USA, y aquí, en España, defienden a esa basura vandálica, pondrían el grito en el cielo y exigirían justicia si energúmenos de esa calaña les quemaran el coche, destrozaran los escaparates de sus tiendas, las saquearan o les agredieran, porque esto y no otra cosa es lo que está ocurriendo ahora en Estados Unidos. La muerte de ese ciudadano negro es lamentable, y ojala sea la última producida en tales circunstancias. Pero esa especie de guerrilla urbana, que se ha desatado en las ciudades estadounidenses, dejará sin duda un tropel de víctimas. Y no me refiero sólo a los policías y manifestantes heridos en los tumultos, sino a esa gran mayoría silenciosa de ciudadanos atrapados en medio sin comerlo ni beberlo.

Habrá notado el lector que uso con profusión el término negro. No hay en ello intención peyorativa alguna. Es sólo que me repugna esa moda políticamente correcta de alterar el lenguaje e inventar palabros estúpidos que no significan nada. Tan absurda me parece la palabra afroamerican o como la definición persona de color. ¿De qué color? Y en cuanto a lo de afroamericano... ¿Un descendiente de inmigrantes africanos cualesquiera no sería tan afroamericano como un negro? Porque, que yo sepa, aunque África sea conocida como el continente negro, muchos de sus habitantes, sobre todo en el norte, son de otras razas.

La que está montando la chusma progre en USA, con la excusa del asesinato de ese hombre, es una más de las movidas orquestadas por el Agitpro ultraizquierdista global para alcanzar sus siniestros propósitos. Utilizan a las masas estadounidenses y europeas como carne de cañón para que les hagan el trabajo sucio. Ahora es el racismo, pero en otras ocasiones ha sido el obrerismo, el feminismo, el ecologismo, el animalismo o cualquier otro ismo que esté de moda. Quienes de verdad estén en contra de las actitudes racistas, y deploren hechos como la muerte del pobre George Floyd por culpa de un policía que jamás debió entrar en el cuerpo, deben recordar que Martin Luther King Jr.‍ siempre se declaró enemigo de las actitudes violentas, siendo uno de sus modelos Gandhi, que precisamente ha pasado a la historia como el apóstol de la no violencia.

Siempre se ha dicho que, cuando dos personas están hablando y una de ellas se exalta y comienza a gritar, pierde la razón aunque la tenga. La sociedad tiene derecho a expresar públicamente su repulsa por un crimen tan abyecto, pero siempre dentro de un orden, respetando escrupulosamente personas y propiedades. En el momento en que la legítima protesta deriva en vandalismo, esas masas indignadas pierden cualquier autoridad moral para criticar nada. Ojalá no se repitan casos como el de Floyd. Y ojala, también, que se imponga la cordura entre la ciudadanía, y huya como de la peste de los que sólo quieren manipularla para lograr sus sucios objetivos.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.125 palabras) Créditos