Primavera del 2020,
¿MASCARILLA O PROTECTOR FACIAL?
por Antonio Quintana Carrandi
Protectores faciales 3D artesanales

Las mascarillas se han convertido en el oscuro objeto del deseo de todos los españoles. Pero resultan incómodas para los que, como quien suscribe, utilizamos gafas habitualmente, pues éstas no dejan de empañarse y al final se convierten en un engorro. El caso es que, aunque al principio un servidor utilizó mascarilla, como todo quisque, desde hace unos días me he decantado por una visera de protección facial, elaborada en plástico semirrígido, que adquirí en una farmacia por el módico precio de 3 euros y medio.

El caso es que andaba yo tan contento con mi parabrisas individual, cuando ayer mismo varios conocidos me advirtieron que lo obligatorio es la mascarilla, añadiendo además que de las pantallas personales como la mía el doctor Simón, experto que no ha hecho más que contradecirse a sí mismo desde que se declaró la pandemia, pero cuyas palabras son acogidas por ciertas personas como si fueran preceptos divinos, no había dicho nada. Según dichos conocidos, las mascarillas ofrecen más protección, de ahí que el gobierno decidiera en su momento la obligatoriedad del uso de las mismas.

La papanatería de la gente cada día me asombra más. La principal característica del español medio es su total falta de criterio propio y sentido común, lo que le lleva a guiarse por lo que dicen los políticos y los adláteres de los mismos. No hay ninguna duda de que las viseras son muchísimo más seguras que las mascarillas, y paso a explicar por qué.

Se nos ha dicho que el COVID-19 se contagia de un modo similar al de la gripe, de persona a persona, por las gotas microscópicas expulsadas al hablar, por contacto personal, tocando superficies contaminadas, etcétera. Se ha insistido mucho, también, en que es peligroso tocarse la cara con frecuencia, sobre todo cuando uno se halla en el exterior y presumiblemente cerca de algún foco de infección. Pues bien: la mascarilla sólo cubre nariz y boca, y eso en el supuesto de que la llevemos bien puesta, pues he visto a muchísima gente con la napia al descubierto. La mejor protección es mantener la distancia de seguridad y no tocar nada, pero eso no siempre es posible, sobre todo en ciertos lugares. En esos casos la mascarilla protege sólo hasta cierto punto, porque, como además abundan las personas que pasan olímpicamente de ponérsela, lo más probable es que, aunque no lo respires, acabes llevando el virus en la piel del rostro. Sin embargo, con un protector facial como el que yo empleo no hay problema. La visera de plástico cubre por completo la cara hasta más abajo del mentón y los laterales, de forma que es una eficaz barrera contra los bacilos de la enfermedad. Protege no sólo al usuario de la misma, sino también a los demás, algo que la mayoría de las mascarillas existentes en el mercado no hace. Cuando uno regresa a casa, basta con despojarse de los guantes desechables, lavarse bien las manos y quitarse el protector facial, cuyas superficies exterior e interior pueden desinfectarse sin problemas con un paño embebido en alcohol. Así de sencillo y cómodo.

Este tipo de protectores faciales son ampliamente utilizados por diversos profesionales, pero de un tiempo a esta parte se insiste machaconamente en lo de las mascarillas, lo que me lleva a sospechar que alguna clase de interés, no precisamente sanitario, se esconde detrás de todo esto. No hace mucho, hablaba yo en otro artículo del negocio que para muchos representa esta crisis sanitaria, y debo insistir en ello. Las mascarillas, que al principio escaseaban más que la sensatez y la cordura en la extrema izquierda, son ahora artículos de primerísima necesidad. Prácticamente no hay negocio en el que no nos adviertan que, para acceder al mismo, es obligatorio llevarlas, y lo mismo en los transportes públicos. Hasta han sacado al mercado un modelo especial de mascarilla para críos. Todo esto me induce a pensar que el de la venta de las mascarillas es un chollo redondo, con el que muchos esperan hacer su agosto.

Y, por supuesto, tenemos también lo del gel desinfectante, hidroalcohólico o como se diga. No es más que otro negocio con el que ciertas personas y empresas están llenando sus arcas, a costa de la ingenuidad de una población mayormente iletrada. Para evitar contagiarse, la higiene, sobre todo de manos, es fundamental, pero basta con emplear el jabón normal que usamos diariamente. Sin embargo, se ha extendido la idea absurda de que cierto tipo de geles son más eficaces contra el coronavirus, de ahí el desmesurado aumento de las ventas de este tipo de productos, que prácticamente han inundado el mercado.

Hace algunos años sufrí un pequeño accidente, de resultas del cual se me abrió una brecha en la cabeza. Después de examinar la herida, el médico de urgencias me mandó a casa sin recetarme nada, aconsejándome que me lavase la cabeza cada día con jabón de El Lagarto, el mejor desinfectante conocido según él. Así lo hice y mano de santo. El Lagarto, como el Chimbo, más conocido en el norte de España y que fue el que yo usé, es un jabón puro tradicional, que no anuncian en ninguna parte pero que vale para todo. Desde que comenzó la crisis sanitaria, un servidor se lava las manos tropecientas veces al día con una pastilla de Chimbo, que vale un euro, mientras las botellitas de gel desinfectante oscilan entre los dos y los seis euros. Y puedo asegurarles que mis manos quedan tan limpias y desinfectadas como con esos productos hidroalcohólicos que ahora están tan de moda.

Y ya que estamos, lo mismo vale para muchos otros productos de limpieza, tales como friegasuelos y cosas así. En realidad, la base de todos ellos es la misma: el vinagre de limpieza, al que se le añaden perfumes y colorantes variados, cuya única función es encarecer el producto final. Una de las pocas cosas buenas que ha traído esta pandemia, ha sido hacernos comprender que lo mejor para una adecuada higiene y desinfección de nuestra casa es limpiarla con lo que usaban nuestras abuelas: el agua y la lejía de toda la vida.

En definitiva, que las viseras plásticas de protección facial son mucho más seguras y cómodas que las dichosas mascarillas, y que para mantener una higiene correcta en lo personal y en nuestro hogar no necesitamos productos especiales de ninguna clase. Basta con usar correctamente los que siempre hemos utilizado. Pero ya se sabe que el marketing comercial no descansa, ni siquiera en estado de emergencia sanitaria.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.091 palabras) Créditos