Primavera del 2020
EL COVID-19 Y EL PAGO EN EFECTIVO
por Antonio Quintana Carrandi
Billetes de banco

Una de los detalles que más ha llamado mi atención estos días pasados, en que la pandemia hizo estragos entre la población, fue constatar que en muchos supermercados se veían carteles con la inscripción: Se agradecería el pago con tarjeta. Según parece, había corrido un rumor, según el cual se podía transmitir la infección a través de monedas y billetes. Esto me hizo reflexionar sobre el asunto, y he llegado a la conclusión de que se trata de una falacia.

Entendámonos: no estoy diciendo que el virus no pueda contagiarse al manipular billetes o monedas. Como sabemos, cualquier superficie es susceptible, en mayor o menor grado, de propagar la enfermedad. Lo que se me antoja una estupidez de marca es la idea de que una tarjeta de crédito, rígida y de plástico, sea más higiénica que una moneda de metal o un billete de papel. Si el propietario de la susodicha tarjeta tiene la infección y la ha tocado con las manos desnudas, incluso si previamente se ha lavado éstas, podría pasar el mal a otras personas. No tengo ninguna duda al respecto, así que esto debe responder, tan sólo, a la paranoia que con eso del contagio le ha entrado a la gente.

Claro que hay otro modo de verlo. Hace ya bastante, leí en algún sitio de Internet que determinados países europeos están barajando la posibilidad de eliminar por ley el dinero, obligando a los ciudadanos a efectuar sus pagos con tarjeta de crédito o bien por medios telemáticos, a través de una aplicación del móvil o cosa semejante. Se pretende vender la idea apelando a la comodidad que esta forma de pago representaría para las personas. Por otra parte, se afirma que, eliminando el dinero físico, a las autoridades les resultaría más fácil controlar a los defraudadores fiscales. Pero, tal como yo lo veo, se trata sólo de excusas, con las que los gobiernos (es decir, los políticos) pretenden aumentar su control sobre nosotros. El mejor modo de atar lo más corto posible a un pueblo, de coaccionarle llegado el caso para que acepte sumisamente todo lo que emane del poder, es controlar su economía. Tener acceso a todos y cada uno de los gastos que haga un ciudadano permitiría al gobierno realizar perfiles sociológicos y políticos sobre el mismo, información muy valiosa para la casta politiquera, pues la utilizaría para orquestar mejor sus campañas, de forma que pudiera engatusar con más facilidad a la ciudadanía. Así mismo, al no existir el dinero físico y depender las personas de esa especie de dinero virtual que algunos sueñan con crear, sería infinitamente más fácil someter a la gente a una suerte de chantaje soterrado, pues cabe imaginar que los gobiernos, poseyendo una herramienta de poder semejante, no dudarían en emplearla para alcanzar sus fines. Y si alguien se les resistiera, podrían dejarle con una mano delante y otra detrás con un simple clic. Ya se encargarían ellos de buscar una excusa legal, o de fabricar una, para salirse con la suya.

En cuanto a eso de que con tal sistema se les pondrían las cosas más difíciles a los defraudadores, es un argumento que se cae por su propio peso. No importa cuántas medidas implemente el fisco, a cuántos adelantos técnicos recurra. Siempre habrá alguien que, si se lo propone, consiga escamotear a Hacienda la cantidad que se le antoje. Los grandes defraudadores siempre van tres o cuatro pasos por delante de la Agencia Tributaria, y eso no va a cambiar. En realidad, y como han demostrado los hechos concretos, el fisco siempre se ceba con los más débiles, con los pobrecitos atrapados por una nómina, y sólo ocasionalmente ha echado el guante a algún pez gordo.

Por todo lo expuesto, me declaro firme defensor de la economía monetaria clásica, del dinero en efectivo, constante y sonante, que en mi opinión jamás debería desaparecer. Su sustitución por ese dinero virtual obedece, a mi juicio, tan sólo a las ansias totalitarias de una casta cuyas acciones debería vigilar la ciudadanía con más atención.

© Antonio Quintana Carrandi, (674 palabras) Créditos