PUNTO LÍMITE
PUNTO LÍMITE EE. UU., 1964
Título original: Fail-safe
Dirección: Sidney Lumet
Guión: Walter Bernstein sobre la novela homónima de Eugene Burdick y Harvey Wheeler
Producción: Sidney Lumet y Charles H. McGuire para Columbia
Música: N/C
Fotografía: Gerald Hirschfeld en B/N
Duración: 112 min.
IMDb:
Reparto: Dan O´Herlihy (General Black); Walter Matthau (Groeteschele); Frank Overton (General Bogan); Ed Binns (Coronel Grady); Fritz Weaver (Coronel Cascio); Henry Fonda (El Presidente); Larry Hagman (Buck); William Hansen (Secretario de Defensa Swenson); Russell Hardy (General Stark); Russell Collins (Knapp); Sorrel Booke (Congresista Raskob); Nancy Berg (Ilsa Wolfe); John Connell (Thomas); Frank Simpson (Sullivan); Hildy Park (Betty Black); Janet Ward (Señora Grady); Don DeLuise (Sargento Collins); Dana Elcar (Foster); Stewart Germain (Señor Cascio); Louise Larabee (Señora Cascio); Frieda Altman (Jennie)

Sinopsis

Debido a un error informático, una escuadrilla de bombardeo de la Fuerza Aérea estadounidense recibe la orden de atacar Moscú con armas nucleares. Varias circunstancias impiden que el mando pueda ponerse en contacto con los aviones para revocar la orden. Ante la gravedad de la situación, el presidente decide informar a los soviéticos y recabar su ayuda para detener el ataque, aunque eso signifique que los aparatos deban ser derribados por los rusos. Pero pronto se hace evidente que al menos uno de los aviones llegará a la capital rusa con su espantosa carga, y ante lo inevitable, el presidente de los Estados Unidos, para evitar el contraataque soviético, se ve obligado a tomar una terrible determinación.

En otoño de 1962 el mundo estuvo a punto de verse abocado al desastre nuclear, cuando la URSS instaló misiles atómicos en Cuba, apuntando a las principales ciudades estadounidenses. Los esfuerzos de Kennedy, que se mantuvo firme en todo momento, y la repentina sensatez de Kruschev, que reculó a tiempo para evitar el holocausto nuclear que él mismo había estado a punto de desatar, detuvieron la cuenta atrás para la Tercera Guerra Mundial, que probablemente hubiera sido la última. La constatación de que la humanidad había estado a un paso de la aniquilación total facilitó que los responsables políticos, horrorizados ante lo que significaría una guerra atómica, se tomaran mucho más en serio la reducción de los arsenales de ese tipo y, con el tiempo, se plantearan la posible erradicación de esos monstruosos artefactos de destrucción masiva, aunque este último objetivo nunca fue alcanzado.

Cuando en 1949 Stalin detonó su primera bomba atómica, construida por científicos nazis utilizando la información proporcionada al NKVD por algunos traidores que habían participado en el Proyecto Manhattan, el mundo entró de lleno en la Era nuclear. A partir de ese momento el arma definitiva estaba en poder de un ser abyecto, que había dado innumerables pruebas de su absoluta falta de escrúpulos, su talante homicida y su determinación para imponer a otros pueblos, ya fuera mediante soterradas argucias políticas, la subversión o la fuerza, el marxismo-leninismo que él representaba como nadie. Después de la II Guerra Mundial la URSS, que tenía el mayor ejército del mundo en cuanto a número de efectivos, aspiraba a convertirse en una superpotencia, pero sólo lo logró cuando, por fin, pudo desarrollar armas nucleares, disputándole la hegemonía mundial a USA a partir de entonces.

La guerra atómica estuvo a punto de estallar en varias ocasiones, temor que fomentó una especie de paranoia que afectó a todo el mundo en mayor o menor medida, con una incidencia especial en la sociedad estadounidense. En los años 50 Estados Unidos conoció un auge económico sin precedentes, pero las optimistas expectativas de futuro de los americanos se ensombrecían por la posibilidad de un conflicto nuclear. En aquella década proliferó la construcción de refugios anti-atómicos familiares e incluso individuales, la mayoría de los cuales, en realidad, apenas podían ofrecer una mínima protección contra una deflagración atómica. El cine se hizo eco del sentir ciudadano, produciendo varias películas que especulaban sobre los posibles efectos de las explosiones atómicas y las radiaciones que éstas generarían. La ciencia-ficción, entonces constreñida a la Serie B, explotó aquel filón en docenas de films, algunos excelentes y que han devenido en clásicos del género. Por supuesto que se trataba, en la mayoría de los casos, de fábulas fantásticas que casi siempre tenían un final feliz, y que transmitían a la ciudadanía un mensaje positivo.

Pero el cine de más enjundia ofreció una visión más realista y apocalíptica del asunto, siendo la mejor película sobre el tema, en mi opinión, LA HORA FINAL (ON THE BEACH, Stanley Kramer, 1959), inspirada en la novela del mismo título publicada en 1957 por Nevil Shute, que mostraba con absoluta crudeza cómo podrían ser los meses finales de los últimos supervivientes de la especie humana, tras una guerra atómica que había devastado el planeta.

Parecía imposible realizar una película más aterradora que LA HORA FINAL. Pero en 1962 los escritores Eugene Burdick y Harvey Wheeler dieron a la imprenta su novela FALLO DE SEGURIDAD, una inquietante vuelta de tuerca al problema de las armas nucleares, que especulaba con una posibilidad apuntada en la época por muchos expertos en el tema:¿Qué pasaría si se producía un error que pudiera desencadenar una guerra atómica? El cineasta Sidney Lumet decidió llevar el desesperanzador libro al cine, y el resultado fue una de las mejores cintas producidas en los años 60, que alertaba sobre el horror que podría desencadenar un en apariencia insignificante fallo técnico.

PUNTO LÍMITE es un film duro, descarnado, que describe con inquietante realismo una situación que pudo haberse producido entonces..., y que incluso podría producirse hoy. Aunque se trata de una obra coral, en la que lo importante es el problema planteado y no el lucimiento de sus protagonistas, destaca la interpretación que hace el gran Henry Fonda del presidente de los Estados Unidos, un hombre que debe hacer frente a la situación y que, en última instancia, al no poder evitar el bombardeo nuclear de Moscú, ofrece a los rusos, como contrapartida para evitar que contraataquen, la destrucción de Nueva York por los propios estadounidenses.

El film procura eludir el maniqueo concepto de buenos y malos. Los soviéticos, a los que nunca se ve en pantalla y de los que sólo conocemos sus reacciones por sus voces a través del teléfono, aceptan las explicaciones del presidente americano, tras unos primeros momentos de duda, y se avienen a colaborar con los estadounidenses para abortar el ataque. El único personaje que podríamos calificar como villano, aunque con ciertas salvedades, es el del profesor Groeteschele, cuyas curiosas opiniones sobre la guerra atómica compartían muchos inconscientes en aquellos tiempos.

PUNTO LÍMITE es una de las películas más devastadoras jamás filmadas. La tensión que se va acumulando a lo largo de su metraje contagia al espectador, que siente como propia la angustia del personaje de Henry Fonda, que para evitar un mal mayor, una guerra atómica total con lo que eso representaría, no tiene más remedio que sacrificar una de las ciudades más importantes de su país, en la que se encuentra de visita oficial su propia esposa. Pero el sacrificio supremo lo realiza el general Black, encargado de lanzar la bomba sobre Nueva York, sabiendo que no sólo matará a millones de personas, sino también a su esposa e hijos.

La acción se desarrolla casi íntegramente en interiores, en tres escenarios principales: el refugio anti-atómico de la Casa Blanca, el Pentágono y el centro de mando de la Fuerza Aérea Estratégica en Montana. Los efectos especiales son mínimos, limitándose a la recreación de las grandes pantallas que muestran la progresión de los aparatos en vuelo y el intento de los rusos, tras fracasar los propios americanos en la misma misión, por derribar los bombarderos que se dirigen hacia Moscú. Por expresa decisión del director, el film carece de banda musical, lo que otorga mayor verismo y crudeza a la narración.

Tras los créditos finales, la cinta incluye una nota, en la que se informa a los espectadores que lo que acaban de ver es pura ficción, pues los avanzados sistemas de seguridad con que cuentan las Fuerzas Aéreas estadounidenses impiden que algo semejante pueda ocurrir en la realidad. ¿Por qué será que esa advertencia no me tranquiliza en absoluto, sino que aumenta mi inquietud?

La cinta de Lumet se erige como uno de los testimonios fílmicos más desasosegantes del ambiente que se vivía en el mundo durante la Guerra Fría, un recordatorio de que estuvimos balanceándonos al borde del precipicio nuclear varias veces. Creo que, tanto el film que nos ocupa como la ya citada LA HORA FINAL, deberían ser proyectadas en los Institutos de Educación Secundaria, pues abrigo el convencimiento de que servirían para concienciar a la juventud —al menos a esa parte de la juventud no desnortada ni degrada por el consumo de alcohol y otras drogas, las discotecas y las simpatías podemitas—, sobre los peligros de las armas nucleares, que por desgracia todavía abundan en nuestro desquiciado mundo.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.355 palabras) Créditos