Primavera del 2020
LA GRIPE DE 1918: LA PANDEMIA QUE NO FUE ESPAÑOLA
por Antonio Quintana Carrandi
Probos ciudadanos convenientemente progegidos con mascarillas
Probos ciudadanos convenientemente progegidos con mascarillas

Decía un viejo amigo mío que España era el país más desgraciado del mundo, puesto que aquí siempre llovía sobre mojado, y cuando le daba por llover sobre seco, provocaba inundaciones. Bromas aparte, lo que sí es cierto es que nuestro país ha sufrido calamidades de diversas índoles, algunas naturales y otras causadas por la inepcia o la arrogancia despótica de ciertos gobernantes. También ha sido víctima propiciatoria de la propaganda más abyecta, empezando por la inefable Leyenda Negra, a la que tantísimos papanatas, incluso españoles, se adhirieron, y terminando por esa vomitiva hispanofobia esgrimida hoy día por ciertos caciques periféricos, que se aprovechan de la descomposición política y social que se ceba en nuestra pobre patria para satisfacer sus personales ansias de poder político y económico, escudándose en absurdos hechos diferenciales pergeñados como quien dice hace cuatro días, en los que ni ellos mismos creen, y pastoreando a ciertas masas estultas y aborregadas, que han elevado el aldeanismo más retrógrado y cutre a la categoría de causa.

Una de las calumnias históricas más graves que se vertieron contra España se produjo al término de la I Guerra Mundial, conocida entonces como la Gran Guerra. Cuando el conflicto estaba dando sus últimos estertores, se extendió por el mundo, como un reguero de pólvora, una gravísima epidemia de gripe que llegaría a ser más letal que la guerra misma. Una epidemia que la prensa de las naciones beligerantes se apresuró a definir como española, dando a entender que tan mortífera enfermedad se había originado en nuestro país. La mentira cuajó de tal modo en el imaginario colectivo, que incluso un siglo después, cuando está probado más allá de cualquier duda que la pandemia no tuvo su origen en España, todavía se la conoce como la gripe española. Y lo que es aún más grave: la gran mayoría de la opinión pública de las naciones occidentales sigue creyendo tal patraña. Hora es, por lo tanto, de poner cada cosa en su sitio, y de desmontar de una vez por todas una de las falacias históricas que han enturbiado la reputación internacional de España.

Para que el lector pueda entrar en materia con más conocimiento de causa, empezaré por definir con claridad qué es la gripe, sus síntomas, el medio por el que se transmite y su tratamiento médico.

La gripe es una enfermedad infecciosa que afecta las vías respiratorias. Sus síntomas pueden ser, en principio, muy similares a los de un resfriado, provocando dolores de cabeza, de garganta, de estómago o musculares, que pueden ir acompañados de tos seca y sin mucosidad, malestar general y fiebre. Si la situación se agrava puede complicarse con pulmonía, y en ese caso los pacientes de mayor riesgo son los niños y los ancianos. Puede confundirse en principio con el resfriado común o catarro, pues como he dicho presenta síntomas parecidos, pero es una enfermedad muchísimo más grave, producida por un tipo diferente de virus. Se transmite por el aire, a través de la secreción nasal, bronquial o la saliva que se emite con la tos, con los estornudos o simplemente al hablar. También puede transmitirse a través de la sangre y por los objetos o superficies contaminadas con el virus. Como el actual Covid-19, vamos.

El clima frío es un aliado de la enfermedad, pues el virus de la gripe conserva su capacidad infectiva durante una semana aproximadamente a la temperatura corporal humana. Si la temperatura ambiente es de 0 grados, ese lapso de tiempo aumenta hasta los treinta días, y a temperaturas inferiores a 0 grados puede permanecer activo durante meses.

Una característica del virus gripal es su extraordinaria capacidad de mutación, que puede dar origen a cepas mucho más virulentas. Actualmente, en los países desarrollados, se emprenden campañas de vacunación anuales destinadas especialmente a aquellos sectores de la población que tienen un mayor riesgo de contraer la enfermedad, o que sean más vulnerables a sus efectos. La vacuna habitual, denominada trivalente, contiene proteínas purificadas e inactivadas de los tres tipos considerados más comunes de gripe: dos sub-tipos de la A y uno del virus B. Pero, dado el poder de mutación del virus gripal, una vacuna efectiva un año puede no serlo al siguiente. El tratamiento es sintomático. Suele recurrirse al empleo de fármacos antivirales, sobre todo en casos graves, aunque tienen un efecto limitado y pueden llegar a resultar algo tóxicos.

A lo largo de la historia ha habido muchísimas epidemias de gripe. Es posible que muchas mortandades producidas durante siglos fueran provocadas por esta enfermedad. De todas formas, no podemos estar seguros, pues los síntomas pueden ser similares a los de otras enfermedades. En el pasado siglo XX se declararon al menos cinco epidemias de gripe, siendo la más letal de ellas la pandemia de 1918/9, que pasaría injustamente a los anales históricos como la gripe española.

Es curioso, pero si se pregunta a la gente cuál fue la peor epidemia que se abatió sobre la humanidad, nueve de cada diez personas responderán que la peste negra. Ello se debe, sin duda, a la enorme difusión que esa pandemia, que acabó con un tercio de la población de Europa en la Edad Media, ha tenido en la literatura y el cine. Sin embargo, la gripe de 1918/19 fue mucho más mortífera. En su momento se calcularon entre treinta y cincuenta millones el número de muertos que provocó, y eso tirando a la baja. Posiblemente nunca se sabrá con certeza cuántas personas perdieron la vida. Los censos poblacionales de los países desarrollados de entonces eran en algunos casos incompletos, y en lugares como Asia o Sudamérica buena parte de la población estaba sin registrar, no digamos ya en África, así que era prácticamente imposible llevar un cómputo exacto de las bajas mortales. Lo que está fuera de discusión es que la virulenta epidemia causo muchas más muertes que la Gran Guerra, y como se declaró cuando ésta estaba próxima a su fin, millones de personas creyeron que era una especie de castigo divino por la horrible contienda. Incluso en Chicago, Illinois, la ciudad más violenta de Estados Unidos, los delitos de todo tipo descendieron drásticamente en el periodo 1918/1919, pues la gente estaba convencida de que Dios estaba castigando a la entonces depravada capital mundial del crimen.

¿Por qué se la llamó española? Por la red circulan varias teorías sobre el asunto, pero la realidad es mucho más simple. España era neutral, así que cuando empezó a morir gente por la enfermedad, la prensa informó puntualmente de lo que ocurría. De hecho, los periódicos españoles fueron los primeros del mundo en hablar del asunto sin tapujos, pues la prensa de las naciones enfrentadas en la guerra estaba férreamente amordazada por la censura. En nuestro país no ocurría eso. Es cierto que había algún grado de censura periodística sobre algunas cuestiones consideradas entonces delicadas, pero en lo que se refiere a la epidemia de gripe, los periodistas disfrutaron de una gran libertad a la hora de informar a los lectores. Fue la prensa británica la primera en atribuirle arbitrariamente a la dolencia un origen español, algo que rápidamente fue asumido sin discusión por las de otros países.

No se sabe exactamente dónde se produjeron las primeras víctimas mortales de la enfermedad, pero es casi seguro que fue en los frentes de batalla. Lo que está claro es que las insalubres condiciones de vida en las trincheras, sumadas a los efectos de aquellos larguísimos y extremadamente fríos inviernos de principios del siglo XX, contribuyeron a la expansión del virus. Hoy se considera que, de los aproximadamente doscientos mil muertos que sufrieron los Estados Unidos en el conflicto, al menos la mitad perecieron de gripe. A ellos hay que sumar un mínimo de setecientos mil muertos más causados por la enfermedad en los propios USA entre 1918 y 1920, con lo cual resultó que la gripe había matado tantos estadounidenses como los que fallecieron en la Guerra de Secesión de 1861/1865.

El virus se extendió por vía marítima, la única posible en la época. Además, el estallido de la pandemia coincidió con una guerra que provocó la movilización de grandes masas humanas, que sin duda expandieron aún más la enfermedad. El resultado fue que en menos de dos años la gripe dio la vuelta al mundo, matando a decenas de millones de personas.

Luego, tan repentina y sorpresivamente como apareció, se extinguió, dejando tras de sí una estela de muerte como nunca antes habían conocido los siglos, marcando para siempre el imaginario colectivo mundial. Desde entonces, hace ahora un siglo, el temor a una pandemia semejante siempre ha gravitado, como una espada de Damocles, sobre la humanidad. Es por tanto normal que se compare el Covid-19 y sus terribles efectos con los de la gripe de 1918.

Muchos progres la han emprendido contra el presidente Trump por llamar al coronavirus el virus chino, y también contra Santiago Abascal, líder de VOX, por denominarlo virus de Wu-Han. Pero tanto Trump como Abascal están en lo cierto, porque incluso las propias autoridades del gigante asiático han reconocido que el Covid-19 se originó en esa provincia china. Sin embargo, no existe ninguna razón fundada para referirse a la pandemia de 1918 como gripe española, pues jamás pudo determinarse dónde empezó todo y de qué forma. Por tanto, hemos de procurar, en la medida de lo posible, desterrar ese término peyorativo, que sólo puede entenderse como una prolongación más de la inmoral, abyecta y absurda Leyenda Negra, urdida por los enemigos de España cuando nuestro país era la máxima superpotencia del mundo.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.602 palabras) Créditos