Primavera del 2020
LA PÉSIMA GESTIÓN GUBERNAMENTAL DE LA PANDEMIA
por Antonio Quintana Carrandi
Kakistocracia

Tras más de un mes de gestión de la pandemia por el kakistocrático gobierno comunistoide que nos ha caído en desgracia, ha quedado claro que ésta (la gestión) está siendo nefasta desde cualquier punto de vista. Casi todas las decisiones tomadas por Sánchez­ and company han resultado ineficaces, a menudo disparatadas y en ocasiones contradictorias. Este gobierno progre (que no progresista) ya se lució con lo de la estúpida y absurda manifa del 8-M, pero conforme avanza el tiempo y se multiplican las dificultades generadas por el Covid-19, va quedando cada vez más en evidencia, demostrando así que carece de una orientación clara para hacer frente a lo que se nos ha venido encima.

Uno, que procura dar siempre a los demás una oportunidad, un voto de confianza, esperaba que, ante la gravedad del asunto, Sánchez­, Iglesias y su troupe aparcaran la demagogia estulta tan característica de la izquierda ibérica desde los tiempos de Largo Caballero, Pasionaria , Carrillo y otros orates semejantes, en aras de la lucha eficaz contra la enfermedad. Pero los integrantes de este nuevo Frente Popular, formado por los mismos que conformaron aquel que condujo a España a una guerra fratricida, siguen aferrados a sus manías y malas costumbres. Durante estos cuarenta días pasados, Sánchez­ y su ejecutivo no han hecho más que ir de chapuza en chapuza con lo de las mascarillas, los test, la economía y todo eso, con una política hecha de ocurrencias y salpicada por algún pequeño acierto ocasional. Incapaces no sólo de asumir las quejas de la oposición, sino incluso de ejercer la mínima autocrítica, los miembros del gobierno siguen empeñados en sostenerla y no enmendarla. El resultado, si Dios no lo remedia, puede ser mucho peor del vaticinado por algunos.

Pero eso sí: si su gestión de la crisis es más que cuestionable, la izquierda ibérica sigue siendo la maestra de la agitación y la propaganda. Ahí están, para demostrarlo, las constantes y cansinas comparecencias de Sánchez­ y los suyos ante las cámaras de televisión, en las que, con su verbo estulto y ñoño a rabiar, nos ofrecen un cinco por ciento de información muy sesgada, y un noventa y cinco por ciento de autobombo. El coordinador de este Sitio comentó, en un reciente artículo, que parecía que, ante la gravedad de la situación, esta gente se había olvidado de la imbecilidad esa del lenguaje inclusivo. Pero no es así. El presidente y sus ministros siguen hablando de españoles y españolas, ciudadanos y ciudadanas, niños y niñas, ellos y ellas, etcétera; términos que sólo sirven para alargar innecesariamente sus ya de por sí dilatadas y farragosas intervenciones ante los medios. Intervenciones en las que, por cierto, los mismos que se cansaron de atacar a Rajoy por lo del plasma (con parte de razón), y a Trump por su desprecio por algunos medios, se dedican ahora a filtrar al máximo las preguntas de los periodistas, para que no se les planteen las incómodas cuestiones que están en las mentes de muchísimos españoles.

Incluso el deslenguado Iglesias, que hasta hace poco soltaba cada dos por tres trasnochadas y delirantes consignas marxistas, atacando a la Constitución del 78 o predicando la toma del cielo por asalto, ha moderado su lenguaje robolucionario y bolivariano para pedir disculpas a los críos españoles por la caótica forma en que el gobierno ha afrontado el desconfinamiento parcial para los menores.

Y luego, claro está, tenemos la astracanada de ese inexistente Lacambra, cuyo estúpido y farragoso artículo fue jaleado hasta el vómito por esa izquierda caviar que medra en los medios de comunicación, que, no lo olvidemos, les fueron regalados en bandeja de plata a la progresía más casposa y analfabeta por el infame Mariano el Rajao, que el Diablo confunda.

El festival de meteduras de pata, dislates y mentecatadas alcanzó su cenit con la que se montó recientemente, a cuenta de las palabras de un general de la Guardia Civil. Según todos los indicios, lo único que hizo este hombre fue leer un comunicado que, al parecer, ya había sido enviado previamente a las comandancias de la Benemérita, así que no hubo lapsus ni desliz de ningún tipo por su parte, como alegó un miembro del ejecutivo. En dicho comunicado se hablaba de minimizar el clima contrario al gobierno, e incluso se dejaba caer el término desafección. Luego, ante la polvareda que desataron estas declaraciones, el pobre general tuvo que desdecirse, tratando de explicar sus palabras del día anterior. Nada puede reprochársele al mando de la Benemérita, que se limitó a cumplir órdenes. Pero sería interesante saber quién fue el responsable de la redacción de ese comunicado, que recuerda y mucho a la ominosa Ley de Defensa de la República, parida en octubre de 1931 por el inteligente pero muy sectario Azaña para blindar a la izquierda en el poder, y así tener una justificación legal para arremeter no sólo contra los críticos más furibundos de aquel infausto régimen, sino también contra cualquiera que discrepara de la verdad oficial o, simplemente, resultara incómodo para los sátrapas que entonces tenían la sartén por el mango.

Pero como ya se sabe que la zorra pierde el rabo, pero no las costumbres, otra miembro (no miembra) del gobierno, aprovechando el asunto de los absurdos y peligrosos bulos que corren por la red, mezclando churras con merinas y, en fin, haciendo un conveniente totum revolutum, apuntó en un momento dado que el ejecutivo no iba a tolerar mensajes negativos, o algo semejante. Muchos se han sorprendido por esas declaraciones tan poco acordes con la cultura democrática, pero olvidan que la tendencia al totalitarismo de la izquierda española (de toda ella sin distinción) es una de sus señas de identidad más arraigadas, y de la que dejó buenos ejemplos en nuestra historia más o menos reciente, con su inequívoco proceder durante los años 30 y la guerra civil.

Hasta el momento, los fallecidos por coronavirus superan con mucho los 22.000. La crisis va para largo, y es trágicamente posible que en el caso de España se alargue aún más, dada la incompetencia absoluta de Pedro Sánchez­, un individuo del que la historia dirá, entre otras cosas mucho peores me temo, que lo mejor que hizo fue interpretar maravillosamente al muñeco del ventrílocuo Iglesias.

© Antonio Quintana Carrandi,
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