Primavera del 2020
UN RESPETO PARA LOS SANITARIOS
por Antonio Quintana Carrandi
Pintada en el vehículo

Ni siquiera con lo de la pandemia descansa la quincalla. La delincuencia sigue a la orden del día, continúan los robos y el trapicheo de sustancias estupefacientes. Pero aparte de los quinquis de siempre, la crisis del coronavirus ha propiciado que afloren otros, que hasta hace nada estaban ocultos entre la masa ciudadana, muchos de los cuales seguro que incluso gozaban de la consideración de personas sensatas, trabajadoras y respetables. Me refiero a esa pandilla de belitres que la han tomado con los sanitarios, escudándose en el legítimo temor al contagio. Los sanitarios son nuestra primera línea de defensa contra la infección, por lo que se están ganando a pulso el agradecimiento de la ciudadanía responsable. Por desgracia, también son blanco propiciatorio de ciertos tipejos de ambos sexos, que difícilmente merecen el calificativo de personas.

Amparándose en el anonimato, como todos los miserables cobardes que en el mundo han sido, esa chusma distribuye notas, invitando a sus vecinos sanitarios a abandonar el inmueble para, según ellos, proteger del contagio a los más vulnerables, niños y ancianos. Muchos de esos anónimos están redactados en un estilo intimidador, como acusando a los sanitarios de propagar el virus. Otros, quiero creer que la mayoría, intentan convencer a los sanitarios de que se marchen apelando a su responsabilidad. Pero independientemente del estilo en que estén escritos, no dejan de ser anónimos, lo que dice mucho y no precisamente bueno de sus autores.

La gota que colmó el vaso llegó con lo que le hicieron a una doctora en medicina (que no médica, término empleado por las pedorras del lenguaje inclusivo y periodistas que necesitan repetir urgentemente la asignatura de Lengua española) especializada en ginecología. Es de suponer que a esta señora le gustaría poder quedarse en casita, como cada hijo de vecino, para evitar contagiarse. Pero por su profesión, se ve obligada a desplazarse continuamente, en ocasiones para asistir a mujeres en estado de buena esperanza. Pues bien, hace unos días uno o varios individuos le pincharon las ruedas del coche, en los costados del cual escribieron, en grandes caracteres, RATA CONTAGIOSA. Si no recuerdo mal, el automóvil estaba en el parking del edificio en que esta mujer tiene su piso, así que es casi seguro que el simpático o simpáticos, autor o autores de la gracieta sin gracia alguna, resida o residan en dicho inmueble. Según parece, va a haber una investigación, para dilucidar si esta actuación se corresponde con un delito de odio. Tal como yo lo veo, no cabe duda de que se trata de eso: un delito de odio que merece un castigo ejemplar, y no una simple amonestación o una multa, por muy elevada que sea su cuantía. Y lo mismo sirve para todos aquellos que se dedican a ir dejando anónimos por ahí, instando a los profesionales de la sanidad a abandonar sus viviendas, como si fuesen apestados.

El ejército de doctores, enfermeras, personal de limpieza y celadores que presta sus servicios en los hospitales y ambulatorios de toda España está realizando una meritoria labor, que nunca, jamás, podremos pagarles. Si España es el país en el que más sanitarios están infectados por el Covid-19, se debe a dos razones de peso: primera; que están en primera línea de batalla, y segunda; que en demasiadas ocasiones, por desgracia, carecen de los imprescindibles medios para protegerse a sí mismos, algo de lo que, en su momento, espero que respondan los responsables políticos. En todo caso, este colectivo merece el mayor de los respetos.

En cuanto a ese ganado de cerda aficionado a los anónimos y el vandalismo, ojalá reciba muy pronto su justo merecido.

© Antonio Quintana Carrandi, (606 palabras) Créditos