ESOS TRES
ESOS TRES EE. UU., 1936
Título original: These Three
Dirección: William Wyler
Guión: Lillian Hellman sobre su propia obra teatral
Producción: Samuel Goldwyn
Música: Alfred Newman
Fotografía: Gregg Toland
Duración: 93 min.
IMDb:
Reparto: Miriam Hopkins (Martha Dobie); Merle Oberon (Karen Wright); Joel McCrea (Dr. Joseph Joe Cardin); Catherine Doucet (Lily Mortar); Alma Kruger (Amelia Tilford); Bonita Granville (Mary Tilford); Marcia Mae Jones (Rosalie Wells); Margaret Hamilton (Agatha); Walter Brennan (Taxista); Frank McGlynn (Juez).

Sinopsis

Tras graduarse en la universidad, Karen y su amiga Martha deciden abrir un colegio para señoritas en una pequeña población del Medio Oeste. Su iniciativa tiene éxito gracias al doctor Cardin, joven médico de la localidad, que ayuda a las jóvenes a establecerse, y a Amelia Tilford, dama de la alta sociedad que les proporciona alumnas, incluyendo su propia nieta, Mary. Karen y Joe Cardin inician una relación sentimental y todo parece indicar que ante las dos amigas se abre un futuro prometedor. Pero todo se va al traste por culpa de la maldad de Mary Tilford, una niña manipuladora, consentida y caprichosa, que no da más que problemas. Decidida a vengarse de las dos profesoras, que según ella la odian, y conseguir que su abuela la saque del colegio, Mary urde un plan basado en una infame calumnia, que amenaza con arruinar las vidas de Karen, Martha y Joe.

Suele decirse que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. En el caso del productor independiente Samuel Goldwyn, esto era verdad. Su esposa, Frances, era una mujer culta y refinada, además de una ávida lectora, el contrapunto ideal para un hombre sencillo como Samuel. Aunque su nombre no apareció nunca en los títulos de crédito de los films producidos por su marido, Frances Goldwyn tenía la costumbre de leer detenidamente los guiones que llegaban al despacho de Samuel. Este, que valoraba muchísimo las opiniones de su esposa, comentaba con ella los detalles de sus producciones y mil cosas más, de modo que su relación se asemejaba a la existente entre el gran Alfred Hitchcock y su mujer y colaboradora, Alma Reville.

En 1934 la dramaturga Lillian Hellman estrenó en Broadway su obra LA HORA DE LAS NIÑAS (THE CHILDREN´S HOUR), que se convirtió en un éxito y permaneció durante mucho tiempo en cartel. Fue su primer triunfo como autora dramática y cimentó su fama como escritora conflictiva, pues la obra trataba tangencialmente el tema del lesbianismo. Las élites intelectuales y progresistas, lo que quiera que signifique esto, la pusieron por las nubes por su supuesta valentía al abordar un tema semejante. Gran parte del público la aclamó, pero tuvo muchos más detractores, que consideraban su obra ofensiva y de muy mal gusto. Los éxitos de Broadway solían dar pie a películas, pero nadie se planteaba la posibilidad de que un argumento tan indecoroso pudiera ser llevado al cine.

Y de pronto, Samuel Goldwyn anunció a la prensa que iba a rodar un film basado en LA HORA DE LAS NIÑAS. La sorpresa y el escándalo fueron mayúsculos. En realidad, cuando adquirió los derechos de la obra de Hellman, Goldwyn, un hombre que raras veces pisaba un teatro, no tenía ni idea de qué trataba. Sólo sabía que había cosechado un enorme éxito en los escenarios, por lo que, con toda lógica, su traslación a la pantalla debería traducirse en un triunfo semejante. Más tarde, cuando supo de qué iba la cosa, tampoco se arredró. En una conferencia de prensa un reportero le preguntó cómo iba a soslayar el lesbianismo latente en la obra. Sonriendo en todo momento, Goldwyn respondió que convirtiendo a los protagonistas en auténticos americanos.

La Oficina Hays, que velaba por el estricto cumplimiento del código de censura cinematográfica, advirtió al productor que de ninguna manera daría su autorización para que la película se estrenase bajo el mismo título de la sucia obra de Hellman. En realidad, los censores confiaban en convencer a Goldwyn para que se echara atrás y no produjera el film. Pero el productor, seguramente aconsejado por su esposa, decidió contratar a Hellman para que adaptase su obra a las circunstancias. En un principio, Lillian Hellman se opuso a realizar cualquier cambio que sirviera para complacer a lo que ella misma definía como el conformista y aborregado público estadounidense. Goldwyn le dejó claro que sólo así podría hacer la película. Hellman, comunista declarada y admiradora de Stalin, que siempre se había mostrado crítica, despectiva y beligerante con el capitalismo explotador, se plegó a los deseos del capitalista Goldwyn y de la Oficina Hays por razones exclusivamente económicas: la suma que percibiría por el guión del film era muy superior a los beneficios que había obtenido en el teatro. Money is money.

Goldwyn acababa de contratar a uno de los mejores realizadores que han existido, William Wyler, que entonces contaba treinta y cuatro años. En aquel momento el estatus profesional de Wyler no era muy destacado. Tenía un buen puñado de films a sus espaldas, pero ninguno había llamado la atención de la crítica, a excepción hecha de UNA CHICA ANGELICAL (THE GOOD FAIRY, 1935), agradable comedia protagonizada por su esposa de entonces, Margaret Sullavan. Wyler conocía la obra de Hellman y deseaba plasmarla en celuloide, así que se sintió muy satisfecho cuando Goldwyn le encargó la dirección de la cinta.

Director y dramaturga trabajaron estrechamente, con el fin de adecuar la caustica pieza teatral a los imperativos del cine de la época. Espoleada por el principesco salario que le abonaba Goldwyn, Lillian Hellman eliminó toda referencia al lesbianismo y el suicidio de una de las protagonistas, dejándolo todo reducido al tópico triángulo amoroso y pergeñando el característico Happy End cinematográfico que tanto gustaba al público y que a ella le repelía. De acuerdo con Wyler, decidió centrar la historia en la base principal de la misma, esto es, el daño que una calumnia bien orquestada puede causar a las personas. La dramaturga no las tenía todas consigo. Temía que la supresión de esos detalles, que ella consideraba trascendentales, hiciera que el relato perdiera fuerza dramática. Pero Goldwyn y Wyler le hicieron ver que no era así.

Y tenían razón, porque ESOS TRES es un film vibrante, con un ritmo prodigioso y sin altibajos argumentales. Un Wyler pletórico, en estado de gracia, dirigió con brío esta obra cumbre del Arte cinematográfico, dosificando cuidadosamente los tempos dramáticos precisos, con esa extraordinaria habilidad que tenía para dotar a sus películas de una aparente sencillez formal, que ocultaba en parte su sofisticada puesta en escena, y que, en la cinta que nos ocupa, debe mucho a la espléndida fotografía del maestro Gregg Toland.

Las interpretaciones del trío protagonista son sobresalientes, destacando la dulce y bellísima Merle Oberon en el papel de Karen Wright. La actriz bordó su personaje, haciéndolo más creíble al dotarlo de firmeza y ternura. La crítica decía de ella que, cuando las lágrimas empañaban su hermoso rostro, estaba sencillamente irresistible. ESOS TRES y CUMBRES BORRASCOSAS (WUTHERING HEIGHTS, William Wyler, 1939) son posiblemente sus mejores trabajos, aunque ya había destacado en EL ÁNGEL DE LAS TINIEBLAS (THE DARK ANGEL, Sidney Franklin, 1935), donde su interpretación le valió una nominación al Oscar.

La rubia Miriam Hopkins estaba en su mejor momento profesional, pues era una prestigiosa actriz teatral muy valorada también en el cine. También ella había sido candidata al Oscar a la mejor actriz al mismo tiempo que Oberon, por LA FERIA DE LA VANIDAD (BECKY SHARP, Rouben Mamoulian, 1935), que pasaría a la historia por ser el primer film que se rodó en Technicolor. En ESOS TRES logró reflejar toda la angustia interior de su personaje, evitando en todo momento su, por otra parte, notable tendencia a la sobreactuación. Su composición de Martha Dobie, sobria y contenida, es la más recordada de su dilatada carrera. Hopkins tenía un fuerte temperamento, su carácter difícil era legendario y temido por no pocos realizadores, pero Wyler supo ponerla en su sitio y sacar lo mejor de ella como actriz. Aunque siempre se ha considerado que la principal rival de Bette Davis era Joan Crawford, con la que se llevaba a matar, Miriam Hopkins aborrecía a la Abeja Reina de Warner Bros. El sentimiento era recíproco, como pudo comprobar Edmund Goulding cuando dirigió a ambas en LA SOLTERONA (THE OLD MAID, 1939).

Hora es de romper una lanza en favor de Joel McCrea, actor que nunca recibió de la crítica el reconocimiento que merecía. Interprete agradable y capaz, en ocasiones brillante, gozaba del aprecio de Samuel Goldwyn, que siempre sostuvo que no tenía nada que envidiar a otros astros de Hollywood mejor considerados. Los directores que mejor partido supieron sacar de sus dotes interpretativas fueron Wyler, Gregory La Cava y Preston Sturges. Por desgracia, en Samuel Goldwyn Company siempre estuvo a la sombra de Gary Cooper, la máxima estrella del Estudio, que solía quedarse con los mejores papeles. Sin embargo, aunque McCrea se quejaría, años después, de que siempre le cayeron en suerte las películas que Cooper rechazaba, lo cierto es que en su filmografía destacan un buen puñado de joyas cinematográficas como LECHO DE ROSAS (BED OF ROSES, Gregory La Cava, 1933); LA VENUS DE ORO (THE RICHEST GIRL IN THE WORLD, William A. Seiter, 1934); LA CIUDAD SIN LEY (BARBARY COAST, Howard Hawks, 1935); ESPLENDOR (SPLENDOR, Elliot Nugent, 1935); RIVALES V (COME AND GET IT, William Wyler, 1936); QUIEN CONQUISTA ES LA MUJER (WOMAN CHASE MAN, John G. Blystone, 1937); CALLE SIN SALIDA (DEAD END, William Wyler, 1937); UNA NUEVA PRIMAVERA (PRIMROSE PATH, Gregory La Cava, 1940) o LOS VIAJES DE SULLIVAN (SULLIVAN´S TRAVELERS, Preston Sturges, 1941). Su pareja femenina en varios de estos títulos fue Miriam Hopkins. En 1962 protagonizaría, junto a Randolph Scott, la Ópera Prima de Sam Peckinpah, DUELO EN LA ALTA SIERRA (RIDE THE HIGH COUNTRY), un hermoso western crepuscular. En ESOS TRES su intervención está supeditada a las de Hopkins y Oberon, pero, a pesar de ello, se revela como un elemento clave de la historia, a la que aporta la necesaria serenidad.

El papel de Mary Tilford requería una actriz infantil, pero que al mismo tiempo tuviera una personalidad fuerte. Wyler apostó por la jovencita Bonita Granville y no se equivocó, porque la chica realizó una interpretación perfecta. Su Mary Tilford, insidiosa, intrigante y repulsiva, es una de las grandes bazas de la película, una villana juvenil de la que el gran Hitchcock diría tiempo después, cuando vio la cinta, que era sencillamente genial. Bonita obtuvo una nominación al Oscar como mejor actriz secundaria, pero la estatuilla se la llevó Gale Sondergaard por EL CABALLERO ADVERSE (ANTHONY ADVERSE, Mervyn Le Roy 1936), otra más de las muchas injusticias que perpetró la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood. Su trabajo en ESOS TRES impulsaría su carrera. Al año siguiente de la cinta de Wyler, trabajó junto a Marlene Dietrich y Charles Boyer en EL JARDÍN DE ALÁ (IN THE GARDEN OF ALLAH, Richard Boleslawski, 1937). Más tarde, ya crecidita y siendo una preciosa adolescente, encarnó a la pizpireta y descarada sobrina de Bette Davis en LA EXTRAÑA PASAJERA (NOW VOYAGER, Irving Rapper, 1942). Una de sus mejores interpretaciones la hizo en LOS HIJOS DE HITLER (HITLER´S CHILDREN, Edward Dmytryk, 1943), film que denunciaba la manipulación de los niños y los adolescentes en las Juventudes Hitlerianas.

ESOS TRES fue muy exitosa, pero Hellman pensaba que le habían obligado a desvirtuar su historia, convirtiéndola en un insulso melodrama. Un cuarto de siglo más tarde, aprovechando los nuevos aires permisivos del cine, Wyler decidió rodar un remake, que en realidad Hellman siempre consideró la versión cinematográfica definitiva de su historia. LA CALUMNIA (THE CHILDREN´S HOUR, William Wyler, 1961) fue una buena película que funcionó bastante bien, pero no pudo hacerle sombra a la cinta de 1936. Aunque al principio se pensaba que LA CALUMNIA haría parecer a ESOS TRES como una adaptación infantilizada de la obra de Hellman, no ocurrió así. Wyler, que para entonces ya era un productor independiente, que podía acometer aquellos proyectos que más le interesaran sin tener que someterse a la disciplina de un Estudio y las directrices de la censura, contó con un reparto de campanillas: Audrey Hepburn, Shirley MacLaine y James Garner. Miriam Hopkins interpretó a la cargante tía Lily, e incluso se intentó infructuosamente que Merle Oberon encarnara a Amelia Tilford. La puesta en escena, como en todas las películas de Wyler, fue impecable. Pero algo falló. LA CALUMNIA tuvo una aceptable carrera comercial, pero sólo satisfizo a una parte del público y a los críticos más comprometidos políticamente.

¿Qué había ocurrido? Simplemente, que LA CALUMNIA, en su pretensión de adaptar fielmente la obra teatral, era demasiado dura y sórdida incluso para el público de principios de los 60. Las virtudes cinematográficas de la cinta son innegables, pero, comparada con la de 1936, parece exagerada y poco realista. Wyler poseía un talento especial para adaptar a la pantalla grandes piezas literarias o teatrales, pero en este caso concreto tropezó, sin duda porque creyó que podría superar la fuerza, sencillez y maravillosa contención que había conseguido en ESOS TRES. El film de los años 30 destaca por el fascinante halo romántico que envuelve la trama, humanizándola notablemente y eliminando los excesos de todo tipo que caracterizaban las obras de la polémica Lillian Hellman. Por eso, en mi modesta opinión, LA CALUMNIA es tan sólo un film correcto pero algo fallido, mientras ESOS TRES se erige en una de las cumbres del cine clásico, revelándose como uno de los mejores trabajos de Wyler en su primera etapa.

© Antonio Quintana Carrandi,
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