EL SECTARISMO Y LA UNIVERSIDAD LABORAL DE GIJÓN
por Antonio Quintana Carrandi
Patio de la Universidad Laboral de Gijón
Patio de la Universidad Laboral de Gijón

Una de las palabras más pronunciadas en el Congreso de los diputados es Franco y todos los derivados posibles de ella. Cuarenta y cinco años después de su fallecimiento, el dictador sigue vivo exclusivamente por voluntad de la izquierda, que lo utiliza a él y a su régimen como el comodín de la baraja política, la carta a la que recurrir cuando no tiene nada interesante que decir o proponer, o cuando, simplemente, quiere marear la perdiz para distraer la atención de los españoles de temas más importantes. Las figuras de Franco y su legado son ideales para que determinados interfectos e interfectas —no se me vayan a cabrear las feminazas por no mencionarlas— escenifiquen, un día sí y otro también, astracanadas sin cuento en aras de eso que llaman las libertades. Hay una verdadera legión de servidores públicos que, como en realidad no sirven para otra cosa, dedican su tiempo, y lo que es más grave, nuestro dinero, a escudriñar la geografía ibérica en busca de cualquier cosa que tenga aunque sólo sea una mínima relación con el odiado franquismo. La colección de idioteces que se han perpetrado con la excusa del antifranquismo y la delirante y absurda Ley de Desmemoria Histérica daría para llenar varios tomos de una enciclopedia. Ahora le ha tocado el turno a una de las mejores obras sociales del anterior régimen: las Universidades Laborales.

Resulta que una concejal del PP propuso recientemente que, dado el valor artístico de la Universidad Laboral de Gijón y su significación en la vida académica no sólo asturiana sino también nacional, el Ayuntamiento de la ciudad debería promover que fuera declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad. La respuesta de la izquierda, con la alcalde —alcalde, sí, no alcaldesa— socialista a la cabeza fue decir que la Laboral no puede aspirar a ese honor por franquista, rechazando de plano la proposición. La mezcla de idiocia y sectarismo es proverbial, característica de la izquierda sectaria y semianalfabeta que padecemos últimamente, pues, si bien la Laboral fue construida a instancias del franquismo, su origen no puede ser más noble.

En realidad, la de Gijón, primera de las veintiuna Universidades Laborales que jalonan la geografía española, fue concebida en principio como un orfanato minero, pensado para atender y dar formación a los huérfanos de los mineros muertos en un gravísimo accidente ocurrido a mediados de los años 40 en la cuenca del Caudal. Carlos Pinilla Turiño, subsecretario del Ministerio de Trabajo, del que entonces era titular José Antonio Girón de Velasco, asistió al funeral de las víctimas. Impresionado ante la magnitud del desastre, y preocupado por el porvenir de los afectados, se reunió con un grupo de destacadas personalidades gijonesas para tratar del asunto. En esa reunión se sentarían las bases para crear una institución encargada de formar a niños huérfanos de padres víctimas de accidentes laborales en la minería. Era un proyecto muy ambicioso, pues se decidió que este centro debería tener la capacidad y las instalaciones necesarias para atender a un mínimo de mil alumnos. Las obras fueron dirigidas por Luis Moya, y en ellas participaron algunos de los mejores técnicos y artistas de la época. Mientras se desarrollaban las obras, Girón de Velasco, con el visto bueno de Franco, dio vía libre al proyecto de creación de una red de Universidades Laborales para la formación profesional de los jóvenes, con lo que el proyectado orfanato minero gijonés pasó a convertirse en la primera de estas instituciones docentes. La Laboral de Gijón estuvo dirigida durante muchos años por los jesuitas, encargándose de lo que podríamos llamar labores de intendencia las monjas de la Orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara, más conocidas como Clarisas. Ya en la época de la Transición, la dirección del centro pasó a manos del personal docente de las Universidades Laborales, que sustituyó a los jesuitas. Las Clarisas abandonaron la institución en 1996.

Desde su fundación, en 1955, y durante varias décadas, la Laboral de Gijón proporcionó una excelente formación a varios miles de jóvenes, siendo, en su día, el Instituto de Educación Secundaria más grande de España, con más de 3000 alumnos por curso.

El declive de la Universidad Laboral de Gijón llegó en los años 80, durante los cuales quedó prácticamente abandonada y empezó a deteriorarse, para eterna vergüenza de los responsables políticos de entonces. Coincidiendo con la época de apogeo del boom del ladrillo, que tan nefastamente influiría en la economía española con su legado de corruptelas sin fin, algún simpático con mando en plaza valoró la posibilidad de derribar la Laboral y dedicar sus terrenos a la construcción de viviendas. Por suerte, semejante aberración no se consumó. A partir de 2001 la Laboral sería rehabilitada, recuperándose algunas de sus funciones primitivas y sirviendo también como impresionante centro cultural, aunque es cierto que, en buena medida, está infrautilizada.

Si no recuerdo mal, la Laboral gijonesa está catalogada como BIC; es decir, como Bien de Interés Cultural. Pero sus monumentales características hacen de ella la candidata perfecta para ser declarada Patrimonio de la Humanidad, algo a lo que ciertos elementos se oponen frontalmente. ¿Por qué? Sencillamente, porque no pueden soportar que se reconozca mundialmente la valía de algo en cuya concepción la izquierda no tuvo arte ni parte, pero que benefició a los humildes mucho más que la demagogia marxista con la que llevan bombardeando a la clase trabajadora desde hace más de un siglo.

Lo más triste de todo es que la alcalde de Gijón, que ejerció la docencia allí, sea la abanderada del no al reconocimiento de la Laboral como Patrimonio de la Humanidad, una iniciativa no del PP, como sostiene mucho descerebrado, sino de la Asociación de Antiguos Alumnos del centro. Una cosa es la nostalgia de donde hemos estudiado o pasado la infancia, y otra promover ciertas cosas, ha dicho la regidora gijonesa con ese verbo tan culto que se gasta la progresía más cutre y reaccionaria. Esta señora podría haber tenido un poco de dignidad, inhibirse y guardar silencio, pues trabajó allí y no creo que estuviera mal pagada. Pero le ha faltado tiempo para sumarse al carro de los detractores de una institución modélica, que hizo mucho más por Asturias y por Gijón que todo lo que han hecho ella y los de su cuerda política. Cada uno se retrata a sí mismo. Y es que, ya se sabe: Quien recibe lo que no merece, raras veces lo agradece.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.071 palabras) Créditos