Primavera del 2020
GRANDES SOLUCIONES A GRANDES PROBLEMAS
por Álvaro Carrión de Lezama
Papeles higiénicos españoles de los años 1960
Papeles higiénicos españoles de los años 1960

A todos nos sorprendió como, a primeros de marzo, desapareció el papel higiénico de los lineales de los supermercados. Algo con tintes entre lo milagroso, lo escatológico, lo paranoico y no se cuantas cosas más.

Provocaba más risa que otra cosa, pero por si acaso yo también salí corriendo al Mercadona para hacerme con mi paquete grande de rollos de doble cara y doble longitud.

A día de hoy, tras casi quince días encerrado, excepto breves salidas a por pan y ¡cervezas! compruebo fascinado que aún queda un buen remanente en el portarrollos, no se ni cuando lo cambié. Lo consulto y veo que son rollos de cuarenta metros, ¿Quince días, puede que un mes, y no he acabado con él?

Esto es, que con el paquete de doce, más los cuatro que ya almacenaba, tengo para limpiarme el culo durante ¡año y medio! y eso si cagara todos los días en casa, que no es el caso, entre viajes y estreñimientos ocasionales.

Sospecho que la cuestión no es si tenemos el suficiente papel higiénico, sino si se usa bien. No conozco las particularidades higiénicas de cada cual, ni sus circunstancias familiares: no es lo mismo un culo que cinco, ni una dieta vegetariana que otra carnívora, las tripas son un mundo, y mientras unas funcionan con puntualidad británica, otras son un misterioso caos horario.

Cada limpieza es diferente, pero deduzco que, por lo general, se usa y abusa del papel y, cual perrillo labrador, se tira del rollo como si no hubiera un mañana.

Pues bien, ese mañana ya ha llegado, y hay que economizar.

Les voy a explicar como lo hago yo. Concebí el método durante una temporada en la que viví en una residencia. Ésta disponía de habitaciones provistas de aseo individual equipado con inodoro, lavabo y bidé. Si, ese curioso invento francés para darse baños de asiento que la modernidad ha desterrado de muchos cuartos de baño, pero que aún sobrevive en otros tantos, aunque infrautilizado y hasta ignorado. Si no lo posee no se desanime, luego le explico como compensar la ausencia.

Si, en la enumeración falta la ducha. Éstas eran comunales, y estaban en la planta baja, de hecho eran las del vestuario del gimnasio, así que el bidé llamaba tanto a su uso original como al lavado de pies, que junto a enérgicos frotamientos de las axilas me permitía, sobre todo en invierno, espaciar las duchas algunos días. Ya se sabe, la adolescencia y su pelea con la higiene.

Como comprendo que no todo el mundo va a tener la posibilidad de seguir estas consejas, también propondré una alternativa no tan gratificante, pero casi igual de eficiente, que tuve que inventar en la misma residencia cuando algún tiempo más tarde me trasladaron de habitación y me vi privado del preciado bidé.

Empecemos. Por lo pronto, tenga a mano jabón o gel jabonoso, y toalla ad oc, que conviene dedicar en exclusiva a esto. Las pequeñas de los juegos de toallas están destinadas a esto. Una por persona. Lávela con frecuencia. Antes de sentarse en el inodoro conviene que se quite pantalones y ropa interior, le estorbarán.

Una vez haya obrado, corte un trozo de unos 75 centímetros, con eso basta para quitar lo gordo: una primera pasada con el papel doblado en cuatro y una segunda con lo anterior doblado en dos suele bastar. Sea preciso en la manipulación y doblado del papel, no presione mucho, puede romperse y nuestros dedos acaben haciendo la función sin barrera intermedia.

Cuando termine esta limpieza preliminar acérquese al bidé, no muerde. Verá que tiene un grifo un tanto peculiar, un desagüe y es muy posible que algún artefacto lo ocupe: útiles de limpieza, alguna zapatilla, ropa sucia... Desocúpelo. Tome la pastilla de jabón o gel jabonoso y embadúrnese la mano como si fuera a lavárselas, pero con algo más de generosidad, sin exagerar. Abra el grifo, siéntese sobre el bidé y enjabónese a fondo el perineo y, ante todo, el cerete. Sin miedo, frote a modo, que salga espuma. Repase.

Puede que sea la primera vez que tiene un contacto tan íntimo con el extremo inferior de su tracto intestinal y le de algún repeluzno, no se preocupe, ni se recree. Acabe aclarando, dos, tres veces. Aproveche para frotar las ingles. No está de más.

Los usuarios más que avanzados, diría que audaces, que quieran una limpieza a fondo pueden probar a meterse el dedo índice, bien enjabonado, por el culo y usarlo a modo de baqueta. No es necesario llegar hasta la primera falange, con la tercera es suficiente. Más allá es masturbación. Usted mismo.

No es broma, pruebe y verá como queda la punta del dedo.

Si, aún queda todo eso en el recto.

Limpie, enjabone y repita. Aclare las superficies e instrumental hasta que no queden rastros. Termine secando a fondo todo el conjunto, las partes privadas sufren si quedan húmedas.

El modo de sentarse sobre el artefacto provoca cierta controversia: si de cara a la pared o dándole la espalda. Hasta don de sé, lo normal es de cara a la pared, pero puede ser que el hueco sea reducido y no sea posible. No hay problema, puede dar la espalda a la pared, aunque en ese caso el acceso al chorro es más incómodo, así que recomiendo llenar el fondo del bidé, un dedo en vertical basta, y operar con ese remanente. Si ve que el agua queda en exceso amarronada, desagüe y enjuáguese con agua limpia.

Tras esto comprobará que el frescor y sensación de limpieza hace su vida más agradable. Esto no le exime de la ducha, por supuesto, pero previene las almorranas y evita los desagradables palominos o zurraspas.

En caso de no disponer de bidé puede optar por hacerse con una esponja dedicada en exclusiva a estos menesteres.

En tal caso, una vez retirado lo gordo con el papel, prepare la toalla. Si tiene, sitúese sobre la alfombrilla de baño para no dejar el suelo lleno de gotas de agua. Coja la esponja, enjabónela y frote cerete y perieneo a conciencia. Vuelva a enjabonar la esponja para eliminar esas marcas. Aclárela y retire los restos de espuma y jabón de sus partes privadas. Séquese bien. Limpie y guarde la esponja en lugar adecuado para que nadie la encuentre y se le ocurra usarla para otra cosa y a la vez se pueda secar en poco tiempo.

Con estas alternativas higiénicas verá como se racionaliza el uso de papel, perfecciona su aseo, su ropa interior estará más limpia y su salud se verá muy mejorada.


Notas

Según mis noticias bidés europeos y argentinos (grandes conocedores de estas artes) difieren en la ubicación del chorrillo, los europeos son similares a los lavabos, con una rótula orientable, mientras que los argentinos tienen el chorrillo en el fondo en forma de surtidor.

Sospecho que no es así en el caso argentino, pero no tengo experiencia al respecto.

© Álvaro Carrión de Lezama, (1.155 palabras) Créditos