Monstruos del siglo XX, 12
FIDEL CASTRO: EL DICTADOR MÁS LONGEVO DE AMÉRICA, CONCLUSIÓN
por Antonio Quintana Carrandi
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La resolución de la crisis de los misiles tuvo un efecto positivo en las relaciones entre bloques. La política de contención del comunismo, ciertamente agresiva, fue sustituida por la de distensión, que buscaba resolver las crisis que se planteasen en el futuro por medios diplomáticos, en un intento por evitar una escalada bélica como la que se había producido durante aquellos terribles trece días de octubre de 1962. Los dos protagonistas principales de aquellos acontecimientos, Kennedy y Kruschev, siguieron caminos muy diferentes. El presidente americano moriría asesinado en Dallas (Texas) poco más de un año después. Kruschev, por su parte, no tardaría en ser defenestrado por la Vieja Guardia comunista. Había contribuido a evitar una guerra nuclear, pero sus colegas del Politburó no perdonaban fracasos, y Nikita había fracasado estrepitosamente con su arriesgada apuesta cubana. En adelante, y hasta el día de su muerte, Kruschev viviría en un segundo plano político y sin ocupar ningún cargo realmente relevante.

En cuanto a Castro, su posición se había visto fortalecida por la intervención soviética, aunque nunca olvido la amargura que le produjo el haber tenido que ceder ante USA, obligado por los rusos. Además, por si le quedaba alguna duda de ello, quedó claro entonces que para los soviéticos no era más que el lacayo caribeño de la URSS, pues no se molestaron en incluirle en las negociaciones con los estadounidenses. Es decir, que todo se hizo de espaldas a él, sin consultarle absolutamente nada. A pesar de ello, y consciente de que se mantenía en el poder sólo por capricho de los amos rusos, contemporizó con la situación y siempre mantendría un apoyo decidido a la Unión Soviética. Castro descargó su frustración sobre los opositores al régimen, aprovechando además para eliminar los pocos vestigios de propiedad privada que aún quedaban en Cuba. Para 1968, el Estado marxista-leninista era propietario de todo lo que había en la isla, a excepción hecha, claro está, de Guantánamo.

Decidido a vengarse de USA como fuera, el sátrapa barbudo dio inicio a una campaña de desestabilización de las naciones de Hispanoamérica, aprovechando los problemas políticos, financieros y sociales por los que éstas atravesaban. Al mismo tiempo, también aprovechó el proceso de descolonización de África, auspiciado por la ONU, para introducir, en connivencia con la URSS, el bacilo del comunismo en el continente negro, contribuyendo a provocar guerras terribles y matanzas espantosas. Es justo reconocer que en los años 1960 África se convirtió en una especie de tablero de ajedrez, en el que dirimían sus diferencias políticas y comerciales Rusia y Estados Unidos, y que tanto una como el otro fueron responsables del baño de sangre que sufrió dicho continente. Pero los agentes castristas destacaron por su absoluta falta de escrúpulos, provocando situaciones caóticas que obligaron a los soviéticos a llamar al orden a su aliado/lacayo caribeño en muchas ocasiones.

La mayor parte del mundo libre veía en Cuba una nación peligrosa, regida por un dictador feroz, que no hacía más que provocar problemas en todo el mundo, azuzando movimientos revolucionarios y terroristas. Casi todos los países occidentales secundaron, de un modo u otro, el bloqueo al que Estados Unidos sometió a Cuba hasta prácticamente la actualidad. Una excepción fue, curiosamente, España, que mantuvo abiertos sus lazos comerciales con el país caribeño. Esto echa por tierra la afirmación izquierdista de que Franco era poco menos que un criado de los yankys, que hacía lo que éstos ordenaban y punto. El gobierno estadounidense protestó formalmente ante el español en numerosas ocasiones por ese motivo, pero sus protestas cayeron en oídos sordos. El general español consideraba que, a pesar del carácter comunista del régimen castrista, los intercambios comerciales entre las dos naciones eran demasiado importantes para renunciar a ellos por consideraciones ideológicas. Poco tiempo después, los americanos recibirían una prueba más de la independencia con que actuaba Franco. En 1965 el presidente Johnson envió sendas misivas a sus aliados occidentales, solicitándoles que contribuyesen a su esfuerzo bélico en Vietnam, para salvar a ese país de caer presa del comunismo. Todos respondieron con un escueto no, débilmente excusado, salvo Franco, que le mandó a Johnson una larga carta, en la que no sólo explicaba los motivos de su negativa a participar en esa guerra, sino que analizaba fríamente la situación política y estratégica del sudeste asiático, advertía a Johnson que sería un conflicto largo y sangriento que EE UU posiblemente perdería, calificaba a Ho Chi Min de patriota vietnamita y concluía diciendo que la mejor solución, la menos dañina para Occidente, sería atraer a ese líder a la esfera soviética, alejándolo de la nefasta influencia china. Johnson dio la callada por respuesta, implicándose en una guerra asimétrica que, a la larga, resultaría desastrosa para USA. Todas las predicciones del general español se cumplieron. Sólo Australia, que percibía el peligro rojo como muy cercano, apoyó militarmente a Estados Unidos. España, por su parte, envió lo que hoy llamaríamos ayuda humanitaria, concretada en un equipo de médicos militares que llevaron a cabo una meritoria labor, siendo incluso alabados por los hombres de Ho Chi Min, pues atendían indistintamente a todos los heridos, del bando que fueran.

En lo que a las relaciones entre Cuba y España se refiere, se mantendrían con no pocos altibajos y crisis puntuales, casi siempre provocadas por los comunistas cubanos, pero en líneas generales no fueron malas del todo. En esto influyó bastante la afinidad cultural entre las poblaciones de ambos países.

Por su parte, la URSS trataba a Cuba como una colonia. En realidad, era normal que así fuera, porque la isla caribeña, aparte de su significación como símbolo del comunismo establecido a pocos kilómetros de la costa estadounidense, siempre fue una carga para Rusia. Los dos productos principales de la isla, tabaco y caña de azúcar, no eran demasiado interesantes para la economía soviética. La isla apenas producía materias primas estratégicas, de modo que los rusos invertían en Cuba muchísimo más de lo que obtenían. En términos económicos, mantener a Castro y su régimen era ruinoso para la URSS. Pero el comunismo se caracteriza por priorizar los aspectos ideológicos por encima de otros más vitales, de ahí que, a pesar de todo, la Unión Soviética sostuviera al tiranuelo caribeño. Incluso hoy Rusia sigue siendo el principal sostén del castrismo. No olvidemos que Vladimir Putin, antiguo alto cargo del KGB, sigue siendo comunista, aunque ahora las élites rojas de la antigua URSS hayan adoptado los más variados disfraces políticos, a fin de ofrecer al mundo una apariencia más respetable.

Durante los años 60 se consolidó la infiltración comunista en las universidades occidentales. Los estudiantes, principalmente europeos, adoctrinados por los partidos comunistas locales, convirtieron a Castro y su régimen en un símbolo de la lucha contra el capitalismo. La propaganda emanada de esos círculos universitarios, altamente ideologizados, presentaba la cubana como una sociedad igualitaria, en la que todos los ciudadanos vivían contentos y felices. Aunque en algunas ocasiones se admitiera que la población de la isla podía estar pasando estrecheces, éstas se atribuían, exclusiva y arbitrariamente, al criminal bloqueo yanky, y no a los fallos del sistema marxista-leninista, percibido poco menos que como perfecto. Sin embargo, en 1980 se produjo una crisis que reveló al mundo el escaso apoyo popular de que gozaba el castrismo.

La cosa comenzó cuando un grupo de civiles cubanos, deseosos de pedir asilo político en la embajada de Perú, asaltó la legación diplomática de ese país a bordo de un autobús. Castro reaccionó enseguida, exigiendo a la embajada peruana que entregara a los asaltantes a las autoridades cubanas. El embajador peruano respondió concediéndoles asilo político a aquellas personas. Entonces Fidel dio muestras de su maquiavelismo. Informó al pueblo cubano por televisión que, todo el que lo deseara, podría asilarse en la embajada peruana sin que se tomaran represalias contra sus familiares. Engañado por su propia soberbia, Castro creía que los que habían buscado refugio en la embajada de Perú no eran más que unos pocos disidentes desnortados, y que el grueso de la población sería fiel al marxismo-leninismo y a su persona. Su intención era demostrar al mundo que la mayoría de los cubanos estaba satisfecha con su régimen y no deseaba emigrar. Pero el tiro le salió por la culata. La población cubana reaccionó lanzándose en masa hacia la embajada de Perú, que en poco tiempo llegó a acoger a más de diez mil refugiados, que tuvieron que hacinarse en los jardines, pues el edificio estaba abarrotado. El sátrapa barbudo fue presa de la cólera. Su primera intención fue ordenar a la policía y el ejército que dispararan a matar sobre todo aquel que intentara entrar en la legación diplomática peruana. Afortunadamente, algunos individuos de su gobierno consiguieron disuadirle. Le hicieron ver que, después de haber autorizado a los cubanos a solicitar asilo político peruano, si así lo deseaban, la imagen internacional del régimen quedaría destruida para siempre si las tropas abrían fuego contra aquella gente. A regañadientes, Castro acabó por autorizar la apertura del cercano puerto de Mariel, situado a unos 40 kilómetros de la Habana, para que emigrasen de la isla aquellos que no estuviesen contentos con su régimen. Permitió, además, que los exiliados cubanos en Florida acudiesen a Mariel en busca de sus familiares, e incluso que se llevasen a todo el que quisiera irse.

El éxodo de Mariel desbordó por completo las expectativas del gobierno dictatorial cubano. En 1965 se había producido un hecho similar en Camarioca, pero por aquel entonces sólo unas cinco mil personas se habían atrevido a abandonar la isla rumbo a los cercanos Estados Unidos. En 1980 fueron más de ciento veinticinco mil los cubanos que huyeron de lo que muchos siguen considerando, sobre todo en esta desnortada España, el paraíso marxista cubano.

Sin embargo, Castro pudo vengarse relativamente por la afrenta sufrida. Ordenó que miles de delincuentes comunes, principalmente asesinos y violadores, fueran puestos en libertad, y obligó a las embarcaciones estadounidenses a admitirlos a bordo, con lo cual se libró de un buen puñado de indeseables. De todas formas, tan sólo un pequeño porcentaje de los llamados marielitos estaba formado por esos criminales. No obstante, su arribada a Florida repercutiría en el acusado repunte de la delincuencia que sufriría Miami a partir de la década de los 1980.

En EE. UU. la llegada de los marielitos tuvo consecuencias inesperadas, en parte debidas a la estratagema de Castro, que, a fin de enfrentar a los estadounidenses con los refugiados, no se cansó de repetir ante la prensa que los exiliados eran en su mayoría criminales, el deshecho de la sociedad marxista cubana, que estaba muy satisfecha de haberse librado de ellos. Aunque al principio los americanos recibieron bien a los exiliados, la suspicaz sociedad estadounidense acabó creyéndose la falacia de Castro. El resultado fue que la opinión pública americana se volvió contra el presidente Jimmy Carter, que había apoyado con entusiasmo a los refugiados. Este sería uno de los factores, pero no el único ni el más importante, que hicieron perder las siguientes elecciones al cacahuetero de Alabama en favor del más enérgico, realista y consecuente Ronald Reagan.

El puerto de Mariel permaneció abierto desde el 15 de abril hasta el 31 de octubre de 1980, cuando el ejército cubano lo cerró, obligando a más de un centenar de buques estadounidenses a abandonarlo sin llevar a bordo ni un solo refugiado. La administración estadounidense protestó, pero Castro, alertado por el servicio de inteligencia, decidió cerrar Mariel antes de que el grueso de la población cubana se envalentonara y decidiera emigrar masivamente de la isla.

Nueve años después llegaría otra crisis para el régimen del barbudo, ésta producida en la venerada URSS. En 1985 había llegado al poder Mijaíl Gorbachov, el hombre más joven que asumía la presidencia de la Unión Soviética. En la actualidad, la figura de Gorbachov está totalmente desvirtuada, pues se pretende vender su imagen como la de alguien que aspiraba a democratizar la URSS. Incluso Oliver Stone, excelente cineasta pero peligroso demagogo izquierdista, se ha atrevido a afirmar en un documental que Gorbachov era un auténtico demócrata, al tiempo que lanzaba todo tipo de exabruptos progres contra Reagan. La reciente publicación de las memorias autorizadas de Gorbachov, tituladas PERESTROIKA, desmienten lo sostenido por Stone y los de su cuerda. El verdadero demócrata, el que llegó al poder a través de unas elecciones libres, fue Reagan. Ni siquiera el propio Gorbachov se refiere a sí mismo como demócrata, pues en esas memorias admite que su intención nunca fue democratizar la URSS, legalizando otras formaciones políticas aparte del partido comunista y promoviendo elecciones democráticas. Gorby afirma que su pretensión era apuntalar el sistema socialista soviético, mejorando la calidad de vida de los ciudadanos, muy inferior a la de los occidentales, al tiempo que preservar las esencias revolucionarias. Es más, Gorbachov se declara seguidor a ultranza de las enseñanzas de Lenin, y no debemos olvidar que éste consideraba la democracia como un sistema condenado a desaparecer bajo la égida de lo que él llamaba la dictadura del proletariado; es decir, la del partido bolchevique o comunista.

No hay duda de que Gorbachov era, como poco, un ingenuo. Pensaba que, a pesar de todo, el comunismo contaba con un gran apoyo social tanto en la URSS como en sus naciones-satélite. Muy pronto quedaría claro lo equivocado que estaba, pues, en cuanto las autoridades abrieron algo la mano, las sociedades de los países de Europa oriental comenzaron a rebelarse de forma pacífica contra sus dirigentes, títeres impuestos desde Moscú y mantenidos hasta entonces por el ejército soviético. Es muy posible que Gorbachov, alarmado ante el cariz que estaban tomando las cosas, valorara la posibilidad de recurrir a medidas de fuerza para mantener al comunismo en el poder. Sin duda fue lo que le aconsejaron sus asesores. Pero el proceso ya estaba en marcha, el mundo se hallaba pendiente de lo que ocurría en el Este europeo, y Gorbachov era considerado universalmente como el primer líder soviético reformista de la historia. Comprendiendo que ya no podía dar marcha atrás, Mijaíl no tuvo otro remedio que seguir adelante. Mantuvo hasta el final la esperanza de preservar la Unión Soviética y los valores marxistas en que se fundamentaba. Pero aquel imperio decrépito y decadente, mantenido única y exclusivamente por la fuerza de las armas, como quedó demostrado en Berlín Este en 1953, Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968, acabó por desmoronarse como un castillo de naipes.

Pero antes aún de que la URSS desapareciera, Gorbachov ya había tomado medidas respecto a Cuba. A Gorby le preocupaban sobre todo los países satélites de la URSS. Cuba era insignificante, tan sólo un símbolo marxista en las mismas puertas de Estados Unidos, cuyo mantenimiento era muy oneroso para las arcas públicas soviéticas. En consecuencia, redujo sustancialmente las ayudas al régimen castrista, aunque no las eliminó. Las cosas se pusieron muy mal para Castro. Todavía empeorarían más tras el derrumbe del Muro de la Vergüenza, y la posterior caída, como fichas de dominó, de los gobiernos rojos impuestos por los rusos tras la Segunda Guerra Mundial, a sangre y fuego, en las naciones vecinas.

Mientras el comunismo era barrido por una ola democratizadora en Europa del este, en Cuba se mantuvo incólume, lo que ha llevado a muchos indocumentados, buena parte de ellos españoles, a atribuirle al régimen cubano algo así como una especial singularidad, una característica distintiva que, presumiblemente, lo hacía superior a otros regímenes izquierdistas. Esto es sencillamente una estupidez. El castrismo se mantuvo principalmente por dos razones. Primera: la férrea voluntad de Fidel Castro de mantenerse en el poder al precio que fuera, sin importar los métodos a que tuviera que recurrir para lograrlo. Segunda, el carácter insular de Cuba, que facilita extraordinariamente el control sobre el territorio nacional. Las fronteras terrestres son muy permeables, como quedó demostrado durante todo el proceso de disolución de la URSS y su imperio. Cuba, al ser una isla, resultaba mucho más fácil de controlar.

La reducción de la ayuda rusa aumentó las penurias que padecían los cubanos. El régimen, temiendo que la miseria llegara a unos extremos que acabaran provocando un alzamiento de la población, inició una tímida apertura al exterior, facilitando el que algunas empresas privadas se establecieran en la isla para aprovechar su potencial turístico. A Castro y a sus colaboradores más cercanos no les hizo ninguna gracia esto, por lo que significaba de renuncia a ciertos dogmas marxistas clásicos, pero la alternativa era hambrear al país, así que no tuvieron más remedio que ceder. De todas formas, si bien se aceptó el turismo capitalista como mal menor, el régimen castrista se endureció más aún, en un intento por paliar la negativa influencia que, sobre la moral socialista cubana, pudieran tener los turistas burgueses.

Pero Cuba nunca ha sido un destino turístico de primer orden. Posee grandes bellezas naturales, pero sus habitantes viven casi en la indigencia. Fuera de los hoteles destinados a los visitantes extranjeros, el desabastecimiento es total. Ni siquiera pueden encontrarse con facilidad los alimentos más básicos, lo que explica que los cubanos hayan convivido con las cartillas de racionamiento, que ya son una institución nacional, desde 1959. La mayoría de los que desean conocer el Caribe optan por Puerto Rico, Santo Domingo, las Islas Vírgenes, las Bermudas o las Bahamas. En Cuba sólo recalan algunos despistados, o los izquierdistas europeos que quieren conocer el paraíso castrista del que tanto presumen. Para la eterna vergüenza de la sociedad cubana, lo que prima allí es el turismo sexual, representado por las denominadas jineteras, una verdadera legión de mujeres de todas las edades, que se ven obligadas a prostituirse por necesidad.

Durante las últimas décadas, el régimen cubano se ha mantenido gracias, de una parte, a la represión política, nunca suavizada en sesenta años; y de otra, a los apoyos de la Rusia de Putin, el Irán de los ayatolás —que se complace en cortejar a un enemigo declarado del Gran Satán—, China, Corea del Norte, el Narco-Soviet venezolano, la Argentina de la corrupta Cristina Fernández de Kirchner y, hasta hace poco, de la Bolivia del sinvergüenza de Evo Morales, el indio famoso por sus jerseys chillones, que ni Miliki se hubiera atrevido a ponerse en público.

Castro mantuvo el poder en sus manos casi hasta el último momento. Sólo cuando empezó a sentirse realmente mal, y a barruntar la sombra de La Parca, allá por 2008, cedió el testigo a su hermano Raúl, hasta entonces el eterno segundón del régimen.

Con la edad, el sátrapa cubano, que torturaba a sus súbditos con discursos de siete horas, fue desarrollando una especie de diarrea oral, fruto, quizás, de un principio de demencia senil que su fallecimiento evitó que se desarrollase por completo. En 2010 llegó a decir en una entrevista que el modelo cubano ya no funciona ni siquiera para nosotros, y que el estado tiene un papel demasiado grande en la vida económica del país. Obviamente, no tardo en retractarse de dichas declaraciones, alegando, como suelen hacer los políticos cuando hablan más de la cuenta, que sus palabras habían sido sacadas fuera de contexto.

El 25 de noviembre de 2016, Raúl Castro anunció a la nación que Fidel había muerto. ¿Cuáles fueron las causas de su fallecimiento? Nunca se revelaron, lo que ha alimentado toda clase de sospechas y teorías. Se decretaron nueve días de luto nacional y eso fue todo.

Tras la muerte de Castro, las esperanzas de democratización que albergaban algunos no se cumplieron. En el régimen cubano jamás ha existido un sector aperturista, como sí ocurrió en España a partir de los años 60. En nuestro país, y a pesar de lo que intenta hacernos creer la izquierda, que pretende arrogarse todo el mérito de aquella magistral maniobra política cuando en su momento se opuso a ella, la Transición de un sistema autoritario a uno democrático se hizo de la ley a la ley, con orden, desde el franquismo y no contra el mismo, como pretendían los marxistas. Sus artífices fueron los más moderados del régimen, y hasta las Cortes franquistas se disolvieron por voluntad propia y sentido de estado, en beneficio del país. Hubo algunos sectores radicalizados y muy minoritarios de la extremísima derecha que se opusieron, pero carecían de relevancia y de poder real.

En Cuba no sucedió nada parecido. Al contrario, resultó que Raúl Castro, siendo como es un comunista sin fisuras, tuvo que bregar con los integrantes de la denominada Asamblea Nacional del Poder Popular, especie de Politburó cubano, algunos de cuyos miembros abogaban por endurecer aún más el régimen, llegando a extremos casi estalinistas. Resulta obvio que muchos de ellos temían acabar como acabaron el rumano Ceaucescu y su parienta, grandes admiradores del castrismo.

La figura de Fidel Castro ha sido definida como singular por los apologetas de su infame régimen. En realidad, Castro no tenía ninguna singularidad, aparte de su habilidad para engatusar a los ingenuos y a los iletrados, y que algunos confunden con carisma. Fue un dictador comunista típico, cuyo único mérito, si puede llamársele así, fue mantenerse en el poder tras la caída del bloque soviético, que lo había sostenido durante décadas. Su falta de escrúpulos morales y su brutalidad fueron proverbiales. Era un fanático marxista y criminal, pero también hizo gala de una siniestra inteligencia, que le permitió hacer frente a todas las dificultades y mantenerse al mando a costa del sufrido pueblo cubano. El marxismo, en sus diversas variantes y disfraces, es el mayor fracaso político de la historia, saldado con más de un centenar de millones de muertos en apenas un siglo. Pero Castro, como otros destacados líderes izquierdistas, era un maestro de la propaganda. Mientras el hambre y la necesidad se enseñoreaban de Cuba, Fidel consiguió convertirse en un símbolo de rebeldía para la descerebrada juventud de los años 60, que, cegada por las elaboradas falacias construidas principalmente por la izquierda europea y sus medios de comunicación afines, también mitifico hasta el vómito a Ernesto Che Guevara, el sádico homicida al que el propio Castro llegó a temer, despreciar e incluso, según algunas fuentes, a traicionar.

En la mística del castrismo, tan cara a la deleznable progresía europea, tienen gran importancia los atentados que sufrió a lo largo de los años. Evidentemente, fueron muchos los intentos de la CIA y de algunos particulares para asesinarle, pero no tantos ni tan extravagantes como se cuenta. La mayor parte de esos supuestos atentados fueron inventados por la propaganda cubana, para enfatizar el hecho de que Fidel representaba una amenaza para los intereses capitalistas e imperialistas de USA. Recordemos que el propio Castro se jactaba, medio en broma medio en serio, de ser campeón olímpico de intentos de asesinato. Tampoco parecen muy creíbles las intentonas de dañar su imagen pública que se atribuyen a los Servicios Secretos estadounidenses, aunque es posible que algunas sean reales. En cuanto al asunto de Marita Lorenz, supuesta ex amante de Castro reclutada por la CIA para asesinarlo, alcanzó cierta notoriedad internacional, pero buena parte de la misma respondía a una operación de propaganda marxista. A día de hoy no se sabe exactamente lo que ocurrió ni cómo ocurrió. Sólo se conoce la versión oficial cubana, absolutamente increíble de puro simplista, ya que afirma que Castro le dio su pistola a Marita y que ella, supuestamente impresionada por la valentía y la virilidad de Fidel, no fue capaz de matarle.

Sobre su vida privada no existe mucha información fiable. Se sabe que se casó al menos en dos ocasiones, con Mirta DíazBalart en 1948, de la que se divorciaría en 1955, y con Dalia Soto del Valle, con la que mantenía relaciones esporádicas desde 1961, en 1980. Seguramente tuvo muchas amantes, aunque se desconoce su número. Tuvo al menos nueve hijos: uno de su primer matrimonio, cinco de su segunda esposa, otro de la que fue una de sus amantes, Natalia Revuelta, y otros dos más de otras tantas mujeres.

Su hermana Juanita le apoyó en todo momento y colaboró con él y con Raúl..., hasta que Fidel se quitó la careta y reconoció públicamente que siempre había sido marxista-leninista. Esta confesión fue un golpe brutal para todos aquellos que, como Juanita, habían apoyado la revolución, creyendo de buena fe en la moderación de Fidel y en sus promesas de instaurar en Cuba un gobierno verdaderamente democrático. Juanita, que había comenzado a detestar a sus hermanos según iba descubriendo los crímenes que cometían en nombre de la revolución, disimuló cuanto pudo mientras preparaba su huida de Cuba. Ésta tuvo lugar en junio de 1964, cuando la mujer tomó un vuelo con destino a México DF. El 29 de junio de ese mismo año, Juanita denunció ante el mundo el régimen corrupto y criminal impuesto en Cuba por sus hermanos. Jamás volvió a relacionarse con ellos ni a pisar tierra cubana. Sus servicios, como ella misma narró en su autobiografía, publicada en 2009 bajo el título FIDEL Y RAÚL, MIS HERMANOS, LA HISTORIA SECRETA, fueron requeridos por la CIA. Ella colaboró con los Servicios de Inteligencia estadounidense de buen grado y sin percibir retribución económica alguna. Tan sólo puso como condición no participar en atentados contra Fidel, Raúl o cualquier otra figura política cubana. Estaba dispuesta a ayudar en lo posible a derrocar aquel régimen de terror, pero no a mancharse las manos de sangre. En Cuba se la tachó de traidora y se ganó las invectivas de la izquierda internacional, con la europea a la cabeza.

Tras el fallecimiento del sátrapa barbudo, la izquierda, tanto la que se disfraza bajo la perenne careta de moderada como la más radical y ultramontana, se dedicó a cantar loas al Comandante cubano, para ellos poco menos que un mesías. Pero lo cierto es que Fidel Castro fue un dictador sin conciencia y por tanto sin escrúpulos, vengativo y cruel, que sumió a Cuba, en los años 50 la nación más próspera de Hispanoamérica, en la miseria más absoluta, mientras él y su hermano amasaban una fortuna que, según la prestigiosa revista Forbes, iguala a la de la Reina Isabel II de Inglaterra. El régimen criminal que creó sigue vivo, y ni siquiera los patéticos intentos del presidente estadounidense Barak Obama, que quiso hacer una especie de borrón y cuenta nueva del pasado para encauzar a Cuba por la senda de la democracia, han dado resultado. La Perla de las Antillas, la antigua Joya de la Corona española, está regida por una camarilla estalinista dispuesta a mantener como sea sus privilegios. Se ha negado en redondo a introducir reformas democráticas en Cuba, lo que ha obligado a la actual administración estadounidense a derogar lo acordado por la anterior. El panorama se presenta pues, muy negro para los cubanos, dos generaciones de los cuales no han conocido otra cosa que la miseria marxista. Pero como la esperanza es lo último que se pierde, hemos de confiar en que, algún día, esa lacra política y social que es el comunismo sea extirpada, cauterizada, borrada de la faz de esa bellísima isla caribeña, para que sus habitantes puedan, por fin, emprender el camino de la democracia que, como decía Winston Churchill: No es el mejor sistema de gobierno, pero sí el menos malo de los que conoce el hombre. Que así sea.

© Antonio Quintana Carrandi, (4.543 palabras) Créditos