Monstruos del siglo XX, 11
FIDEL CASTRO: EL DICTADOR MÁS LONGEVO DE AMÉRICA. Quinta parte
por Antonio Quintana Carrandi
Preparado para uno de sus interminables discursos

La nota de Kruschev ofrecía un atisbo de esperanza. Kennedy se dispuso a enviarle una respuesta, que había redactado guiado por sus asesores. Pero de pronto, Radio Moscú transmitió por las ondas el texto de un comunicado supuestamente escrito por el premier ruso. Estaba redactado en el frío y duro lenguaje diplomático soviético y fue como un jarro de agua helada para Kennedy y sus asesores. Según este comunicado, Rusia se avenía a desmantelar las bases de misiles en Cuba, pero sólo si los estadounidenses se comprometían a hacer lo mismo con las que tenían en Turquía. La URSS se comprometería a no atacar Turquía, si Estados Unidos asumía el mismo compromiso respecto a Cuba. Esta propuesta de los rusos era bastante razonable, pero Kennedy no quería dar la impresión, ante los aliados de USA, de que cedía a las presiones rusas, de modo que en principio rechazó tal acuerdo.

La crisis repuntó cuando se supo que el mayor Anderson­, piloto de un avión espía U-2, que trece días antes había proporcionado a la administración Kennedy las primeras pruebas de la sucia jugada cubana de los rusos, había sido derribado. La situación se puso al rojo blanco. Hasta ese momento, los aviones estadounidenses habían sobrevolado el espacio aéreo cubano sin ser molestados, pero, a partir del derribo del U-2 de Anderson­, quedó claro que las defensas antiaéreas soviéticas estaban listas para operar. Es decir, que a partir de ese momento los U-2 tendrían que volar escoltados. El único medio de protegerles era interceptar y derribar los proyectiles SAM rusos, y eso provocaría sin duda una escalada militar de consecuencias imprevisibles. Lo cierto era que todo estaba dispuesto para la guerra. El bombardeo de Cuba era cuestión de horas, y en la administración estadounidense muchos consideraban inevitable el conflicto nuclear. Pero el presidente no dio la orden de atacar, consciente de lo que eso significaría. Creía que todavía tenían margen para llegar a una solución negociada.

La base para este último y desesperado intento de negociación eran las contradictorias cartas de Moscú. Los textos de las dos misivas fueron estudiados con lupa. Se suponía que ambos comunicados procedían de Kruschev, pero eran muy distintos tanto en la forma como en el fondo. En el primero, el líder comunista parecía dar a entender que era posible una negociación. El segundo casi podía definirse como un ultimátum. Robert Kennedy llegó a la conclusión de que el primer comunicado había sido dictado por el propio Kruschev, mientras que el segundo era obra de los halcones del Politburó, la línea dura del PCUS. Por tanto, en una idea que sólo puede definirse como genial, el Secretario de Justicia y Fiscal General de Estados Unidos recomendó responder a la primera misiva e ignorar por completo la segunda, como si nunca la hubiesen recibido. El propio Robert redactó un borrador de la respuesta, al que pusieron bastantes objeciones Rusk, Ball, Bundy y Thompson. Con el asesoramiento de Sorensen, Bobby procedió a una nueva redacción del texto, que esta vez fue aprobada por la mayoría. El presidente le dio el visto bueno y se envió a Moscú. En líneas generales, se garantizaba a Kruschev que, si se comprometía firmemente a retirar las armas nucleares, así como a no enviar otras en el futuro a la isla caribeña, Estados Unidos levantaría la cuarentena todavía vigente y garantizaría que sus fuerzas no invadirían Cuba. Kennedy terminaba afirmando que otras naciones occidentales suscribirían gustosas ese acuerdo. Era el último cartucho de la administración estadounidense. Si aquello no funcionaba, el mundo se vería abocado a una guerra monstruosa. Ha llegado la hora de la verdad, les dijo Kennedy a sus consejeros al despedirse de ellos aquella noche.

A las nueve de la mañana del día siguiente, el comité de crisis volvió a reunirse en la Casa Blanca. El mundo entero esperaba, tenso y angustiado, la reacción soviética. Radio Moscú había anunciado, poco antes, que en breve se transmitiría una noticia de la máxima importancia, y durante algún tiempo las cancillerías de todas las naciones del orbe estuvieron pendientes de la radio gubernamental rusa. Por fin, se inició la transmisión anunciada, y ya desde las primeras frases se notó que Kruschev cambiaba de actitud. El líder ruso declaró que, para evitar el conflicto nuclear y sosegar a las personas amantes de la paz del mundo entero, el gobierno de la URSS había ordenado suspender los trabajos en las plataformas lanza misiles cubanas, el desmantelamiento de las armas ofensivas nucleares y su embalaje y traslado a la Unión Soviética. Asimismo, Kruschev dijo que confiaba en que Kennedy haría honor a sus declaraciones contenidas en su carta del 27 de octubre, en el sentido de que Cuba no sería bombardeada ni mucho menos invadida por fuerzas norteamericanas, o de cualquier otro país del hemisferio occidental. Concluyó afirmando que, si USA observaba estas disposiciones, las causas que habían obligado a la URSS a ofrecer ayuda militar a Cuba desaparecerían.

En la Casa Blanca hubo suspiros de alivio. La crisis parecía resuelta, pero Kennedy, consciente de lo cerca que habían estado del desastre, se abstuvo de presentar aquello como una victoria estadounidense, aunque en puridad lo fuera. JFK era un estadista, no un político al uso, y por tanto no deseaba hacer leña del árbol caído, tomándose una pequeña venganza retórica que a nada bueno conduciría. Deseaba una mejora de relaciones entre USA y la URSS, que evitara el estallido de otra crisis semejante. JFK demostró su talla política cuando, en su respuesta a Kruschev, pidió que todos los gobiernos del mundo prestaran atención al peligro que representaban las armas nucleares, y que se comprometieran más firmemente en el objetivo de aliviar la tensión política mundial y en promover la paz.

El mundo había estado mucho más cerca de la destrucción de lo que en aquellos momentos se pensó. Casi cuarenta años más tarde, se revelaría que aquellos cuatro submarinos diesel rusos iban armados, además de con los consabidos torpedos, con misiles nucleares de 15 kilotones, a razón de una unidad por buque. Estos sumergibles jugaron al gato y el ratón con las unidades navales de superficie americanas, y al menos en dos ocasiones estuvo a punto de producirse la catástrofe, que se evitó porque ni unos ni otros querían ser los primeros en disparar, iniciando así la Tercera Guerra Mundial, que con toda seguridad hubiera sido la última. Robert McNamara visitó Moscú el año 2000, y se quedó helado, según sus propias palabras, al saber que el número de tropas soviéticas en Cuba en 1962 era muy superior al estimado por el Estado Mayor estadounidense. Declaró sentirse aterrado por lo que había estado a punto de desencadenarse, y se felicitó porque, a pesar de que tanto Kennedy como Kruschev casi perdieron el control de la situación, la crisis se había resuelto satisfactoriamente. McNamara comentó que aquellos trece días habían sido los más espantosos y decisivos de la historia, y que las generaciones futuras no debían olvidar las lecciones que se desprendían de ellos, haciendo todo lo posible por eliminar de la faz de la Tierra las armas nucleares. Como Kennedy dijo en una ocasión: La humanidad debe encontrar un final para la guerra, o la guerra encontrará un final para la humanidad.

Con la perspectiva que da el paso del tiempo, puede afirmarse que Kennedy actuó con gran inteligencia durante la crisis de los misiles. Con una combinación de dureza controlada, fuerza de voluntad, nervio y sabiduría, JFK solventó la situación brillantemente. A pesar de las presiones que recibió, optó por un uso bien medido de la fuerza disuasoria, al tiempo que se negó en redondo a emprender cualquier acción que pudiera lesionar gratuitamente el prestigio de los soviéticos. A partir de ese momento, las relaciones entre Este y Oeste mejorarían, dando paso a la política de distensión entre ambos bloques.

En general, tanto estadounidenses como soviéticos se sintieron aliviados por el fin de la crisis. Pero Castro se sintió traicionado por la URSS. Resentido, el sátrapa de La Habana comprendió que había quedado ante todo el mundo como lo que era, un títere de Moscú, obligado a cumplir a rajatabla lo que emanara del paraíso de los trabajadores. En un intento por recuperar algo de dignidad, se negó a permitir inspectores de Naciones Unidas en territorio cubano, pero, aleccionado por Moscú, que no toleraba ningún desafío a su autoridad y a sus decisiones, tuvo que transigir con los vuelos de reconocimiento americanos. Mientras tanto, los rusos procedían a desmantelar las rampas de lanzamiento de misiles. Cuarenta y siete proyectiles con cabeza atómica y cuarenta y dos bombarderos tácticos Il-28, con capacidad para llevar cargas nucleares, fueron embarcados rumbo a Rusia, junto a un contingente de tropas y docenas de especialistas.

El comunismo había sido vencido, una vez más, pero Cuba seguía estando regida por un dictador marxista, que no ocultaba su intención de exportar su revolución a otros países. Por su parte, Kennedy comprendió que, si se quería evitar el nacimiento de una nueva Cuba en Hispanoamérica, era preciso tomar medidas drásticas. El concepto de la Alianza para el Progreso, que Kennedy había esbozado en 1961, en el discurso inaugural de su presidencia, tomó nuevo impulso. Con la Alianza para el Progreso, JFK esperaba ganar para el mundo libre y democrático a las naciones hispanoamericanas, contrarrestando las veleidades revolucionarias promocionadas desde La Habana. Kennedy sabía que el único modo de cortarle las alas al castrismo era estableciendo gobiernos verdaderamente representativos en las restantes repúblicas sudamericanas, proporcionándoles ayuda financiera que les permitieran crear estructuras económicas más justas. Veinte países de la Organización de Estados Americanos suscribieron los principios de la Alianza, comprometiéndose a reforzar las instituciones democráticas, y a realizar diversas mejoras sociales, poniendo especial énfasis en la reforma agraria. Por primera vez en su historia, Estados Unidos no se limitaba a invertir capital en negocios privados en el extranjero, sino que estaba dispuesto a conceder créditos a fondo perdido, destinados a fomentar el bienestar social. En una década, la Alianza para el Progreso invirtió en las naciones americanas unos veinte mil millones de dólares, la mayor parte de ellos aportados por Estados Unidos. Gracias a esto, sumado a las medidas que implementó cada país, se logró aumentar la renta per cápita media en un 2, 5 por ciento. Pero, por desgracia, la Alianza para el Progreso, que por su propia naturaleza sólo podía ofrecer frutos a muy largo plazo, no pudo competir con la propaganda castrista, que prometía milagrosas soluciones revolucionarias inmediatas a todos los problemas. Dado el bajo nivel cultural de la población hispanoamericana de entonces, las falacias propagandísticas marxistas calaron hondo entre las masas ciudadanas, por lo que la Alianza nunca fue popular en centro y Sudamérica, despertó poco entusiasmo y, lo que es peor, no consiguió captar la voluntad de la gente para lograr las reformas democráticas más elementales. De aquellos polvos, vienen los actuales lodos que enfangan a esos desdichados países. Pero es justo reconocer, también, que, tras la esperanzadora Era Kennedy, Estados Unidos tomó otro rumbo, optando equivocadamente, a mi juicio, por apoyar a ciertos regímenes dictatoriales que, si bien parecían garantizar la derrota de los revolucionarios comunistas, sumieron a sus pueblos en unas tiranías que no se diferenciaban mucho de la existente en Cuba.

La crisis de los misiles también significó la ruptura casi total entre Castro y Guevara. Los soviéticos habían advertido a su marioneta de la Habana sobre las veleidades maoístas del Che, personaje paranoico del que ni siquiera el KGB se fiaba. El exaltado argentino deseaba la guerra más que nada, lo que revela su verdadero talante homicida. Fanático hasta la médula, no tuvo pelos en la lengua a la hora de lanzar duras críticas contra Kruschev, al que tachó de traidor a la causa marxista. Fidel, llamado al orden por sus patrones soviéticos, lo apartó de su lado. El matasanos argentino, cada vez más cercano a la órbita de Pekín, se embarcó en una serie de aventuras revolucionarias que, en general, fracasaron, conduciéndole a la muerte en Bolivia en 1967.

(Continuará).

© Antonio Quintana Carrandi, (2.012 palabras) Créditos