ESO DE «PEDIR PERDÓN»
por Antonio Quintana Carrandi

No sé si se habrán percatado ustedes de ello, pero, de unos años acá, se ha generalizado mucho eso de disculparse, eso de pedir perdón constantemente. En principio, que una persona se disculpe por un comentario fuera de lugar o por una actitud improcedente por su parte diría mucho y bueno de ella, pues pocas cosas pueden ser más nobles, y también más difíciles, que admitir que uno se ha equivocado y aceptar la culpa que le corresponda por ello. Pero lo que debería ser un acto de contrición personal se ha convertido en una estrategia, y el pedir perdón, el disculparse, se utiliza cada vez más, sobre todo en política, como un subterfugio para enmascarar declaraciones o acciones reprobables.

Está claro que, en un momento de exaltación u ofuscación, todos podemos decir tonterías o hacer cosas que normalmente no haríamos, porque somos humanos y como tales nuestra naturaleza está sujeta a esas debilidades. Para combatir y evitar en lo posible ese proceder podemos recurrir a las dos cualidades esenciales que debería poseer toda persona: la educación y la sensatez. Por desgracia, una gran parte de las personas no tiene ni una cosa ni la otra, y de ahí que haya tanto impresentable circulando libremente por el mundo.

Viene esto a cuento por la reciente intervención pública de cierto galán celtibérico que, fiel a la tradición faltona que caracteriza a la mayoría de los titiriteros españoles, aprovechó una intervención ante los medios para llamar estúpidos al presidente de los Estados Unidos y a un representante político madrileño, legítimamente elegido. Este último se apresuró a afearle al histrión su comportamiento en una red social, a la vez que recordaba los problemas que tuvo con hacienda el ínclito comediante, el mismo que hace años se manifestaba a grito pelado en defensa de la sanidad pública, y que después alquiló una planta entera de uno de los hospitales más caros del mundo, para que su señora diera a luz con toda tranquilidad. El mismo cuya madre dijo, no hace mucho, que cobraba una pensión de mierda, sin aclarar, claro está, a cuánto asciende esa mierda, no fuera a ser que se soliviantaran la inmensa mayoría de los jubilados, cuyas pensiones oscilan entre 600 u 800 euros mensuales, después de toda una vida trabajando como perros y cotizando a la Seguridad Social.

Apenas apareció en la red la respuesta del político citado, al titiritero le faltó tiempo para decir que se había pasado, o algo así, y pedir perdón. Como es obvio, los de la cuerda ideológica de semejante individuo se han apresurado a defenderle, resaltando que éste, tras el calentón, se ha apresurado a rectificar y pedir disculpas. Y así, el peliculero consiguió lo que pretendía; esto es, insultar a quien por lo que sea le cae gordo, y al mismo tiempo quedar bien de cara a los adalides de la incorrecta corrección política. Por supuesto, sus hipócritas palabras de disculpa no encierran ningún propósito de enmienda, porque ese elemento volverá a las andadas muy pronto, y si no al tiempo.

El problema es que semejante práctica se ha extendido por todos los ámbitos de la sociedad, convirtiéndose en una mala costumbre que, como decía mi abuela, imita todo chichirimundi. Hemos llegado a un extremo tal, que cualquier botarate puede soltar lo que le venga en gana, injuriar a quien sea, siempre y cuando, eso sí, pida perdón después. Y no importa cuán gruesas o soeces sean sus palabras; siempre habrá un descerebrado que llame a eso libertad de expresión.

Sin embargo, algunos nos resistimos a contemporizar con la mala educación, con la chabacanería que, poco a poco, va imponiéndose en esta sociedad desnortada, huérfana de principios y valores. Lo triste de estas situaciones es que personajes básicamente ramplones se permitan erigirse, sin que nadie se lo pida, en portavoces y adalides de las últimas causas «nobles» a la moda. Si habláramos de alguien de consistencia intelectual o amplia cultura, aún pensaría que el insulto y posterior disculpa son fruto de la sorna y el ingenio, pero tratándose, desde mi punto de vista cinéfilo, de un actor limitado al único registro de interpretarse a si mismo, eso si, con incansable convicción, sus invectivas solo pueden ser producto de la más lastimosa puerilidad.

© Antonio Quintana Carrandi, (709 palabras) Créditos