EL PRIVILEGIO CATALÁN
EL PRIVILEGIO CATALÁN Jesús Laínz
Título original: ---
Año de publicación: 2017
Editorial: Ediciones Encuentro, S. A.
Colección: Ensayo, nº 29
Traducción: ---
Edición: 2017
Páginas: 152
ISBN:
Precio: 15 EUR

El subtítulo lo aclara todo: 300 años de negocio de la burguesía catalana. Nos encontramos ante un concienzudo aunque ameno ensayo histórico, de rabiosa actualidad, dada la situación política en Cataluña.

Josef Goebbels, Ministro de Propaganda nazi, intentó hacer de ésta una ciencia y a punto estuvo de conseguirlo. Sus alumnos más aventajados han sido los nacionalistas/separatistas de toda laya, que han hecho suyas las enseñanzas del gerifalte nacionalsocialista: Una mentira, repetida hasta la saciedad, acaba siendo asumida como una verdad indiscutible por las masas estultas. De ahí el machacón España nos roba con el que la clase política catalana, que no los catalanes, viene dando la murga desde hace ya demasiados años.

Este libro, corto en extensión pero denso en contenido, es la respuesta adecuada a las falsedades vertidas por el independentismo. Jesús Laínz ha realizado un prodigioso trabajo de investigación histórica en varios archivos, recopilando copiosa información sobre la supuesta opresión económica a la que España ha sometido a Cataluña.

Según se ha enseñado en los colegios a varias generaciones de catalanes, en 1714 se puso fin a la soberanía catalana y dio comienzo la opresión por parte española. La obra de Laínz demuestra, con pruebas documentales irrefutables, que ocurrió precisamente lo contrario, pues en tal fecha fue cuando realmente Cataluña empezó a prosperar económicamente, destacando muy pronto como la región más industrializada de España. A lo que no fueron ajenas, ciertamente, las políticas de los Borbones, que propiciaron un proteccionismo que beneficiaba muchísimo a la industria catalana, en detrimento de las demás regiones españolas. El mantenimiento de los aranceles proteccionistas se convirtió en el eje de la política catalana, gracias al cual acaparó el mercado nacional sin tener ninguna competencia. De poco servía que, por ejemplo, los productos textiles ingleses fueran de mejor calidad y más baratos. Asturianos, gallegos, cántabros, castellanos... Todos se veían obligados por ley a adquirir las manufacturas catalanas a los abusivos precios que exigiera la burguesía propietaria de las industrias. Hubo algún intento de acabar con esa injusta situación, pero la Monarquía y sobre todo los políticos de oficio mantuvieron el sistema, pues buena parte de ellos también sacaban tajada del asunto.

Hoy día los catalanistas abominan de España y de todo lo español, pero durante mucho tiempo Cataluña, más en concreto Barcelona, fue la Metrópoli por antonomasia del Imperio español, principalmente durante el siglo XIX. De hecho, la ciudad se benefició del tráfico marítimo con las Antillas y Filipinas mucho más que Cádiz o Valencia, por ejemplo. No sólo eso: el de Barcelona fue el principal puerto negrero de España. El tráfico y tenencia de esclavos se convirtió en un lucrativo negocio, que enriqueció a muchas familias, cuyos descendientes, independentistas furibundos, presumen hoy de honorabilidad.

La influencia catalana era muy notable en Cuba, por ejemplo, la Perla de la Corona española. La mayoría de la gente cree que la guerra y posterior independencia de Cuba la provocó la rebelión de los criollos, azuzada por los estadounidenses. Es cierto que Estados Unidos tenía fuertes intereses económicos en la isla, pero eran inferiores a los catalanes. Cuba estaba sometida al mismo régimen arancelario que las provincias peninsulares. En consecuencia, sus habitantes estaban obligados por ley a comprar los productos manufacturados en la Metrópoli, es decir, en Cataluña. Los hacendados cubanos solicitaron en varias ocasiones que se eliminasen los aranceles, lo que les permitiría adquirir lo que necesitaban en la muy cercana USA y a mejor precio. Un ejemplo de hasta dónde llegaba el afán de lucro catalán: cierta empresa de Barcelona compraba toneladas de trigo en USA, las transportaba a Cataluña y, una vez molido, el cereal era reexpedido hacia Cuba, donde se vendía a cinco veces lo que los cubanos hubieran pagado de comprarlo directamente a los estadounidenses.

La burguesía catalana reaccionó ante el malestar cubano presionando en todos los frentes, obligando al gobierno a tomar medidas drásticas que, a la larga, serían desastrosas y conducirían a la pérdida de Cuba y Puerto Rico. Otro tanto ocurrió en Filipinas. Los estadounidenses, claro, se aprovecharon de la situación. Pero es significativo que, poco después de terminada la guerra, Máximo Gómez, líder de la insurrección cubana, declarara que el conflicto armado podría haberse evitado, si el gobierno español hubiera implantado las reformas propuestas por don Antonio Maura. ¿Qué había propuesto Maura? Dar a Cuba una amplia autonomía que, entre otras cosas, eliminaría el arancel proteccionista, que sólo beneficiaba a la cada vez más anticuada industria catalana, permitiendo que los cubanos adquiriesen lo que necesitaban en el mercado libre. Así que los insurrectos cubanos, más que alzarse contra la opresión española, se alzaron contra la opresión catalana. Eso sí: si durante la guerra la burguesía catalana, especialmente la barcelonesa, hizo gala de un patrioterismo español risible, a partir del Desastre del 98 comenzó a volverse cada vez más antiespañola. Bueno, como demuestra Laínz en su libro, fue dando bandazos, ora a un extremo, ora al otro, siempre buscando el mayor beneficio crematístico.

Fue en Cataluña donde Miguel Primo de Rivera dio su cuartelazo, un pronunciamiento militar al estilo del siglo XIX (el siglo de los pronunciamientos), para, en teoría, salvar a la nación del desastre al que la habían llevado los políticos de oficio y pacificar el protectorado español de Marruecos. En parte, las razones esgrimidas por Primo de Rivera para justificar su golpe de estado eran difícilmente rebatibles, porque la situación del país era desastrosa. Pero había una más, de la que poco se habla, que decidió a la burguesía catalana (ya saben, la que ahora brama ¡España nos roba!), a apoyar entusiásticamente al general. Y no fue otra que el peligro que para los intereses de las fuerzas vivas de Cataluña representaba el ministro de Asuntos Exteriores Santiago Alba, librecambista convencido. Alba había conducido las negociaciones que dieron origen a la Ley Bergamín de Autorizaciones, mediante la cual se rebajaron los aranceles proteccionistas y se esperaba llegar a acuerdos comerciales con Inglaterra, Francia, Bélgica y Alemania. La industria catalana, sin el incentivo de la sana competencia, era paupérrima en comparación con la existente en los países citados. Si el resto de España tenía acceso a sus productos, más baratos y mejores aun siendo importados, se les acabaría la bicoca a los industriales catalanes. Por tanto, en connivencia con siderúrgicos vascos y hulleros asturianos, y en defensa del infame arancel Cambó (que no sería derogado hasta ¡1960!) se apresuraron a apoyar a Primo de Rivera. El liberal Alba dimitió y, asqueado, abandonó España.

Hoy la burguesía catalana hace causa común con la izquierda independentista, pero durante la Guerra Civil apoyó a Franco, que después de la victoria le devolvió las fábricas que habían sido colectivizadas por el Frente Popular. Durante el franquismo Cataluña fue, con mucha diferencia, la región española donde el régimen invirtió más recursos de todo tipo, sólo seguida por Vascongadas. Cada vez que Franco visitaba Barcelona, ingentes multitudes se echaban a la calle. En ninguna otra parte de España recibían al Generalísimo con tanto entusiasmo. Ahí están las imágenes documentales, en las que pueden verse innumerables pancartas en la proscrita lengua catalana, alabando a España y al Caudillo, quien llegó a decir en una ocasión que Cataluña necesita un ministro catalán. Por cierto, el Barcelona es el único equipo de fútbol español que no le dio una medalla de oro a Franco... porque le dio dos. El dictador fascista, del que tanto reniega ahora la afición culé, salvó de la bancarrota al club de sus amores en agosto de 1965, cuando autorizó la recalificación de los antiguos terrenos de Les Corts, pasando estos a ser edificables. Su notable aumento de precio permitió al Barcelona pagar las deudas contraídas en la construcción del Camp Nou. Desde luego, Vázquez Montalbán se mostraba un tanto ácido cuando decía Cuando el Barcelona ganaba un partido de fútbol al Real Madrid, considerado el equipo del gobierno, Cataluña se resarcía un tanto de todas las guerras civiles que ha perdido desde el siglo XVII, que además ayuda a comprender ciertas actitudes actuales.

Podría seguir, pero lo mejor es que lean ustedes el libro, en el que encontraran todas estas cosas y más, muchísimas más pruebas, bien documentadas y contrastadas, que revelan hasta dónde llega la falsedad y desfachatez de los que hoy aúllan: ¡España nos roba! Los mismos que hace una década condujeron a su región, una de las más ricas e importantes de España, poblada en su mayor parte por gente sencilla, trabajadora y honesta, a la quiebra más absoluta en todos los órdenes: económica, política, social, institucional y moral. Con amigos como los catalanistas, Cataluña no necesita enemigos.


Notas
© Antonio Quintana Carrandi, (1.571 palabras) Créditos