Monstruos del siglo XX 10
FIDEL CASTRO: EL DICTADOR MÁS LONGEVO DE AMÉRICA, CUARTA PARTE
por Antonio Quintana Carrandi
Castro durante uno de sus interminables discursos

Los acontecimientos se precipitaron. A las seis de la tarde del lunes 22 de octubre de 1962, Dean Rusk convocó al embajador ruso, Dobrinin, que se presentó puntualmente a la cita, muy alegre y sonriente. Menos de media hora después, abandonaba la Casa Blanca. Ya no sonreía hipócritamente. Su faz estaba ensombrecida por la preocupación. Tras la marcha de Dobrinin, los embajadores de cuarenta y seis países aliados de Estados Unidos fueron informados de la situación.

Eran las siete de la tarde, hora de Washington, cuando Kennedy compareció ante las cámaras de televisión y los micrófonos de la radio para dirigirse a la nación. Puso al tanto a los estadounidenses de lo que sucedía, desenmascaró a los comunistas, afirmó estar dispuesto a tomar medidas extremas si era necesario, anunció el bloqueo de Cuba, y advirtió al Kremlin que Estados Unidos actuaría contra la Unión Soviética si un solo cohete era disparado desde Cuba contra suelo estadounidense, dejando bien claro a Kruschev que no retrocedería ante la amenaza de un conflicto nuclear. Concluyó apelando a la prudencia y el sentido común de los líderes soviéticos, a los que acuso de poner en grave riesgo la paz mundial. El discurso de Kennedy duró diecisiete minutos y conmocionó al pueblo norteamericano y a todo el Mundo Libre. La III Guerra Mundial estaba a la vuelta de la esquina, y todos sabían quiénes eran los responsables.

Mientras ambos bloques se preparaban para un choque bélico sin precedentes en la historia, los diplomáticos americanos se lanzaron a una febril actividad. Adlai Stevenson consiguió que se convocara una reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de la ONU para tratar el asunto. Declaró que su país se veía obligado a actuar en defensa del hemisferio occidental antes incluso de que Naciones Unidas decidiera al respecto, pues el tiempo apremiaba. Todos los estados del continente suscribieron las medidas adoptadas por Kennedy, pues se ajustaban al pacto interamericano de ayuda mutua signado en Río de Janeiro. Mientras Stevenson lograba el apoyo de los países americanos y de la OTAN, los representantes diplomáticos estadounidenses en Guinea y Senegal conseguían que estas dos naciones neutrales vetaran a los rusos el uso de los aeródromos de Conakry y Dakar. Esto supuso un duro revés para los soviets, pues habían pensado burlar el bloqueo norteamericano enviando material atómico a Cuba por vía aérea, para lo cual sus aviones necesitarían repostar en alguno de esos dos países.

Al día siguiente, a eso de las diez de la mañana, el Comité Ejecutivo volvió a reunirse en la Casa Blanca. El ambiente no era tan tenso como en ocasiones precedentes, pues ya se había decidido cómo debía procederse. El presidente seguía apostando por el bloqueo naval, y cuando recibió la confirmación de que la OEA apoyaba sin fisuras su postura, firmó la orden por la cual, a las diez de la mañana del miércoles, 24 de octubre, entraría en vigor la cuarentena. El temor de todos seguía siendo que los rusos reaccionaran violentamente, en Berlín o en cualquier otro rincón del mundo.

El jefe de la CIA, McCone, informó de un notable incremento de los mensajes entre Moscú y los barcos rusos en ruta hacia Cuba. La agencia de inteligencia estadounidense todavía no había sido capaz de descifrar la clave utilizada por los soviéticos, pero McCone señaló que ninguno de los buques modificaba el rumbo ni aminoraba su velocidad, dirigiéndose en derechura hacia la línea de bloqueo. Es más, habían sido detectados cuatro submarinos rusos muy cerca de la zona caliente. Kennedy ordenó que se vigilara estrechamente a esos sumergibles y se adoptaran las medidas pertinentes para proteger a los portaaviones estadounidenses, pues se pensaba que éstos serían su objetivo prioritario.

Kennedy acababa de leer LOS CAÑONES DE AGOSTO, de Barbara Tuchman, una de las obras históricas más importantes de la literatura universal, en la que se narra cómo Inglaterra, Alemania, Rusia, Austria y Francia se vieron empujadas a la guerra en agosto de 1914, por no haber sabido calibrar bien sus acciones y las consecuencias de las mismas. En una conversación que sostuvo con su hermano Robert, Ted Sorensen y Kenneth OŽDonnell, JFK comentó que de aquel libro podían extraerse grandes enseñanzas, que podrían aplicarse a la situación actual. Mencionó también el error que, a su juicio, habían cometido los alemanes al invadir Polonia en 1939, afirmando que él se proponía aprender de aquellas lecciones históricas y actuar con exquisita prudencia. No quería cometer una equivocación, subestimar a los rusos y provocar con ello una escalada militar que desembocase en un conflicto abierto. Pensaba que las dos superpotencias, invocando la seguridad y el orgullo nacional, o simplemente tratando de salvar la cara, podían abocar al mundo al holocausto atómico, y estaba decidido a hacer lo que fuese necesario para evitarlo. Así pues, envió a su hermano a entrevistarse con Dobrinin. Robert fue directo al grano y le preguntó al ruso si los barcos soviéticos intentarían romper el bloqueo. Dobrinin admitió que las órdenes de Moscú así lo disponían, aunque reconoció que, en aquel momento concreto, ignoraba los posibles cambios que sus superiores hubieran dispuesto. Aunque el diplomático ruso intentó mostrarse sereno, Robert concluyó, y así se lo hizo saber a su hermano, que Dobrinin parecía muy asustado.

Mientras Dobrinin y otros miembros de la diplomacia rusa en todo el mundo trataban de aparentar calma, para no echar más leña al fuego, los comunistas de la línea dura, equivalentes a los halcones de la administración americana, barbotaban en público sus peligrosas fanfarronadas. El agregado militar de la embajada soviética en Washington DC, teniente general Vladimir Dubovik, se jactaba de haber participado en tres guerras, felicitándose porque muy pronto estallaría otra. Declaró que los rusos estamos dispuestos a defendernos de cualquier ataque, tanto si va dirigido contra nosotros como contra nuestros aliados. Nuestros barcos pasarán, y si se ha dicho que los hombres deben morir, entonces cumplirán la orden que les han dado y no variaran el rumbo, yéndose al fondo si es necesario.

Las palabras de semejante botarate, sumadas a las de otros muchos fanáticos, como el homicida Ernesto Che Guevara, que abogaba por una guerra de exterminio contra el capitalismo yanqui, crisparon hasta el límite el ambiente político. En un intento por suavizar la situación, Ormsby Gore, embajador británico en Washington DC, sugirió que la línea de bloqueo se redujera de las 800 millas náuticas a 500, lo que permitiría ganar tiempo al retrasar un poco el primer contacto entre los mercantes rusos y la flota americana. Kennedy accedió.

El miércoles 24 se activó el bloqueo naval. En ese momento había veinticinco navíos rusos en ruta hacia Cuba. La CIA informó que en la isla caribeña proseguían, a marchas forzadas, los trabajos para preparar las bases de lanzamiento de misiles. Los barcos soviéticos Gagarin y Komiles, escoltados por un submarino, llegarían a la línea de bloqueo antes del mediodía. La orden de los comandantes de las unidades navales estadounidenses eran muy claras: debían evitar en lo posible todo gesto hostil, pero también impedir que los buques rusos llegaran a Cuba. La situación se volvía más insostenible por momentos.

A media mañana McCone dijo al presidente que algunos barcos rusos se habían detenido. Poco después se confirmaba esa información. Seis navíos soviéticos habían parado sus máquinas a corta distancia de la línea de bloqueo. Unos minutos más tarde, esos buques se pusieron de nuevo en marcha, pero invirtiendo su rumbo y emprendiendo, presumiblemente, el regreso a su punto de origen. Otros ocho barcos hicieron lo mismo. Sin embargo otros seguían navegando hacia Cuba. La mayoría de ellos eran petroleros. El buque cisterna Bucarest sería el primero en cruzar la línea de bloqueo. De inmediato se dio la orden de detenerlo y registrarlo, pero Kennedy dio contraorden. Ordenó que el buque se limitase a identificarse por radio ante las unidades navales americanas, informando de su cargamento. El capitán del Bucarest declaró lo que transportaba y la Casa Blanca le permitió seguir viaje. Otro tanto ocurrió con el buque de pasajeros Völkerfreundschaft, de la RDA, cuyo capitán declaró que sus pasajeros eran estudiantes de los países del Este con destino a La Habana.

La sede de Naciones Unidas en Nueva York parecía una olla a presión. El Secretario General, U Thant, envió sendas notas a Kennedy y Kruschev, en las que sugería que los estadounidenses debían interrumpir su bloqueo durante tres semanas, a la vez que los rusos tenían que comprometerse a no suministrar armas a Cuba durante el mismo periodo de tiempo. El líder ruso aceptó esas condiciones, pero Kennedy las rechazó. Los rusos habían ido demasiado lejos y, si Estados Unidos aceptaba lo propuesto por U Thant, Kruschev podría pensar que la voluntad estadounidense flaqueaba. Kennedy no estaba dispuesto a enfangarse en interminables discusiones diplomáticas. Kruschev había intentado engañar miserablemente a USA y al mundo y era necesario pararle los pies. El premier soviético todavía podía dar marcha atrás, rectificar y volver sobre sus pasos, sin que eso significara un menoscabo de su prestigio. Eso era lo máximo que Kennedy estaba dispuesto a concederle a Kruschev y, a decir verdad, el líder ruso no tenía fuerza moral para esperar más de los americanos.

El 25 se celebró una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, en la que se enfrentaron el embajador ruso ante el organismo internacional, Valerian Sorin, y el norteamericano, Adlai Stevenson. El soviético se mostró en todo momento desdeñoso y prepotente, henchido de fatua autocomplacencia marxista, pero cayó en la trampa que le tendió Stevenson como un pardillo. Hoy sabemos que Sorin no estaba bien informado de la situación, pues Moscú no le había dado todos los detalles de la misma e ignoraba la existencia de las fotografías tomadas por los aviones espía. Convencido de que los americanos no tenían pruebas de la existencia de misiles nucleares soviéticos en Cuba, el hipócrita Sorin trató de hacer frente a las acusaciones como mejor pudo, pero Stevenson insistió en preguntarle, una y otra vez, si negaba la existencia de proyectiles atómicos rusos en la isla. Para Stevenson, que se había visto obligado a desempeñar un desagradable papel en la ONU durante la crisis suscitada por el fallido desembarco en Bahía Cochinos, aquel fue su momento de gloria. Exigió a Sorin una respuesta concreta, sí o no, e incluso le espetó que sabía que entendía perfectamente el inglés, por lo que no tenía que esperar a la traducción. Simplemente debía responder en un sentido u otro.

Acorralado, Sorin intentó mantener el tipo. Respondió que no estaba ante un tribunal estadounidense, y que no respondería mientras le interrogaran como un fiscal. El implacable Stevenson no cedió. Sorin dijo que le contestaría a su debido tiempo. Entonces Stevenson, tras afirmar que estaba dispuesto a esperar su respuesta hasta el fin de los tiempos, si hacía falta, informó a la asamblea que iba a mostrar las pruebas irrefutables del doble juego soviético. El ruso se envaró y trató de pasarle la palabra al delegado chileno, Schweitzer, pero éste renunció a su turno de intervención, cediéndoselo a Stevenson. La suerte estaba echada.

Las ampliaciones fotográficas mostradas por el equipo de Stevenson impresionaron a todo el mundo, incluido Sorin. No obstante, trató de minimizar su importancia, y hasta sugirió veladamente que podría tratarse de un trucaje fotográfico, pero ningún delegado dudo de la autenticidad de las instantáneas, y él menos que nadie. Stevenson, tras desenmascarar ante la comunidad internacional el sucio juego comunista, declaró que no estaba allí para ganar un debate, sino para evitar la guerra y conminó a Sorin a hacer lo mismo.

La instalación de los misiles proseguía. Muy pronto las plataformas estarían operativas. En Washington algunos abogaban por una acción inmediata. El presidente sabía que tenía que hacer algo, pero también que debía actuar con extrema cautela. Así pues, ordenó que se procediera a detener uno de los barcos rusos. El elegido fue el carguero Marucla, que navegaba bajo pabellón panameño. Dos destructores lo interceptaron. Su capitán, que seguramente había recibido instrucciones de Moscú, se mostró colaborador en todo momento. Una vez comprobado que el Marucla no transportaba armas de ninguna clase, recibió autorización para seguir adelante. Curiosamente, uno de los barcos americanos que lo habían interceptado era el USS Joseph P. Kennedy, bautizado así en honor del hermano mayor del presidente, piloto de la USAAF (United States Army Air Force /Fuerza Aérea del Ejército de los Estados Unidos), que había muerto en combate durante la II Guerra Mundial.

Lo del Marucla fue una hábil maniobra de Kennedy. Abordando un buque que navegaba bajo una bandera que no era la soviética, aunque su capitán obedeciese órdenes de Moscú, Kennedy se aseguraba de que Kruschev comprendiese que estaba dispuesto a llevar adelante el bloqueo; pero, al mismo tiempo, al no haberse tomado una medida de fuerza contra un barco con bandera de la URSS, el presidente americano esperaba que su homólogo ruso no reaccionara violentamente. De todas formas, dada la extrema peligrosidad de la situación, el presidente decidió aumentar la presión sobre los rusos. En Florida se aceleraron los preparativos para una más que posible invasión de Cuba. Al mismo tiempo, se prepararon las medidas de urgencia que debería tomar el gobierno provisional de Cuba después de que, presumiblemente, triunfara la invasión estadounidense y se derrocara a Castro. Los periódicos, la radio y la televisión recordaban constantemente que Kennedy había advertido en varias ocasiones que el bloqueo sólo era una fase preliminar, insistiendo en que, sí los rusos seguían amenazando al hemisferio occidental, su administración haría lo que tenía que hacer. Es decir, que si fallaba el bloqueo, tendría que recurrir a la fuerza.

Robert McNamara, Secretario de Defensa, estaba desolado. Sabía que una invasión de Cuba conllevaría grandes pérdidas en vidas humanas para las Fuerzas Armadas estadounidenses. Los combates serian sangrientos y, apenas un marine estadounidense pusiera su bota sobre suelo cubano, los rusos lanzarían sus misiles contra la costa este de Estados Unidos. McCone, de la CIA, le dejó claro al presidente que no debía esperar ningún paseo militar. Las fuerzas cubanas estaban bien armadas y pertrechadas por los soviéticos, y además contaban con un refuerzo indeterminado de soldados rusos. El director de Inteligencia advirtió a Kennedy que sería muy difícil sacar a las tropas de Castro de las montañas. Recuerde lo que pasó en Corea, señor presidente, concluyó.

Kennedy se estaba quedando sin opciones. Aun así, decidió concederle a Kruschev una prórroga de dos días más, para darle al soviético una última oportunidad de rectificar. A la vez, mandó de nuevo a su hermano Robert a entrevistarse con Dobrinin, a quien debía decirle que la intervención militar estadounidense era inminente, y que sólo podría ser frenada si la URSS se avenía a transigir.

Y entonces ocurrió algo digno de la mejor novela de espionaje. A Robert Scali, corresponsal del Departamento de Estado de la ABC (American Broadcasting Company), le llamó por teléfono Alexander Fomin, un oscuro funcionario de la embajada de la URSS en Washington, citándole en diez minutos en el restaurante Continental. La CIA sospechaba que el tal Fomin era, en realidad, un pez gordo del KGB. Intrigado, Scali se apresuró a acudir a la cita, encontrándose con un sombrío y preocupadísimo Fomin. El ruso fue directo al grano. Dijo que estaban a las puertas de una guerra atómica y propuso hacer algo para salvar la situación. Fomin preguntó que les parecería a los americanos que la URSS, bajo supervisión de la ONU, retirara sus cohetes de Cuba, comprometiéndose a no instalar nunca más en la isla tales armas de destrucción masiva. Scali respondió que eso era lo que esperaba el presidente Kennedy. Entonces Fomin inquirió si, en tal caso, los Estados Unidos estarían dispuestos a declarar públicamente que renunciaban a invadir Cuba. Scali contestó que él, obviamente, no podía ofrecerle una respuesta en un sentido u otro. Sin embargo, estaba dispuesto a transmitir esa propuesta al Departamento de Estado, prometiéndole al ruso que estaría en contacto con él.

Scali se entrevistó con Dean Rusk y le puso al tanto de todo. Rusk informó al Comité Ejecutivo y al presidente. Tras una breve deliberación, se optó por llegar a un compromiso, que los rusos en principio aceptaron. Que la negociación la llevaran un consejero subordinado de la embajada rusa y un reportero de televisión era algo insólito, pero la situación también era insólita. Esa noche Scali volvió a verse con Fomin, esta vez en el bar del Statler Hilton Hotel. El americano dijo que su gobierno veía en la proposición de Fomin una posibilidad de acuerdo. El soviético preguntó si tal parecer venía de arriba, es decir, de Kennedy. Cuando Scali se lo confirmó, el ruso salió a la carrera a transmitir la noticia a sus superiores. Estaba tan excitado, que al pagar su consumición de treinta centavos olvido recoger su cambio, así que el camarero que le atendió se embolsó una inesperada propina de cuatro dólares y setenta centavos.

Un poco antes de la reunión de Scali y Fomin, se recibió en el Departamento de Estado una comunicación del embajador americano en Moscú. Era una nota de Kruschev, que fue previamente analizada a conciencia, por si encerraba algún subterfugio. Uno de los consejeros presidenciales, Schlesinger, creyó advertir en ella lo que definió como una visión totalmente racional de la crisis. Kruschev hablaba de los horrores de una guerra atómica y abogaba por evitar tal catástrofe, pero, al mismo tiempo, trataba de justificar la presencia de armas nucleares rusas en Cuba. Afirmaba que eran exclusivamente defensivas, que la Unión Soviética sólo quería proteger a un país amigo contra una nación que ya había intentado derrocar al gobierno revolucionario. Por supuesto, ni Kennedy ni ningún miembro del Comité Ejecutivo se creyó tales excusas. Kruschev no se comprometía claramente a echarse atrás, pero daba a entender que si USA levantaba el bloqueo y se mostraba dispuesta a no invadir Cuba jamás, el asunto de las plataformas de misiles podría tratarse desde otra perspectiva.

La nota de Kruschev no se ajustaba a los parámetros normales de las comunicaciones escritas diplomáticas. En realidad, era poco usual, pero sumada a la propuesta de Fomin, parecía sugerir que el premier soviético buscaba una salida negociada a la crisis. Tanto Kennedy como los miembros del Comité se tranquilizaron bastante. Pero al día siguiente, a primera hora de la mañana, Robert Kennedy recibió la visita de J. Edgard Hoover. El director del FBI le dijo al Secretario de Justicia, y por tanto su inmediato superior, que sus agentes le habían informado que, tanto en la embajada en Washington DC, como en los distintos consulados rusos repartidos por el país, los diplomáticos soviéticos estaban procediendo a la destrucción de documentos. Exactamente igual que los diplomáticos nipones pocas horas antes del ataque a Pearl Harbor.

Temiendo que Kruschev hubiera tratado de ganar tiempo, hasta tener operativos los misiles en suelo cubano, Robert fue a ver a su hermano y le puso al corriente del inesperado giro que habían dado los acontecimientos. Según informes de la CIA, los trabajos en las bases de misiles proseguían, aunque a menor ritmo. De todas maneras, McCone advirtió al presidente que los cohetes estarían listos para ser disparados en cualquier momento. La crisis repuntaba y el mundo parecía estar cada vez más cerca de un holocausto nuclear.

© Antonio Quintana Carrandi, (3.211 palabras) Créditos