El cambio climático 4
LA POLÉMICA ESTÁ SERVIDA
por José Carlos Canalda
Acuerdo de París

Durante estos últimos años hemos sido testigos de una encarnizada lucha, por fortuna hasta ahora incruenta, entre quienes denuncian y quienes descartan la posible influencia humana en el cambio climático, con opiniones para todos los gustos aunque, a mi modo de ver, con un desequilibrio marcado en beneficio de los primeros, con mucho mayor apoyo incluso académico —en el siguiente apartado tocaremos este tema— que los escépticos, tildados peyorativamente de negacionistas pese a que por lo general no suelen negar la evidencia de un cambio climático sino que se limitan a cuestionar el grado real de la influencia humana en el mismo. Pese a que esta actitud es inherente al método científico y como tal está sujeta a posibles revisiones conforme aparezcan nuevas pruebas fehacientes que las justifiquen, los escépticos han sido acusados con frecuencia de tener detrás a determinados intereses económicos.

Las evidencias, por el contrario, demuestran que estos defensores del calentamiento global antropogénico, más aficionados por lo general a los dogmas de fe que al riguroso método científico, suelen estar aliados con ese entramado político y social que podemos calificar —dejo al arbitrio del lector la aplicación o no del tono peyorativo— como progre-izquierdismo de salón que acostumbra a ir a la contra de casi todo sin ofrecer a cambio unas alternativas viables y justificadas. Si a ello sumamos el talante neoinquisitorial cada vez más frecuente en estos tiempos que corren, la conclusión no puede ser otra que la de que la discusión sobre un tema esencialmente científico está siendo de todo menos académica y, mucho me temo, poco o nada objetiva. Pero no nos adelantemos a las conclusiones.

El problema, en definitiva, no es otro que el hecho de que una cuestión como ésta, que como tal debería haber sido abordada dentro del marco científico, está sufriendo interferencias por todos lados, muchas de ellas difícilmente justificables aunque tan sólo sea por lo de zapatero a tus zapatos.

Para empezar, nos tropezamos ya con las interferencias políticas. Es una realidad patente que, al igual que ocurriera en otros campos tales como los derechos humanos, el feminismo, la homosexualidad, el ecologismo o la protección animal, se ha producido una polarización radical en el sentido izquierda —> antiemisiones de CO2 <=> derecha —> negacionista... como si una cuestión como ésta tuviera que depender de la ideología, real o fingida, de cualquiera.

Todavía peores, aunque mucho más prosaicas, son las económicas. Se de la circunstancia de que a cuenta del cambio climático de origen presuntamente antropogénico hay mucha gente ganando dinero, por lo general al abrigo de una presunta defensa del entorno ambiental que siempre queda más guay. Un caso sintomático es de Al Gore, vicepresidente de los Estados Unidos entre 1993 y 2001 que, una vez dejado este cargo, se involucró en una intensa campaña contra las emisiones de CO2 que le rindió, como se supo más tarde, pingües beneficios, eso sin contar con que, en contraste con lo que predicaba, se descubrió que su consumo energético era muy superior a la media.

Más discretos por no involucrar a personajes conocidos, pero no por ello menos escandalosos, son todos los tejemanejes montados en torno al mantra de la reducción de las emisiones de carbono, con todo un activo mercado de compraventa detrás tal como se puede leer en la página oficial del Ministerio de Transición Ecológica —pintoresco nombre— español: El derecho de emisión es el derecho a emitir, desde una instalación afectada por este régimen, una determinada cantidad de gases a la atmósfera. El derecho de emisión es transferible; se puede comprar o vender. Y no sólo entre particulares, ya que también se permite el trapicheo internacional de forma que los países que no cubren su cupo de emisiones —obviamente pertenecientes al tercer mundo— tienen la posibilidad de vender —el entrecomillado es mío— la parte que les sobra a otros países desarrollados que, previo pago del correspondiente canon, tienen la posibilidad de seguir emitiendo CO2 alegremente como si nada pasara. Mayor cinismo, dentro de un marco favorable a la reducción de las emisiones de CO2, imposible, sobre todo si tenemos en cuenta además que a su abrigo a surgido un floreciente plantel de empresas intermediarias que están haciendo literalmente su agosto... y no sólo las empresas, si nos atenemos a esta noticia publicada en septiembre de 2016: Suecia se ha propuesto comprar derechos de emisión dentro del mercado europeo (ETS) con el objetivo de que suba el precio de la tonelada de carbono. El plan de Suecia; que parece que puede ser secundado por otros Estados Miembros, como Alemania, Holanda, Reino Unido y Noruega, consiste en hacer subir el precio de los derechos de emisión de dióxido de carbono..

El principio de quien contamina paga no se está cumpliendo en el caso del CO2. Y es que, después de la Cumbre de París, el coste por emitir una tonelada de dióxido de carbono pasó de 8,22 EUR a 31 de diciembre de 2015, a los 4,75 EUR en los que estaba el mercado a mediados de febrero de este año. Frente a las estimaciones de entre 25-30 EUR/ton. CO2 que se calcularon al poner en marcha el EU ETS, parece que el excedente, cada vez mayor, de derechos de emisión desde el inicio del tercer período 2012-2020, causado por una oferta inicial excesiva y por la recesión económica, ha provocado que el precio del carbono haya ido cayendo hasta situarse por debajo de los niveles de eficacia previstos en el momento de la creación de este sistema..

Sin comentarios. Si me permiten el símil, es como si dos estudiantes se presentaran a un examen, uno sacara un 8 y el otro un 4, y el primero le vendiera al segundo un punto, con el consentimiento del profesor, para que de esta manera ambos pudieran aprobar.

Países comprometidos con el Acuerdo de París. Azul claro, firmado y ratificado. Azul oscuro, Unión Europea (firmado y ratificado). Amarillo, firmado y no ratificado. En 2017 Estados Unidos anunció su retirada.
Países comprometidos con el Acuerdo de París. Azul claro, firmado y ratificado. Azul oscuro, Unión Europea (firmado y ratificado). Amarillo, firmado y no ratificado. En 2017 Estados Unidos anunció su retirada.

Eso sí, los organismos internacionales se han tomado gran interés en marear la perdiz, que es lo que mejor saben hacer; desde que en 1992 se constituyera la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), operativa a partir del 21 de marzo de 1994, se han celebrado un total de 24 Conferencias sobre el Cambio Climático, la primera en 1995 y la última por ahora en diciembre de 2018. Por el camino se han redactado compromisos para reducir las emisiones de CO2, en teoría vinculantes, como el Protocolo de Kyoto (1997) y otros convenios similares como el Acuerdo de París (2016), y sin que bastantes de los grandes emisores, en especial Rusia, China o los Estados Unidos parezcan estar demasiado dispuestos a cooperar. En resumen, y como era de esperar, el resultado de estas pomposas iniciativas se ha limitado a hacer buena la conocida frase Mucho ruido y pocas nueces.

Lo irónico del caso es que todos estos adalides del buenrollismo ecológico etc., etc., etc., parecen no ser conscientes, o si lo son lo disimulan hipócritamente, de algo tan evidente como que, al igual que no existen los Reyes Magos, tampoco hay —salvo en la ciencia-ficción— una sola fuente de energía que sea completamente inocua, incluyendo las eufemísticamente calificadas de renovables. La hidroeléctrica, por ejemplo, inunda valles, destruye paisajes y patrimonio y altera ecosistemas enteros. La construcción de la presa de Asuán supuso el desplazamiento forzoso de 90.000 personas, inundó numerosos monumentos antiguos y yacimientos arqueológicos de los que tan sólo algunos como Abu Simbel o el templo de Debod pudieron ser salvados, causó un impacto severo en la flora y la fauna de la región e interrumpió de forma irreversible las crecidas periódicas del Nilo provocando una retención de sedimentos aguas arriba de la presa, la pérdida de la agricultura tradicional en el curso bajo y un aumento de la erosión y la salinización en el delta.

Todavía peores han sido los daños provocados por la Presa de las Tres Gargantas, que inundó 630 km2 de superficie afectando a 19 ciudades y 322 poblaciones menores habitadas por casi dos millones de personas. Pese al hermetismo de las autoridades chinas se sabe que las pérdidas culturales han sido inmensas y los daños ecológicos devastadores, incluyendo la extinción de especies como el delfín del Yangtsé, una de las contadas especies de cetáceos de agua dulce. Y todo este desaguisado para generar apenas el 3% del consumo eléctrico de China.

También la energía eólica y la solar afectan profundamente al paisaje; ya me dirán ustedes lo estético que resulta ver un campo sembrado de paneles solares o unos montes erizados de aerogeneradores. Además ninguna de ellas es regulable, dependiendo su rendimiento de los imprevisibles vaivenes de la meteorología aún más que en el caso de la energía hidroeléctrica, donde el agua recogida en las épocas lluviosas puede ser aprovechada durante los períodos de sequía. Y si bien en los paneles solares la ausencia de sol —aunque no de luz— se traduce en una caída en su rendimiento, en los aerogeneradores la situación es todavía peor, ya que a la carencia de producción de electricidad cuando no hay viento y los álabes están parados se suma el problema adicional de que dentro de un régimen de fuertes vientos, y pese a estar éstos a pleno funcionamiento, en ocasiones tienen que ser desconectados de la red eléctrica al ser ésta incapaz de almacenar la totalidad de la energía generada.

Nos guste o no, mantener nuestro nivel de vida tiene su coste, por lo que hay que intentar que éste sea lo menos gravoso posible para el medio ambiente sin dejarnos arrastrar por utopías irrealizables y sin adoptar poses hipócritas, porque estoy a la espera de encontrar —posiblemente Diógenes lo tuvo más fácil en su búsqueda de un hombre honrado— un solo ecologista —bueno, alguno hay, pero son contados y no suelen meter bulla— capaz de renunciar a todas las comodidades de la vida moderna perjudiciales para el medio ambiente adaptándose a vivir, tampoco lo pongo tan difícil, como lo hacían nuestros bisabuelos.

Conclusiones

Pese al tono crítico de mi artículo y a mis profundas reservas hacia quienes opinan sobre unos temas científicos sobre los que no entienden, y todavía más hacia quienes entendiendo o no están aprovechando para sacar tajada, estaría equivocado quien creyera que soy de los que propugnan —que también los hay, incluyendo alguna que otra multinacional— la inocuidad de las emisiones de carbono y, en general, de las mil y un perrerías que le estamos haciendo al planeta.

Partiendo de la base de que resulta extremadamente difícil calibrar el impacto de la actividad humana en algo tan cambiante y complejo como el clima, lo verdaderamente importante es que, por precaución y por otras muchas razones, tenemos que intentar por todos los medios reducir la orgía de consumismo desenfrenado, irresponsable y en gran parte innecesario en la que está sumida nuestra sociedad, incitada en buena parte por unos intereses económicos de los que tan sólo se benefician unos pocos al tiempo que las consecuencias nos perjudican a casi todos nosotros.

No es sólo el problema de los combustibles fósiles, también lo son la contaminación desatada, la obsolescencia programada, la generación incontrolada de residuos, el expolio de los recursos naturales... todos los cuales podrían ser evitados, o cuanto menos minimizados, sin necesidad alguna de renunciar a nuestro nivel de vida, tan sólo comportándonos de una manera más racional que prescindiera del despilfarro y de todo aquello que resultara superfluo.

Por desgracia tan sólo nos solemos acordar de santa Bárbara cuando truena o cuando nos dicen que truena, razón por la que en el fondo quizá resulten adecuadas todas estas amenazas apocalípticas de cambio climático provocado por la actividad humana, por más que muchas de ellas me parezcan simples mentiras piadosas. Eso sí, siempre y cuando no sean utilizadas para desviar la atención de problemas no menos acuciantes, pero quizá menos interesantes para los consabidos poderes fácticos. En cualquier caso, lo importante sería que se consiguiera cambiar la irresponsable conducta consumista de nuestra sociedad actual, algo en lo que la mayoría de la gente, mucho me temo, no está muy por la labor.

En definitiva, tenemos la obligación ineludible de ser responsables con independencia de que con nuestros actos podamos estar cambiando o no el clima y sin necesidad de que nadie nos amenace con la venida del lobo. Éste es el verdadero reto que tenemos que afrontar, por mucho que pretendan convencernos de lo contrario tanto los ecologistas de salón como quienes están medrando a costa de la buena fe de la gente.

Y así nos va.


Notas

Países comprometidos con el Acuerdo de París. Azul claro, firmado y ratificado. Azul oscuro, Unión Europea (firmado y ratificado). Amarillo, firmado y no ratificado. En 2017 Estados Unidos anunció su retirada. Gráfico tomado de la Wikipedia.

© José Carlos Canalda, (2.115 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Página personal de José Carlos Canalda el 18 de febrero de 2019