Monstruos del siglo XX 9
FIDEL CASTRO: EL DICTADOR MÁS LONGEVO DE AMÉRICA, TERCERA PARTE
por Antonio Quintana Carrandi
Castro y Kruschev en Moscú
Castro y Kruschev en Moscú

El desastre de Bahía Cochinos fue interpretado por la izquierda internacional como una consecuencia inevitable de la debilidad del presidente estadounidense, al que empezaron a motejar de blandengue e irresoluto. Kennedy no podía permitir algo así, porque eso sería tanto como admitir la debilidad de Estados Unidos, así que tomó cartas en el asunto. La oposición republicana minimizó sus ataques a la administración de JFK, porque era plenamente consciente del problema y quería transmitir al resto del mundo el mensaje de que, diferencias ideológicas aparte, todos los estadounidenses apoyarían a su presidente si las cosas se ponían difíciles. La reacción de Kruschev ante la supuesta debilidad americana preocupaba mucho a Kennedy, de modo que en un discurso que ofreció ante la Unión Norteamericana de Redactores de Periódicos, advirtió a la URSS que no debía intentar injerirse en los asuntos de los países del hemisferio occidental, y garantizó que Estados Unidos haría lo necesario y más aún para asegurar su seguridad y la de sus aliados.

En el Kremlin, convencidos de que Kennedy estaba en sus horas más bajas, de que su prestigio estaba por los suelos, no hicieron ningún caso de sus palabras. Kruschev, envalentonado por lo de Bahía Cochinos y espoleado por los integrantes de la llamada línea dura del gobierno soviético, los comunistas más fanáticos e irracionales, ya estaba ultimando un plan que, de salir bien, significaría un gran triunfo para la causa de la proyección mundial del comunismo.

El 3 y el 4 de junio de 1962 ambos líderes se reunieron en Viena, Austria. En esa conferencia, el envalentonado Kruschev no hizo otra cosa que hablar de la decadencia de la sociedad capitalista occidental, e insistir machaconamente en el descalabro que para Estados Unidos había representado la fallida invasión de Cuba. JFK, harto, le espetó que se equivocaba, insistiendo en que no debía dudar ni un segundo de la firme resolución americana de defender sus intereses más vitales. No obstante, Kennedy, un hombre pacífico, que no pacifista en la risible acepción progre del término, se mostró dispuesto a mantener el status quo, el equilibrio de fuerzas que había garantizado la paz desde la Segunda Guerra Mundial, y abogó por una coexistencia pacífica entre ambas potencias.

La conferencia de Viena no tuvo consecuencias importantes para las relaciones Oeste/Este. El presidente americano regresó de ella no satisfecho, pero sí meridianamente seguro de que Kruschev había captado el mensaje. Kruschev lo captó, ciertamente; pero decidió no tomarlo en cuenta, porque sus planes sobre Cuba ya estaban muy adelantados, y confiaba en que aquel jovenzuelo, tan idealista como inexperto, cedería asustado por la posibilidad de una guerra mundial, permitiendo que la URSS se saliera con la suya.

El fracaso de Bahía Cochinos hizo que Estados Unidos abandonara la idea de derrocar a Castro por la fuerza de las armas. Sus esfuerzos se concentraron en aislar al régimen del barbudo e impedir que su revolución se extendiera por Hispanoamérica. Por otro lado, Castro, curándose en salud, reforzó su ejército con ayuda de Rusia, en previsión de nuevos ataques de los exiliados o de sus aliados norteamericanos. Al principio, Washington no concedió demasiada importancia a tales hechos. Pero a raíz de una prolongada estancia en la URSS de Raúl Roa, ministro de defensa cubano, a partir de julio de 1962 se intensificó de manera extraordinaria el tráfico marítimo entre la Unión Soviética y Cuba. Los americanos constataron que estaban entrando gran cantidad de armas soviéticas en la isla, entre ellas misiles tierra-aire SAM idénticos a los suministrados por los rusos a Indonesia e Irak. Los Estados Unidos tenían defensas eficaces contra ese tipo de arma, por lo que Kennedy y sus asesores coligieron que ese material estaba destinado a la mejora de las defensas costeras y antiaéreas cubanas. Nada parecía indicar que la URSS pretendiese romper el equilibrio de fuerzas entre las superpotencias, ya que hasta entonces los rusos no habían emplazado misiles de medio alcance, ni tampoco intercontinentales, fuera de su territorio.

Pero el nuevo director de la CIA, John McCone, que acababa de sustituir a Allen Dulles, no lo veía tan claro, y poco a poco la mayoría de los consejeros presidenciales variaron de parecer, haciendo causa común con él. Los denominados kremlinólogos, es decir, los expertos en analizar las reacciones del gobierno soviético, pensaban que Kruschev era demasiado cauteloso para instalar cohetes de gran alcance en Cuba, y mucho menos con cabezas nucleares. McCone no compartía la opinión de esos expertos. Creía que los proyectiles del tipo SAM enviados por Rusia a Cuba no eran para reforzar las defensas de la isla, sino para defender unas hipotéticas instalaciones de misiles, que sólo podían apuntar a un objetivo: Estados Unidos. El director de la CIA informó de sus temores a Kennedy el 22 de agosto de 1962. No tenía ninguna prueba, pero intuía que estaba en lo cierto, porque, a su modo de ver, por primera vez tenían los soviéticos un territorio cercano a los Estados Unidos para instalar sus proyectiles de largo alcance. Algunos analistas de inteligencia objetaron que Rusia jamás había confiado armamento atómico a sus naciones satélite. McCone replicó que ello obedecía al temor de que, si en alguno de esos países había un levantamiento como el de Hungría de 1956, y si los rebeldes triunfaban y se hacían con el control de esos cohetes, podrían apuntarlos hacia la URSS. Tal como él veía las cosas, en Cuba no existía ese peligro. Si él fuera Kruschev, argumentó, instalaría cohetes de alcance medio (unos 1.500 km) en Cuba, teniendo así a tiro buena parte de los Estados Unidos, y sin peligro de que esos cohetes pudieran servir para atacar Rusia si caían en manos inadecuadas.

El envío a Cuba de cohetes SAM y otras armas preocupó y mucho a la opinión pública estadounidense. Los demócratas consideraban que existía una amenaza real para la seguridad del país, y los republicanos fueron mucho más lejos, exigiendo que se ocupara militarmente la isla y se acabase con Castro y su régimen.

Kennedy procuró mantener la cabeza fría y los pies calientes. Dijo que aquellos que pretendían enviar a la guerra a los hijos de los demás tendrían que ser enviados a casa por sus electores, y sus cargos ocupados por personas más sensatas y razonables, que tuvieran un conocimiento más claro de cómo eran las cosas en el siglo XX. JFK no se fiaba de Kruschev, y mucho menos de Castro, pero no tenía pruebas de que los rusos hubieran instalado armamento nuclear en Cuba, y no estaba dispuesto a desatar una guerra de imprevisibles proporciones sólo para contentar a unos cuantos políticos republicanos histéricos. No obstante, y a sugerencia de su hermano Robert, Secretario de Justicia y Fiscal General, hizo saber a la opinión pública que Estados Unidos no consentiría, bajo ningún concepto, que los rusos instalaran en Cuba misiles tierra-tierra. Y para reforzar su declaración al pueblo, JFK consiguió autorización del Congreso para llamar a filas a 150.000 reservistas. Kruschev reaccionó, afirmando que la URSS no tenía intenciones de emplazar armas defensivas o de represalia en Cuba. Dado que los Servicios de Inteligencia no podían proporcionarle ninguna prueba de lo contrario, Kennedy le concedió el beneficio de la duda a Kruschev y trató de tranquilizar al pueblo norteamericano. Declaró que las armas rusas en Cuba no representaban ninguna amenaza para Estados Unidos, pero también aprovechó para dejar claro que, si en algún momento el comunismo cubano amenazaba la seguridad americana, la base de Guantánamo, el acceso al canal de Panamá, o la zona de Cabo Cañaveral, Estados Unidos actuaría en consecuencia. Y lo mismo haría si cuba intentaba exportar su revolución a otras regiones del hemisferio occidental, o si atacaba a otro país.

Las advertencias de Kennedy eran muy firmes, pero Kruschev y sus adláteres le menospreciaban, considerando que era un tipo sin agallas, y que los miembros de su gobierno eran tan pusilánimes como él. Por lo tanto, siguieron adelante con sus siniestros planes, que pondrían al mundo al borde de la destrucción en aras de la expansión de una ideología tan deleznable como la comunista.

Mientras tanto, McCone intentaba reunir por todos los medios a su alcance, que eran muchos, pruebas de la villanía de Kruschev y su compinche Castro. El 19 de septiembre presentó un informe al presidente, conjeturando que, a la vista de ciertos indicios, Kruschev había ordenado instalar proyectiles balísticos en Cuba. Dicho informe se complementaba con informaciones enviadas por los agentes de la CIA en la isla, según los cuales se registraba un intenso y sospechoso tráfico nocturno de camiones de gran tonelaje, que transportaban objetos de forma cilíndrica. Pero lo más grave era que el piloto personal de Castro había comentado públicamente que Cuba no le tenía ningún miedo a USA, ya que disponía de sus propias bombas atómicas.

La situación era incierta y por eso mismo preocupante. McGeorge Bundy, asesor de Seguridad Nacional del presidente, fue entrevistado en televisión, y trató de tranquilizar al público, insistiendo en que no se tenían pruebas fehacientes de la existencia de armas estratégicas rusas en Cuba. Afirmó que la ayuda militar rusa a Castro era similar a la que proporcionaba a Indonesia y Egipto, y que de ninguna manera representaba una amenaza para Estados Unidos.

La entrevista televisiva en directo a Bundy tuvo lugar el 14 de octubre. Dos días antes, un avión espía U-2 había tomado unas fotos de Cuba que empezaron a preocupar a los analistas de inteligencia. Mientras Bundy salía en televisión asegurando que no pasaba nada, otros dos aparatos U-2 sobrevolaban Cuba en misión de reconocimiento. Habían sido enviados para tratar de obtener mejores fotos de cierta zona de la isla, ya que las imágenes registradas por el vuelo del 12 de octubre eran muy imprecisas. Tan pronto regresaron los aviones, los rollos de película de sus cámaras fueron enviados a Washington, al National Photographie Interpretation Center (Centro Nacional de Interpretación Fotográfica), donde fueron examinados cuidadosamente. Varias de las imágenes mostraban rampas en construcción para misiles, camiones cisterna, elevadores para proyectiles cohetes y construcciones de diversa índole. Todos los detalles se distinguían claramente, por lo que no cabía ninguna duda al respecto: los rusos estaban instalando bases de lanzamiento de misiles en Cuba.

El Jefe del Estado Mayor, general Maxwell Taylor, y el sub-secretario de Defensa, Gilpatrick, que se encontraban en una cena, fueron informados de inmediato. Al Secretario de Estado, Dean Rusk, le comunicaron la mala nueva en un banquete que daba para agasajar a su homólogo alemán, Gerhrard Schröeder, y haciendo gala de una sangre fría admirable continuó atendiendo a su invitado como si tal cosa. A la 1:30 de la madrugada se informó al consejero especial del presidente, McGeorge Bundy, que al principio no dio crédito a la información, y optó por no poner el asunto en conocimiento de Kennedy hasta que los informes de la CIA fueran más concluyentes. El martes, 16 de octubre de 1962, un oficial del Cuerpo de Transmisiones, acompañado por dos expertos en fotografía, se personó en el despacho de Bundy en la Casa Blanca a las 8 de la mañana. El oficial portaba una abultada carpeta, cuyo contenido mostró al consejero especial del presidente, y éste empalideció. Inmediatamente, Bundy salió corriendo en dirección a los aposentos de Kennedy y le puso al tanto de lo que ocurría.

JFK convocó una reunión urgente para las 11:45 con el Vicepresidente Lyndon B. Johnson, el Secretario de Defensa Robert S. MacNamara, el Secretario de Justicia Robert Kennedy, el Secretario de Hacienda Douglas Dillon, el general Maxwell Taylor, el director de la CIA John McCone, el sub-secretario de Exteriores George Ball, los consejeros especiales Bundy y Sorensen y el experto en cuestiones rusas Llewellyn Thompson. Estos hombres formarían el llamado Comité Ejecutivo Especial, que estaría reunido casi sin interrupción durante los doce días siguientes. Se consideró aconsejable mantener el asunto en secreto, por lo que los miembros del comité siguieron atendiendo a sus ocupaciones habituales como si no ocurriera nada, pero prestos a terminar cuanto antes con la rutina, para regresar junto a los demás y continuar analizando la situación.

Tras largas e intensas discusiones, se acordaron seis posibles reacciones, a saber:

Aguadar a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.

Enviar una comisión especial a la URSS, para pedirle a Kruschev que desmantelara las bases de misiles en Cuba.

Trasladar al Comité de Seguridad de la ONU una queja formal contra Cuba y la URSS.

Ordenar a la US Air Force que destruyera el potencial ofensivo ruso-cubano en la isla caribeña.

Bloquear las rutas marítimas a Cuba, impidiendo la llegada de más material militar soviético a la isla, y obligar a los rusos a desmantelar sus plataformas de lanzamiento a medio construir.

Invadir Cuba para destruir las bases de cohetes soviéticos y de paso eliminar el régimen de Castro.

Lo que ocurrió en aquellas tensas jornadas, en las que se dirimió la supervivencia de la civilización, ha sido magistralmente descrito en 13 DÍAS (THIRTEEN DAYS, Roger Donaldson, 2000), una de las mejores películas históricas jamás filmadas. Desde el principio, los miembros del comité se dividieron en dos grupos enfrentados. Uno abogaba por la respuesta drástica explicitada en el punto 6, y contaba con el apoyo del Estado Mayor y los generales más significados. Otro era partidario de encontrar una solución de compromiso, que evitara un enfrentamiento armado con Rusia. Kennedy se encontraba entre ambos, pero en esta ocasión no se dejó influenciar por nadie, optando por guiarse por su sentido común. Así pues, los puntos 4 y 5 fueron largamente discutidos, pues eran las opciones más razonables, a juicio del presidente. Kennedy sugirió que se aplicara el punto 5, ya que esa variante dejaba abiertas todas las demás posibilidades. Su idea era aplicar un bloqueo a Cuba, e ir incrementando gradualmente la presión sobre Rusia, pero dejándole a Kruschev un resquicio por el que poder dar marcha atrás, salvaguardando su honor y la paz mundial al mismo tiempo.

La situación era inédita, pues nunca antes había estado tan cerca la humanidad de la extinción. Aunque se temía que los rusos pudieran emprender acciones de represalia sobre Berlín occidental, lo más preocupante era que tanto USA como la URSS se habían comprometido a emplear el armamento nuclear, caso de que tuviesen que cumplir con sus obligaciones. Era una situación límite, que podría condenar al mundo a la Tercera Guerra Mundial, que sin duda sería la última.

Las cosas se iban poniendo peor a marchas forzadas. El jueves 17 de octubre otro U-2 obtuvo unas fotos que mostraban nuevas instalaciones con capacidad para albergar de 16 a 32 cohetes de alcance medio o largo. Los analistas de las Fuerzas Aéreas concluyeron que estarían operativas en una semana. Las fotografías no dejaban lugar a dudas: los proyectiles apuntaban a determinadas urbes norteamericanas, principalmente de la costa Este. La CIA determinó que el potencial destructor de esos cohetes equivalía aproximadamente a la mitad del arsenal nuclear basado en territorio soviético. Expertos de la US Air Force estimaron que, si eran disparados, no tardarían más de cuatro o cinco minutos en llegar a sus blancos, causando una devastación increíble y matando a más de 100 millones de americanos.

Los partidarios del ataque a Cuba, entre los que figuraba Dean Acheson, Secretario de Estado con Harry Truman, presionaron a Kennedy para que se decidiera por la intervención militar inmediata. La marina, el ejército, y la aviación estaban preparados, y bastaría una orden presidencial para que se iniciaran las operaciones. Acheson, uno de los halcones más duros de la política americana, era de la opinión de que Castro y su régimen eran un peligro para la seguridad de Estados Unidos, y había que acabar con él para que el cáncer comunista no se extendiera por todo el hemisferio occidental. Robert Kennedy se enfrentó a Acheson, alegando que la intervención militar no entraba en las tradiciones de Estados Unidos. Pensaba además que la posición moral de USA, una gran potencia, se resentiría si atacaba a una nación más pequeña y débil. La posibilidad de que Rusia reaccionara atacando a su vez a Estados Unidos era muy alta, y, en palabras de Bob Kennedy, su hermano Jack no deseaba pasar a la historia como el hombre que había desencadenado la Tercera Guerra Mundial. Acheson no dio su brazo a torcer, abogando por una acción fulminante y decisiva.

La tensión se mascaba en el ambiente. Ese mismo día estaba prevista una entrevista de Kennedy con Andrei Gromyko, ministro de exteriores soviético. Se pensó que era una buena oportunidad de reprocharles a los rojos su doble juego, y muchos fueron los que aconsejaron a Kennedy que le planteara la cuestión a Gromyko, para ver cuál era su reacción. Pero JFK, que tenía muy frescas en la memoria las consecuencias de seguir los consejos de sus asesores sin meditarlo a fondo, como había ocurrido con lo de Bahía Cochinos, decidió no decirle nada al ministro ruso. Todavía no sabía qué hacer, y consideró que era mejor no hacerles saber a los soviéticos que estaban al tanto de su sucia jugada cubana.

Pero la entrevista irritó a JFK, porque el cínico Gromyko, cuando la conversación derivó hacia Cuba, afirmó que la URSS sólo le estaba proporcionando a Castro pequeñas cantidades de armamento exclusivamente defensivo, y que el grueso de sus envíos a la isla eran alimentos para mitigar el hambre que padecía el país. Kennedy le puso a prueba, mencionando sus discursos del 4 y el 13 de septiembre, en los que había dicho que los Estados Unidos jamás consentirían que se instalaran misiles balísticos en Cuba. Gromyko le aseguró que tal cosa no ocurriría nunca, pues la Unión Soviética era una nación amante de la paz. El ruso se fue y JFK asumió que la situación se estaba complicando por momentos.

La mayoría de los miembros del Comité Especial se decantó por el bloqueo, pero tras una tensa reunión con Kennedy, la firmeza de algunos de aquellos hombres se tambaleó. JFK decidió que era mejor que se reunieran a la mañana siguiente, a pesar de que sabía, como lo sabían todos, que el tiempo apremiaba. Pero el presidente creyó oportuno conceder unas horas más a aquellos hombres para que trataran de poner en orden sus ideas. Él mismo estaba confuso y no sabía muy bien qué hacer. Lo único que tenía claro es que deseaba impedir una guerra atómica, pero también eliminar la amenaza que suponían los proyectiles nucleares rusos a las mismísimas puertas de Estados Unidos.

Al día siguiente Pierre Salinger, Secretario de Prensa, fue interrogado por los periodistas, que querían saber por qué se efectuaban movimientos de tropas en Florida. Salinger, siguiendo instrucciones del presidente, soslayó el asunto hablando de maniobras y otras vaguedades.

El Comité Especial estuvo reunido durante toda la jornada de ese viernes, discutiendo no sólo lo que se debía hacer, sino cómo se tenía que hacer de cara a la opinión pública, a la OEA y a la ONU. Uno de los temas más espinosos que se discutió fue la posible reacción de las naciones hispanoamericanas, y si se podría contar con su apoyo moral. También era de capital importancia la posible reacción de Moscú contra los intereses estadounidenses en la zona del Caribe, en Berlín o en cualquier otro punto del mundo.

El tiempo no es que apremiara, sino que se les echaba encima. Así pues, se decidió iniciar el bloqueo, fuese o no suficiente tal medida, porque algo había que hacer. Los expertos en leyes internacionales dijeron que el bloqueo estaba jurídicamente justificado, por lo que representaba la mejor opción que tenían. Pero la decisión última correspondía al presidente.

A las 10 de la mañana del sábado Bobby Kennedy telefoneó a su hermano, que estaba en plena campaña electoral. Para no levantar sospechas, seguía con toda normalidad las actividades previstas en su agenda, y continuaba alojado en el hotel Sheraton-Blackstone de Chicago, Illinois. Para que JFK pudiera regresar de inmediato a Washington sin llamar mucho la atención, se dijo que estaba resfriado y el médico le había recomendado dejarlo todo y volver a casa a reponerse. Durante el vuelo en el Air Force One, Kennedy puso al tanto de todo a Salinger, que, según cuenta en sus memorias, sintió que un ramalazo helado le recorría la espalda.

Las fuerzas americanas se hallaban en estado de alerta en todo el mundo. El código que indicaba la situación militar era Defcon 2, máxima alerta. Defcon 1 significaba la guerra total, y todo parecía presagiar que se llegaría a ella, porque MacNamara había ordenado que cuatro escuadras aéreas estuviesen preparadas, en previsión de que el presidente ordenara el ataque sobre las bases de misiles rusos en Cuba.

Kennedy, en una reunión de urgencia con los mandos de las Fuerzas Aéreas, preguntó al general Walter C. Sweeney que posibilidades había de eliminar la amenaza con un ataque aéreo. Sweeney respondió que la destrucción alcanzaría el 90 por ciento, pero que todavía podría quedar alguna plataforma capaz de abrir fuego contra territorio estadounidense. Las palabras del general acabaron de convencerlo para ordenar el bloqueo de Cuba. También decidió JFK que se emplearía el término cuarentena, por sonar menos belicoso que el de bloqueo. Evidentemente, el presidente no deseaba provocar innecesariamente a los rusos.

Había que informar de lo que ocurría a los gobiernos del mundo libre, pero primero se informó a los aliados más fiables de USA, los miembros de la OTAN. JFK tenía ciertas reservas respecto a Francia, pues el prepotente De Gaulle estaba considerado el miembro menos fiable de la Alianza Atlántica. Dean Acheson se ocupó de informar al general francés, y a decir verdad éste reaccionó muy bien, mostrándose partidario de apoyar a Kennedy y a los Estados Unidos con firmeza. El canciller alemán, Konrad Adenauer, y el Primer Ministro británico, Harold Mac Millan, apoyaban sin reservas al presidente estadounidense. El general Franco ofreció su apoyo incondicional a USA, pero matizando que confiaba en una resolución pacífica del conflicto. Por el contrario, el Primer Ministro de Canadá, John Diefenbaker, pensaba que la amenaza no era tan grave como colegían los americanos, pero, de todas formas, colaboró con Kennedy vetando a los rusos el uso del aeropuerto de Gander, en Terranova.

Los preparativos militares apenas podían esconderse, dada su enormidad. La cosa era más notoria en Florida, donde se concentraron más de 100.000 soldados, en previsión de una posible invasión de Cuba. Entre las fuerzas movilizadas destacaban la 82ª y la 101ª divisiones aerotransportadas, unidades paracaidistas que habían sido la punta de lanza del desembarco de Normandía, el martes 6 de junio de 1944. El Mando Aéreo Estratégico tenía preparadas diversas escuadras de aviones de combate y docenas de plataformas de lanzamiento de misiles estaban bajo su control, lo que equivalía a un 85 por ciento de la potencia nuclear del mundo libre. Los 8 submarinos nucleares de la US Navy, armados con misiles Polaris de cabeza atómica, ya estaban desplegados en el mar y tenían fijados sus objetivos en la Unión Soviética. También habían sido movilizados 180 buques de guerra, entre los que se encontraban las unidades que debían bloquear Cuba.

Kennedy informó a los miembros del Congreso, respaldado por John McCone. Cuando el director de la CIA mostró a senadores y representantes las fotos tomadas por los U-2, se hizo un silencio de tumba entre los asistentes. El senador por Georgia Richard B. Russell, presidente de la Comisión de Defensa del Congreso, pensaba que las medidas tomadas por Kennedy para tratar de atajar la cuestión pecaban de flojas. Russell opinaba que era imprescindible afianzar la postura americana mediante un acto de fuerza, y estaba en contra de someter el asunto a la consideración de la OEA o del Consejo de Seguridad de la ONU. El senador Fullbright, que se había opuesto a la operación de Bahía Cochinos, apoyada por Russell, ofreció su apoyo a éste por considerar que ahora se trataba de la seguridad de Estados Unidos. Fullbright opinaba que un ataque fulminante sobre las bases de misiles de Cuba resultaría más eficaz que el bloqueo. Los republicanos de ambas cámaras ofrecieron todo su apoyo a Kennedy, y sólo se quejaron por no haber sido puestos al corriente con más antelación.

Continuará.

© Antonio Quintana Carrandi, (4.052 palabras) Créditos