Monstruos del siglo XX, 8
FIDEL CASTRO: EL DICTADOR MÁS LONGEVO DE AMÉRICA. Segunda parte
por Antonio Quintana Carrandi
Fidel Castro ante varias ruinas provocadas por los los bombardeos
Fidel Castro ante varias ruinas provocadas por los los bombardeos

La gestación de la operación de desembarco en Bahía Cochinos fue tan embrollada como la mejor novela o película de espionaje. Los estadounidenses, dispuestos a derrocar a Castro e impedir la existencia de un país comunista en su patio trasero, tuvieron que bregar con los profundamente divididos exiliados cubanos, tratando de limar asperezas entre ellos y hacerles ver la conveniencia de unirse para finiquitar el régimen del barbudo. Mientras tanto, se había producido el relevo en la presidencia de los Estados Unidos, y Kennedy tuvo que hacer frente a la peliaguda papeleta que le había dejado Eisenhower. En principio, aprobaba lo de Bahía cochinos, pero, al igual que Ike, insistió en que en tal operación no debían participar los exiliados que se habían significado por su apoyo al régimen de Batista, y fue aún más lejos que Eisenhower al decidir que bajo ningún concepto tomarían parte en la operación fuerzas estadounidenses. Eran los propios exiliados cubanos los que deberían liberar su país, dijo, y Estados Unidos les ofrecería toda la ayuda posible, pero no participaría directamente en el ataque.

Los anticastristas refugiados en USA parecieron llegar a un acuerdo entre ellos, si bien a trancas y barrancas y presionados por los agentes de la CIA que servían como enlaces en cada grupo de exiliados, y formaron un Comité Contrarrevolucionario a la cabeza del cual estaba Manuel Ray. Al frente de los hombres de la CIA figuraba Frank Bender, un peso pesado de la agencia de espionaje estadounidense, que no mostraba el menor interés por las diferencias políticas entre los exiliados. Bender fue, quizás, el artífice último de la operación de Bahía Cochinos, Operación Cuba en la nomenclatura oficial de la CIA.

Los exiliados cubanos no daban más que problemas y Bender decidió cortar por lo sano. La CIA citó a los jefes anticastristas en un motel de Miami, y Bender les dio un ultimátum: o dejaban a un lado sus estúpidas rencillas y elegían un presidente provisional para Cuba, o se abandonaba el proyecto. Como dependían de los americanos para llevar a cabo su contrarrevolución, no les quedó otra que acceder, y así José Miró Cardona fue designado para el cargo de jefe del gobierno provisional que se instauraría en la isla tan pronto Castro fuese derribado. Miró Cardona había sido Primer Ministro del gobierno revolucionario tras el triunfo de Fidel, pero sólo durante un fugacísimo periodo, ya que el barbudo se había apresurado a hacerle a un lado y ocupar el puesto. El doctor Miró Cardona intuyó enseguida la clase de elemento que era Castro, así que, a la primera oportunidad que se le presentó, huyó a Florida, renegando del que hasta entonces se había presentado como un líder honorable.

Nada sabían los exiliados de la decisión de Kennedy de no implicar en el asunto a las fuerzas armadas norteamericanas. Los anticastristas estaban convencidos de que, de presentarse dificultades, los estadounidenses acudirían en su ayuda, de forma que siguieron adelante con el plan. La brigada 2.506, bautizada así por el número de serie del fusil Garand de un anticastrista que murió durante los durísimos entrenamientos en una aislada región de Guatemala, era la pieza clave de la operación, y en ella tenían depositadas sus esperanzas los exiliados, la CIA y hasta el presidente Kennedy. Fue dotada de armamento procedente de los excedentes de la Segunda Guerra Mundial, y se le facilitó también algunos viejos bombarderos Martin B-26 Marauder, muy similares a los que tenía Castro, que procedían de la ayuda militar americana a Batista. Estos aviones debían prestar al desembarco la imprescindible cobertura aérea, destruyendo los aparatos enemigos en tierra, antes de que pudieran despegar. La idea era abrir y mantener una cabeza de puente, ante la que debían estrellarse las fuerzas castristas, mientras en las ciudades la resistencia trataba de promover un levantamiento general contra Fidel Castro. Confiados en que, si algo salía mal, los americanos acudirían prestos en su ayuda, los valerosos integrantes de la 2.506, mandados por Pepe San Román, se esforzaron en prepararse a fondo.

Nada sabían aquellos valientes de las cuitas que atormentaban a sus mentores. Parte de los agentes de la CIA y de los militares yanquis implicados en el proyecto estaban en desacuerdo con el presidente. Pensaban que no era justo alentar a aquellos hombres, haciéndoles creer que, en caso necesario, contarían con el auxilio militar de los Estados Unidos. Pero la actitud de Kennedy era la más lógica y razonable. Estados Unidos no podía implicarse directamente en una agresión militar a un país tan pequeño como Cuba, porque eso significaría una tremenda pérdida de prestigio ante el resto de las naciones de Hispanoamérica. JFK no quería que USA se comportara como un matón que abusa del débil, pues creía firmemente que tal proceder no le traería más que problemas internacionales a su país. Pero, por otra parte, consideraba que Castro había traicionado los principios elementales de la revolución, y que era una cuestión de justicia ayudar en lo posible a quienes deseaban apartarlo del poder.

A pesar de todo, Kennedy no estaba seguro de cuál debía ser el proceder de los Estados Unidos, ni de cuáles serían las consecuencias derivadas de la postura oficial que se tomase en última instancia. JFK, hoy día casi mitificado y considerado por muchos norteamericanos como el mejor presidente que han tenido, era en realidad bastante inexperto en cuestiones de política exterior, y su presidencia no había comenzado con buen pie. Había derrotado al republicano Nixon por un estrecho margen, y los terribles problemas a que tenía que hacer frente con el asunto de Cuba amenazaban con superarle. Como en Estados Unidos se considera la libertad de prensa y de expresión sagrada, y los periodistas se mueven a sus anchas, muy pronto empezaron a correr rumores sobre una supuesta invasión de Cuba que estaba organizando, presumiblemente, la CIA. Kennedy trató de enfrentarse a la situación con calma, pero la cosa fue a más cuando el senador Fullbright, presidente de la Comisión de Exteriores del Senado, se hizo eco de los rumores y le dirigió un escrito en el que se pronunciaba en contra de una invasión de Cuba patrocinada por los Estados Unidos. Aunque se le atribuye erróneamente a Kennedy, la frase Cuba puede ser una espina en la carne, pero nunca una daga en el corazón, es de Fullbright. El senador sostenía que era muy arriesgado y claramente contraproducente poner en juego el prestigio de los Estados Unidos en el hemisferio occidental, prestigio que se vería muy mermado tanto si la supuesta invasión salía bien como si salía mal. El presidente, indeciso, preguntó a sus colaboradores más cercanos qué opinaban sobre el asunto, y tanto MacNamara, Secretario de Defensa, como Rusk, Secretario de Estado, se mostraron favorables a continuar prestando apoyo a la invasión. Otros muchos, entre los que figuraban Dulles y Bissell, el director de la CIA y uno de sus analistas más renombrados, también declararon ser firmes partidarios de la Operación Cuba. Fullbright se quedó solo, aunque a la larga el desarrollo de los acontecimientos le daría la razón. De su mismo parecer era el asesor presidencial más competente, Arthur M. Schlesinger, pero durante aquella reunión no dijo nada, limitándose a redactar más tarde un informe para el presidente, en el que le exponía el porqué de su postura. El inexperto Kennedy optó por ignorar las opiniones de Fullbright y Schlesinger. Hoy sabemos que fue un error, pero hay que ponerse en el lugar de JFK para comprender su proceder. Kennedy tenía plena confianza en los Departamentos de Estado y Defensa, cuyos titulares avalaban la invasión, lo mismo que la CIA, así que tomó la decisión que parecía más lógica en aquellos momentos. Pero en lo que se mantuvo firme, a pesar de las muchas presiones que recibió, fue en mantener apartadas de la operación a las Fuerzas Armadas Estadounidenses.

Puesto que esto es un simple ensayo, y no un tratado pormenorizado del intento de invasión de Cuba por Bahía Cochinos, pasaré por alto los numerosos problemas a los que tuvo que enfrentarse la administración Kennedy para sacar adelante el proyecto. El caso es que, a pesar de todo, se dio vía libre al plan y se inició la invasión. En la noche del 16 al 17 de abril de 1961, las fuerzas cubanas en el exilio, entrenadas y pertrechadas por Estados Unidos, se lanzaron al ataque. Pero la operación, en la que tantos cubanos anticastristas habían puesto tantas esperanzas, fracasó, degenerando en una serie de batallas de supervivencia, en las que los atacantes resultaron diezmados por las tropas de Castro.

Las guarniciones castristas de Playa Larga y Playa Girón tenían emisoras de radio de onda corta, y tan pronto se dieron cuenta de lo que ocurría, los milicianos revolucionarios que las atendían lanzaron mensajes de advertencia y socorro. Las radios cayeron pronto en poder de los exiliados, pero el mal ya estaba hecho. A las tres de la mañana del 17 de abril, Fidel ya estaba al tanto de que una fuerza contrarrevolucionaria había desembarcado en Bahía Cochinos. Sabía que tenía que reaccionar con rapidez, si quería evitar que los invasores establecieran una cabeza de playa sólida, que les permitiese ir progresando y conquistando terreno paulatinamente. El barbudo sabía, también, que si los exiliados lograban dominar aunque sólo fuese una pequeña porción de la isla, establecerían un gobierno provisional, que podría ser reconocido como legal por muchas naciones, empezando por Estados Unidos. Por lo tanto, ordenó a las unidades militares más próximas a la zona que se dirigieran hacia Bahía Cochinos, y tan pronto como le fue posible, se trasladó al sector de las operaciones para ponerse al mando de sus tropas.

Los exiliados contaban con unos pocos bombarderos medios Martin B-26 Marauder de la Segunda Guerra Mundial, proporcionados por los americanos, y que, despegando desde Guatemala, debían darle al desembarco la imprescindible cobertura aérea. Por desgracia, cuando entraron en acción tuvieron que enfrentarse no sólo a los B-26 y cazas Seafury británicos de Castro (heredados de la aviación de Batista), si no a los veloces reactores T-33, versión de entrenamiento del caza estadounidense P-80, que conservaban parte de su armamento para instrucción y enseñanza, y que los barrieron del cielo y dificultaron muchísimo el desembarco de las tropas exiliadas cubanas y su material de guerra. Desde el momento en que la aviación castrista dominó el aire, la invasión podía considerarse fracasada. Pero como habían conseguido llegar hasta allí, los anticastristas se lo jugaron todo a una carta y siguieron adelante.

Además de repeler a las fuerzas de invasión, Castro había dado instrucciones muy concretas a su policía política, que inmediatamente empezó a hacer redadas masivas, arrestando a miles de personas por todo el país, y yugulando así cualquier intento de la resistencia interior por apoyar la invasión mediante el sabotaje. Pepe San Román había instalado su cuartel general en Playa Girón, y a pesar de ser muy consciente de la gravísima situación de sus tropas, confiaba en poder dar un vuelco a la situación, gracias a la actuación de la resistencia cubana. No podía saber que la policía castrista había desbaratado dicha resistencia, arrestando o asesinando a miles de disidentes. Por otra parte, las noticias eran cada vez peores. Había unidades cercadas que estaban agotando sus municiones, otras que no habían logrado alcanzar sus objetivos y algunas de las que no se sabía nada.

Los primeros informes que llegaron a Washington eran descorazonadores, y la alarma cundió a todos los niveles. Existía una pequeña fuerza de bombarderos de reserva en Valle Feliz, Guatemala, y la CIA ordenó que despegaran y realizaran una incursión sobre los aeródromos militares de la isla para eliminar los cazas y bombarderos de Castro, pero no tuvieron éxito y no pudieron destruir ningún aparato enemigo, con lo cual el barbudo siguió ostentando la superioridad en el aire.

A pesar de que las tornas parecían volverse contra ellos, los exiliados seguían luchando con fiereza. Se sentían optimistas porque todos y cada uno de ellos estaba convencido de que Estados Unidos no los abandonaría. Los instructores norteamericanos les habían asegurado que, de ir mal las cosas, intervendremos nosotros. Seguramente, tanto los militares americanos como los agentes de la CIA que trataban con los grupos de exiliados cubanos eran sinceros, creían de buena fe que su país acudiría en ayuda de Pepe San Román y sus hombres, si la situación daba un vuelco y se volvía desesperada. Al fin y al cabo, Castro era comunista y Estados Unidos jamás transigiría en tener un pequeño feudo marxista a unos pocos kilómetros de sus costas. Pero aunque todo indica que hubo presiones para que la US Air Force acudiera en ayuda de la Brigada 2.506, las órdenes de Kennedy eran muy claras y se obedecieron tajantemente. No hubo reactores norteamericanos que bombardearan a las fuerzas de Castro, y lenta pero inexorablemente, las tropas castristas fueron estrechando el cerco en torno a los exiliados.

Para acabar de fastidiarlo todo, en Washington se recibió una enérgica nota de protesta de Kruschev, en la que el premier soviético tachaba a los exiliados cubanos de bandidos entrenados por los americanos. El oso ruso iba más lejos, asegurando que ayudaría a Cuba a repeler aquella infame agresión.

Kennedy tenía entre manos una buena papeleta. Las cosas se habían torcido, y mientras en la ONU el representante de los Estados Unidos se veía obligado a mentir, diciendo que los hombres que pretendían invadir Cuba no habían sido ni entrenados, ni armados, ni pertrechados por el gobierno estadounidense, JFK contestó a Kruschev advirtiéndole que, si en Cuba intervenía alguna potencia extranjera, Estados Unidos cumpliría de inmediato su obligación de defender el hemisferio occidental de cualquier agresión exterior.

En Washington la vida parecía seguir su curso normal, y Kennedy simulaba no estar preocupado. Hubo una recepción en la Casa Blanca para los miembros del Congreso. Pero mientras él y su maravillosa esposa atendían a sus invitados, interiormente el presidente acusaba gran nerviosismo. Hacia medianoche un hombre se acercó a él y le susurró algo. Kennedy se disculpó con sus invitados y acudió presuroso al despacho oval, donde ya le esperaban sus consejeros. Fue Bissell, de la CIA, el primero en tomar la palabra, diciendo que, o bien intervenían los aviones americanos, o la invasión de Cuba fracasaría sin remedio. Con el apoyo del Estado Mayor Combinado, y sobre todo del almirante Burke, Bissell defendió con vehemencia la intervención militar americana, y Burke fue más lejos al proponer que las fuerzas navales estadounidenses apoyasen con su fuego a San Román y sus hombres, y abogó por implicar directamente en el conflicto a fuerzas americanas, desembarcando una división de Marines en Bahía Cochinos.

Tanto Burke como Bissell tenían razón, desde el punto de vista militar y de inteligencia. Dejar a medio terminar la empresa cubana supondría un enorme desprestigio para Estados Unidos, cuyo gobierno se ganaría la animadversión de los exiliados cubanos, que se considerarían, con razón, traicionados. Entonces JFK tomó una decisión muy difícil. No quería que su país se implicara directamente en el asunto, pero, tal vez pensando en aquellos valientes que luchaban por sus vidas frente a un enemigo implacable, ordenó que seis cazas a reacción del portaaviones USS Essex fueran enviados a Bahía Cochinos, con el cometido de apoyar y proteger otro ataque de B-26 rebeldes que despegarían desde Nicaragua. Los cazas no llevarían ningún distintivo que sirviese para identificar su nacionalidad.

Esta medida supuso un alivio para los exiliados cubanos. Con la protección de los modernos cazas, los venerables B-26 causaron grandes daños a las fuerzas castristas, aliviando la presión sobre las zonas de desembarco, lo que permitió que los barcos de aprovisionamiento de los atacantes trasladaran a tierra buena parte de su valiosa carga de material de guerra.

La decisión de JFK fue bien acogida por los agentes de la CIA. Muchos de ellos, pilotos de combate de profesión, al saber que Washington prometía ayuda se ofrecieron para sustituir en sus puestos a sus extenuados compañeros cubanos. Todo parecía mejorar de repente. Pero como, sorprendentemente, no se tuvieron en cuenta las diferencias horarias entre Nicaragua, donde estaban basados la mayor parte de los aviones de los exiliados, y Cuba, otra misión de bombardeo no salió como se esperaba, porque los B-26 llegaron a su objetivo con una hora de adelanto sobre el horario establecido; y además, para acabar de fastidiar las cosas, no volaban sobre el sector protegido por los cazas americanos camuflados. Como resultado de aquello, los B-26 fueron abatidos. En las operaciones sobre Bahía Cochinos perdieron la vida 14 pilotos, 10 exiliados cubanos y 4 norteamericanos.

La suerte estaba echada, porque lo de los seis reactores sólo había sido un gesto de Kennedy con los exiliados. El presidente no podía hacer lo que Bissell y el almirante Burke querían, porque eso hubiera provocado una reacción automática de la URSS. Por lo tanto, dio contraorden, y la escuadrilla fantasma americana que había acudido en ayuda de los exiliados regresó al USS Essex. Mientras tanto, en Cuba se precipitaban los acontecimientos. Sin la protección de los aviones estadounidenses, los barcos de avituallamiento de los anticastristas no podían desembarcar su carga. Sin víveres, medicinas y municiones, la suerte de la Brigada 2.506 estaba sellada. A San Román y su gente se les había asegurado que Estados Unidos no les abandonaría bajo ninguna circunstancia, pero no recibieron ninguna ayuda. Con la perspectiva que ofrece el paso del tiempo, y lo que sabemos hoy día, todo indica que la Operación Cuba pecaba de demasiado audaz, y además estaba pésimamente planificada. Ni siquiera existía un plan de repliegue para la Brigada 2.506, si fracasaba en su propósito. En los Estados Unidos, el Comité Contrarrevolucionario se lamentaba amargamente, exigiendo a los americanos el desembarco de tropas terrestres y la intervención inmediata de fuerzas aeronavales estadounidenses. Por otro lado, los anticastristas adujeron que, de fracasar la operación, la mayor parte de la culpa correspondería al gobierno americano, que había controlado todo el asunto desde el principio, ninguneando al Comité, que carecía de poder decisivo efectivo sobre la situación.

Kennedy se avino a recibir al Comité Contrarrevolucionario en la Casa Blanca. Los cubanos asistieron contritos a la lectura de un informe de la situación, y después JFK tomó la palabra. Expresó su pesar por la marcha de los acontecimientos, y trató de explicar a aquellos pálidos y enfurecidos hombres por qué había decidido que el desembarco debía llevarse a cabo sin la colaboración directa de Estados Unidos. Los exiliados cubanos parecieron comprender la postura del presidente, pero cuando abandonaron la Casa Blanca su palidez se había acentuado y se mostraban totalmente abatidos.

Pepe San Román y su plana mayor cayeron en manos de las tropas de Castro, al igual que casi todos los integrantes de las fuerzas invasoras. Permanecieron cautivos durante año y medio, siendo juzgados por un tribunal revolucionario en una multitudinaria farsa legal, de la que Fidel sacó buen partido propagandístico. Todos los exiliados fueron condenados a 30 años de cárcel, o a pagar una fianza colectiva que, en moneda española de principios de los años 60, equivalía a la astronómica cifra de 3.300 millones de pesetas. Kennedy sentía que estaba en deuda con aquellos hombres, por lo que se avino a pagar la fianza —rescate debiéramos llamarlo en puridad— no en dinero, sino en mercancías diversas, de las que la Cuba castrista estaba muy necesitada. Mil de los hombres juzgados en La Habana fueron canjeados por alimentos, medicinas, instrumental médico y tractores. Las enormes cantidades de alimentos y medicinas no llegaron al pueblo llano, sino que se repartieron entre los cuadros dirigentes del régimen. El pueblo cubano no se benefició de ninguna manera de lo entregado por Estados Unidos.

El 29 de diciembre de 1962 los liberados, encabezados por Pepe San Román, se reunieron en el Estadio Orange-Bowl de Miami en un acto convocado a petición de Kennedy, y visto por muchos exiliados cubanos como un intento del presidente americano de desagraviarlos por haberlos dejado en la estacada en los momentos más críticos. La verdad es que, a pesar de todo lo ocurrido y del natural enfado entre ciertos sectores del exilio cubano, Kennedy seguía gozando de mucho prestigio y a su llegada fue recibido con gritos de júbilo. Visiblemente emocionado, JFK escuchó las palabras de San Román, que luego le hizo entrega de la bandera de combate de la Brigada 2.506, la misma que durante tres terribles días de fuego y muerte había ondeado en su cuartel general de Playa Girón. El presidente se la entregó a Oliva, otro líder de los exiliados, y seguidamente pronunció un sentido discurso, en el que ensalzó el heroísmo y la entrega de los miembros de la 2.506, y expresó su deseo de que Cuba llegase a ser libre algún día. Cuando Jacqueline hizo uso de la palabra, el entusiasmo y la emoción entre los asistentes aumentaron, porque la Primera Dama se dirigió al auditorio en correctísimo español, y fue largamente ovacionada cuando dijo que su hijo era muy pequeño todavía, pero que a su debido tiempo le hablaría de los valerosos hombres de la Brigada 2.506, y le expresaría su deseo de que él llegase a ser sólo la mitad de honesto y valiente que ellos. Este acto contribuyó a suavizar notablemente, sino a acallar del todo, los rumores que circulaban entre los exiliados cubanos sobre la traición americana.

Lo de Bahía Cochinos representó un duro golpe para el prestigio internacional de Estados Unidos. Pierre Salinger, Secretario de Prensa, dijo que los tres días que necesitó Castro para desbaratar la invasión fueron terribles, los más duros vividos jamás en la Casa Blanca, y la primera gran derrota de JFK en su presidencia.

Para Castro fue todo lo contrario. La propaganda sobre lo de Bahía Cochinos magnificó aún más la figura del dictador cubano, asentando sólidamente su régimen, aplaudido por todas las tiranías izquierdistas del mundo, empezando por la siniestra URSS. La izquierda europea vio fortalecidas sus hipócritas protestas moralizantes en contra de Estados Unidos, y no se cansó de glosar a Castro, el Che Guevara y sus cuates.

Para Kennedy, el fracaso de Bahía Cochinos representó un durísimo revés personal, pero, como suele decirse, a veces se aprende más de una derrota que de una victoria. JFK aprendió que no debía seguir a rajatabla los consejos de sus consejeros, que tanto militares como políticos, por más experiencia que acumulasen, podían errar en sus juicios, y que debía encontrar dentro de sí mismo la fortaleza necesaria para enfrentarse, con posibilidades de salir airoso de la prueba, a la tremenda responsabilidad que conllevaba ser presidente de los Estados Unidos. Se hizo el firme propósito de perseverar en la defensa de los ideales democráticos, de proseguir con su programa de reformas sociales y, sobre todo, de no permitir que el desastre de Cuba marcara su administración. No podía saber entonces que muy pronto tendría que superar una prueba mucho más difícil, que colocaría a la especie humana al borde de la extinción total, por culpa de las ambiciones de la camarilla de sátrapas que dirigían Rusia, y por las irracionales ansias de venganza del primate de La Habana.

© Antonio Quintana Carrandi, (3.872 palabras) Créditos