El cambio climático
2.- CO2, EL «MALO» DE LA PELÍCULA
por José Carlos Canalda
Caliza

Antes de nada, conviene puntualizar una cuestión que muchas veces aparece reflejada en los medios de comunicación de forma ambigua o equívoca, cuando no falseada de forma quizás deliberada: el CO2 no es en modo alguno un gas contaminante, ni resulta pernicioso para la salud salvo que, en un ambiente saturado de este gas y —esto es fundamental— carente de oxígeno corriéramos el riesgo de perecer asfixiados, tal como puede ocurrir, por ejemplo, en un pozo sin ventilación; pero la asfixia no sucedería por la presencia de CO2, sino por la ausencia de oxígeno. De hecho el CO2 es el residuo de la respiración, por lo que este gas está presente en nuestro organismo de forma natural. Asimismo lo ingerimos sin el menor problema —salvo quizá una dispepsia si tenemos delicado el sistema digestivo— cada vez que tomamos una bebida con gas sea cerveza, vino espumoso o un refresco.

Por el contrario, el DRAE define contaminar como Alterar nocivamente la pureza o las condiciones normales de una cosa o un medio por agentes químicos o físicos. Es decir, un contaminante es algo intrínsecamente dañino o perjudicial, generalmente para la salud. Aunque hay muchos tipos de contaminación, en lo que al tema que nos ocupa se refiere pedemos identificar a la contaminación del aire con una serie de sustancias nocivas que no deberían estar ahí y son producidas habitualmente —aunque no siempre, los volcanes contaminan lo suyo— por la actividad humana: gases como los óxidos de nitrógeno, los óxidos de azufre, el monóxido de carbono o CO —no hay que confundirlo con el CO2—, el ozono, los compuestos organoclorados o los residuos de combustión; las partículas en suspensión que causan los humos, y otros residuos de actividades mineras o industriales, en especial los peligrosos metales pesados como el plomo o el mercurio.

Esta puntualización no está en modo alguno de más. Primero porque la gente no tiene por qué tener conocimientos de química, y segundo porque ha habido intentos descarados de engaño, como cuando hace unos años se vendió la idea —y con ella los coches— de que los motores diésel eran más ecológicos —el entrecomillado es mío— que los de gasolina porque, al emitir menos CO2 —lo que era cierto—, contaminaban menos. El resultado, años después, no puede ser más deplorable: el parque móvil de vehículos diésel se disparó gracias a una conjunción de intereses de las compañías petroleras y los fabricantes de coches mientras los gobiernos hacían la vista gorda ante tamaño despropósito, lo que condujo a un aumento alarmante de la contaminación sobre todo en las grandes ciudades. Ahora, por el contrario, los motores diésel están demonizados —a buenas horas, mangas verdes— y ya se habla de su futura prohibición, pero hasta que se consiga renovar la totalidad del parque móvil tendremos que estar todavía muchos años tragando malos humos.

Así pues, ha de quedar meridianamente claro que el CO2 no contamina en absoluto. Cuestión aparte es el tema del efecto invernadero que, como ya he explicado, tiene en el CO2 uno de sus principales agentes, así como su posible influencia en el clima; no la del CO2 en sí mismo ya que siempre ha estado presente en la atmósfera, sino la del incremento de su concentración provocado por la actividad humana durante los últimos dos siglos y medio. Pero no nos adelantemos todavía..

Estructura de la molécula de CO2. Negro, carbono. Rojo, oxígeno
Estructura de la molécula de CO2. Negro, carbono. Rojo, oxígeno

¿Qué es el CO2, anhídrido carbónico o dióxido de carbono, que de todas estas maneras se le conoce? Pues una molécula química muy sencilla formada por un átomo de carbono y dos de oxígeno, muy importante en todos los procesos biológicos puesto que forma parte fundamental de los mismos al ser el alimento de las plantas verdes, que con CO2 y agua sintetizan, merced a la función clorofílica, ingentes cantidades de materia viva que posteriormente sirve de sustento a los animales. Éstos a su vez excretan CO2 con la respiración, a modo de residuo de sus propios procesos metabólicos. En consecuencia existe un ciclo del CO2 el cual, si fallara alguno de sus eslabones, podría llegar a romperse.

Se sabe que en la atmósfera de la Tierra primitiva no había prácticamente nada de oxígeno libre —actualmente es alrededor de la cuarta parte del aire que respiramos—, ya que estaba constituida principalmente por una mezcla de nitrógeno y dióxido de carbono similar a la existente en otros planetas del Sistema Solar. El oxígeno actual fue producido en su mayor parte por la actividad metabólica de las plantas verdes primitivas, lo que permitió la aparición de animales capaces de respirarlo. Se sabe también que a lo largo de las diferentes eras geológicas el nivel de oxígeno en la atmósfera, y por lo tanto también el del CO2 al estar ambos interrelacionados a causa de los seres vivos, experimentó variaciones significativas en uno u otro sentido que se tradujeron en alteraciones climáticas.

Y aquí llegamos al meollo del asunto. Además de la respiración de los seres vivos, otra fuente posible de CO2 atmosférico es la combustión de compuestos orgánicos, todos los cuales contienen carbono como componente principal de sus moléculas. En realidad si un bosque arde, aparte de los daños ambientales y ecológicos, su efecto sobre el balance total del anhídrido carbónico es mínimo, puesto que ese carbono que vuelve a la atmósfera es el mismo que unos años antes le quitaran los árboles quemados al crecer. El problema estriba en que llevamos muchas décadas quemando de forma indiscriminada cantidades ingentes de combustibles fósiles, carbón y derivados del petróleo fundamentalmente que, aunque en su origen también formaron parte de organismos vivos, éstos murieron hace tantos millones de años que el carbono que contenían había quedado fuera del ciclo del CO2, a diferencia de la madera quemada de un árbol. Dicho con otras palabras, desde que con la Revolución Industrial se comenzó a utilizar el carbón mineral como combustible hemos estado alterando artificialmente, y de forma significativa, el ciclo natural del CO2 al introducir en la atmósfera grandes cantidades de este gas que hasta entonces habían estado secuestradas desde hacía muchos millones de años en las entrañas de la Tierra..

Variación de la concentración de CO2 en la atmósfera durante los últimos 2.000 años
Variación de la concentración de CO2 en la atmósfera durante los últimos 2.000 años

Por esta razón se sabe con certeza que durante aproximadamente los dos últimos siglos y medio, y a causa del consumo masivo como combustible de carbón primero, y de gas natural y derivados del petróleo después, la cantidad de CO2 presente en la atmósfera ha pasado del 0,028% de 1750 al 0,037% actual, lo que supone un incremento del 32%, aproximadamente un tercio más. Éste es un hecho incontrovertible, aunque conviene no olvidar —las estadísticas mal aplicadas pueden conducirnos a conclusiones equivocadas— que incluso con este 0,037 % tan sólo una de cada dos mil seiscientas moléculas del aire es de CO2. Es decir, por alto que haya sido su incremento la presencia de CO2 en la atmosfera sigue siendo muy minoritaria.

Esto no quiere decir que la variación sea despreciable; no lo es en absoluto, ya que bastaría con un aumento significativo del mismo, aunque la cantidad total siguiera siendo pequeña, para que la temperatura media se incrementara en algunos grados, no muchos pero sí los suficientes como para alterar el delicado equilibrio en el que nos movemos. Sin embargo, conviene no olvidar que el CO2 no es en modo alguno el único malo de la película, ya que otros gases presentes en la atmósfera también producen efecto invernadero.

De todos ellos el más abundante es con diferencia el vapor de agua, cuya proporción media en la atmósfera —aunque varía mucho de unos lugares a otros— es de casi 30 veces la del CO2. Puesto que, para una misma concentración, su un efecto invernadero es también superior al del CO2, la conclusión obvia es que es el vapor de agua, y no el CO2, el principal causante del mismo.

El problema estriba en que la cuantificación de su influencia en el clima resulta muy difícil de evaluar. Al igual que el CO2 el vapor de agua está sometido a unos ciclos complejos, pero a diferencia de éste el agua se presenta en los tres estados, sólido, líquido y gaseoso, lo que dificulta extraordinariamente su estudio ya que al efecto invernadero del vapor hay que sumar la ingente cantidad de calor acumulado en los océanos, así como el intercambio de éste con la atmósfera. Para complicar todavía más las cosas también el hielo, en especial el de los casquetes polares, afecta al clima a causa de la reflexión de parte de la radiación solar recibida, un fenómeno que conocen bien los esquiadores.

Sin ser tan complejos —en condiciones ambientales normales el CO2 se encuentra únicamente en estado gaseoso—, los ciclos que regulan el equilibrio de este gas distan mucho de estar bien estudiados. Para empezar, y en contra de lo que habitualmente se cree, la función clorofílica es realizada de forma mayoritaria no por las plantas terrestres sino por las algas marinas, o lo que es lo mismo, el pulmón del planeta no está en las selvas tropicales —lo que no disculpa en absoluto la catástrofe medioambiental que está provocando su tala indiscriminada—, sino en los océanos..

Caliza fosilífera
Caliza fosilífera

No es éste el único ciclo en el que está involucrado el CO2. Muchos animales, especialmente invertebrados marinos tales como los moluscos o los corales, lo fijan en sus conchas o en sus exoesqueletos en forma de carbonato cálcico. Aunque a primera vista pudiera parecer un fenómeno poco importante, para hacerse una idea de la capacidad de retención del CO2 por esta vía basta con comprobar la extensión de los arrecifes de coral o, todavía más, los grandes yacimientos de piedra caliza formados por depósitos de antiguos caparazones fosilizados, a los que se suma la ingente cantidad de este mineral, uno de los más abundantes en la corteza terrestre, de origen sedimentario..

El Torcal de Antequera, uno de los más conocidos macizos calizos de España
El Torcal de Antequera, uno de los más conocidos macizos calizos de España

Pero el gran depósito de CO2 libre no está en la atmósfera sino, con gran diferencia, en los océanos, donde se estima que hay acumulado unas 60 veces más de este gas que en el aire. Aunque todavía no se conoce suficientemente bien el mecanismo de absorción del CO2 por el agua marina y aparentemente su concentración se mantiene constante, una alteración en las propiedades físicas o químicas del agua del mar tales como la salinidad, la acidez o la temperatura podrían alterar este equilibrio con consecuencias significativas en el clima.

Todavía es posible hacer una reflexión más. Puesto que estos ciclos están aparentemente equilibrados y gozan de estabilidad dentro de ciertos límites, cabe suponer que puedan contar con unos mecanismos de autorregulación capaces de corregir de manera automática las posibles desviaciones que pudieran surgir en un sentido o en el contrario, tal como ocurre habitualmente en muchos sistemas físicos o químicos. Así, un aumento de la cantidad de CO2 presente en el aire debería favorecer el crecimiento de las plantas, y el consiguiente incremento de la función clorofílica reduciría la cantidad de CO2 hasta alcanzar de nuevo el equilibrio, al menos a relativamente corto plazo —a escala geológica la situación es diferente— siempre que no se rebasaran los márgenes de tolerancia.

Por esta razón, ni siquiera podemos estar seguros de que el aumento en la concentración de CO2 en la atmósfera se deba exclusivamente a la actividad humana ya que podría provenir, al menos en parte, de causas naturales tales como las apuntadas. Asimismo, cabría preguntarse si un incremento del 0,009 % es suficiente para alterar el clima de forma significativa.

Cierto es que en caso de duda conviene ser precavido, pero ¿está realmente justificado el alarmismo de estos últimos años? Antes de reflexionar sobre ello, conviene que repasemos lo que se conoce sobre las fluctuaciones naturales del clima.


Notas

Estructura de la molécula de CO2. Negro, carbono. Rojo, oxígeno. Imagen tomada de la Wikipedia.

Variación de la concentración de CO2 en la atmósfera durante los últimos 2.000 años
Gráfico tomado de PDFThe Myth of DangerousHuman-CausedClimateChange de R. M. Carter.

Caliza fosilífera. Fotografía tomada de la Wikipedia.

El Torcal de España Fotografía tomada de la Wikipedia.

© José Carlos Canalda, (9 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Página personal de José Carlos Canalda el 18 de febrero de 2019