Monstruos del siglo XX, 7
FIDEL CASTRO: EL DICTADOR MÁS LONGEVO DE AMÉRICA. Primera parte
por Antonio Quintana Carrandi
Fidel Castro

Fidel Castro (1926-2016), referente de la izquierda más casposa, creó el régimen dictatorial más largo de la historia del continente americano, que todavía persiste tras su muerte. Su fallecimiento originó una serie de programas televisivos tan cansinos como vomitivos. Aunque se le definió como lo que era, un dictador, asquea comprobar cómo se ha intentado justificar su régimen y sus tropelías. Casi todas las cadenas de televisión españolas dieron una imagen romanticona y edulcorada del Coma-Andante, lo que demuestra lo profundamente enquistada que está, en ciertos medios de comunicación españoles, la propaganda comunista. Es una pena que puedan engañar a tantísima gente, pero ya se sabe que el español es un pueblo básicamente inculto, cuya incultura tratan de maximizar los políticos de toda ideología, porque así es más fácil de pastorear. Por suerte, los que conocemos bien la historia y sus procesos políticos y sociales, que somos una minoría por desgracia, sabemos muy bien quién era el personaje.

Lo que no puede negarse es que Castro era muy inteligente, pero la virtud de la inteligencia no define por sí sola a la persona, pues puede utilizarse tanto para el bien como para el mal. Fidel la utilizó exclusivamente para el mal, implantando en Cuba una dictadura criminal, que ha sumido en la miseria a los cubanos durante sesenta años.

Una de las mayores mentiras que se expandieron, a raíz del deceso de Fidel, es la que afirma que, al principio, no era comunista, y que abrazó dicha ideología y se asoció con la URSS por culpa del acoso a que fue sometido su régimen por los Estados Unidos. La falsedad de tal argumento es notoria, si se examina con atención la progresión de la actitud de Castro. El Partido Comunista Cubano no estaba incluido entre las fuerzas revolucionarias, y eso indujo a creer a la mayoría de los cubanos, y también y lo que es peor, a buena parte de la prensa y la opinión pública estadounidense, que el barbas no era comunista. En realidad, se trataba de una estrategia cuidadosamente planeada por Fidel, el Che Guevara y Raúl Castro, en connivencia con agentes del KGB (Comité de Seguridad del Estado), la policía secreta soviética. Cuba está a unos pocos kilómetros de la costa estadounidense, y se temía, con razón, que si Castro enarbolaba desde el principio la enseña del comunismo, los americanos reaccionarían, prestando mucha más ayuda al régimen de Fulgencio Batista para desbaratar aquella revolución. Así pues, se decidió que Castro se presentara al mundo como un idealista, que sólo aspiraba a derrocar la dictadura de Batista. Sólo unas cuántas personas estaban enteradas de la realidad. Esto explica que muchísimos cubanos, que no simpatizaban precisamente con el comunismo, se adscribieran al llamado Movimiento 26 de julio, y que otros muchos le prestaran su apoyo clandestinamente.

Para ser honestos, hay que admitir que el régimen de Batista había degenerado hasta convertirse en una dictadura feroz. Fulgencio Batista y Zaldívar llegó al poder en 1935. Al principio intentó crear en Cuba una verdadera democracia social y representativa. Como en su infancia había conocido la miseria, quiso hacer algo por el pueblo, pero sus medidas, de impronta netamente populista, no dieron frutos apreciables. Tras varios avatares, llegaron las elecciones de 1944 y Batista respetó el resultado de las mismas, que otorgó la presidencia al doctor Grau San Martín. De todas formas, la venalidad de la clase política cubana era notable, y San Martín y los suyos, aunque intentaron realizar algunas reformas sociales, que dieron origen a una copiosa pero inservible legislación sobre la materia, acabaron corrompiéndose y enriqueciéndose desmesuradamente. Su sucesor, Carlos Prío Socarrás, observó idéntico comportamiento, aunque es justo reconocer que durante su mandato, que comprendió el periodo que va de 1948 a 1952, los cubanos disfrutaron de una libertad considerable, pues no había límites legales de ninguna clase para expresarse. Fue, hasta la fecha, la única etapa en que en Cuba floreció la libertad de expresión.

Batista, que había amasado una enorme fortuna, se exilió voluntariamente en Florida en 1944. En 1948, viendo una nueva oportunidad política para él, se las arregló para hacerse elegir senador en ausencia, tras lo cual regresó a la isla. En 1952 se presentó candidato a la presidencia, pero como sabía que tenía pocas posibilidades de ser elegido, dio un golpe de estado con la complicidad de varios oficiales del ejército adictos a su persona. Muy pronto se olvidó de su preocupación por los humildes, si es que alguna vez la tuvo, y ejerció el poder con mano de hierro. A su dictadura se oponían amplios sectores de la burguesía de origen netamente español, una serie de partidos variopintos, entre ellos el comunista, y un entonces desconocido Fidel Castro.

El de Batista era un régimen brutal, pero al principio se las arregló para que la cosa no fuera muy evidente. La escasa riqueza natural de Cuba, más que nada sus vastas plantaciones de azúcar y tabaco, estaban en manos de la burguesía y de empresas norteamericanas. El pueblo llano no compartía dichas riquezas, pero, a pesar de todo, los cubanos gozaban de un mejor pasar que los habitantes del resto de Hispanoamérica. Por otra parte, en los núcleos urbanos de la isla, con La Habana a la cabeza, existía una floreciente industria turística. De hecho, y esto es rigurosamente cierto y una de las pocas verdades que Castro dijo en su vida, la Mafia había puesto sus ojos en Cuba, invirtiendo en la isla muchos millones de dólares procedentes de sus actividades ilícitas. La relación de los gánsteres americanos con Cuba, magníficamente retratada en EL PADRINO 2 (THE GODFATHER PART II, Francis Ford Coppola, 1974) se remontaba a los años de la Ley Seca, cuando el mismísimo Al Capone viajó a la isla caribeña para establecer allí una de sus bases de envío de licor de contrabando a USA. Tiempo después, y puesto que el juego era ilegal en los Estados Unidos, salvo en Nevada, algunos jefes mafiosos aprovecharon la cercanía de Cuba a las costas estadounidenses para abrir una serie de hoteles y casinos en La Habana y otras ciudades. A pesar del origen dudoso de dichas inversiones, no puede negarse que contribuyeron muchísimo a elevar el nivel de vida de los cubanos, al menos el de los que habitaban las ciudades, y dinamizaron notablemente la economía. Pero no todos los casinos y hoteles de la isla eran propiedad de la Mafia, aunque gran parte de ellos sí. Para Castro y otros, la Mafia había convertido a Cuba en el mayor burdel de los Estados Unidos, pues también estaba a la orden del día la prostitución, que era controlada en su mayor parte por la Honorable Sociedad. Al gobierno estadounidense no le gustaba nada esto, pero, por razones exclusivamente políticas, toleraba en cierta medida la situación.

Las cosas empezaron a cambiar cuando Batista, creyéndose imprescindible para los americanos, se envalentonó y, espoleado por las constantes protestas contra su régimen, tomó medidas drásticas, o mejor debiera decirse criminales, contra los disidentes. El número de detenidos arbitrariamente se multiplicó por diez en apenas unos años, y los desmanes de la policía política de Batista, que disparaba primero y preguntaba después, además de someter a los arrestados a las torturas más crueles, soliviantaron a la opinión pública. Hubo varios intentos de los presidentes Truman y Eisenhower para conseguir que Batista suavizara algo su régimen y terminara con la represión indiscriminada. Pero los intereses norteamericanos en la isla eran muy importantes, y ante el temor de provocar la caída de Batista, y con ello un vacío de poder que podría ser aprovechado por algún iluminado izquierdista, las administraciones de esos dos presidentes no siguieron adelante con sus intenciones iniciales. Esta tibieza fue interpretada erróneamente por Batista como un asentimiento de Washington a su manera de hacer las cosas, por lo que recrudeció la represión contra los disidentes. No tratar a Batista con la firmeza debida fue un error de las administraciones Harry Truman y Eisenhower, que los Estados Unidos habrían de pagar muy caro.

Castro, que por aquel entonces utilizaba como tapadera su militancia en el partido ortodoxo liberal, y que había acariciado la idea de entrar en el parlamento como representante de dicho partido, presentó ante los tribunales una denuncia contra Batista a los pocos días del golpe de estado de éste. Obviamente, tal denuncia no prosperó, algo que Castro sabía que ocurriría. Denunciar la actuación de Batista ante la justicia fue sólo una maniobra propagandística, destinada a convencer a la opinión pública de que el barbudo era un defensor acérrimo de la legalidad, que había intentado hasta el último minuto ceñirse a ella y que, en vista del fracaso obtenido, se había visto obligado a organizar una revuelta armada. La jugada le salió bien, e inmediatamente se dispuso a derrocar a Batista por la fuerza, que en realidad siempre había sido su intención última. Sabía que el pueblo no estaba por milongas ideológicas, de modo que trabajó con ahínco y con vista, presentándose como un joven rebelde que luchaba por la libertad y contra la tiranía. En sus inicios como líder revolucionario, Fidel procuró ser mesurado en sus declaraciones públicas, sobre todo cuando sabía que éstas iban a publicarse en el extranjero, porque no quería ni irritar ni mucho menos levantar las sospechas de los estadounidenses. Por esa razón dio órdenes para que no fuesen admitidos en sus filas los miembros del Partido Comunista. Esta actitud fue muy bien acogida por una parte considerable de la opinión pública y de la prensa norteamericanas, que, sin ser conscientes de ello, empezaron a hacerle el juego a Fidel.

En la mística del proceso revolucionario cubano, que muchos cantamañanas ensalzaron después, tiene una importancia capital el asalto de Fidel y los suyos al cuartel Moncada. Los golpes de mano que Castro y sus seguidores lanzaron contra este acuartelamiento y el de Bayamo, ambos situados en Santiago de Cuba, la segunda ciudad del país en importancia y la urbe más poblada de la provincia de Oriente, se saldaron con sendos fracasos. Tras esta primera rocambolesca aventurilla revolucionaria, Castro fue arrestado. La intención de la policía secreta de Batista era matarle, pero Fidel volvió a dar muestras de su astucia. Utilizando como correo a Melba Hernández, doctora en Derecho que también iba a ser procesada por oponerse al régimen, hizo llegar al tribunal una carta en la que revelaba sus temores a ser asesinado, y rogaba al juez que encargase a un médico certificar su estado físico, pues medios oficiales habían filtrado a la prensa que estaba delicado de salud. Evidentemente, se trataba de preparar a la gente para el fallecimiento natural de Castro. Pero el régimen de Batista todavía no estaba plenamente asentado, y muchísimas personas, entre ellas no pocos jueces, no simpatizaban con el dictador. Por esta razón, sabedor de que el juez Nieto, que debía procesarle, no tenía buena opinión de Batista, Castro se dirigió a él en tono suplicante, solicitando también que funcionarios de los juzgados escoltasen, de la cárcel a la sala y viceversa, a los revolucionarios presos que debían prestar declaración, para evitar que la policía les asesinara pretextando que habían intentado huir. A Nieto no le gustaba Castro pero, hombre recto como era, concluyó que las peticiones de Fidel eran lícitas, de modo que se preocupó de asegurar la corrección del proceso y la salvaguarda de los detenidos. Batista, que intentaba congraciarse con los norteamericanos, que empezaban a mostrarse molestos por su tiránica manera de gobernar, tuvo que dejar hacer a Nieto.

Castro se defendió a sí mismo, argumentando que no se le podía calificar de rebelde, porque había actuado igual que Batista cuando había derribado al gobierno en funciones. El tribunal no podía aceptar tal cosa, y Fidel fue condenado a quince años de reclusión en la isla de Pinos. El de las barbas sacó partido de la condena, pues mientras estuvo en la cárcel se dedicó en cuerpo y alma a adoctrinar políticamente a sus compañeros de encierro. Mientras tanto, llegaron las elecciones de 1954, y Batista consiguió una victoria aplastante en las mismas. Como es obvio, las votaciones estaban amañadas, lo que indujo a retirarse al líder de la oposición, Grau San Martin, político corrupto pero que, comparado con Batista, era una hermanita de la caridad. El triunfo en las urnas acrecentó la soberbia de Batista, quien, para tratar de lavar un poco su imagen de cara a la opinión pública internacional, decretó una amnistía general, en la que también estaba incluido Castro. Fidel y sus compañeros salieron de prisión el 15 de mayo de 1955, siendo sometidos desde el primer minuto de su liberación a una estrecha vigilancia por parte de la policía secreta.

Considerando que su vida peligraba en Cuba, pues sospechaba que Batista le había liberado sólo para hacer que le asesinaran sin que pudiera demostrarse su implicación en el hecho, Fidel abandonó el país y se dirigió a México, desde donde pensaba organizar una fuerza de revolucionarios para regresar a la isla y derrocar al dictador. Como necesitaba fondos para tal aventura, voló a Estados Unidos, dando en este país una serie de conferencias que cobró muy bien. El director del FBI, J. Edgard Hoover, le sometió a vigilancia, pues estaba convencido de que era un comunista. Hoover intentó que la administración Eisenhower le expulsara del país, pero en aquel momento Castro era bastante popular en USA. Una parte considerable de los liberales norteamericanos, que se mostraban muy críticos con la política exterior del gobierno federal, creía ver en aquel joven cubano a un líder carismático, alejado de la demagogia comunista, que trataba de llevar la democracia a Cuba. Se sabía que Fidel albergaba ciertas ideas de corte socialista, pero se creía que eran similares a las de los partidos socialdemócratas europeos, por lo que no levantaban ninguna sospecha. Los admiradores estadounidenses de Castro eran, en su mayoría, jóvenes estudiantes universitarios e intelectuales, y lo cierto es que su ciclo de conferencias por USA fue un éxito y le permitió reunir una considerable suma de dinero. Aunque valoraba la opinión de Hoover, el presidente Eisenhower no encontró motivos para expulsarle de Estados Unidos, y, por otra parte, no podía coartar la libertad de expresión, uno de los derechos más arraigados entre los estadounidenses, así que dejó actuar a Castro. Legalmente era la forma correcta de proceder, pero el desarrollo de los acontecimientos le daría la razón a Hoover.

Por aquel tiempo entró en escena Ernesto Che Guevara, un iluminado argentino que entabló contacto con Raúl Castro. Raúl se lo presentó a Fidel, y el de las barbas se quedó encantado con aquel joven médico que soñaba con implantar el comunismo en Hispanoamérica, un individuo tan amoral como él mismo. El Che y Fidel hicieron buenas migas desde el principio. Pero, a pesar de sus ínfulas revolucionarias, ninguno de los dos era lo que se dice un estratega, así que necesitaban el asesoramiento de un profesional para entrenar a los hombres que Fidel y Raúl habían ido reclutando pacientemente.

El instructor militar adecuado fue el coronel Alberto Bayo, que había luchado en la guerra civil española en el bando frentepopulista, exiliándose en México al terminar el conflicto. Bayo, que por aquel entonces era un empresario del sector del mobiliario, se entrevistó con los hermanos Castro y llegó a un acuerdo con ellos, en que tuvieron idéntico peso tanto los ideales izquierdistas del español como la soldada que Fidel le ofreció por sus servicios. Bayo empezó de inmediato a entrenar a los hombres de Castro. Los entrenamientos se llevaron a cabo en una zona remota y despoblada de México, pues sabían que, si eran descubiertos por la policía mexicana, lo más probable sería que fueran expulsados del país.

Castro fue detenido por la policía en un control de carreteras, cuando se dirigía a la zona de instrucción al volante de una furgoneta cargada de armas. Las autoridades continuaron la investigación, descubriendo un depósito de armamento ilegal y arrestando a unos cincuenta colaboradores de Castro, que, junto con su líder, fueron juzgados y condenados a tres semanas de cárcel por violar las leyes de inmigración. Siempre se sospechó que la pena tan leve a que fueron condenados se debió a la intercesión de algún personaje relevante de la política mejicana, que simpatizaba con los Castro. Esta hipótesis nunca ha podido confirmarse, pero parece lo más lógico, dado que el gobierno del corrupto PRI (Partido Revolucionario Institucional) no ocultaba sus simpatías por el comunismo.

Tras diversos avatares, Fidel y los suyos lograron abandonar México a bordo del desvencijado yate Granma y poner rumbo a Cuba. La travesía fue una odisea, porque el barco sólo tenía capacidad para 30 hombres y embarcaba 81. Las pasaron tan canutas durante el viaje, que cuando Fidel llegó al poder dio el nombre de Granma al periódico oficial de su régimen.

A poco de desembarcar en la isla, fueron localizados por las fuerzas gubernamentales, entablándose un combate en el que los barbudos llevaron la peor parte. No obstante, lograron repeler a las fuerzas de Batista y huir, refugiándose en Sierra Maestra, un territorio montañoso situado en el extremo sudeste de la isla, cubierto por completo por una intrincada vegetación, sin carreteras ni vías férreas, y habitado por los guajiros, los agricultores más pobres de Cuba. Sierra Maestra era el terreno perfecto para la guerra de guerrillas tan cara al Che Guevara, porque la dificultad de moverse por un terreno así anulaba la superioridad del ejército regular, que no podía utilizar sus vehículos y tendría que combatir a los rebeldes exclusivamente con tropas de infantería y medios aéreos.

En Sierra Maestra Fidel impuso a sus hombres unas reglas muy severas. La única forma de sobrevivir allí era no enemistarse con los humildes guajiros, que bastante tenían con su miseria. Así pues, Castro ordenó que la comida proporcionada por los lugareños a los rebeldes fuese pagada al contado y a buen precio. Como quería inspirar simpatía y respeto en los guajiros, instó a los suyos a tratar correctamente a los nativos. Hubo barbudos que cometieron algunos robos, y también se produjeron algunas violaciones de guajiras a manos de hombres de Castro. Pero Fidel actuó con contundencia, castigando severamente a los ladrones y ejecutando sin contemplaciones, a veces por su propia mano, a los violadores.

Castro decidió dar a su revolución el nombre de Movimiento 26 de julio, en alusión a la fecha en que se llevó a cabo el fallido asalto a los cuarteles de Moncada y Bayamo. Como por entonces sus fuerzas revolucionarias no eran más que un puñado de barbudos diseminados por una tierra infame, acosados por el ejército, con pocas armas y sobreviviendo en condiciones muy precarias, Fidel, pésimo militar pero inteligentísimo intrigante revolucionario, coligió que necesitaba con urgencia hacerse propaganda. Por tanto, envió a La Habana a un hombre de su entera confianza, René Rodríguez, con la misión de contactar con los corresponsales de los diarios extranjeros acreditados en la capital. Rodríguez, por mediación del estudiante Juan Pazos y del padre de éste, se puso en contacto con el periódico estadounidense The New York Times, que enseguida puso el asunto en manos de uno de sus reporteros más famosos, Herbert L. Mathews. Para no levantar las sospechas de la policía de Batista, el periodista americano se presentó en Cuba con su esposa, que hacía de tapadera. Eran, supuestamente, un matrimonio gringo que pasaba unos días de descanso en el Caribe. Mathews dejó a su mujer en La Habana, y tras un accidentado periplo llegó a Sierra Maestra, donde realizó el que a partir de entonces consideraría el reportaje de su vida.

Los reportajes que posteriormente publicó Mathews en The New York Times significaron el inicio de la mitificación de Castro como líder revolucionario, y tuvieron un enorme impacto en todo el mundo, pero sobre todo en Estados Unidos. Fidel fue muy cuidadoso y en ningún momento se expresó en contra de los USA y sus habitantes. En sus declaraciones tampoco hubo el menor atisbo de extremismo izquierdista. Maestro de la manipulación y el engaño, Castro logró que Mathews le viera como un joven que acaudillaba la resistencia contra una dictadura atroz, y el periodista, un tanto ingenuamente, hizo llegar ese mensaje a la sociedad americana. Fidel repitió, por enésima vez, que cuando lograran derrocar a Batista se convocarían elecciones libres, e incluso dejó caer que ni él ni ninguno de los suyos tenían ambiciones políticas. Tan sólo querían librar a su pueblo de la tiranía y llevar la democracia a Cuba. La participación de Alberto Bayo como instructor de los rebeldes fue ocultada por Castro, en parte para no perjudicar al exiliado republicano, y en parte también para no revelar a la opinión pública mundial que les había entrenado un destacado izquierdista. La implicación de Bayo en la aventura castrista se supo pronto, pero para entonces la situación había cambiado y el rumbo de la revolución ya no podía variarse. Los artículos elogiosos de Mathews fueron nefastos desde cualquier punto de vista, pues contribuyeron a engañar a muchísimos norteamericanos y a dignificar internacionalmente la figura de Castro. Mathews llegó a escribir que el Movimiento 26 de julio, aunque todavía no estaba bien definido, era democrático radical, y por tanto anticomunista. Que un periodista de probado prestigio informara tan favorablemente del jefe de la juventud rebelde cubana, a través de una serie de encendidos artículos, contribuyó a crear una imagen positiva pero tremendamente falsa de Castro en occidente. Con semejante respaldo, los revolucionarios trataron de intensificar su lucha contra las tropas de Batista. La situación ya era de guerra civil abierta, un conflicto en el que las fuerzas rebeldes se dedicaban a hostigar al ejército gubernamental mediante escaramuzas de nulo valor militar, pero muy eficaces desde el punto de vista propagandístico.

La verdad es que, examinada en profundidad y con rigor histórico, puede afirmarse que la revolución castrista triunfó gracias a la rápida descomposición del régimen de Batista, más que por la pericia estratégica de Castro, su hermano Raúl, Guevara, Camilo Cienfuegos y los demás líderes rebeldes. No hubo batallas de envergadura ni decisivas entre los bandos contendientes. En realidad, las fuerzas de Batista se desintegraron por las deserciones en masa y la marcada incompetencia de sus mandos. Por otra parte, la represión de la policía secreta fue tan brutal, tan despiadada, que bastaba una leve sospecha de simpatizar con los rebeldes, o una denuncia falsa, para caer víctima de los sicarios del dictador. Así las cosas, fueron muchos los que se lanzaron a las montañas de Sierra Maestra para unirse a los guerrilleros. Mas no debe cometerse el error de creer que todos los que se unieron a las fuerzas de Fidel eran fervientes revolucionarios, pues la mayoría de ellos no eran más que hombres sencillos que huían de un régimen criminal, y que se sumaron a las fuerzas insurgentes creyendo de buena fe que Castro tan sólo aspiraba a liberar y democratizar Cuba.

El desprestigio de Batista en el escenario internacional era evidente, y en marzo de 1958 el dictador recibió un golpe del que ya no se recuperaría. Estados Unidos, considerando que en Cuba existía una guerra civil, y que Castro gozaba de las simpatías de la mayoría de los cubanos, se atuvo a la letra de la carta de la OEA (Organización de Estados Americanos), suspendiendo el envío de armas al régimen de Batista. El embajador de Estados Unidos en Cuba, Earl E. T. Smith, no era partidario de tal medida, pues consideraba que el de Batista era un gobierno amigo, y pensaba que era preferible imponerle ciertas condiciones al dictador a cambio del armamento necesario para hacer frente a la rebelión. Pero Batista había ido demasiado lejos, en opinión del gobierno federal y de muchos senadores, y la medida se aplicó rigurosamente. Aunque Batista podía procurarse material bélico de otras naciones, la cancelación de la ayuda militar americana fue interpretada por la opinión pública estadounidense y europea como un rechazo absoluto hacia su política de terror, y la poca solidez y credibilidad que le quedaban a su gobierno desaparecieron. La caída del dictador estaba cantada, y el 31 de diciembre de 1958, mientras las fuerzas mandadas por Camilo Cienfuegos lograban aplastar la escasa resistencia ofrecida por el ejército regular en Yaguajay, Fulgencio Batista, viéndole las orejas al lobo, como suele decirse, decidió escapar de Cuba. A las 2:10 de la madrugada del 1 de enero de 1959, el dictador llegó al aeródromo de Campo Columbia, y en unión de su mujer y sus colaboradores más próximos, embarcó en un Douglas DC-4 rumbo a la República Dominicana.

Tras la huida de Batista, Fidel entró triunfalmente en La Habana. Él y sus hombres fueron recibidos con alborozo por las masas. Alborozo que poco después se truncaría en desconcierto y desilusión, al revelarse que Castro no tenía intención de crear una Cuba democrática, sino de sustituir al dictador, reemplazando un régimen homicida por otro similar, pero de distinto signo político.

Pero como todavía no estaba muy seguro de cómo reaccionarían los Estados Unidos, Castro decidió ir despacio y tomarse su tiempo antes de revelar al pueblo cubano y al mundo sus verdaderas intenciones. Durante el año siguiente al triunfo revolucionario, Fidel y sus allegados desempeñaron el gobierno de la nación en funciones, mientras supuestamente se preparaban elecciones libres. Este periodo fue aprovechado por el barbudo y los suyos para hacerse discretamente con los resortes del poder, y para estrechar lazos con la Unión Soviética, superpotencia que le había prestado un discreto apoyo en la sombra, para no llamar la atención de los Estados Unidos.

Llegó el momento de las elecciones, y Castro no se presentó como candidato, sino que transformó el Movimiento 26 de julio en un partido político más. Como cabeza rectora del gobierno en funciones, aseguró que se respetarían la libertad de prensa y los derechos individuales. El pueblo cubano, que se inclinaba por la democracia, se mostró muy satisfecho, y en el extranjero se intensificó la campaña propagandística, urdida por los simpatizantes del revolucionario y a la que se sumaron legiones de ingenuos, que lo presentaban como un hombre honesto y de sólidos principios morales. En sus declaraciones públicas Fidel aseguraba no sólo no ser comunista, sino no sentir ninguna simpatía por tal ideología. Declaró estar en contra de la socialización de la economía, rasgo común de los regímenes comunistas, y afirmó que sólo aspiraba a realizar ciertas reformas sociales, posibles en el marco de una economía liberal. Tales palabras le granjearon la simpatía de muchos que hasta entonces recelaban de él. Muy pronto se revelaría que sus manifestaciones al pueblo, y lo que en realidad pensaba, no guardaban ningún parecido. Porque en cuanto se sintió seguro, en cuanto tuvo en sus manos todos los resortes del poder, transformó su movimiento supuestamente democrático en socialista, estatalizando las finanzas y la prensa. La radio y la televisión se nacionalizaron, los sindicatos fueron purgados de indeseables y todas las instituciones se reorganizaron conforme a una orientación socialista, eliminando de ellas a todo aquel que fuese contrario al comunismo. Pero lo peor estaba por llegar. Tras erigirse en dictador, Castro desató una campaña represiva contra cualquiera que se atreviera a cuestionar su liderazgo como jefe absoluto de la revolución. En apenas unos meses, con la inestimable ayuda de asesores soviéticos que habían ido llegando discretamente a la isla, Fidel y su hermano Raúl habían creado una policía secreta política mucho más eficaz que la de Batista. Esta policía política, y el ejército, en cuyos puestos de mando claves estaban situados los sujetos más fanatizados del Movimiento 26 de julio, emprendieron una lucha despiadada contra los que consideraban enemigos de la revolución; es decir, todo aquel que osara expresar una opinión distinta a la verdad oficial. Se efectuaron miles de detenciones arbitrarias y se ejecutaron centenares de sentencias de muerte, promulgadas no por tribunales legalmente constituidos, sino por comités revolucionarios que actuaban como los tristemente célebres tribunales populares del bando frentepopulista durante la guerra civil española. Las fuerzas de Castro sembraron el terror en toda Cuba, y muy pronto cualquier atisbo de disidencia fue aplastado. Se impuso una economía planificada, de corte comunista, y se abolió por decreto la propiedad privada. Esto provocó que miles de españoles, que habían emigrado a Cuba en busca de una vida mejor y habían conseguido, tras largos años de duro esfuerzo, hacerse con un capital o un negocio, fueran desposeídos de sus propiedades, quedando prácticamente en la miseria. Los partidos políticos fueron prohibidos, y buena parte de sus líderes condenados a largas penas de prisión. El 1 de diciembre de 1961, Castro confirmó al mundo, en una alocución pública, lo que ya habían dado a conocer sus hechos: Lo digo con satisfacción y fe absolutas: soy marxista-leninista y continuaré siéndolo toda la vida. No sólo admitió ser comunista. Además reconoció que siempre había simpatizado con el comunismo, pero que había mantenido ocultas sus ideas para no poner en su contra a la opinión pública occidental, sobre todo a la estadounidense.

La revelación de la auténtica faz política de Castro fue un mazazo para muchos sectores de la sociedad norteamericana. El influyente The New York Times, que tanto había contribuido a exaltar la figura del que había bautizado como el Robin Hood de Sierra Maestra, y en cuyas páginas se había sugerido que Estados Unidos no debería negarle al triunfante Castro ni su amistad ni sus dólares, quedó muy tocado por el asunto y tuvo que variar radicalmente su postura. El departamento de correo del diario neoyorkino se colapsó con miles de cartas remitidas por lectores enfurecidos con las declaraciones de Castro, y con la defensa que el periódico había hecho de un sujeto semejante.

Poco antes de estos hechos que acabo de narrar, el presidente Eisenhower había recibido un informe de Allen Dulles, director de la CIA (Center Intelligence Agency/Agencia Central de Inteligencia), en el que se advertía al primer mandatario estadounidense de la infiltración de elementos comunistas en el Movimiento 26 de julio. El informe concluía que, de hacerse cargo del gobierno de Cuba el partido de Castro, era muy posible que aquéllos formaran parte del mismo, con las gravísimas consecuencias para los intereses norteamericanos que cabía prever. Eisenhower, muy molesto, acusó a los Servicios Secretos de negligencia, pues no le habían informado a tiempo sobre la posibilidad de tales cambios en el desarrollo de los acontecimientos en Cuba. Las aprensiones del presidente aumentaron cuando Dulles le confirmó, poco después, que el régimen de Castro había virado hacia la extrema izquierda, y que se estaba convirtiendo en una dictadura comunista. Seguramente, Ike se llevó las manos a la cabeza, preguntándose por qué no había hecho caso de las sensatas advertencias de J. Edgard Hoover.

De todas maneras, en USA todavía había tontainas o sectarios que creían que Castro era un líder respetable, así que el dictador cubano fue invitado por la Sociedad Americana de Editores de Periódicos a dar una conferencia en los Estados Unidos. El acto tendría lugar en Washington, en los salones del National Press Club (Club Nacional de Prensa). Eisenhower, convencido ya del comunismo de Castro, se negó a recibirle en la Casa Blanca, como pretendían algunos periodistas progres. La desagradable tarea de entrevistarse con Fidel recayó en el vicepresidente Richard Nixon, que en su memorándum al presidente y a la CIA concluyó que el cubano era comunista hasta la médula.

La actitud del mundo libre hacia la Cuba de Castro varió de la simpatía inicial a la hostilidad, sobre todo cuando el nuevo régimen comunista, excusándose en la aplicación de la justicia a los seguidores de Batista, empezó a perseguir a sangre y fuego a los disidentes. Castro había prometido que ajustaría cuentas a los responsables del terror batistiano, pero los tribunales revolucionarios enviaron al paredón no sólo a los torturadores de la policía y el ejército de Batista, sino también a varios miles de personas que habían criticado las medidas comunistas implantadas por los rebeldes de Sierra Maestra.

La prensa norteamericana informó de las crueles ejecuciones, y Castro reaccionó atacando en sus interminables discursos a los Estados Unidos, a los que consideraba en gran parte responsables del terror batistiano, pues le habían suministrado armas al depuesto dictador. Tenía parte de razón, pero la perdía al actuar como su siniestro predecesor, eliminando físicamente a todo el que se oponía a él. Cuando en una revista estadounidense de gran tirada se sugirió una posible intervención de los Estados Unidos en Cuba, para detener las sangrientas purgas comunistas, Fidel se encolerizó, advirtiendo que esa hipotética intervención se saldaría con la muerte de 200.000 gringos. Las amenazas de Castro soliviantaron a la opinión pública norteamericana, y poco a poco hasta The New York Times, y otros medios que habían cantado alabanzas al monstruo de Birán, tuvieron que rectificar su postura, y posicionarse en contra del energúmeno que se había alzado con el poder en La Habana. Los comunistas cubanos maniobraron con inteligencia, imbuyendo en las masas un irracional sentimiento antinorteamericano, presentando a los Estados Unidos como el culpable de todos los males que aquejaban a Cuba. Mientras tanto, miles de cubanos intentaban huir de la isla por todos los medios posibles.

Entre los exiliados cubanos que llegaron a Florida había de todo, desde colaboradores del siniestro Batista hasta disidentes de toda condición, pasando por un puñado de españoles y descendientes de españoles que lo habían perdido todo cuando Castro abolió la propiedad privada, así como muchos que, habiendo apoyado la revolución de buena fe, renegaban ahora de un movimiento que había servido para enmascarar una toma del poder por los comunistas. Profundamente divididos por diversas razones, lo único que unía a los exiliados era su deseo de derribar a Castro. Hubo planes en este sentido desde un principio, pero los desencuentros entre los diversos grupos de exiliados parecían impedir que se concretaran en algo sólido. Sin embargo, el sentimiento anticastrista crecía por momentos entre aquellas personas, y la CIA, que también estaba buscando la forma de quitar a Fidel y a los comunistas de en medio, tomó cartas en el asunto.

Mientras tanto, la dictadura castrista fortalecía sus lazos con la URSS. Anastas Ivanovich Mikoyan, Viceprimer Secretario del Consejo Ministerial soviético, inauguró en La Habana una exposición para mostrar a los cubanos los logros de los rusos en diversos campos. Cuba firmó su primer acuerdo comercial con la URSS. Ésta empezó a enviar a la isla mercancías de todo género, y también una copiosa ayuda militar. Miles de asesores rusos desembarcaron en la antigua joya de la Corona española. Poco después, Castro estableció relaciones diplomáticas con la China maoísta, y vínculos con todas las naciones del mundo con regímenes izquierdistas. La ola socializadora que había desatado en la isla seguía imparable. La URSS envió a Fidel varios petroleros, asegurándole así el vital suministro de combustible, ya que los Estados Unidos habían suspendido sus envíos de forma cautelar. En Cuba existían tres refinerías, propiedad de las compañías norteamericanas Texaco, Esso y Shell, que se negaron a refinar el crudo procedente de Rusia. Castro las nacionalizó, hizo encarcelar a sus responsables, algunos de ellos cubanos, y puso al frente de dichas refinerías a elementos de su entera confianza.

Eisenhower trató de hacerle entrar en vereda presionándole económicamente, reduciendo considerablemente la importación de azúcar cubano. Cuba acusó unas pérdidas de 92 millones de dólares en apenas unos meses, pero Fidel no dio su brazo a torcer, lo que obligo a Ike a prohibir la entrada de azúcar cubano en USA durante el primer trimestre de 1961. Castro contraatacó denunciando la guerra económica que le había declarado Estados Unidos, y se vengó de tal afrenta ordenando la nacionalización de las compañías eléctricas y telefónicas de Cuba, que eran propiedad de firmas estadounidenses. No contento con esto, declaró públicamente que iba a arrebatarles a los yanquis hasta el último dólar que hubiesen invertido en Cuba, hasta que no quedase nada por nacionalizar.

Mientras ocurrían estas cosas en el plano exterior, la política interna del régimen castrista se afianzaba mediante detenciones, ejecuciones y amenazas. Absolutamente todo fue colectivizado, es decir, pasó a ser propiedad del estado, así que desapareció el comercio privado. En cada barrio de cada ciudad existía un comité de defensa de la revolución, integrado por significados comunistas que velaban por la estricta observancia de los postulados revolucionarios. En cada bloque de viviendas el portero o portera era un miembro del partido comunista, que tenía la obligación de informar a las autoridades sobre los vecinos del inmueble, siendo más temidos por la población que los mismos policías. Los sicarios del castrismo se ensañaban especialmente con aquellos que renegaban de Fidel tras haber luchado a sus órdenes, a los que se consideraba traidores a la revolución. En realidad, Castro era el que había traicionado los ideales de la revuelta popular contra Batista.

Las inversiones norteamericanas en valores, que ascendían a la suma de 750 millones de dólares, también fueron nacionalizadas. En octubre de 1961 Estados Unidos aumentó su presión económica y diplomática sobre Cuba, decretándose el embargo de todas las exportaciones a la isla. Eisenhower no quería dañar en exceso a la mayoría de la población cubana, que pensaba era anticastrista aunque no pudiera manifestar tal sentimiento abiertamente por razones obvias. Por esta razón dejó fuera del embargo las medicinas y los víveres, que de momento sí podrían enviarse a Cuba desde los Estados Unidos. Pero Castro ya contaba con el apoyo de la URSS, por lo que las medidas coercitivas del gobierno estadounidense no le obligaron a mostrarse razonable en lo tocante a los asuntos de interés financiero, que eran una de las grandes preocupaciones de los norteamericanos, dada la importancia de sus intereses comerciales en Cuba.

Castro, firmemente alineado con Nikita Kruschev, Primer Ministro soviético, aprovechó una intervención ante la Asamblea General de la ONU para acusar a Estados Unidos de pretender derrocarle, y les conminó a reducir a 11 personas el personal de su embajada en La Habana, que según él era de 300 individuos dedicados, en su mayor parte, al espionaje. Era una falacia castrista más, pues la legación diplomática estadounidense en la capital cubana ascendía a tan sólo 87 funcionarios. Pero la mentira cuajó entre los enemigos de Estados Unidos, de los que las Naciones Unidas estaban y todavía están, por desgracia, bien surtidas. El embuste de Castro fue la gota que colmó el vaso. El presidente Eisenhower decidió romper las relaciones diplomáticas entre ambos países.

Una maniobra diplomática estadounidense, que buscaba aislar al régimen de La Habana en Hispanoamérica, fracasó porque los miembros de la OEA se mostraron reticentes a condenar a Castro. En la conferencia de San José, Costa Rica, las naciones sudamericanas demostraron que no querían enemistarse con Cuba, más que nada por razones de política interior. Fidel y sus romanticonas mentiras izquierdosas habían calado hondo entre la población más desfavorecida de aquellos países, que consideraba al líder cubano un héroe. Por tanto los gobernantes de aquellas naciones temían, con cierto grado de razón, que boicotear a Castro, como deseaban los estadounidenses, pudiera prender en sus respectivos solares patrios la llama de la revolución izquierdista, así que obraron en consecuencia.

La preocupación por el cariz que habían tomado las cosas en Cuba iba en aumento en las altas esferas de los Estados Unidos. Eisenhower vio que se estaba quedando sin opciones. La implantación de un régimen pro-soviético en pleno hemisferio occidental, y a tan sólo 150 kilómetros de las costas estadounidenses, era algo que no estaba dispuesto a permitir. En consecuencia, coligió que la mejor forma de deshacerse de Castro era ayudar a los exiliados cubanos, y ordenó a la CIA que estudiase la posibilidad de instruir militarmente a los anticastristas residentes en Guatemala y los Estados Unidos. Este fue el germen del que nacería la desastrosa invasión de Bahía Cochinos, un regalo envenenado que su administración legó a su sucesor, John Fitzgerald Kennedy.

© Antonio Quintana Carrandi, (6.651 palabras) Créditos