LA LOBA
LA LOBA EE. UU., 1941
Título original: The Little Foxes
Dirección: William Wyler
Guión: Lillian Hellman sobre su propia obra teatral, Arthur Kober, Dorothy Parker y Alan Campbell
Producción: Samuel Goldwyn
Música: Meredith Willson
Fotografía: Gregg Toland en B/N
Duración: 114 min.
IMDb:
Reparto: Bette Davis (Regina Giddens); Herbert Marshall (Horace Giddens); Teresa Wright (Alexandra Giddens); Richard Carlson (David Hewitt); Dan Duryea (Leo Hubbard); Patricia Collinge (Birdie Hubbard); Charles Dingle (Ben Hubbard); Carl Benton Reid (Oscar Hubbard); Jessie Grayson (Addie); John Marriot (Cal); Russell Hicks (William Marshall); Lucien Littlefield (Manders); Virginia Brissac (Mrs. Hewitt); Terry Nibert (Julia); Henry Hot Sot Thomas (Harold); Charles R. Moore (Simon)

Sinopsis

Año 1900. En una pequeña población sureña viven los Hubbard, un clan familiar dispuesto a enriquecerse como sea. De los tres hermanos Hubbard, Ben, Oscar y Regina, esta última es la peor. Ambiciosa y carente de escrúpulos, maneja a su antojo los hilos de la familia, porque aunque sus hermanos son tan pérfidos y codiciosos como ella, carecen de su fría y calculadora inteligencia. Un hombre de negocios de Chicago espera construir una fábrica en el pueblo, para lo que necesita la participación económica de los hermanos Hubbard. Estos no tienen bastante dinero para invertir, así que tratan de convencer a Regina para que se una a ellos. La mujer no tiene dinero propio, pero cegada por la ambición decide hacer regresar a casa a su esposo, al que desprecia en secreto, para convencerle de que invierta 75.000 dólares. Horace Giddens, que ha estado en un sanatorio por sus problemas de corazón, se niega, echándole en cara su desmedido afán de dinero. Mientras tanto, Oscar Hubbard se entera casualmente, por una indiscreción de su poco espabilado hijo, Leo, cajero del banco local, que Horace posee unos bonos negociables en una caja de seguridad. Dado que Horace sólo examina el contenido de la caja un par de veces al año, Oscar convence a su hijo para que los sustraiga, con la esperanza de invertir en la fábrica y poder devolverlos antes de que el marido de su hermana se percate de que faltan. Pero Horace, muy delicado de salud, decide comprobar su patrimonio y descubre el robo. Sabe quién ha sustraído los bonos y por qué, pero no presenta ninguna denuncia, pues tiene otros planes, que enfurecen a Regina y acrecientan el odio que esta siente hacia su esposo.

LA LOBA fue la tercera y última colaboración de un gran director y una grandísima actriz, que además habían mantenido durante un tiempo una relación íntima. Basada en una obra teatral de la siempre polémica Lillian Hellman, es quizás la mejor interpretación de Bette Davis durante su época de esplendor, los años 40, cuando era una de las actrices más populares y cotizadas.

Pero LA LOBA fue también una arriesgada apuesta de Samuel Goldwyn, uno de los dos grandes productores independientes de Hollywood (el otro era David O. Selznick). Sus asesores trataron de disuadirlo de adquirir los derechos cinematográficos, porque era una obra demasiado cáustica y escandalosa. Goldwyn respondió que no le importaba eso, ni tampoco el precio que Hellman pidiera por ella. Tenía el convencimiento de que de allí se podía sacar una buena película y estaba dispuesto a comprarla.

La obra se había estrenado en Broadway en 1939, revelándose como un éxito inmediato. Había sido, también, uno de los triunfos teatrales más importantes de Tallulah Bankhead, actriz especializada en papeles de arpía. Sin ser una belleza, Tallulah poseía un atractivo especial, reforzado por una voz lánguida y una personalidad explosiva. Aunque hizo varias películas, algunas notables, el cine desaprovechó en general el inmenso talento de esta mujer excepcional.

Ya con los derechos cinematográficos de LA LOBA en su poder, Goldwyn le ofreció a su director-estrella, William Wyler, la dirección de la película. Wyler respondió que sólo accedería si el papel principal lo interpretaba Bette Davis, única actriz a la que consideraba capaz de meterse en la piel de Regina Giddens y hacerla creíble para el público. Goldwyn intentó disuadir al director, porque Davis tenía un contrato en exclusiva con Warner Bros, pero no hubo manera. Wyler insistía en que sólo Bette Davis podría encarnar el personaje a la perfección.

Goldwyn era un gran magnate de la industria del cine, pero, a pesar de compartir ciertos rasgos comunes con sus homólogos de MGM, 20th Century Fox, Warner Bros, Selznick International Pictures y RKO Radio Pictures, los Estudios más relevantes por aquel entonces, difería de ellos en un detalle capital: respetaba muchísimo a los buenos directores, y Wyler era sin duda uno de los mejores. Así que, haciendo de tripas corazón, se dispuso a bregar con Jack L. Warner para conseguir los servicios de Davis.

Jack L. Warner guardaba a Davis entre algodones, a pesar de haber tenido algún roce con ella, debido sobre todo a los papeles que le ofrecía el Estudio. El Gran Jefe de Warner Bros había empezado a respetar a Bette después de que, temporalmente prestada a la RKO, la actriz demostrara de lo que era capaz en CAUTIVO DEL DESEO (A HUMAN BONDAGE, John Cromwell, 1934), cinta por la que obtuvo su primera nominación al Oscar. Su respeto por ella aumentó cuando Bette se atrevió a desafiarle y le abandonó para irse con Alexander Korda. La cosa se había solucionado en los tribunales, con victoria de Warner, que a partir de entonces prestó más atención a su estrella. Obviando CAUTIVO DEL DESEO, siempre se había negado a cederla a otro Estudio, y en esa ocasión no fue diferente, porque le dijo a Goldwyn que se fuera olvidando del asunto.

A Goldwyn se le presentaba una papeleta peliaguda. Podía imponer a otra actriz y hasta obligar a Wyler a dirigir la película, pero no quería hacerlo. Tenía que conseguir a Bette Davis, pero ¿cómo lograrlo? En realidad, casi no tuvo que hacer nada, porque la solución al problema se la puso en bandeja, sin pretenderlo, el propio Jack L. Warner.

Warner quería llevar al cine la hazaña del sargento Alvin C. York, un héroe que durante la Primera Guerra Mundial había hecho prisionera a toda una compañía de infantería alemana. York admiraba a Gary Cooper, quizás el actor que mejor encarnaba en la pantalla los valores intrínsecos de la sociedad americana, y se avino a cederle los derechos de su historia a Warner Bros, siempre y cuando la película fuese interpretada por este actor. Cooper estaba bajo contrato de Samuel Goldwyn Productions, de modo que a Warner no le quedó otra que tragarse su orgullo y tratar con el productor independiente. Pero incluso tragándose su orgullo Warner hizo un buen negocio. Obtuvo a Cooper más 90.000 dólares, además de la seguridad de que Goldwyn le pagaría a Davis su salario habitual en Warner Bros, estipulado en 5.000 dólares semanales. A Bette, que le tenía cierta inquina a Warner, no le hizo muy feliz que Jack se embolsara por la cara 90.000 machacantes, pero como deseaba volver a trabajar con Wyler no dijo nada al respecto.

Para LA LOBA, Wyler contó con la mayoría de los miembros del elenco teatral: Charles Dingle, Carl Benton Reid, Dan Duryea, Patricia Collinge y el actor negro John Marriot. Los nuevos intérpretes principales, aparte de Bette Davis, eran el gran Herbert Marshall y la dulce Teresa Wright, joven actriz de teatro, de veintitrés años, aquí en su primer trabajo para el cine. En cuanto al guión, Lilllian Hellman tuvo que esforzarse bastante para darle un aire más cinematográfico. A instancias del director, reescribió por completo algunos pasajes y modificó ligeramente otros, con la intención de darle más dinamismo a la historia. Para ofrecer un contrapunto a la maldad conservadora y racista del clan Hubbard, y a fin de que el público tuviera un personaje masculino positivo y joven con el que identificarse, Hellman se sacó de la manga a David Hewitt, rol que no existía en la obra original.

Terminado su trabajo para Wyler, la dramaturga se enfrascó en su última obra, que también conocería una versión fílmica bajo el título ALARMA EN EL RHIN (WATCH ON THE RHINE, Herman Shumlin, 1943), que protagonizarían Bette Davis y Paul Lukas. En ella estaba trabajando cuando, en enero de 1941, Goldwyn le pidió que perfilara aún más el guión de LA LOBA. La escritora, que se encontraba en Nueva York, adujo que no podía dejar lo que estaba haciendo para trasladarse a Hollywood, pues el estreno en Broadway de su nueva obra era inminente y todavía tenía que confeccionar el reparto de la misma. Como Goldwyn insistía, Hellman dijo que el guión no necesitaba una reescritura, sino tal vez cortarse en algunas partes y alargarse en otras, recomendándole que contratara a su ex marido, Arthur Kober, su excelente amiga y ocasional colaboradora, Dorothy Parker, y al marido de esta, Alan Campbell. El productor los contrató a los tres, pero lo cierto es que sus aportaciones a la historia fueron mínimas, y Wyler siempre sospechó que Lillian había ayudado a Kober, Parker y Campbell­ a ganarse unos miles de dólares extra sin demasiado esfuerzo, pues los tres sólo permanecieron en la producción durante no más de dos semanas.

Wyler quería que Bette Davis asistiera a una representación de LA LOBA, pues consideraba que la experiencia le resultaría muy útil a la actriz a la hora de interpretar a Regina Giddens. Bette admiraba a Tallulah Bankhead, pero no deseaba verse influenciada por su encarnación del personaje. Wyler insistió tercamente, así que la actriz cedió, viajo a Nueva York y asistió en Broadway a una representación de la obra de Lillian Hellman. Wyler sostenía que el de Regina Giddens era un personaje lleno de sombras pero también de matices interesantes, pues, además de malvada, era también elegante, encantadora, divertida y bastante seductora. Bette asumió que el director pretendía que la interpretara como Bankhead, lo que no era del todo cierto, de modo que discutió agriamente con Wyler. Acostumbrada a interpretar roles de villana en Warner Bros, la actriz pretendía ofrecer un descarnado retrato de la maldad femenina, presentando a Regina como una arpía sin sentimientos que odia y desprecia a todo el mundo. Wyler insistió en que tenía que darle un tono más ligero al personaje, pero la temperamental estrella no dio su brazo a torcer. El director había insistido en que Davis fuese a ver la obra para que se hiciera una idea de lo que él no quería que hiciese en pantalla. Ocurrió lo contrario, porque Bette se convenció de que los rasgos y la personalidad de Regina Giddens estaban prácticamente grabados en piedra y actuó en consecuencia. Debido a esto, realizador y actriz discutían constantemente, enrareciendo bastante el ambiente de trabajo. El resto del reparto ignoró las trifulcas entre director y estrella, pero la dulce Teresa Wright estaba anonadada y cohibida por lo que veía y escuchaba, y un día en que la discusión entre Wyler y Davis se exacerbó, la pobre chica rompió a llorar, presa de un ataque de nervios.

La Regina Giddens encarnada por Tallulah Bankhead sugería cierta voluptuosidad reprimida. Davis, por el contrario, decidió ofrecer el retrato de una mujer que había sacrificado su sexualidad en aras de su despiadada competencia con los hombres. Wyler intentó, en varias ocasiones, convencer a Davis de que Regina, aun siendo intrínsecamente malvada, poseía un gran atractivo sexual combinado con un humor cáustico, siendo capaz de soltar algunas frases divertidas. Pero era una batalla perdida, porque la actriz no le hizo ningún caso.

La filmación se inició el 28 de abril de 1941, y desde el primer día quedó claro que iba a ser un rodaje complicado, más que por los posibles problemas técnicos y artísticos, por la pugna que sostenían dos profesionales de caracteres tan fuertes como William Wyler y Bette Davis. Una de las diferencias de opinión más notables entre estrella y director se refería al maquillaje. Bette pensaba que con treinta y tres años parecía demasiado joven para dar vida a una cuarentona, así que utilizo calcimina para emblanquecerse la tez y adquirir la apariencia que, a su juicio, debería tener una matrona sureña de principios de siglo. El maquillador Perc Westmore, siguiendo instrucciones de la actriz, consiguió darle un aspecto distante y frío, casi gélido. Su palidez era tan acusada, que el pobre Gregg Toland se las vio y se las deseó para equilibrar la iluminación del rostro de la actriz con las de los otros intérpretes. Este maquillaje sacaba de quicio a Wyler. Cuando ella alegó que así parecía mayor, el director replicó, con acritud, que lo que parecía era un payaso y la conminó a quitárselo. Ella se negó y la relación entre ellos se hizo mucho más tirante. De todas formas, Wyler tenía experiencia en tratar con actrices difíciles, pues durante el rodaje de DESENGAÑO (DODSWORTH, 1936) había tenido sus más y sus menos con Ruth Chatterton, también empeñada, como Bette, en interpretar a una villana demasiado rígida y malvada, de modo que decidió mantenerse firme y no claudicar.

Los decorados de Stephen Goosson tampoco fueron del agrado de Bette. La actriz sostenía que tal opulencia no era fiel al espíritu de la obra. Pensaba que la decoración debía transmitir una sensación de cierta grandeza decadente, para reflejar mejor la acuciante necesidad de dinero de Regina. Fue Goldwyn en persona quien zanjó el asunto, dejándole bien claro a la actriz que no estaba dispuesto a utilizar decorados cutres, como si aquello fuera una modesta producción fantástica de Universal.

Wyler, fiel a su costumbre, obligaba a Bette a repetir toma tras toma, exigiéndole que suavizara algo su encarnación de Regina. Durante el rodaje de JEZABEL (JEZEBEL, 1938), Bette se había mostrado bastante sumisa con Wyler, porque lo cierto era que le encantaba aquella forma que tenía el director de refinar su actuación, pidiéndole una toma tras otra hasta que el resultado se ajustaba a sus expectativas. Pero en 1941 Bette Davis se sentía más confiada en sus habilidades profesionales, creía que su caracterización era la correcta y estaba dispuesta a no plegarse a las exigencias del director. De modo que, cuando él la urgía a repetir una toma, ordenándole que fuera más comedida en su interpretación, la actriz hacía exactamente lo contrario.

El rodaje proseguía a buen ritmo, pero se vio bruscamente interrumpido por un lamentable accidente. Bette estaba muy nerviosa, porque llevaba algunas noches sin dormir. Tras una exasperante discusión en el despacho del director, la actriz salió a escape, cogió su automóvil y fue a una farmacia, donde pidió que le prepararan un sedante que poco antes le había recetado su médico. Por algún extraño error, nunca aclarado del todo, le dieron una solución de amoniaco en lugar del medicamento. Tras ingerir aquel veneno, la actriz sufrió unas violentas convulsiones y perdió el conocimiento. Tuvo que ser atendida de urgencia en un hospital, donde le hicieron un lavado de estómago que, sin ninguna duda, le salvó la vida. Pero a partir de ese momento se mostró un tanto irracional, desconcertando a todo el reparto de la película y especialmente a Wyler. La tensión entre ellos aumentó aún más. Un día, tras una dura disputa sobre una escena, los nervios de Bette cedieron, rompió a sollozar y abandonó el Estudio como alma que lleva el diablo. Fue a casa de su madre y, según parece, se metió en cama en su antigua habitación, mientras la autora de sus días la consolaba. Años después, al evocar lo sucedido, confesaría que había sido víctima de una crisis nerviosa, porque su director preferido no hacía más que pelearse con ella. Incluso había valorado la posibilidad de renunciar a la película. El médico de cabecera de la actriz se puso en contacto con Goldwyn, informándole de que su paciente no podría trabajar durante varias semanas. El productor hizo que un médico de la compañía de seguros Lloyd´s examinara a Bette. El galeno confirmó el diagnóstico de su colega: la estrella necesitaba descansar.

La verdad es que la crisis sufrida por Bette obligó a Goldwyn a replantearse su protagonismo. Wyler, aunque a regañadientes, tuvo que admitir que la cosa estaba muy mal, de modo que productor y director pensaron en sustituir a la actriz, eliminando todas las escenas rodadas hasta entonces en las que ella salía. Los archivos de Samuel Goldwyn Productions demuestran que el Estudio estaba dispuesto a apartar a Bette Davis del proyecto, reemplazándola por Tallulah Bankhead, Katharine Hepburn o Miriam Hopskin. Esta última se frotaba las manos de satisfacción, porque no le gustaba mucho Davis y ansiaba trabajar de nuevo con William Wyler, a cuyas órdenes había protagonizado, junto a Merle Oberon y Joel McCrea, ESOS TRES (THESE THREE, 1936). Pero Goldwyn reflexionó, concluyendo que nadie podría interpretar el papel de Regina mejor que Davis, de modo que decidió mantenerla en el proyecto. Wyler estuvo de acuerdo, y como LA LOBA no era un vehículo para el lucimiento exclusivo de una estrella, sino más bien una película coral, no tuvo problemas para reajustar el calendario de rodaje. Tal vez sintiéndose un poco culpable, Wyler telefoneó a Lillian Hellman, rogándole que le escribiese una carta a Davis diciéndole que tenía plena confianza en ella. Hellman así lo hizo, y su misiva tuvo un efecto notablemente tranquilizador en el ánimo de Bette, que permaneció alejada de los sets de rodaje durante dieciséis días. El 7 de junio de 1941 volvió al trabajo. Todavía se sentía muy cansada, pero abrigaba la férrea determinación de acabar la película como fuera.

Unos días después del regreso de la actriz, las cosas volvieron a ponerse feas. Wyler era un hombre cortés casi siempre, aunque muy duro cuando estaba trabajando, y si algo no iba como él quería podía ser bastante desagradable. Seguía alegando que la interpretación de Bette no era la adecuada. Se quejó amargamente de la impasibilidad y falta de expresión de la actriz. En esta ocasión, sin embargo, terció Goldwyn, que cortó sus protestas recordándole que Davis se había labrado una excelente carrera interpretando a brujas de la catadura de Regina Giddens, y que sin duda la actriz sabía lo que hacía. Al director no le quedó más remedio que admitir que el productor estaba en lo cierto, aunque, como recordaría años más tarde Bette, a Willy no le gustó nada que Goldwyn le llamara la atención.

Para William Wyler fue un placer trabajar con Marshall, Dingle, Benton Reid y Collinge, actores a los que admiraba y respetaba, sobre todo al primero, al que había dirigido en LA CARTA (THE LETTER, 1940) donde, curiosamente, también interpretaba al marido de Bette Davis. Sentía cierta debilidad por Patricia Collinge, a la que consideraba una de las mejores actrices teatrales, pero eso no impidió que discutiera acaloradamente con ella. Wyler le dijo que estaba sobreactuando, cosa que ella negó. El director le recordó que estaba trabajando en una película, y que la forma de actuar para un film debía ser más matizada que en un escenario. La veterana actriz, convencida de que tenía la razón de su parte, se negó a seguir las indicaciones de Wyler y se quejó ante Samuel Goldwyn. Pero en esta ocasión el productor se puso del lado del director, diciéndole a Collinge que si Wyler era tan rudo con ella sus razones tendría. La situación se resolvió cuando el director le mostró a la actriz las pruebas diarias, que no dejaban lugar a dudas: sobreactuaba inconscientemente, y sus gestos más sutiles se magnificaban muchísimo en la pantalla. Comprendiendo que Wyler estaba en lo cierto, Patricia Collinge se disculpó con el director y con el productor y las aguas volvieron a su cauce.

Wyler y Toland habían colaborado en otras cuatro películas, y en LA LOBA siguieron experimentando con la profundidad de campo. Esta técnica permitía al director presentar escenas en tres dimensiones, captando la acción y la reacción en una misma toma. No obstante, utilizar correctamente los enfoques en profundidad no era nada fácil, pues era necesaria una iluminación muy potente. También era difícil poner a tres, cuatro o cinco personajes en la misma toma, de forma que se los pudiera ver a todos. Se hizo necesario ensayar una y otra vez, para que lo que no era nada natural pareciese serlo. Un problema añadido era que, trabajando con película de 35 mm y en el formato estándar de la época, los actores tenían que estar muy juntos unos de otros, ya que las lentes de enfoque profundo tendían a hacer que la gente en la distancia pareciera estar demasiado lejos. Lo que más le gustaba a Wyler de la técnica del enfoque en profundidad era que mejoraba sensiblemente los primeros planos, permitiendo usarlos con mayor moderación y efectividad. El enfoque profundo realzó la narrativa fílmica de William Wyler, y fue un hallazgo del que todos los cineastas posteriores se beneficiarían. Pero para los actores era un suplicio, pues se veían obligados a interpretar las escenas en tomas mucho más largas de lo habitual.

Sin embargo, la mayor preocupación del director era que tales alardes técnicos pasaran desapercibidos para el espectador. John Ford decía que el público jamás debe ser consciente de la existencia de la cámara, y seguramente Wyler estaba de acuerdo con el maestro. Por eso dedicó muchísimo tiempo y atención a perfeccionar los movimientos de los actores dentro del plano, y también los de la cámara, procurando reducir estos últimos al mínimo imprescindible. Su objetivo era el mismo de siempre: conseguir que los espectadores se implicasen en la escena, con los personajes y lo que hacen y dicen. Deliberadamente, el director evitó las grandes escenas, tan del gusto de algunos cineastas, prefiriendo centrarse en detalles más sutiles. En este aspecto, la secuencia de la muerte de Horace Giddens es modélica, y ha pasado a ser una de las más famosas y torpemente imitadas de la historia del cine. Wyler la planificó cuidadosamente, partiendo de la base de que lo verdaderamente importante era el rostro de Regina, lo que ocurría en su interior mientras Horace, tras suplicarle en vano que le alcance su medicina para el corazón, se arrastra trágicamente hasta las escaleras. En un principio Wyler pensó en rodar la secuencia teniendo a Horace fuera de plano, y haciendo resaltar su presencia sólo a través de ruidos, toses, jadeos, roces, cosas así. Pero al final optó por mostrar a Herbert Marshall en segundo plano, fuera de foco y tratando de arrastrarse escaleras arriba. Toland dijo que podía darle más nitidez a la imagen, pero Wyler se opuso, pues quería que el público comprendiese que estaba viendo algo que no debería ver. En todo caso, lo más importante de la escena era para Wyler la hierática faz de Regina Giddens, que prácticamente estaba asesinando a su esposo.

Cuando finalizó el rodaje, el 3 de julio de 1941, todos estaban agotados y con los nervios a flor de piel. Además de las discusiones entre Wyler y Davis, una serie de imponderables habían hecho de la filmación una odisea. Teresa Wright y Patricia Collinge se habían ausentado del rodaje durante unos días por motivos de salud, una ola de calor se había abatido sobre California, haciendo más agotador si cabe el trabajo, y un cortocircuito provocó un incendio que había destruido buena parte del decorado, con la consiguiente pérdida económica. Samuel Goldwyn respiró aliviado cuando el director le comunicó que el trabajo de estudio había finalizado. Wyler sólo se había excedido en nueve días sobre el plazo de rodaje estipulado.

Bette Davis confesaría, mucho después, que al acabar de rodar LA LOBA había sentido una profunda tristeza. Wyler era muy importante para ella, y lamentaba haber discutido tanto con él, pero pensaba que había sido inevitable, porque ambos tenían un carácter demasiado belicoso. La actriz admitió que entonces creía que había ofrecido una de las peores interpretaciones de su vida. Pero también se jactaba de poder decir si un film iba a ser bueno o malo, basándose en el número de problemas que se habían presentado durante el rodaje. Según ella, si la filmación había sido un infierno, la película tenía todas las papeletas para triunfar. Su intuición no le falló, porque LA LOBA fue uno de los mayores éxitos del año.

La película se estrenó en la sala Radio City Music Hall el 21 de agosto de 1941. Los resultados en taquilla fueron impresionantes, y en cuanto a la crítica, se deshizo en elogios para todo el elenco, pero especialmente para Davis, cuya ácida interpretación fue considerada incluso mejor que la de Tallulah Bankhead en los escenarios teatrales.

La 14ª gala de los Oscars de Hollywood, correspondiente a las películas estrenadas en 1941, se celebró el 26 de febrero de 1942 en el Biltmore Hotel de Los Ángeles, y estuvo conducida, como en tantísimas ocasiones, por el inimitable Bob Hope. LA LOBA competía en los apartados de mejor película (Samuel Goldwyn), director (William Wyler), actriz principal (Bette Davis), actriz secundaria (Teresa Wright y Patricia Collinge), guión adaptado (Lillian Hellman), banda sonora de comedia o drama (Meredith Willson), dirección artística en B/N (Stephen Goosson y Howard Bristol) y montaje (Daniel Mandell). Una vez más, una de las mejores películas del año se quedó sin ningún galardón. ¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE! (HOW GREEN WAS MY VALLEY, John Ford) consiguió los Oscars a la mejor película y director. Joan Fontaine obtuvo el premio a la mejor actriz por SOSPECHA (SUSPICION, Alfred Hitchcock). Como mejor actriz secundaria se alzó Mary Astor por LA GRAN MENTIRA (THE GREAT LIE, Edmund Goulding), film protagonizado por Bette Davis y el cuarto y último que hizo a las órdenes de ese director. El Oscar al mejor guión adaptado fue para Sidney Buschman y Seton I. Miller por la desternillante EL DIFUNTO PROTESTA (HERE COMES Mr. JORDAN, Alexander Hall). El de mejor banda sonora de comedia o drama fue para Bernard Hermann por EL HOMBRE QUE VENDIÓ SU ALMA (ALL THAT MONEY CAN BUY, William Dieterle). La estatuilla a la mejor dirección artística en B/N se la llevaron Richard Day, Nathan Juran y Thomas Little por ¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE! Por último, William Holmes se hizo con el premio al mejor montaje por EL SARGENTO YORK (SERGEANT YORK, Howard Hawks).

LA LOBA es una de las interpretaciones más celebradas de Bette Davis, y a pesar de los problemas que tuvo con Wyler durante su filmación, no cabe duda que en manos de otro director la película no hubiera resultado tan perfecta. Fascinante estudio sobre la avaricia, permanece hoy como una de las grandes obras maestras del cine clásico, y también como una de las mejores adaptaciones cinematográficas de una obra teatral. La soberbia dirección de Wyler, el cuidadoso trabajo de cámara e iluminación de Toland, la suntuosa producción de Samuel Goldwyn y, por encima de todo ello, el inmenso talento de los actores, convirtieron LA LOBA en una verdadera gema del Séptimo Arte. Con esta película Bette Davis alcanzaría la cima, erigiéndose como la actriz más adecuada para interpretar mujeres fuertes, dominantes, sin escrúpulos y profundamente crueles. Nadie, ni siquiera la inquietante señora Danvers de REBECA (REBECCA, Alfred Hitchcock, 1940), la odiosa Ellent Berent de QUE EL CIELO LA JUZGUE (LEAVE HER TO HEAVEN, John M. Stahl, 1945), o cualquiera de las mujeres fatales que se pasearon por el cine negro, pudo hacerle sombra jamás.

No se la consideraba guapa, carecía de un físico impresionante, pero... ¡Qué actriz! Sus ojos saltones, su boca carnosa e inquietante, sus ademanes imperiosos y su voz ronca rompieron moldes y le permitieron marcar toda una época del cine. En aquel tiempo se decía que en Hollywood, en lo que a las mujeres se refería, contaban más el desarrollo pectoral y unas buenas piernas que el talento. Ella demostró lo contrario. Sin Bette Davis el cine clásico no hubiera sido lo que fue.

© Antonio Quintana Carrandi,
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