EL CIELO Y TÚ
EL CIELO Y TÚ EE. UU., 1940
Título original: All This, And Heaven Too
Dirección: Anatole Litvak
Guión: Casey Robinson, sobre una historia de Rachel Field
Producción: Anatole Litvak y Hal B. Wallis para Warner Bros/First National Pictures
Música: Max Steiner, con arreglos de Hugo Friedhofer y dirección orquestal de Leo F. Forbstein
Fotografía: Ernest Haller en B/N
Duración: 141 min.
IMDb:
Reparto: Bette Davis (Henriette Deluzy-Desportes); Charles Boyer (Duque de Praslin); Jeffrey Lynn (Henry Martin Field); Barbara OŽNeil (Duquesa de Praslin); Virginia Weidler (Louise); Helen Westley (Madame LeMaire); Walter Hampden (Pasquier); Henry Daniels (Broussais); Harry Davenport (Pierre); George Coulouris (Charpentier); Montagu Love (Mariscal Sebastiani); Janet Beecher (Miss Haines); June Lockhart (Isabelle); Ann Todd (Berthe); Richard Nichols (Raynald); Fritz Leiber (Abbe Gallard); Ian Keith (Delangle); Sibyl Harris (Mademoiselle Maillard); Edward Fielding (Dr. Louis); Mary Anderson (Rebecca Jay); Ann Gillis (Emily Schuyler); Peggy Stewart (Helen Lexington); Victor Kilian (Gendarme); Mrs. Gardner Crane (Madame Gauthier)

Sinopsis

Francia, 1840. Una dulce muchacha entra a trabajar para los duques de Praslin como institutriz de los niños del matrimonio. La duquesa es una mujer fría y amargada, que trata a su marido y a sus hijos con gélida displicencia. La joven institutriz no tarda en ganarse el cariño de los niños. Por su parte, el duque se siente cada vez más atraído por Henriette, lo que provoca los celos enfermizos de su esposa, que maniobra para deshacerse de la institutriz, provocando así un terrible desenlace.

Bette Davis se ganó su fama de buena actriz, merecidísima por otra parte, interpretando papeles de malvada, roles que otras actrices jamás habrían aceptado pero que ella parecía buscar, sin duda porque entrañaban un desafío. Alfred Hitchcock consideraba que una película era tan buena como bueno fuera su villano. Davis seguramente pensaba lo mismo, de ahí su predilección por los roles negativos. Sin embargo, hacer de malo en un film, incluso en una modesta serie televisiva, es muy difícil, por la tendencia a la sobreactuación que conllevan los personajes de este tipo. Si el actor que le da vida se queda corto, la interpretación parecerá fría y desangelada, sin garra. Si se pasaw, será simplemente risible. En el caso de las mujeres estos peligros se acentúan, por eso no abundan las cintas clásicas con personajes femeninos negativos memorables. Al buen cinéfilo se le vienen a la memoria la Phyllips Dietrichson compuesta por Barbara Stanwyck en PERDICIÓN (DOUBLE IDEMNITY, Billy Wilder, 1944), la Martha Ivers que encarnó la misma actriz en EL EXTRAÑO AMOR DE MARTHA IVERS (THE STRANGE LOVE OF MARTHA IVERS, Lewis Milestone, 1946), la Ellen Berent de Gene Tierney en QUE EL CIELO LA JUZGUE (LEAVE HER TO HEAVEN, John M. Stahl, 1945) o la Kathie Moffett de Jane Greer en RETORNO AL PASADO (OUT OF THE PAST, Jacques Tourneur, 1947). Sin embargo, Davis superó a todas ellas, pues posiblemente fue la actriz que más personajes negativos interpretó a lo largo de su carrera. Esto sería determinante para que, en plena madurez, cuando la mayoría de las actrices entran en la decadencia, se convirtiera en una estrella, si bien efímera, del cine de horror y suspense con títulos tan emblemáticos como ¿QUÉ FUE DE BABY JANE? (WHAT EVER HAPPENED TO BABY JANE? 1962), CANCIÓN DE CUNA PARA UN CADÁVER (HUSH... HUSH SWEET CHARLOTTE, 1964), ambas de Robert Aldrich, o A MERCED DEL ODIO (THE NANNY, Seth Holt, 1965).

La cinta con la que inició su brillantísimo muestrario de malvadas cinematográficas fue CAUTIVO DEL DESEO (OF HUMAN BONDAGE, John Cromwell, 1934), adaptación de la célebre novela de William Somerset Maugham SERVIDUMBRE HUMANA. Ninguna actriz quería interpretar a la pérfida Mildred, pues estaban convencidas de que tal personaje, una mujer absolutamente depravada, acabaría con sus carreras. Pero para Bette era un auténtico reto, la oportunidad de demostrarle a todo el mundo que era una intérprete excepcional. El problema radicaba en que el film iba a ser producido por la RKO Radio Pictures, y Bette estaba en la nómina de Warner Brothers. Jack L. Warner, que por aquel entonces no tenía muy buena opinión de Bette, a la que consideraba una actriz buena pero no brillante, que no destacaba precisamente por su belleza, se negó a prestársela a la RKO. El magnate creía que semejante rol hundiría la todavía no muy firme carrera de Davis, y temía, con razón, que si público y crítica la rechazaban por aquel papel, ello podría repercutir negativamente en la comercialidad de las películas que ya había hecho para Warner Bros. Pero Davis no era una actriz al uso, no se plegaba mansamente a los deseos de los Estudios, y durante varios meses se desató una sorda pugna entre el gran jefe y ella, que al final consiguió convencerle a medias para que cediera sus servicios a la RKO. Los temores de Warner se demostraron infundados, pues en CAUTIVO DEL DESEO Bette hizo su mejor interpretación hasta el momento, logrando la aprobación de público y crítica, además de conseguir su primera nominación al Oscar. Su prestigio profesional subió como la espuma. Warner decidió darle mejores papeles, pero la actriz creía que el Estudio la obligaba a asumir roles anodinos en películas intrascendentes, así que desertó, por así decirlo, a Inglaterra, respondiendo a una oferta de Alexander Korda. Jack L. Warner pleiteó y ganó el caso. Bette tuvo que regresar al redil de Warner Bros., pero a partir de entonces se ganó el respeto del jefazo del Estudio, algo muy difícil de obtener, que se avino a darle papeles de más enjundia, aunque dejándole claro que también tendría que trabajar en films más corrientes. Uno de ellos sería EL CIELO Y TÚ, lujoso melodrama de época concebido al gusto del público de entonces.

En EL CIELO Y TÚ Bette Davis despliega todo su encanto femenino, que no era poco, encarnando a una dulce muchacha que se emplea como institutriz de una aristocrática familia francesa. La sencillez, ternura y entrega de la joven son como un bálsamo que suaviza la un tanto áspera vida familiar de los duques de Praslin, enturbiada por el agrio carácter de la duquesa, obsesionada por las rígidas e hipócritas normas sociales de la época y por los celos infundados que le provoca cualquier mujer que se acerque a su marido. El duque, por su parte, la tolera como buenamente puede, pero hace mucho tiempo que en su alma feneció cualquier sentimiento romántico hacia ella. La única razón por la que sigue a su lado son sus hijos, a los que el duque adora y a la duquesa le son indiferentes. Los pequeños, tres niñas y un niño, encuentran en Henriette aquello que la autora de sus días siempre les ha negado, el calor maternal y la certeza de saberse queridos. Entre la institutriz y los niños se establece una estrecha relación de afecto, que mortifica a la duquesa, incapaz de atraerse el cariño de sus hijos. La situación se complica cuando varios detalles revelan a la aristócrata que su esposo se siente atraído por la institutriz. Esto provoca que la despótica mujer maniobre para alejar a Henriette, no reparando en medios para lograrlo, provocando con ello que, en un acceso de ira, su esposo la asesine. El escándalo estalla cuando el duque es detenido, y Henriette es arrestada a su vez, acusándosela de haber instigado el crimen. El trágico desenlace marcará para siempre a la muchacha, la cual, para iniciar una nueva vida, decide trasladarse al Nuevo Mundo con la ayuda de Henry Martin Field, norteamericano que conoció en un barco, mientras cruzaba el Canal de La Mancha en dirección a Francia, y que se enamoró de ella desde aquel primer encuentro.

Los elementos folletinescos de la historia, que podrían haber lastrado bastante el film, son atenuados por la correcta dirección de Anatole Litvak, que sabía el tipo de relato que tenía entre manos. Litvak no pierde de vista en ningún momento que se trata de una tragedia romántica, pero, a la vez, busca el equilibrio y dota a la cinta de sensibilidad y buen gusto, al mismo tiempo que rehúye la sensiblería barata que tantos melodramas fílmicos echó a perder.

La actuación de Bette Davis es sobresaliente, y lo mismo puede decirse de Charles Boyer, un actor que al autor de este trabajo nunca le gustó demasiado, pero que en esta cinta de Litvak está estupendo. Por otra parte, Barbara OŽNeil ofrece un contrapunto notable a la interpretación de Davis, encarnando a la perfección, sin sobreactuar en ningún momento, a la odiosa Fracoise Fanny Sebastiani de Praslin. Entre los actores infantiles destaca, como siempre, Virginia Weidler, que ese mismo año interpretó el más memorable de sus papeles como Dinah, la hermana pequeña de Tracy Lord (Katharine Hepburn) en HISTORIAS DE FILADELFIA (THE PHILADELPHIA STORY, George Cukor).

Jack L. Warner tenía pensado entrar en la carrera de los Oscars con LA CARTA (THE LETTER, William Wyler), película que había resultado un éxito de público y crítica y protagonizada también por Bette Davis. Sin embargo, EL CIELO Y TÚ devino en un éxito aún mayor, revelándose como la cinta más taquillera, hasta el momento, de todas las que había hecho la actriz. Por ese motivo decidió incluirla también en la competición por los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood.

La 13ª gala de los Oscars, que se celebró en el Biltmore Hotel de Los Ángeles, el 27 de febrero de 1941, estuvo presentada por Bob Hope. EL CIELO Y TÚ compitió en las categorías de mejor película (Jack L. Warner), actriz secundaria (Barbara OŽNeil) y fotografía en B/N (Ernest Haller). No obtuvo ningún premio. El de mejor película fue para David O. Selznick por REBECA (REBECCA, Alfred Hitchcock). El Oscar a la mejor actriz secundaria se lo llevó Jane Darwell por LAS UVAS DE LA IRA (THE GRAPES OF WRATH, John Ford), y el de fotografía en B/N fue para George Barnes por REBECA.

Warner no pudo resarcirse ni con LA CARTA, que estaba nominada como mejor película, y también a los premios para el mejor director (William Wyler), actriz principal (Bette Davis), actor secundario (James Stephenson), banda sonora original (Max Steiner), fotografía en B/N (Gaetano Gaudio) y montaje (Warren Low). Este sobresaliente film de Wyler, hoy considerado una de las mayores obras maestras que dio el cine clásico, no consiguió ningún premio. Y aunque es justo reconocer que en casi todas las categorías la competencia era notable, el que Ginger Rogers fuera premiada como mejor actriz por ESPEJISMO DE AMOR (KITTY FOYLE, Sam Wood) sólo puede calificarse de injusticia. La cinta de Wood es magnífica, y Rogers realizó una muy buena interpretación, pero que empalidece ante la soberbia creación de Bette Davis como Leslie Crosbie.

Los cambios en los gustos de espectadores y críticos han provocado que muchos films clásicos sean definidos, hoy día, como cursis o ñoños. EL CIELO Y TÚ carga con esa etiqueta injusta, pero basta verlo para comprobar lo arbitrario e incluso estúpido de tal catalogación. Este melodrama de época encierra, en su modestia y falta de pretensiones, una de las grandes interpretaciones de Bette Davis en un rol positivo. También es un ejemplo de la forma de trabajar de Anatole Litvak, un realizador caracterizado por su tacto y buen gusto, que no suele figurar entre los directores más emblemáticos del Hollywood dorado, pero que tenía poco que envidiar a otros cineastas mejor valorados por la crítica. EL CIELO Y TÚ fue concebido como un film comercial, pero su estupendo diseño de producción, sus excelentes interpretaciones y la cuidada dirección de Litvak facilitaron que en su día obtuviera tres nominaciones a los Oscars, y que hoy sea admirado por los cinéfilos como un pequeño gran clásico.

© Antonio Quintana Carrandi, (1.793 palabras) Créditos