HORIZONTES DE GRANDEZA
HORIZONTES DE GRANDEZA EE. UU., 1958
Título original: The Big Country
Dirección: William Wyler
Guión: James R. Webb, Sy Barlett y Robert Wilder, adaptado por Jessamyn West y Robert Wyler, basado en la novela de Donald Hamilton
Producción: William Wyler y Gregory Peck, para Anthony Worldwide Productions/MGM/United Artist
Música: Jerome Moross
Fotografía: Franz F. Planer
Duración: 166 min.
IMDb:
Reparto: Gregory Peck (James McKay); Jean Simmons (Julie Maragon); Carrol Baker (Patricia Terrill); Charlton Heston (Steve Leech); Burl Ives (Rufus Hannassey); Charles Bickford (Mayor Henry Terrill); Alfonso Bedoya (Ramón Gutiérrez); Chuck Connors (Buck Hannassey); Chuck Hayward (Rafe Hannassey); Buff Brady (Dude Hannassey); Jim Burk (Blackie Cracker Hannassey); Dorothy Adams (Esposa de Rufus Hannassey); Chuck Robertson, Bob Morgan, John McKee y Jay Slim Talbot (Vaqueros de Terrill)

Sinopsis

El capitán de navío retirado James McKay llega a las grandes llanuras tejanas para casarse con Pat Terrill, hija de un rico hacendado. Hombre pacífico, culto y educado, no tarda en chocar con los toscos lugareños. Nada más llegar, es víctima de una pesada broma por parte de Buck Hannassey y sus hermanos, que enfurece a Pat, pero a la que él quita importancia, pues en realidad no ha sufrido ningún daño. Su prometida y el padre de la misma, el poderoso Mayor Henry Terrill, cuestionan su proceder. También se gana la animadversión de Steve Leech, capataz del rancho Terrill y enamorado desde siempre de Pat. James se siente cada vez más atraído por Julie Maragon, maestra de escuela, amiga de Pat y dueña de unas tierras ricas en agua, por las que han disputado durante años los Terrill y los Hannassey. Sin pretenderlo, McKay se verá en medio de la guerra que sostienen Rufus Hannassey y Henry Terrill, y a pesar de las presiones de éste y de Pat, que desean que se comporte de una forma más viril, permanecerá fiel a sus convicciones.

Nadie ha sabido contar una historia en el cine como William Wyler.

Andre Bazin

Wyler vuelve al Oeste

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El elenco completo

Dieciocho años después de firmar EL FORASTERO (THE WESTERNER, 1940), la película que le valió a Walter Brennan su tercer Oscar al mejor actor secundario, William Wyler regresó al cine del Oeste por la puerta grande con HORIZONTES DE GRANDEZA, sin duda uno de los westerns más fabulosos que se hayan rodado.

La mayor parte de los directores clásicos deseaban obtener el control de sus películas, y la única forma de conseguirlo era tratando de independizarse. Wyler no era una excepción. Llevaba décadas bregando con los Estudios a este respecto, y aunque gozaba de bastante libertad creativa, los detalles de la explotación comercial de sus films dependían de las productoras en cuyo seno se realizaban. El director ansiaba controlar todos los aspectos de sus obras, de modo que en 1956 se asoció con Gregory Peck para producir juntos un western basado en una novela de Donald Hamilton, que había sido publicada originalmente por entregas en The Saturday Evening Post. Director y actor habían forjado una buena amistad durante el rodaje de VACACIONES EN ROMA (ROMAN HOLIDAY, 1953), y Peck se mostró encantado con la idea de asociarse con Wyler, sobre todo para hacer una película que, en palabras del realizador, iba a ser muy distinta de los western tradicionales.

Y sabía lo que decía, porque el valor distintivo de HORIZONTES DE GRANDEZA reside, precisamente, en su condición de western atípico, en el que Wyle r realiza una involución de las convenciones del género. Y lo hace a través del personaje de Peck, un antihéroe que se ve enfrentado a los rudos usos y costumbres de unas tierras agrestes y salvajes y que, a pesar de las presiones que recibe, se mantiene fiel a sus principios y valores aun a riesgo de desilusionar a su prometida.

James McKay es el polo opuesto del protagonista de una clásica película del Oeste. Hombre de mundo, que ha navegado por todos los océanos y conocido infinidad de países y culturas, sólo quiere casarse con su prometida, establecerse en aquella región de Texas y llevar una vida lo más apacible posible. Pero sus modestas aspiraciones chocan con la forma de ser de las gentes de aquellas tierras, que tienen un concepto muy primario de la hombría y que rinden culto a la violencia como medio de zanjar hasta la disputa más nimia.

El conflicto dramático se plantea desde el mismo momento en que llega a la región, cuando Buck Hannassey y sus hermanos le convierten en blanco de sus chanzas. Su prometida se enfurece y trata de hacer frente a los Hannassey con un rifle, pero McKay se lo impide. Y aunque lo lazan como a un ternero, McKay toma todo aquello como una simple novatada, quizás algo ruda pero sin ninguna importancia. Tanto Pat como su padre no están de acuerdo con él y le recriminan su actitud, pero la pasan por alto, pensando que James no tardará en adaptarse a la situación, en comprender que allí no valen los formulismos del Este y que un hombre debe hacerse respetar. Pero con eso demuestran, sobre todo la mujer, que desconocen su forma de ser.

El capataz del rancho, Steve Leech, un hombre rudo pero noble y sin dobleces, muestra desde el principio su animosidad hacia McKay. Ello se debe a que está enamorado de Patricia, hecho que ella no ignora y en el que parece complacerse. Leech intenta dejar en ridículo a McKay ante Pat por todos los medios a su alcance, como cuando pretende convencerle para que monte a Trueno, un caballo sin desbravar que ha vapuleado a varios jinetes. McKay rechaza la oferta, pero, poco después, y con la complicidad del vaquero mejicano Ramón Gutiérrez, se dedica a domar en secreto al caballo, demostrando con ello que lo importante para él no es exhibirse ante los demás, como se estila en aquellas tierras, sino demostrarse a sí mismo de lo que es capaz. A Leech, habituado a tratar con toscos vaqueros, la flema de McKay le confunde y le irrita, pues, al contrario que cualquier hombre del Oeste, no responde a provocaciones y no parece importarle que le consideren un cobarde. El enfrentamiento de Leech y McKay ejemplifica la pugna entre dos ideas antagónicas de la masculinidad. Leech desprecia a McKay por su aparente pusilanimidad, pero empieza a respetarle cuando éste, tras rechazar cobardemente enfrentarse con él a puño limpio ante Pat y su padre, va a buscarlo a su habitación para resolver el asunto sin testigos. Es en este momento cuando el espectador descubre de qué pasta está hecho James McKay, un hombre que no necesita jactarse de nada y al que no le preocupan las apariencias o el qué dirán, pero que, llegado el momento, sabe hacer frente a los desafíos de un matón y actuar en consecuencia.

Pat Terrill es la típica hija de un ranchero poderoso. Está profundamente enamorada de Jim, pero también muy contrariada por la actitud de éste, y constantemente le incita a comportarse como ella cree que debe hacerlo un hombre, sin ser consciente de que así sólo logrará alejarlo de su lado. Lo que le atrajo de McKay es precisamente aquello que le hace ser como es, pero no se da cuenta de ello. Aunque ha pasado una larga temporada en el Este, donde conoció a Jim y se enamoró de él, ha sido educada al modo del Oeste y se niega a intentar comprender siquiera las razones de su prometido para actuar como lo hace. Por otra parte, aunque esto tan sólo se sugiere muy veladamente, en cierto modo le halaga la pasión que despierta en Leech, a pesar de que lo rechaza con brusquedad. En realidad, Pat quiere que su futuro esposo sea como su padre, al que adora y admira, y se siente frustrada cuando McKay no responde a sus expectativas.

Henry Terrill y Rufus Hannassey son dos productos típicos de la época y el lugar, que se corresponden a dos arquetipos clásicos vistos en innumerables westerns: hombres hechos a sí mismos, forjados en un ambiente de extrema dureza, en el que sólo los más duros sobrevivían. Se parecen mucho más de lo que ambos están dispuestos a admitir, pero mientras Terrill trata de guardar las apariencias, comportándose como si fuera un caballero, Hannassey es menos hipócrita y vive como un vulgar vaquero, en una destartalada casa ranchera que contrasta notablemente con la mansión del Mayor. Se odian a muerte, al parecer porque llevan tiempo litigando por el agua para sus reses, pero todo indica que su enemistad tiene unos orígenes más profundos, aunque estos nunca se revelan. El guión evita caer en ciertos tópicos comunes y huye del maniqueísmo. Ninguno de ellos es mostrado desde un punto de vista más favorable. Son dos personajes perfectamente construidos y con vida propia.

Julie Maragon es la dueña del rancho Valverde, propiedad situada entre las de Terrill y Hannassey y por la que cruza un caudaloso río, cuyas aguas son vitales para la supervivencia del ganado de ambos hacendados. Julie es la mejor amiga de Pat Terrill, pero en todo momento evita posicionarse a favor de alguno de los clanes en disputa. Tanto el Mayor Terrill como Rufus Hannassey ambicionan comprar su rancho, pero ella siempre se ha negado a vender, pues sabe que si uno de ellos se hace con Valverde, negara el acceso al agua al otro y la violencia se recrudecerá. Su propiedad está sin explotar, porque ella prefiere vivir en el pueblo y trabajar como maestra de escuela. Sin embargo, permite que abreve en sus tierras tanto el ganado de los Hannassey como el de los Terrill sin cobrarles nada por ello. La situación sufre un vuelco cuando Julie accede a venderle Valverde a McKay, que aspira a establecerse como ranchero y piensa que la hacienda puede ser un espléndido regalo de bodas para su futura esposa. Julie sabe que McKay, el hombre más honesto y sincero que ha conocido, piensa como ella y está dispuesto a mantener las cosas como están, no negando el agua a ninguno de los rancheros. Entre el hombre y la mujer surge un vínculo de mutuo respeto, que posteriores circunstancias convertirán en amor.

Buck Hannassey, fanfarrón y buscabullas, corteja de forma grosera a Julie Maragon. Presume de valiente, pero no es más que un cobarde ruin y miserable, como se revela al final, cuando intenta asesinar a traición a McKay y es abatido por su propio padre.

HORIZONTES DE GRANDEZA destaca por sus impresionantes paisajes, por su magnífica puesta en escena y por su bien trabajado guión, pero sobre todo por las más que excelentes interpretaciones de todo el elenco. Gregory Peck se erige como el alma de la película, al dar vida a un hombre sensato y tranquilo que va a caer en medio de un avispero, y logra mantener su dignidad y sus principios contra viento y marea. En James McKay ya se adivinan apuntes del otro gran personaje cinematográfico que encarnaría el actor cuatro años más tarde, con el que ganaría el Oscar y que es sin duda el mejor de su dilatada y fructífera carrera: el Atticus de MATAR UN RUISEÑOR (TO KILL A MOCKINGBIRD, Robert Mulligan, 1962). Según parece, Peck y Wyler discutieron durante el rodaje, a cuenta de una escena en la que el actor consideraba que no había quedado bien y que quería repetir. Por las razones que fueran, Wyler se negó a rodarla de nuevo, lo que enfureció a Peck, que abandonó el plató. Sabiendo cómo trabajaba Wyler, a quien apodaban Noventa tomas por su costumbre de rodar una y otra vez la misma escena hasta que juzgaba que había quedado perfecta, resulta sorprendente que se negase a filmar una toma más. Pero ha de tenerse en cuenta que, cuando estaba trabajando, Wyler era famoso y temido por su genio, y puede que reaccionara así porque, sencillamente, estaba de mal humor. Director y actor estuvieron enemistados durante dos o tres años, aunque al final hicieron las paces.

La bellísima Jean Simmons está perfecta en su rol de Julie, la sencilla muchacha que, a su modo, trata de poner un poco de paz en la situación, y que con su dulzura y honestidad acaba por ganarse el corazón de McKay. La actriz tuvo bastantes problemas con los diálogos, que eran alterados con frecuencia. A pesar de ello, compuso una de sus mejores interpretaciones, y las únicas películas en las que está mejor son CARA DE ÁNGEL (ANGEL FACE, Otto Preminger, 1953) y ESPARTACO (ESPARTACUS, Stanley Kubrick, 1960).

Carroll Baker encarna con convicción a la mimada y caprichosa Pat, que sin darse cuenta acaba arrojando a McKay a los brazos de Julie. La actriz pasó por un mal trago durante el rodaje, en concreto en la filmación de la escena en la que Leech la besa impulsivamente. Wyler, perfeccionista donde los hubiera, quería el máximo realismo, así que incitó a Charlton Heston a mostrar mayor agresividad, pues su personaje era un hombre rudo y pasional, subyugado por los encantos de Pat Terrill. Es uno de los mejores y más tensos momentos del film. Cuando Leech agarra por las muñecas a Pat y forcejea con ella, Heston, espoleado por Wyler, se metió de tal modo en el papel que, sin darse cuenta, llegó a hacerle daño a la actriz. Wyler repitió la toma al menos una docena de veces, y como Carroll Baker tenía una piel fina y delicada, le salían ronchas. Heston contó que la bella actriz llegó a perder los nervios, llorando de rabia y frustración, mientras entre toma y toma le curaban la piel de las muñecas. El estado de agitación de Carroll fue bien aprovechado por Wyler, por lo que la mencionada escena es una de las más realistas de la película.

Charlton Heston gozaba ya de cierto estatus profesional, por lo que a muchos espectadores, y también a algunos críticos, les chocó que se aviniera a interpretar un rol secundario aunque relevante. La verdad era que Heston deseaba trabajar a las órdenes de William Wyler, un director al que siempre consideró uno de los verdaderamente grandes de la profesión. El actor consiguió darle la adecuada réplica a Peck, y la del ambiguo Steve Leech es una más de las memorables interpretaciones que jalonaron su formidable carrera.

Los del Mayor Henry Terrill y Rufus Hannassey son dos personajes rotundos, aferrados a los mismos conceptos de honor, amor, odio, venganza, reputación, que cada uno defiende a su manera. De ellos emana una gran fuerza dramática, debida al buen hacer de los actores que los encarnaron. Las guerras por enemistades hereditarias, por la propiedad de las tierras y los derechos de paso o sobre el agua, forman parte de la historia del Oeste americano. Para pergeñar su novela, publicada en principio por entregas quincenales, la primera de las cuales se tituló AMBUSH AT WHITE CANYON (EMBOSCADA EN EL CAÑÓN BLANCO), Donald Hamilton se inspiró en la enemistad entre los clanes familiares de los Dewey y los Berry, ganaderos tejanos que se enfrentaron por el control del agua. La lucha entre los Dewey y los Berry se convirtió en un auténtico baño de sangre, que sólo finalizó con la contundente intervención de los Texas Rangers. Henry Terrill y Rufus Hannassey son perfectos trasuntos cinematográficos de los individuos que, como los patriarcas de los Berry y los Dewey, con su cerril proceder tiñeron de rojo sangriento la historia del suroeste de Texas en la segunda mitad del siglo XIX.

Charles Bickford y Wyler tenían caracteres antagónicos, lo que generó cierta tensión entre ellos durante el rodaje. A Wyler, como se ha dicho, le gustaba repetir las tomas cuantas veces considerara necesario. Bickford valoraba más la espontaneidad, por lo que le fastidiaba rodar docenas de veces el mismo plano. Ninguno de los dos daba su brazo a torcer, con lo cual la situación entre ellos llegó a ser muy tirante, sobre todo cuando el actor se negaba tajantemente a decir una línea de diálogo que no le convencía. Sin embargo, la profesionalidad de ambos permitió soslayar las dificultades y concluir el rodaje sin mayores problemas.

A título de curiosidad, cabe comentar que HORIZONTES DE GRANDEZA podía interpretarse, según declaró el propio Wyler, como una alegoría en clave de western de la Guerra Fría, uno de cuyos mayores protagonistas, el presidente estadounidense Dwight David Eisenhower, vio la película media docena de veces, afirmando que era el mejor film del Oeste que se había rodado. Como Eisenhower admitió que su personaje preferido era el del Mayor Terrill, algunos críticos señalaron que éste representaba a Ike, extremo nunca confirmado oficialmente.

Burl Ives, por el contrario, se mostró muy satisfecho de su relación profesional con Wyler. Afirmo que lo había encontrado encantador aunque un poco enigmático, y reconoció que había aprendido más con él que con cualquier otro realizador.

El personaje más entrañable de la cinta es el de Ramón, el vaquero mejicano amigo de Julie, que se convierte en una especie de escudero de McKay. Fue encarnado por el gran característico Alfonso Bedoya, rostro muy habitual en las películas del Oeste. HORIZONTES DE GRANDEZA fue su último trabajo, pues falleció poco después de terminar el rodaje.

Un western diferente

HORIZONTES DE GRANDEZA es un western que sorprendió a los aficionados al género, y también a los que no sentían mucha inclinación por las películas de vaqueros. Concebido como una superproducción, rompió moldes y demostró que en el cine del Oeste era posible realizar sesudos ejercicios de introspección y narrar historias intimistas. En cierto modo, es un western que critica la épica del western, esa idealización de la virilidad más brutal que tantas novelas y películas habían institucionalizado. Wyler lo describió muy bien cuando dijo que HORIZONTES DE GRANDEZA trataba sobre la negativa de un hombre a actuar de acuerdo con los estándares de comportamiento aceptados en la violenta sociedad fronteriza de aquel tiempo. Quizás por ello este film está considerado como el primer western pacifista de la historia. No hay duelos a revólver al típico estilo fronterizo, como en la inmensa mayoría de las películas del Oeste. La pelea a puñetazo limpio de McKay y Leech está rodada desde lejos, con larguísimos planos panorámicos, sin más sonido que el ambiental, con la transición de la luz de la noche al amanecer y unos pocos insertos tomados desde más cerca, restándole así emoción y espectacularidad a la secuencia. Para reafirmar la inutilidad de la violencia como medio de resolver disputas, cuando termina la pelea McKay pregunta a Leech: ¿Qué hemos demostrado con esto? Y luego está el enfrentamiento final entre Terrill y Hannassey, rodado desde las alturas del Cañón Blanco, sin que puedan apreciarse los detalles y con una sobriedad y una carencia de espectacularidad modélicas.

En los años 50 el cine competía encarnizadamente con la televisión. Las Majors hollywoodenses, con el objetivo de apartar al público de la pequeña pantalla y hacerlo volver a las salas de cine, recurrieron a los formatos panorámicos y el color. Muchos realizadores sucumbieron a las servidumbres de la pantalla ancha, pero a Wyler jamás le ocurrió eso. La espectacularidad de HORIZONTES DE GRANDEZA debemos buscarla en su impresionante fotografía en Technirama, obra del reputado Franz F. Planer, y que nos induce a pensar que el gran protagonista del film no es otro que ese gran país del título original, con unos paisajes sobrecogedores por su inmensidad, y en el que los individuos y sus acciones se tornan minúsculos en medio de tan vastas extensiones. Por lo demás, Wyler saca el máximo partido al formato y, con su minuciosidad característica, lo utiliza para establecer unas fronteras perfectamente delimitadas dentro del encuadre, enfatizando al mismo tiempo las distancias entre los personajes y componiendo los planos según el tipo de espacio donde aquellos se encuentran.

El maestro Wyler siempre prestó una gran atención a la profundidad de campo, y HORIZONTES DE GRANDEZA es casi un manual de cómo utilizarla, pues la emplea para proporcionar muchísima información al espectador en un solo plano, logrando que aquel se entere de los acontecimientos antes incluso que los protagonistas. De una forma tan sencilla en apariencia, pero tan difícil de rodar, el director consigue atrapar e inquietar al espectador, exacerbando su interés.

El film en los Oscars

La 31ª gala de los Oscars, correspondientes a las películas estrenadas en 1958, se celebró en el RKO Pantages Theatre de Hollywood el lunes 6 de abril de 1959, bajo la conducción de Bob Hope. HORIZONTES DE GRANDEZA competía en los apartados de mejor actor secundario y mejor banda sonora de drama o comedia. Burl Ives se había ganado con creces su nominación, pero en esa edición el premio estuvo muy reñido, pues también estaban nominados los excelentes Lee J. Cobb por LOS HERMANOS KARAMAZOV (THE BROTHERS KARAMAZOV, Richard Brooks), Theodore Bikel por FUGITIVOS (THE DEFIANT ONES, Stanley Kramer), Arthur Kennedy por COMO UN TORRENTE (SOME COME RUNNING, Vincente Minelli) y Gig Young por ENSEÑAME A QUERER (TEACHERīS PET, George Seaton). Ives se alzó con la estatuilla, que le fue entregada por Bette Davis y Anthony Quinn. Pero con Jerome Moross y su impresionante partitura se cometió una tremenda injusticia. Los nominados, además de él, eran David Raksin por MESAS SEPARADAS (SEPARATES TABLES, Delbert Mann), Oliver Wallace por EL INFIERNO BLANCO (ISLAND IN THE SKY, William A. Wellman), Hugo Friedhofer por EL BAILE DE LOS MALDITOS (THE YOUNG LIONS, Edward Dmytryk) y Dimitri Tiomkin por EL VIEJO Y EL MAR (THE OLD MAN AND THE SEA, John Sturges). Ganó el último mencionado, con una composición a todas luces muy inferior a la de Moross, y de la que casi nadie se acuerda, mientras que la fabulosa partitura de HORIZONTES DE GRANDEZA se ha convertido en un icono musical del western.

A modo de conclusión

HORIZONTES DE GRANDEZA se estrenó en un momento en que el western estaba perdiendo la pureza épica de antaño. Mientras el western-acción a secas, el más sencillo, heredero de las producciones del pionero Thomas H. Ince, se refugiaba en la micro-pantalla de los televisores, el cinematográfico, como avergonzado de su simplicidad primigenia, se había convertido en una suerte de alegoría fílmica, a través de la cual hombres como John Ford, Delmer Daves, John Sturges, Anthony Mann, Fred Zinneman y muchos otros, cada uno en mayor o menor grado según sus inquietudes y su nivel de compromiso personal, reflexionaban sobre los problemas de todo orden que acuciaban a la sociedad estadounidense. HORIZONTES DE GRANDEZA fue más allá que otras producciones similares. Aun siendo obra de un realizador que había iniciado su carrera dirigiendo un puñado de típicos films del Oeste, en cierto modo dinamitaba las bases del género. El personaje de Peck representa a las ingentes masas humanas que fueron llegando a aquellas tierras, y cuya influencia civilizadora contribuyó a cambiar las cosas. Frente a la exaltación de la violencia más irracional como medio de resolver las diferencias, encarnada por Henry Terrill y Rufus Hannassey, y la chulería típica de los matones iletrados, representada por Buck Hannassey, James McKay se alza como un paladín de la sensatez en medio de un puñado de hombres dispuestos a matarse entre sí por razones sin sentido. Wyler presenta a McKay como un símbolo, un hombre pacífico, que no pacifista en la lamentable acepción moderna del término, que sólo recurre a la violencia en situaciones muy concretas, como cuando reta a Leech. En todo momento queda claro que McKay no responde al arquetipo del protagonista de un western. Ni se viste a la usanza del lugar, ni se pone un Stetson. Tan sólo cambia el elegante bombín que luce al principio por un funcional sombrero de fieltro. Aparte del duelo que sostiene al final con Buck Hannassey, en el que se emplean viejas pistolas de un solo tiro, no empuña un arma con gesto amenazador en todo el metraje. De hecho, va siempre desarmado, incluso cuando se adentra en las tierras de los belicosos Hannassey para rescatar a Julie. En ninguna otra película del Oeste, antes o después, encontraremos un personaje que se amolde tan mal a la épica del western. Y, sin embargo, el James McKay de Gregory Peck es uno de los protagonistas más recordados del cine de vaqueros, sin duda por su atipicidad.

Con HORIZONTES DE GRANDEZA, William Wyler se despidió del género con el que había debutado en el cine. En su extensa filmografía, plagada de títulos memorables, las películas del Oeste representan tan sólo un pequeño porcentaje del total. Pero siempre figurará como uno de los grandes directores del western gracias a dos obras maestras sin paliativos: EL FORASTERO y HORIZONTES DE GRANDEZA.

© Antonio Quintana Carrandi, (3.764 palabras) Créditos