LADY HAMILTON
LADY HAMILTON Reino Unido, 1941
Título original: That Hamilton Woman
Dirección: Alexander Korda
Guión: Walter Reisch y R. C. Sherrif
Producción: Alexander Korda para Alexander Korda Films, Inc/United Artists
Música: Miklos Rozsa
Fotografía: Rudolph Maté
Duración: 128 min.
IMDb:
Reparto: Vivien Leigh (Lady Emma Hamilton); Laurence Olivier (Lord Horatio Nelson); Alan Mowbray (Sir William Hamilton); Sara Allgood (Mrs. Cadogan-Lyon); Gladys Cooper (Lady Frances Nelson); Henry Wilcoxon (Capitán Hardy); Heather Ángel (Golfilla); Halliwell Hobbes (Rev. Nelson); Gilbert Emery (Lord Spencer); Miles Mander (Lord Keith); Ronald Sinclair (Josiah);

Sinopsis

Calais, Francia, 1815. Una mujer roba una botella de vino, siendo salvada por otra cuando va a ser detenida por unos gendarmes. La ladrona dice ser Lady Hamilton y narra la historia de su vida a su salvadora. Cuenta cómo llegó con su madre a Nápoles, a la residencia del embajador británico ante la corte, Sir William Hamilton, y tras diversos avatares, cómo acabó casándose con el diplomático, un hombre mucho mayor que ella, que idolatraba su colección de arte y que deseaba completarla con una bella esposa. La pareja llevó una vida plácida y sin problemas, hasta que llegó a Nápoles el capitán Horatio Nelson, precedido de la aureola de héroe que se había labrado con sus victorias navales. Entre el marino y la señora Hamilton surgió una inmediata atracción, que no tardó en convertirse en verdadero amor. Mientras Sir William Hamilton fingía no enterarse de nada, aceptando la aventura extraconyugal de su esposa, Horatio y Emma vivían su amor con plenitud, a pesar de las habladurías. Pero su relación sería puesta a prueba por el destino.

A ti, que me descubriste esta maravillosa película.

Antonio

En ocasiones, la percepción que tenemos hoy de un film clásico es muy distinta a la que tuvieron los espectadores de su época. Ello puede deberse a diversas causas. En el caso de LADY HAMILTON, éstas fueron exclusivamente políticas. Porque, aunque un espectador actual no sea consciente de ello, el film de Korda tenía una considerable carga política y un objetivo muy concreto. Pero será mejor empezar por el principio.

Alexander Korda (1893-1956), director de cine húngaro, había adquirido un gran prestigio realizando películas mudas en Hungría, Austria y Alemania. En 1929, y a consecuencia de la Gran Depresión, recaló en Francia, en Joinville, cerca de París, donde consiguió trabajo en unos estudios cinematográficos propiedad de la estadounidense Paramount, prosperando con rapidez. El gobierno británico, deseoso de crear una industria cinematográfica autóctona, que pudiese competir con Hollywood, se fijó en él y reclamó su presencia en Inglaterra, donde se estableció en 1931. Al año siguiente, y mientras daba sus primeros pasos en el cine inglés, fue nombrado representante de la Paramount en Gran Bretaña. Con el apoyo gubernamental empezó a sentar las bases de la que posteriormente sería la industria fílmica inglesa, no tan poderosa como la estadounidense pero bastante potente. LA VIDA PRIVADA DE ENRIQUE VIII (THE PRIVATE LIFE OF HENRY VIII, 1933), film que dirigió, generó ingentes beneficios en taquilla y cosechó excelentes críticas, siendo también la primera cinta inglesa en ser nominada al Oscar como mejor película. Gracias al éxito de este film histórico pudo fundar su propia productora, London Films, que se convirtió en la más importante de Inglaterra. Con la colaboración de sus hermanos, el director Zoltan y el decorador Vincent, y recurriendo con frecuencia al auxilio del guionista húngaro Lajos Biro, produjo un puñado de interesantes películas que acabaron de cimentar su fama profesional.

Entonces, cuando Alexander Korda estaba en la cúspide de su carrera, estalló la II Guerra Mundial. Los ejércitos de Hitler parecían imparables y muy pronto Inglaterra se quedó sola frente al poderoso Tercer Reich. Los constantes bombardeos dificultaban los rodajes, así que la mayor parte de los directores, guionistas, actores y técnicos del cine inglés se trasladaron a Hollywood para proseguir su labor. Alexander estaba decidido a quedarse, pues alegaba que, aparte de estar acostumbrado a superar toda clase de dificultades, se le antojaba indigno abandonar el país de aquella forma y en aquellas circunstancias. Pero Korda mantenía una estrecha amistad con Winston Churchill, que acababa de ser nombrado Primer Ministro, y éste requirió su ayuda. Churchill quería que Alexander abriera una oficina en Hollywood para producir películas de propaganda, que no sólo deberían levantar la moral del pueblo británico, sino animar a los estadounidenses a abandonar su aislacionismo e implicarse en la lucha contra la tiranía nazi. Además, esa oficina de producción debía servir, también, como punto de apoyo para las redes de espionaje británicas en los Estados Unidos.

Alexander Korda no podía negarse, así que en 1940, mientras Inglaterra era martirizada por los bombardeos alemanes, se instaló en Hollywood con los principales miembros de su equipo de producción. Lo primero que hizo en américa fue terminar EL LADRÓN DE BAGDAD (THE THIEF OF BAGDAD), cuyo rodaje había empezado en estudios ingleses y que estaba dirigida por él mismo, Michael Powell, Ludwig Berger y Tim Whelan, aunque en algunas obras aparece Powell como único director. Esta fantasía oriental clásica fue un rotundo éxito, tras el cual Korda empezó a pensar en la mejor manera de cumplir las órdenes de Churchill.

En aquellos momentos, más del ochenta por ciento de la población estadounidense era partidaria no ya de la neutralidad, sino del aislacionismo más duro. El pueblo norteamericano tenía muy vivo el recuerdo de los horrores de la Gran Guerra, a la que según muchos los Estados Unidos habían sido arrastrados por una combinación de las presiones británicas y los intereses financieros de los grandes bancos y de los fabricantes de armas y explosivos. Doscientos mil estadounidenses habían perecido, y varios cientos de miles padecían secuelas físicas y psíquicas. En contrapartida, la sociedad americana en su conjunto no parecía haberse beneficiado en modo alguno de aquella sangrienta aventura, si se exceptuaba a ciertos industriales y banqueros inescrupulosos. En consecuencia, la gente mostraba un completo desinterés por los problemas de Europa y estaba decidida a mantener a su país al margen de los mismos.

El presidente Roosevelt era consciente de que, antes o después, Estados Unidos se vería implicado en la guerra, pero de momento lo único que podía hacer era tratar de ayudar a los ingleses en lo posible, sin comprometer la neutralidad estadounidense. Tenía que actuar con mucha cautela, porque 1940 era año de elecciones y los republicanos, mayoritariamente aislacionistas, le tenían bajo constante vigilancia. A pesar de ello, Roosevelt, convencido de que si caía Inglaterra acabarían cayendo también los Estados Unidos, se arriesgó para auxiliar a Churchill, llegando a aprobar actos que no eran estrictamente neutrales y bordeando la legalidad en muchas ocasiones.

A Korda se le planteaba una buena papeleta. Hacer una película claramente probritánica, ambientada en la época contemporánea, quedaba descartado, porque suscitaría los ataques del Congreso y de la prensa. Tras mucho cavilar, llegó a la conclusión de que sólo había una forma de encarar el asunto: rodar un film histórico, que le permitiera disfrazar el mensaje que quería transmitir, y, al mismo tiempo, establecer un paralelismo con la situación real del momento. Su idea era rodar una biografía de Wellington, con la batalla de Waterloo como epicentro, pero cuando se lo comentó a Churchill por teléfono, el Premier le sugirió que lo cambiase por Nelson y el encuentro naval de Trafalgar. Korda estuvo de acuerdo y se puso de inmediato manos a la obra.

La película tenía que ser una producción barata, porque Korda debía invertir en ella su propio dinero. También era de gran importancia que el tiempo de rodaje y posproducción fuese lo más corto posible, a fin de evitar que la cosa llegara a oídos de los periodistas o, lo que era mucho peor, de los congresistas, pues tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes había mayoría aislacionista. Contra todo pronóstico, y a pesar de las muchas dificultades a que tuvo que enfrentarse, Alexander Korda logró tener la película terminada y lista para estrenarse en tan sólo seis semanas. Todo un récord, si se tiene en cuenta que las escenas de la batalla de Trafalgar, filmadas utilizando elaboradas maquetas de barcos del siglo XVIII, fueron muy complicadas de rodar.

Ni a Korda ni a Churchill les sorprendió la reacción de la sociedad estadounidense ante el estreno de LADY HAMILTON. Aunque Korda narró con brío y apasionamiento la relación entre Nelson y Emma Hamilton, poniendo especial énfasis en la vida doméstica de la pareja, la carga política del film era demasiado evidente para ocultarla. Gran parte de la prensa americana mostró su indignación ante una película semejante, e incluso muchos periódicos acusaron a Hollywood de recibir dinero de judíos y de agentes británicos, con el único fin de rodar cintas que incitaran a los Estados Unidos a abandonar su neutralidad y entrar en la guerra del lado de Inglaterra. No ayudó a Korda una filtración, según la cual, las palabras que pronuncia Nelson ante los lores del Almirantazgo, en las que advierte del peligro de fiarse de la proposición de paz de un dictador como Napoleón, fueron escritas no por los dos guionistas acreditados, sino por el mismísimo Winston Churchill. Se criticó también que el guión nunca fue presentado, como era preceptivo en la época, a la oficina de censura Hays, ante lo que Korda se excusó alegando que no se hizo así porque se escribía día a día, conforme se iba rodando.

Además de los ataques políticos, LADY HAMILTON sufrió el acoso de las ligas moralistas tan en boga en USA por aquellas calendas, y que tantísimo daño causaron al arte cinematográfico. La película fue acusada, en revistas religiosas y desde los púlpitos de las iglesias de varias confesiones, de ser poco menos que una justificación del adulterio. Korda replicó que no se podía cambiar un hecho histórico para contentar a la beatería. Los fanáticos moralistas replicaron, a su vez, que si los Horatio Nelson y Emma Hamilton reales no estaban casados, Laurence Olivier y Vivien Leigh tampoco, y puesto que era de dominio público que mantenían relaciones íntimas, estaban viviendo en pecado. Hastiado de bregar con aquella patulea, Korda decidió concentrarse en conseguir que la película tuviese la mayor difusión posible en USA. Para aplacar algo las iras de los estultos moralistas, y las ácidas críticas de la Oficina Hays, se rodó otra escena para ser incluida en la versión distribuida en Estados Unidos, en la que Nelson confiesa que se siente culpable por sus relaciones impropias con Emma. La escena era muy corta, pero Olivier, disgustado, se vengó de los meapilas americanos sobreactuando conscientemente, lo que restó credibilidad al supuesto arrepentimiento del insigne marino.

El viernes, 12 de diciembre de 1941, Alexander Korda estaba citado para comparecer ante la Primera Comisión del Congreso, acusado de incitar a la guerra al pueblo norteamericano. Pero la cosa quedó en agua de borrajas, porque cinco días antes, el domingo 7 de diciembre, los japoneses atacaron Pearl Harbor, y poco después Alemania declaraba la guerra a los Estados Unidos. El aislacionismo yanqui se disolvió con más rapidez que un azucarillo en agua hirviendo, lo que repercutió positivamente en la carrera comercial de LADY HAMILTON, que, sin llegar a ser un rotundo éxito, acabó funcionando bastante bien en taquilla. Después de la guerra, y en reconocimiento por su labor durante la contienda, Korda recibió el título de Sir a petición de Winston Churchill.

LADY HAMILTON compitió en la 14ª Gala de los Premios de la Academia, siendo nominada para cuatro de ellos en las categorías de fotografía en blanco y negro, dirección artística en blanco y negro, efectos visuales y sonido, ganando este último para Jack Whitney. La ceremonia, celebrada el jueves 26 de febrero de 1942 en el Biltmore Hotel de Los Ángeles, estuvo conducida por Bob Hope. La prensa especializada prestó mucha atención a esta edición de los Oscars, pues en el apartado de mejor actriz competían las hermanas más famosas de Hollywood por la animadversión que se profesaban, Olivia De Havilland y Joan Fontaine. La primera había sido nominada por SI NO AMANECIERA (HOLD BACK THE DAWN, Mitchell Leisen) y la segunda por SOSPECHA (SUSPICION, Alfred Hitchcock). También estaban nominadas Greer Garson por DE CORAZÓN A CORAZÓN (BLOSSOMS IN THE DUST, Mervyn LeRoy) y Barbara Stanwyck por BOLA DE FUEGO (BALL OF FIRE, Howard Hawks). Ganó Fontaine, siendo la única protagonista de una película del Mago del Suspense en hacerse con tan preciada estatuilla.

Hoy, cuando ya quedan muy lejanas en el tiempo las controversias políticas y morales que provocó tras su estreno, LADY HAMILTON permanece como uno de los dramas históricos más hermosos que ha dado el cine. Se rodó con poco dinero, pero eso no se nota en pantalla gracias a la extraordinaria labor del hermano del director, Vincent, que consiguió dotar al film de un diseño de producción muy aparente, con unos decorados que nada tienen que envidiar a los de películas semejantes con presupuestos más elevados. Otro tanto puede decirse del vestuario, sobre todo el que luce Vivien Leigh, sólo superado por el que utilizó en LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ (GONE WITH THE WIND, Victor Fleming, 1939). Mención especial merece el apartado de los efectos especiales que recrean la batalla de Trafalgar, perfectamente logrados a pesar de la precariedad presupuestaria en que se desenvolvió toda la producción.

Tanto Leigh como Olivier están magníficos en unas interpretaciones muy contenidas, sobre todo la de ella, pues LADY HAMILTON fue, después de [V: LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ] y [V: EL PUENTE DE WATERLOO] (WATERLOO BRIDGE, Mervyn LeRoy, 1940), su mejor trabajo. Rudoph Mate, con su cuidada fotografía en blanco y negro, contribuyó a realzar la delicada belleza de la actriz.

Lo mejor de la película, y lo que le confirió atemporalidad, es el rigor histórico y el buen gusto con el que Korda se aproximó a la historia de amor de Horatio y Emma, subrayando en todo momento que ambos se unieron inspirados por un sentimiento noble, profundo y sincero, y no por la mera atracción física. El retrato que se hace de sus cónyuges respectivos se ajusta como un guante a la realidad histórica, pues la esposa legal de Nelson era una mujer fría y distante, y Sir William Hamilton, aunque quería sinceramente a Emma, estaba más interesado por sus posesiones materiales y nunca prestó a su esposa demasiada atención.

Film muy polémico en su momento por los motivos antes explicados, LADY HAMILTON es hoy un clásico indiscutible del cine británico. Gestado como una película de propaganda camuflada, Alexander Korda fue lo bastante inteligente para dotarle de un guión perfecto y una unidad estilística notable, logrando que las dos vertientes, la histórica y la propagandística, se complementaran sin anularse mutuamente, como por desgracia ocurrió con otras producciones semejantes alumbradas en Hollywood. A Korda se le considera mejor productor que realizador, pero viendo LADY HAMILTON uno no puede evitar ponerlo en duda.

© Antonio Quintana Carrandi,
(2.208 palabras) Créditos