Los tres grandes monstruos del siglo XX
STALIN, CONCLUSIÓN
por Antonio Quintana Carrandi
Stalin en su despacho

Antes de tratar el tema del fallecimiento del sátrapa rojo, conviene que echemos un vistazo a su vida familiar, que fue cualquier cosa menos ejemplar.

La primera esposa de Stalin fue Ekaterina Svanidze, hija de Alexander Svanidze, antiguo compañero de escuela de Iósif y revolucionario de primera hora. Al parecer, la quería, pues se avino a casarse con ella en una ceremonia ortodoxa, haciendo a un lado momentáneamente su ateísmo. En marzo de 1907 Ekaterina dio a luz a un niño, al que llamaron Yacok. Stalin no asistió al parto de su primogénito, pues estaba dedicado por entero a sus actividades subversivas. Sin embargo, parece ser que sí estaba presente cuando Ekaterina murió el 5 de diciembre del mismo año, víctima de unas fiebres tifoideas. Todo indica que la muerte de su joven esposa, que sólo tenía 22 años, le afectó bastante, pero se rehízo enseguida. Jamás demostró el menor cariño por el niño, al que abandonó a los cuidados de la familia de Ekaterina. Fiel a las esencias más puras del marxismo, Stalin siempre consideraría a la familia como un accidente de la vida, que no debía tener ninguna influencia en la lucha revolucionaria. Yacok creció sin una figura paterna en su vida. Siempre fue un muchacho algo apocado y predispuesto a la depresión, lo que provocó que su padre le despreciara. En cierta ocasión intentó suicidarse, pero el tiro de revólver que se descerrajó en la cabeza no le provocó la muerte, aunque sí graves heridas. El desprecio de Stalin por su hijo no hizo más que aumentar, pues llegó a comentar que ni siquiera era capaz de quitarse la vida decentemente. Cuando Alemania invadió la URSS, Yacok, decidido a demostrar a su progenitor que estaba dispuesto a luchar por su país, se enroló en el Ejército Rojo. Stalin se aseguró de que fuese destinado a una unidad de primera línea, para que se fogueara o muriera de una vez. Yacok fue hecho prisionero por los alemanes, junto con otros miles de combatientes rusos. Cuando los nazis averiguaron su identidad, ofrecieron a los rusos canjearlo por el mariscal Fiedrich Paulus, que poco antes se había rendido con sus tropas en Stalingrado. Este canje fue autorizado por Hitler, que deseaba ponerle las manos encima a Paulus para ajustarle las cuentas, ya que su rendición contravenía las órdenes que había recibido de resistir hasta el último hombre y el último cartucho. Pero Stalin no accedió. Yacok murió ajusticiado por los alemanes, aunque, según otras versiones, corrió hacia las alambradas del campo para obligar a los centinelas a disparar sobre él. Stalin no vertió una sola lágrima por aquel hijo al que nunca había querido. Además, los familiares de Ekaterina que se habían ocupado de criar al muchacho acabaron siendo detenidos por el NKVD, siendo la mayoría ejecutados y el resto enviados al Gulag, donde no tardaron en morir.

La segunda mujer en la vida de Stalin fue Nadezhda Alliluyeva. Hija de un matrimonio que ocultaba a revolucionarios en su casa de San Petersburgo, era una niña pequeña la primera vez que vio a Stalin. Pero años más tarde, cuando el sátrapa rojo regresó del exilio al que había sido condenado por su participación en actos subversivos, era ya una adolescente que se enamoró del viril Iósif. En 1917, con sólo 16 años, Nadezhda se convirtió en la asistente personal de Stalin. Huelga decir que tal asistencia era básicamente horizontal. Se casaron en 1919 y tuvieron dos hijos, Vasili en 1921 y Svetlana en 1926.

El amor de Nadezhda por Stalin duró poco, debido al carácter de él. El sátrapa rojo tenía constantes aventuras con mujeres de su entorno, abusaba de la bebida y era cruel y despótico con ella. Nadezhda, en un intento por encontrar algo de paz en su vida, decidió matricularse en la Universidad de Moscú, a la que acudía en metro, como una alumna más, desdeñando el coche oficial que Stalin puso a su disposición. Nadezhda, o Nadia, como era conocida por sus íntimos, descubrió entre los muros universitarios la verdad de la Rusia soviética. Algunos estudiantes y profesores, con los que entabló amistad, le hablaron de los horrores del régimen, del terror generalizado en que vivían los ciudadanos soviéticos, de las injusticias y atropellos continuos que soportaba el pueblo.

Si Stalin se hubiese comportado en su vida doméstica como lo hicieron muchos criminales nazis, que parecían tener dos caras, una oficial y otra en el hogar, si se hubiese mostrado cariñoso y solícito con Nadia, ella jamás hubiese creído las historias que le contaron sus amigos universitarios. Pero Stalin la maltrataba físicamente en privado, y la humillaba de palabra en público, por lo que su esposa acabó coligiendo que los rumores sobre su tiranía eran ciertos. La pareja mantenía frecuentes discusiones y, al parecer, en el transcurso de una de ellas, Nadia le espetó todo lo que sabía y llegó a decirle que no era un hombre, sino sólo un verdugo sanguinario. La reacción de Stalin fue fulminante. Prohibió a Nadia asistir a la Universidad e incluso que saliera del Kremlin. En cuanto a los amigos universitarios de la mujer, todos ellos fueron detenidos, sufriendo tortura y prisión en Siberia los más afortunados, y ejecución sumarísima el resto.

La relación entre los esposos se deterioró aún más, y durante una cena oficial para conmemorar el aniversario de la Revolución de octubre, Stalin y Nadia llegaron a discutir agriamente ante docenas de testigos. El sátrapa rojo, lejos de cortarse por la presencia de numerosos invitados, insultó a Nadia con tal crueldad que la mujer abandonó la sala llorando, seguida de Polina Zhemchúzhina, la esposa de Molotov, que trató de consolarla hasta que se durmió. A la mañana siguiente, miércoles 9 de noviembre de 1932, su cuerpo sin vida fue encontrado por una miembro del servicio doméstico del Kremlin. Se había disparado un tiro de revólver en la cabeza.

El suicidio de Nadia y las razones que la empujaron a cometerlo fueron ocultados al pueblo soviético. Oficialmente, la esposa de Stalin había muerto víctima de un ataque de apendicitis. El sátrapa no asistió al funeral, pues en su desquiciado mesianismo estaba convencido de tener poder de vida y muerte sobre todos los rusos, de que nadie de su entorno tenía derecho a quitarse la vida a menos que él se lo sugiriera u ordenase. Tras el fallecimiento de Nadia, Stalin comentó en varias ocasiones que era una traidora, que se había suicidado para castigarlo, yéndose como una auténtica enemiga. La muerte de Nadia sigue estando rodeada de misterio. Los expertos en criminología saben que las mujeres que quieren quitarse la vida optan en su mayoría por el veneno, que en general produce una muerte menos dolorosa. Es posible que Nadia no pudiera acceder a ninguna sustancia letal, viéndose obligada a recurrir a un revólver. Pero también que muriera no por su propia mano, sino por un sicario enviado por Stalin, o incluso asesinada por su propio esposo. Al fin y al cabo, Stalin se había ganado con creces la reputación de asesino despiadado, pues mucho antes de pintar algo en el organigrama bolchevique, en los turbulentos años previos a la Revolución, ya se le achacaban docenas de muertes violentas.

El nivel de degeneración absoluta de los comunistas, su sumisión total a un ideal político abominable, podemos medirlo por la reacción de Polina, que pasaba por ser la mejor amiga de Nadia. En su mente, envenenada por la propaganda marxista, la mujer de Molotov renegó públicamente de Nadia y la acusó de haber abandonado a Stalin cuando éste más la necesitaba. Podría argumentarse, en su descargo, que Polina hizo tales declaraciones para congraciarse con Stalin, y hasta que sus palabras le fueron dictadas por su marido, el mejor palanganero del sátrapa rojo después de Beria. Pero la evidencia histórica es incuestionable: Polina Zhemchúzhina era una comunista fanática que adoraba a Stalin. Claro que esa adoración no era compartida. Stalin desconfiaba por principio de los que más lealtad le mostraban. Aunque los historiadores afines al marxismo han tratado de negarlo, Stalin era un antisemita convencido, que veía a los judíos como agentes del capitalismo. Nada le importaba que buena parte de los cabecillas revolucionarios fuesen judíos, y mucho menos la más que probable ascendencia judía del mismísimo Lenin. Recelaba de Polina principalmente porque era judía, y viendo en ella el modo de poner a prueba a su fiel Molotov, en 1948 ordenó su arresto acusándola de traición. Tal cargo se castigaba con la pena capital, pero Stalin se conformó con deportar a Polina al Gulag. Molotov demostró cómo debía comportarse un buen marxista. No dijo absolutamente nada, aunque todo el mundo sabía que amaba sinceramente a Polina. Al año siguiente, en 1949, cesó en su cargo, que fue ocupado por el siniestro Andrei Vyshinski. No obstante, siguió siendo primer vicepresidente del consejo de ministros y miembro del Politburó. Pero a pesar de su sumisión absoluta a Stalin, fue perdiendo poco a poco el favor de éste, y casi con toda probabilidad que hubiera acabado siendo detenido y encarcelado. La muerte de Stalin le salvó de tal destino. Aunque ocupó cargos importantes tras el fallecimiento de Iósif, cuando Kruschev aprovechó el XX Congreso del PCUS para criticar y condenar el estalinismo, del que el mismo Nikita había formado parte, la estrella del antaño todopoderoso Molotov declinó. Cesado como Ministro de Relaciones Exteriores, y expulsado del Presidium del Politburó, fue nombrado embajador en la República Popular de Mongolia, lo que equivalía a un destierro encubierto. Hizo algún intento por recuperar su antigua preeminencia, pero los nuevos amos del Kremlin estaban alerta y no les costó mucho desbaratarlos. La única alegría que tuvo en aquellos años fue la liberación de su esposa. Polina, a pesar de los horrores por los que había pasado, siguió defendiendo a Stalin y al estalinismo, lo que revela el fanatismo delirante al que eran empujadas las mentes débiles por la ideología comunista. Poco a poco Molotov fue alejándose de los círculos de poder, convirtiéndose casi en un paria, y él, cómplice necesario de muchos de los crímenes estalinistas, llegó a repudiar el estalinismo, sin duda para tratar de congraciarse con los que mandaban. El 8 de noviembre de 1986, el más fiel de los sicarios de Stalin moría entre la indiferencia de la mayoría del pueblo soviético.

Durante sus últimos meses de vida, la paranoia de Stalin se acentuó. Quizá presentía cercano el fin de su existencia y pretendía dejar una huella más profunda en la historia rusa, porque, a pesar de su precaria salud, multiplicó sus apariciones públicas. Pero hasta el último momento dio muestras de su vesania, pues hizo ejecutar al jefe de su guardia personal y su secretario privado despareció sin dejar rastro. Incluso hubo un grupo de médicos judíos, denunciados sin pruebas de ninguna clase por una doctora del policlínico del Kremlin, que fueron torturados y ajusticiados por pretender envenenar, presumiblemente, a importantes miembros del Politburó.

No se sabe exactamente cómo murió Stalin. Lo único cierto es que la noche del 28 de febrero de 1953 celebró una cena de trabajo con su círculo más íntimo, tras la cual se retiró a sus aposentos. Al día siguiente no salió de su habitación y ni siquiera llamó a los criados o a sus ayudantes. Todos sabían cómo era, así que al principio nadie se alarmó. Pero como no daba señales de vida, el domingo 1 de marzo de 1953, un criado de confianza se atrevió a entrar en el cuarto, encontrando al sátrapa rojo desplomado en el suelo. Los miembros del Politburó fueron llegando a la dacha de Stalin avisados por Beria, pero no se llamó a ningún médico hasta mucho después. Un grupo de doctores del partido se presentó en la dacha, y, tras un breve examen, estos médicos dictaminaron que el Pequeño padre de los pueblos había sufrido un ataque cerebrovascular.

Si lo que se contó tras su muerte es cierto, Stalin pagó una pequeña parte de sus innumerables crímenes, pues tuvo una agonía larga y muy dolorosa. Según la versión más extendida, Beria, el perfecto lameculos comunista, le tomaba de la mano cariñosamente en las pocas ocasiones en que el tirano recobraba momentáneamente la consciencia, para insultarle procazmente cuando volvía a desvanecerse. El 4 de marzo pareció recuperarse, pero enseguida sufrió un nuevo ataque y entró en coma. Se le paró el corazón tres veces, siendo reanimado en las tres ocasiones. Pero el 5 de marzo volvió a detenérsele y, a pesar de los esfuerzos de los galenos, falleció.

La muerte de Stalin conmocionó a los partidos comunistas de todo el mundo. Se le rindieron sentidos homenajes en todas partes, mientras en la URSS se celebraban unos fastuosos funerales de estado. Al mismo tiempo, muchos de los que formaban en el duelo del sátrapa rojo se congratulaban interiormente de que, ¡por fin! el tirano hubiera muerto, y se preparaban para enfrentarse unos a otros por la conquista del poder. Nikita Kruschev fue el más hábil, erigiéndose en nuevo líder de la Unión Soviética y apresurándose a eliminar a Beria, el verdugo de Stalin durante décadas y el más peligroso de sus opositores.

Las imágenes documentales muestran el supuesto dolor del pueblo soviético por la pérdida de su guía, pero sin duda cientos de millones de rusos, que no desfilaron ante su féretro ni fueron recogidos por las cámaras de cine, respiraron aliviados al saber que el monstruo había muerto. Kruschev lo sabía, así que, deseoso de atraerse la simpatía del pueblo, en cuanto pudo ordenó que fuesen liberados miles de prisioneros de los campos del gulag, y, en general, el sistema soviético pareció relajarse un tanto. Pero no era más que una ilusión. Kruschev no era, ciertamente, un criminal tarado como Stalin, pero no dejaba de ser un ferviente comunista que no estaba dispuesto a desmontar el sistema bolchevique, aunque este estuviera cimentado en montañas de cadáveres. Lo que hizo fue maquillar el legado de Stalin, dándole una apariencia más aceptable. Como el NKVD simbolizaba el terror más absoluto, cambió su nombre por el de KGB (Comisariado de Asuntos Internos). Pero en la práctica, como demostrarían acontecimientos posteriores, seguía siendo la misma CHEKA de antaño.

Los hijos de Stalin llevaron vidas muy distintas. Vasili, oficial de aviación, acabó alcoholizado y murió en 1962. Svetlana, por su parte, había sido el ojito derecho de su padre, la única persona por la que llegó a sentir afecto, aparte de su propia madre. Pero Svetlana también fue un constante quebradero de cabeza para el tirano rojo. Con sólo dieciséis años se enamoró de un guionista cinematográfico judío, llamado Aleksei Kapler. Stalin puso fin a esa relación por el expeditivo procedimiento de desterrarlo a Vorkuta, ciudad situada en el círculo polar ártico, supuestamente por actividades contrarrevolucionarias. Sin embargo, un año después Svetlana conoció a otro judío, Grigori Morozov, con el que llegó a casarse, en contra de los deseos de su padre. Stalin no dejó de meter cizaña entre el matrimonio, y a pesar de que tuvieron un hijo, Iósif, Morozov acabó divorciándose de Svetlana, seguramente instigado por Stalin, que le habría hecho ver la conveniencia de no contrariarle. La hija de Stalin volvió a casarse en 1949, esta vez con Yuri Zhdanov, con el que tuvo una hija, Ekaterina. Ese matrimonio tampoco duró mucho, pues la pareja se divorció en 1951.

Después del fallecimiento de su padre, Svetlana adoptó el apellido de soltera de su madre y empezó a trabajar en Moscú como maestra y traductora. La hija del mayor perseguidor del cristianismo en la historia rusa abrazó la fe ortodoxa. Luego, durante un viaje a la India, mantuvo un breve romance con Brajesh Singh, un miembro del Partido Comunista. En marzo de 1967, Svetlana acudió a la embajada norteamericana en Nueva Delhi, se identificó como la hija de Stalin y solicitó entrevistarse con el embajador, Chester Bowles, al que pidió asilo político. Bowles no salía de su asombro. Se puso en contacto con su gobierno y expuso la petición de Svetlana. Parece ser que algunos miembros del ejecutivo estadounidense se opusieron, pero el presidente Lyndon B. Johnson decidió concederle el asilo. Ya en los Estados Unidos, una de las primeras cosas que hizo Stvelana, en parte por convicción personal y en parte por congraciarse con el pueblo estadounidense, fue dar una conferencia de prensa en la que denunció sin tapujos los crímenes cometidos por el gobierno soviético, tanto por su padre como por Lenin. El escándalo a nivel mundial fue mayúsculo, y cuando público su autobiografía, VEINTE CARTAS A UN AMIGO, la Unión Soviética protestó formalmente ante el gobierno de USA, aunque naturalmente sin consecuencias. Amiga de Ogilvanna, viuda del arquitecto Frank Lloyd Wright, compartía las creencias espiritistas de esta. Ogilvanna estaba convencida de que el espíritu de su hija recientemente fallecida, curiosamente también llamada Svetlana, se había reencarnado en la hija de Stalin, que no sólo aceptó como cierta semejante majadería, sino que incluso llegó a casarse con el viudo de su tocaya difunta, William Wesley Peters. Después de la boda se cambió legalmente el nombre y pasó a llamarse Lena Peters. De ese matrimonio nació su hija Olga, pero la unión acabó en otro divorcio. A principios de los 80 se trasladó con su hija a Cambridge, Inglaterra, donde se convirtió al catolicismo. Unos años después regresó a la Unión Soviética, donde empezaban a soplar los vientos del cambio que traería la Perestroika, y consiguió recuperar la ciudadanía, a pesar de que muchos gerifaltes del régimen bolchevique opinaban que era una traidora. De todas formas, no estuvo mucho en la URSS, regresando a los Estados Unidos dos años más tarde. Murió el 22 de noviembre de 2011 debido a un cáncer de colon, en una residencia de la tercera edad de Wisconsin. Tenía 85 años.

La Unión Soviética posterior a Stalin no cambió mucho. El Partido Comunista siguió controlando férreamente todos los resortes de la sociedad, aunque es cierto que en algunos aspectos el régimen abrió un poco la mano y la vida cotidiana de la población civil mejoró algo. Pero el menor atisbo de disidencia era castigado con la misma implacabilidad que durante el estalinismo. En 1956, cuando Hungría se sublevó contra los estalinistas que tiranizaban el país, Kruschev envió tropas y carros de combate a masacrar a los insurrectos. Los líderes de la revuelta, la mayoría de ellos de ideología socialista y que sólo aspiraban a mejorar las condiciones de vida de su pueblo, fueron arrestados y enviados a la URSS, donde desaparecieron para siempre. Con el brutal aplastamiento de la sublevación húngara, Kruschev demostró al mundo, por si alguien tenía alguna duda, que no había tanta diferencia entre los métodos de Stalin y los suyos. Una década después, en 1968, los rusos volvieron a enviar tropas para reprimir la llamada Primavera de Praga, un movimiento en principio pacífico, que abogaba por un socialismo con rostro más humano, y que fue aplastado sin contemplaciones. A pesar de la palabrería hueca de Kruschev en su célebre arenga anti-estalinista del XX Congreso del PCUS, la realidad era que la URSS seguía utilizando los mismos métodos que Stalin, y continuó haciéndolo hasta el mismísimo día de la disolución de ese Imperio del Mal del que hablaba Ronald Reagan con pleno conocimiento de causa.

Stalin fue un monstruo, un criminal sin conciencia, que ordenó asesinar a millones de sus compatriotas en nombre de una ideología tan absurda como delirante. Pero en realidad no inventó nada, pues se limitó a copiar al dedillo los métodos de Lenin. La cruda verdad es que estos dos asesinos de masas, así como sus cómplices, fueron el producto más genuino del comunismo, doctrina política cuasi religiosa en cuyo infame altar fueron inmoladas más de cien millones de personas a lo largo del siglo XX. En China Mao aplicó, corregidas y aumentadas, las mismas medidas de Lenin y Stalin, y otro tanto ha ocurrido en aquellos países que han tenido la desgracia de caer bajo la férula comunista. Hoy la herencia del comunismo soviético sobrevive en Vietnam, Corea del Norte, Cuba o Venezuela, naciones empobrecidas, donde el respeto a los derechos humanos brilla por su ausencia, y regidas por patéticos imitadores de Lenin y Stalin. El dirigente comunista que más se aproximó a los logros de Iósif fue, sin duda, el camboyano PolPot, que exterminó a casi un tercio de la población de su pequeño país, en aras de la creación de un perfecto estado socialista. En cuanto a China, es doblemente peligrosa porque, sin renunciar al siniestro comunismo, que mantiene esclavizada a su población desde 1949, ha abrazado las prácticas del capitalismo más salvaje e inhumano, en una pavorosa hibridación cuyas consecuencias para la humanidad a medio y largo plazo pueden ser terribles.

En una muestra de su diabólico cinismo, el comunismo posterior a Stalin trató de demonizarle, de culparle de las consecuencias de la aplicación del marxismo. Cuando se retiraron estatuas de Lenin y Stalin tras la desaparición de la URSS, algunos viejos comunistas protestaron, alegando que Stalin había sido un criminal, pero que Lenin no tuvo la culpa de lo que ocurrió entonces. La izquierda, y más aún la extrema izquierda, vive en la mentira constante, y no duda en tergiversarlo todo para alcanzar sus fines. Lo cierto es que Lenin fue el maestro de Stalin. Los que continuaron su macabra obra, los que aún la continúan en algunos desdichados países y aquellos que pretenden imponerla en España, son producto de una ideología abyecta e inhumana. El exterminio de masas es inherente al comunismo por su propia filosofía, absolutamente materialista. No es posible un comunismo sin matanzas porque el mismísimo Lenin lo dejó claro, al repetir machaconamente que el buen comunista debía comportarse como una célula de un cuerpo, y lo que importaba era el cuerpo, el Estado comunista, y no las células del mismo.

La ominosa figura de Stalin debe ser bien conocida, para que las nuevas generaciones estén muy alerta, y sepan a qué atenerse cuando algún personajillo invoque soluciones de raíz estalinista para los problemas de España. Si con este ensayo he logrado abrir los ojos sobre lo que es y representa el comunismo, aunque sea a una sola persona, me daré por satisfecho.

© Antonio Quintana Carrandi, (3.703 palabras) Créditos