Los tres grandes monstruos del siglo XX
STALIN, CUARTA PARTE
por Antonio Quintana Carrandi
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Stalin en 1942

Durante la Segunda Guerra Mundial Grecia había sido invadida por Italia, Bulgaria y Alemania. Hacia 1942 el país se hallaba en una situación crítica, con las estructuras sociales destruidas y el hambre cerniéndose sobre pueblos y ciudades. Nación montañosa por excelencia, era ideal para la guerra de guerrillas. Miles de griegos se echaron al monte, dispuestos a continuar resistiendo desde allí a los invasores. Pero, en realidad, la resistencia griega fue una de las menos activas de todas las resistencias que operaron durante la conflagración mundial, lo que se debió a la preponderancia comunista entre sus miembros. Los comunistas deseaban expulsar de Grecia a italianos, búlgaros y alemanes, pero también hacerse con el poder en el país. Los invasores nazis y fascistas estaban eliminando aquellas facciones de la sociedad griega que también deseaban quitar de en medio los bolcheviques, así que éstos, en la mejor tradición estalinista, reservaron sus fuerzas y observaron una pasividad casi absoluta mientras los invasores arremetían contra los enemigos de clase del marxismo.

De hecho, los comunistas casi monopolizaron la resistencia griega. La primera organización de resistentes, y la más poderosa, fue el EAM (Ellenikon Apelevtherikon Metopon / Frente Nacional Griego). Su sección militar era el ELAS (Ellenikon Laikon Apelevtherikon Straton / Ejército de Liberación del Frente Nacional Griego). Existían, naturalmente, otras organizaciones de resistentes aparte de las rojas, un verdadero mosaico de ellas, algunas de las cuales no pasaban de ser simples bandas armadas, compuestas por quince o veinte hombres como mucho. La única que podía equipararse en importancia al EAM era el EDES (Ellenikon Demokratikon Ethnikon Straton / Ejército Popular Democrático Griego), que estaba bajo el mando del coronel Zervas. El ELAS y el EDES controlaban buena parte del territorio griego y hasta contaban con una especie de administración civil. El EDES fue el único grupo de resistentes no comunistas que se mantuvo activo durante toda la guerra y que, finalizada ésta, logró sobrevivir a la lucha de aniquilación emprendida por los rojos en su afán de dominar Grecia. Ninguno de estos grupos mantuvo contacto con el gobierno griego en el exilio.

Los guerrilleros griegos, sobre todo los del ELAS, que se habían equipado con las armas del derrotado ejército regular y no desdeñaban apoderarse de las del enemigo cuando tenían ocasión, recibieron grandes envíos de armamento de los británicos, unas veces, las más, por vía aérea y paracaídas, y otras mediante submarinos. El EDES y el ELAS colaboraron en algunas acciones, la más destacada de las cuales fue la voladura del puente de Gorgopotamo, que Churchill describe en sus memorias de guerra como la última acción efectiva de la resistencia griega durante la guerra, porque a partir de entonces el país se convirtió en escenario de luchas políticas. De hecho, con su torticero proceder, los comunistas del EAM y su brazo armado, el ELAS, apoyaban indirectamente a las fuerzas ocupantes, ya que estaban más interesados en combatir a los enemigos de clase griegos, aunque fueran también resistentes, que a italianos, germanos y búlgaros. Los británicos contaban, sin embargo, con la baza que representaba un contingente de tropas regulares griegas, que había logrado trasladarse al norte de África, junto a las británicas, en 1941. Esta fuerza griega luchó contra Rommel y luego pasó a Italia. Los ingleses confiaban en que este contingente podría arrebatar el poder a los rojos. Pero el largo brazo de los agentes estalinistas, que infestaban los ejércitos aliados, se hizo notar muy pronto. En agosto de 1943 se produjeron motines de signo comunista entre los soldados y marineros griegos. La rebelión fue sofocada sin contemplaciones por los ingleses, pero ya no era posible utilizar esas fuerzas contra los alemanes de Italia, que vieron cómo el número de los enemigos que tenían delante menguaba sustancialmente. En septiembre de 1943 Italia capítulo y sus tropas de ocupación en Grecia se dispersaron, abandonando sobre el terreno armas y equipos, gracias a lo cual el ELAS pudo hacerse con los pertrechos de una división completa. Pero, como era de esperar, los comunistas no utilizaron ese potencial bélico para combatir a los nazis, sino para enfrentarse a los aliados y al gobierno legal griego establecido en el exilio, primero en Londres y más tarde en El Cairo.

El EAM seguía una hoja de ruta marcada por Stalin, que deseaba poseer un estado vasallo en el Egeo, del mismo modo que, entre 1936 y 1939, había intentado posicionarse en el Mediterráneo convirtiendo España en una república de corte soviético. En aquella ocasión, afortunadamente, las cosas se le habían torcido. Ahora, aprovechando el caos provocado por la contienda mundial, esperaba apoderarse de Grecia. Pero el EDES era un contrincante formidable y había que eliminarlo. Siguiendo las directrices moscovitas, fuerzas fuertemente armadas del ELAS atacaron al EDES, causándo grandes bajas a esta formación. Comprendiendo que había un estado de guerra civil en Grecia, los británicos decidieron suspender las entregas de armamento y suministros al EAM y el ELAS, conscientes de que no emplearían esos recursos contra el invasor alemán. Por su parte, el coronel Zervas, comandante del EDES, suspendió los ataques contra los nazis, pues sabía que debilitarían a sus tropas y las transformaría en presa fácil para los comunistas del ELAS. Los ingleses acabaron por mantenerse a la expectativa, llegando a la conclusión de que era mejor no combatir a los teutones en Grecia que tener un gobierno bolchevique, títere de Moscú, en el país.

La guerra mundial acabó, pero la civil griega prosiguió con más fiereza. Tras la retirada de las tropas germanas, los guerrilleros rojos atacaron a las unidades del EDES y las fuerzas británicas, haciendo gala de una tenacidad combativa que jamás mostraron contra los invasores búlgaros, alemanes e italianos. Esto fue así porque, aunque ciertos historiadores de la onda progre se nieguen a aceptarlo, durante la mayor parte de su historia el comunismo europeo no reconoció más patria que la Unión Soviética, por lo que consideraba que los únicos ideales (léase intereses) dignos por los que luchar eran los de Stalin. El EAM y su sección militar luchaban exclusivamente por el comunismo, no por Grecia, lo que explica su relativa pasividad ante los ocupantes y su saña frente a los griegos no comunistas.

En diciembre de 1944, mientras todavía se luchaba contra los nazis en otros frentes, los británicos se debatían en el avispero griego. Para Navidad, el ELAS controlaba casi la totalidad de Atenas y estaba a punto de dominar todo el país. Churchill, comprendiendo que las debilitadas fuerzas del EDES no podrían contener por sí solas a los bolcheviques, se trasladó en avión a Atenas, escenario de violentos combates, en contra de la opinión de sus asesores, que consideraban aquel viaje demasiado peligroso. Ante la gravedad de la situación, el Primer Ministro ordenó al comandante de las tropas británicas en Grecia, general Scobie, que interviniera para evitar la victoria roja, preludio a una esclavitud similar a la nazi. Scobie actuó con firmeza, lo que provocó que los agentes comunistas infiltrados en la prensa británica, que no daban descanso a sus máquinas de escribir pergeñando elogiosos y encendidos artículos a favor del invicto Stalin y del glorioso Ejército Rojo, le acusaran de entrometerse en los asuntos internos de otro país y le definieran como el sangriento cómplice del fascismo. Sólo después de la guerra reconocería Churchill que Scobie había actuado en cumplimiento de sus órdenes personales, haciéndose responsable ante la historia de los actos del general.

Scobie se aplicó a la tarea con energía, pero los comunistas del ELAS, a pesar de sufrir grandes bajas, consiguieron permanecer en la capital. Entre los edificios de la ciudad los carros de combate de Scobie resultaban poco maniobreros y muy vulnerables, por lo que los británicos tuvieron que retirarse en algunos puntos de Atenas. La lucha prosiguió y, hacia mediados de diciembre, se combatía ya en las proximidades del hotel Grande Bretagne, que se convirtió en un objetivo prioritario de los comunistas, ya que era, además del cuartel general de Scobie, la residencia accidental del gobierno legítimo griego, presidido por Andreas Papandreu.

Cuando Churchill llegó a Atenas la situación era caótica. Los espías rojos comunicaron al ELAS que el Primer Ministro británico se alojaría en el Grande Bretagne, de modo que los comunistas prepararon la voladura del hotel. El atentado se frustró por la incompetencia de los comunistas, que actuaron con torpeza y fueron descubiertos por los ingleses. Fue una suerte, porque los rojos habían conseguido colocar nada menos que una tonelada de explosivos bajo el edificio. De todas formas, aunque uno de sus objetivos era matar a Churchill, esto último no lo habrían logrado, porque el Primer Ministro británico pasó la noche a bordo del crucero pesado Ajax, anclado en el puerto de El Pireo.

Para impedir que los comunistas tomaran el poder en Grecia, Churchill contaba con la colaboración del arzobispo Damaskinos, que debía ser el unificador de la patria griega. Bien considerado en todos los círculos políticos griegos, la idea de Churchill era que asumiese las funciones de regente, en ausencia del Rey Jorge II. Pero Damaskinos, además de inteligente y carismático, era ambicioso, terco y altivo, y dio no pocos problemas a los ingleses. En una tensa conferencia, celebrada no mucho después del fallido atentado al hotel Grand Bretagne, el arzobispo accedió a asumir la regencia. En un intento por parte de los ingleses de aliviar las tensiones políticas, los comunistas también fueron invitados a asistir a la conferencia. Pero exigieron la formación de un nuevo gobierno de corte republicano, porque se negaban a aceptar a Damaskinos como regente. Solicitaron, además, la mitad de las carteras ministeriales de ese hipotético nuevo gobierno, entre ellas las de Justicia e Interior. La exigencia de esos ministerios era una maniobra típica de los comunistas para conquistar el poder, pues quien controlase Justicia e Interior tendría el control absoluto de los tribunales y la policía. Pero el resto de los asistentes no se avino a las peticiones comunistas, y ante las exageradas exigencias de éstos, la conferencia fracasó estrepitosamente y la guerra civil continuó.

A mediados de enero de 1945 se acordó una tregua entre las facciones enfrentadas, alto el fuego que obedeció a dos razones de peso. Por un lado, Churchill ordenó al comandante británico en la zona del Mediterráneo, mariscal de campo Alexander, que reforzara las tropas del general Scobie en Grecia, con lo cual se acabó con la superioridad militar comunista. Al mismo tiempo, el partido comunista griego recibió órdenes tajantes de Stalin, en el sentido de que la lucha debía detenerse, al menos de momento. Estaba a punto de comenzar la conferencia de Yalta, y el sátrapa rojo no quería dar la impresión de que tenía ambiciones expansionistas. El jueves 2 de febrero los británicos se reunieron, en la localidad de Varkiza, con representantes de los bandos en liza para tratar de hallar una solución negociada al conflicto civil. Cumpliendo órdenes de Stalin, los comunistas tuvieron que aceptar varias condiciones, entre ellas la de la celebración de un referéndum para decidir la futura forma de gobierno del país, así como la convocación de elecciones libres. Lo más difícil de aceptar para los rojos fue la disolución del brazo armado del EAM, el ELAS, y la entrega de sus armas. Pero, como siempre, los comunistas jugaron sucio, pues si bien fingieron aceptar esta última condición, lo que entregaron fue un material militar viejo y poco menos que obsoleto, mientras las armas y el equipo moderno eran ocultados en diversos zulos a lo largo y ancho del país. Los rojos aparentaban ceder sólo por razones de estrategia, y porque así se lo habían ordenado, pero en modo alguno renunciaban a la toma del poder por la fuerza. De hecho, miles de ellos cruzaron las fronteras de Yugoslavia, Albania y Bulgaria, países en los que ya había regímenes marxistas, procediendo a crear el núcleo de una futura guerrilla comunista. El sábado 15 de diciembre de 1945, líderes del partido comunista griego, el KKE, se reunieron en Petrich, Bulgaria, con enviados de los Estados Mayores de los ejércitos búlgaro y yugoslavo. En esta reunión se reorganizó el ELAS bajo una nueva denominación: DSE (Dimokratikos Stratos Ellados / Ejército Democrático Griego). Los marxistas estaban otra vez en pie de guerra, y en esta ocasión la lucha adquiriría tintes dantescos.

A partir de 1946 se reanudaron las hostilidades. Los comunistas lograron dominar grandes zonas montañosas, logrando amedrentar al aparato administrativo de los pueblos mediante la amenaza y el terror. Las poblaciones locales eran obligadas a someterse o, cuando menos, a renunciar a oponer resistencia a las guerrillas rojas. Los que osaban oponerse a los comunistas, aunque sólo fuera de palabra, eran brutalmente asesinados, por lo que muchos campesinos se vieron forzados a buscar refugio en las grandes ciudades. Las fuerzas guerrilleras tenían problemas para reclutar combatientes, por lo que sus mandos decidieron recurrir a la leva forzosa. Miles de griegos, principalmente mujeres y niños, fueron capturados por el DSE y utilizados como rehenes, para convencer a sus familiares de que se unieran al movimiento revolucionario. El ejército regular y las fuerzas policiales gubernamentales apenas podían combatir con éxito a los rojos. La situación era tan grave que el gobierno se dirigió a la ONU, advirtiendo de la amenaza para la paz y seguridad mundiales que representaba la presencia de la guerrilla comunista en una zona tan delicada como el mar Egeo. Las Naciones Unidas enviaron observadores, que concluyeron que Yugoslavia, y en menor grado Albania y Bulgaria, estaban prestando apoyo logístico a los guerrilleros rojos. Stalin no pudo oponerse al envío de observadores, porque eso habría bastado para demostrar que ocultaba algo. No obstante, la Unión Soviética utilizó en cinco ocasiones su derecho de veto para frenar las iniciativas de la ONU, que se vio impotente para poner fin a la guerra civil griega.

La situación superó a los británicos, cuya economía estaba prácticamente en quiebra tras la guerra mundial. El lunes 24 de febrero de 1947, Inglaterra informó a Estados Unidos que se veía obligada a retirarse de Grecia. Al día siguiente, el gobierno griego se dirigió al estadounidense en demanda de ayuda. En USA estaban esfumándose a marchas forzadas las ilusiones de paz de Roosevelt, y el presidente Truman, reconociendo el carácter revolucionario de la política exterior soviética, reaccionó con rapidez y energía, obteniendo del Congreso 400 millones de dólares para ayudar a Grecia y Turquía, naciones amenazadas por la codicia expansionista bolchevique. Grecia recibió 300 millones, pues estaba en mayor peligro de caer bajo la férula comunista. Con la ayuda de USA, el gobierno griego pudo hacer frente a los rojos con posibilidades de vencer, aunque la guerra se prolongó hasta 1949.

Aparte de la decidida cooperación norteamericana, los rojos fueron vencidos en Grecia por el pragmatismo de Stalin. El sátrapa bolchevique había esperado que, conociendo la fuerza del EAM, éste no tuviese mayores problemas para imponerse y transformar Grecia en una república soviética. Stalin no esperaba que británicos y estadounidenses se implicaran en Grecia como lo hicieron. Como el bolchevismo tenía abiertos demasiados frentes, decidió que lo primordial era concentrarse en consolidar el poder soviético en el Este europeo, por lo que optó por abandonar a los comunistas griegos a su suerte. Las relaciones del Zar Rojo con el mariscal Tito, dictador comunista de Yugoslavia y principal valedor del KKE, eran muy tensas, pues el yugoslavo no estaba dispuesto a bailar al son que tocaban desde Moscú. Los líderes del KKE, estalinistas, decidieron obedecer las órdenes del Centro, como llamaban los comunistas de todo el mundo a Moscú, y a pesar de que era Yugoslavia la que les había proporcionado el grueso de su armamento, municiones, víveres y medicinas, mantuvieron su fidelidad a Stalin y suspendieron sus actividades para no entorpecer la política de éste. Tito, furioso, suspendió toda ayuda a los guerrilleros griegos, ordenando que aquellos que buscaran refugio en tierra yugoslava fuesen internados en campos de concentración.

La sublevación comunista griega, que acabó degenerando en una guerra civil, fue el primer conflicto de la Guerra Fría. Los Estados Unidos demostraron en Grecia su férrea determinación de frenar el expansionismo bolchevique en Europa. Pero mientras tanto, en China, Mao TseTung consiguió ganar el inmenso país asiático para el comunismo, con la inestimable ayuda de los soviéticos. Stalin prefirió sacrificar la pequeña Grecia en favor de la enorme China, que se convertiría en la gran potencia marxista de Asia y una constante fuente de amenazas para el occidente democrático.

Grecia había puesto a prueba en Europa la doctrina Truman de contención del comunismo. Otro tanto ocurriría en Corea. El paralelo 38 era la frontera provisional entre las fuerzas soviéticas y estadounidenses, acordada en 1945, cuando los rusos habían declarado la guerra a Japón, tras la conferencia de Yalta. Esta línea divisoria sirvió, en principio, para evitar que las tropas americanas y rusas se tirotearan entre ellas por error. Cuando los japoneses capitularon, se acordó que los rusos desarmarían a los nipones al norte del paralelo 38 y los americanos al sur del mismo. Pero los soviéticos, actuando como en Alemania, procedieron a blindar su lado de la frontera, convirtiéndola en inexpugnable y creando un gobierno títere en Corea del Norte, la República Democrática Popular, que nada tenía de lo segundo, pues el único partido permitido era el comunista. Las elecciones libres, previstas para toda Corea por la ONU, fueron prohibidas por el gobierno de Pyongyang. Por el contrario, en el sur, si bien el régimen pro-occidental de Syngman Rhee tenía ciertas connotaciones autoritarias, respetaba mucho más la libertad individual e iba camino de transformarse en una verdadera democracia. Corea del Sur, cuya capital era y es Seúl, tenía bajo su control dos tercios del total de la población coreana, unos 35 millones de habitantes en 1950. Su gobierno fue reconocido por las potencias occidentales como el único y legítimo de toda Corea.

Tras establecer un gobierno títere en el norte, compuesto por estalinistas de la línea más dura y encabezado por Kim Il-sung, antiguo oficial del Ejército Soviético, Moscú retiró sus tropas, aunque (esto se supo muchos años después) dejó atrás un contingente secreto compuesto por varios millares de asesores militares. Las fuerzas estadounidenses también se retiraron, dejando sólo un grupo de 500 instructores adscritos al ejército surcoreano. Parecía que la situación se había estabilizado y así iba a seguir. Pero el domingo 25 de junio de 1950, gran número de tropas norcoreanas cruzaron el paralelo 38 e invadieron Corea del Sur. Stalin, considerando que los norteamericanos se habían ido porque no tenían mayor interés en Corea, y dispuesto a poner todo el país bajo la bota marxista, se había preocupado de adiestrar bien al ejército norcoreano y dotarlo de armas modernas. El sátrapa rojo esperaba que aquello fuera un paseo militar, porque aunque Corea del Sur contaba con el grueso de la población y de la incipiente industria, sus fuerzas armadas eran muy débiles y casi testimoniales, dotadas sólo de armamento ligero, sin aviación ni marina y con muy pocos carros de combate, la mayoría de ellos obsoletos.

En realidad, la agresión estalinista había sido provocada, indirectamente, por las poco meditadas declaraciones del Secretario de Estado norteamericano, Dean Acheson, que poco antes había manifestado que Formosa (la actual Taiwan), adonde se había retirado el líder nacionalista chino ChiangKaiChek tras ser derrotado por Mao en la guerra civil china, formaría parte del cinturón defensivo estadounidense en Asia, pero no Corea ni ninguna otra parte del continente asiático. Tales declaraciones sólo pueden calificarse de imprudentes, incluso temerarias, porque alentaron a Stalin a seguir adelante con su agresión contra Corea del Sur. El tirano bolchevique estaba siempre pendiente de los movimientos occidentales, dispuesto a aprovechar cualquier ocasión que se presentase para ampliar la esfera de influencia comunista. Las palabras de Acheson fueron interpretadas por Iósif como una muestra de debilidad y, en consecuencia, actuó como siempre lo había hecho antes.

Sin embargo, Acheson también había dicho que Estados Unidos cumpliría sus obligaciones con la ONU, y cuando en Washington se recibieron informes de lo que ocurría, Truman actuó con rapidez. El mismo día del ataque norcoreano se convocó una reunión urgente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, formado por cinco miembros permanentes (Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña, Francia y China nacionalista, es decir, Formosa) y cinco más alternantes. La URSS, que boicoteaba desde hacía meses las sesiones del Consejo de Seguridad por la no admisión de China Roja como miembro del mismo, no asistió, lo que facilitó que se alcanzara la unanimidad en las votaciones. La ONU declaró nación agresora a la República Democrática Popular de Corea del Norte, instándola a que depusiera su actitud hostil y retirara sus tropas al norte del paralelo 38. Por supuesto que los rojos, envalentonados tanto por su superioridad armamentística como por el respaldo que les daba la URSS de Stalin, hicieron caso omiso.

Truman envió a la zona a John Foster Dulles, que en aquel tiempo estaba preparando un tratado de paz con Japón. Dulles se entrevistó con el general Douglas MacArthur, llegando ambos a la conclusión de que lo más deseable era que las fuerzas surcoreanas fueran capaces de expulsar de su territorio a las norcoreanas. No obstante, dada la precariedad del ejército surcoreano, lo más probable sería que ocurriese lo contrario. MacArthur y Dulles dijeron a Truman que Estados Unidos no podía permanecer impasible ante un hecho semejante, pues creían que si Corea del Sur caía ante un ataque no provocado, los comunistas se envalentonarían aún más, iniciando una serie de conquistas que acabarían por desencadenar la III Guerra Mundial.

El martes 27 de junio de 1950 se convocó una reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de la ONU que, con arreglo al artículo 106 de la constitución de la organización, decidió tomar las medidas adecuadas para intentar resolver la crisis, ordenando que todos los Estados miembros apoyaran a Corea del Sur. Los soviéticos tampoco estuvieron presentes. En un alarde de cinismo, aun así tuvieron la desfachatez de alegar que tal decisión era ilegal porque se había tomado sin su participación, llegando a amenazar con retirar su colaboración al Consejo de Seguridad si no se daba marcha atrás. La ONU, que entonces no se parecía en nada al conclave de sátrapas e impresentables que es hoy día, siguió adelante.

MacArthur, que había recibido órdenes de Truman de apoyar a Corea del Sur con todos los efectivos disponibles, se trasladó al caótico frente de batalla, descubriendo que la situación no pintaba nada bien. Para el miércoles 29 de junio, esto es cuatro días después de iniciada la invasión, los norcoreanos combatían ya en la periferia de Seúl y la artillería roja machacaba el centro de la urbe. El gobierno había abandonado la ciudad, refugiándose en el sur del país, en Taejong. En sus memorias, MacArthur describe, con la sobriedad y concisión características de un soldado, todo el horror que se presentó ante sus ojos. Seúl estaba en llamas y las desmoralizadas tropas surcoreanas se retiraban sin orden ni concierto, a la desbandada. Lo que más impresionó al general norteamericano fueron las interminables columnas de refugiados que bloqueaban las carreteras.

Había que actuar enseguida. Después de tomar Seúl, los rojos se dirigirían sin duda hacia la ciudad portuaria de Fusan, en la costa sudoriental del país. Su objetivo, planeado desde Moscú, era apoderarse del denominado Estrecho de Corea, brazo de mar de unos 50 kilómetros de ancho, que se extiende entre Fusan y la isla japonesa de Tshushima. Adueñándose de Fusan, los rojos dispondrían de una base perfecta para lanzar una posterior invasión contra Japón. Para impedir algo así, MacArthur estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario y más. Sabía que las tropas surcoreanas no eran rival para el disciplinado ejército norcoreano, así que ordenó a las Fuerzas Aéreas americanas estacionadas en Japón que iniciasen una campaña de bombardeos. Ahora bien, como todavía no disponía de bastantes efectivos, sus órdenes fueron que los aviones bombardearan sólo las líneas de abastecimiento rojas.

Stalin estaba a la expectativa. No había contado con la intervención estadounidense y le preocupaba lo que pudiera ocurrir si Truman decidía embarcarse en una guerra a fondo. Lo cierto es que el presidente norteamericano había creído que bastaría con utilizar la fuerza aérea, y quizás algunas unidades navales, para obligar a retroceder a los norcoreanos. Pero MacArthur sabía que la cosa no era tan simple, que debían recurrir al empleo de tropas de tierra si querían tener alguna oportunidad de vencer. El general pidió que le proporcionaran tropas de infantería, a lo que Truman accedió de inmediato. Pero cuando MacArthur aludió a la conveniencia de que los bombarderos pesados del Mando Estratégico atacaran objetivos en Corea del Norte, el presidente se opuso, dejándole bien claro al general que bajo ningún concepto debía llevar acción militar alguna al norte del paralelo 38.

Stalin seguía los acontecimientos con gran interés. Como Hitler, tenía muy mala opinión de la democracia liberal y esperaba que los pueblos de las naciones occidentales, recordando las destrucciones y sufrimientos provocados por la II Guerra Mundial, presionarían a sus gobiernos para detener los preparativos militares, dándoles así ventaja a los norcoreanos. Tanto los partidos comunistas oficiales, como los numerosos criptocomunistas infiltrados en todos los niveles de las sociedades occidentales, pusieron en marcha una campaña para desacreditar a Truman y a la ONU, pero en esta ocasión la artimaña propagandística no funcionó. Las ciudadanías occidentales recordaban los horrores de la anterior guerra, pero también que se había llegado al conflicto global gracias a la pusilanimidad de ciertos políticos, que habían ocultado su cobardía moral y su absoluta incapacidad para bregar con Hitler bajo una densa capa de supuesto pacifismo, bajándose los pantalones de continuo ante el dictador nazi, que se creció ante la debilidad mostrada por aquellos patéticos sujetos. Corea del Sur había sido atacada, sin que mediara provocación, por Corea del Norte y era necesario reaccionar enérgicamente ante lo que se revelaba, a todas luces, como un intento más del comunismo por ampliar sus dominios mediante el empleo de la fuerza bruta.

Naciones Unidas formó un contingente militar para defender a Corea del Sur de la agresión roja. Se decidió que esa fuerza estaría formada por soldados de los Estados miembros, de manera que ningún botarate comunista o mentecato socialdemócrata pudiera decir que se trataba de una guerra imperialista estadounidense, sino de una acción policial de la ONU contra, en palabras del sueco Trygve Lie, Secretario General, un grupo de bandidos. Los soviéticos pusieron el grito en el cielo, insistiendo en que habían sido los fascistas surcoreanos los primeros en atacar, obligando a los honestos comunistas norcoreanos a responder. Nadie podía tragarse esa mentira, sobre todo porque el ejército surcoreano era poco más que una especie de gendarmería mal armada y equipada, en comparación con las tropas rojas, y ninguna persona en sus cabales podía creer que, en tales condiciones de inferioridad, a los surcoreanos les hubiese dado por mostrarse provocadores con sus poderosos vecinos del norte.

Moscú y Pekín mantenían una estrecha colaboración en el asunto de Corea, lo que preocupaba mucho a Truman y al Congreso estadounidense. MacArthur, por su parte, ya estaba autorizado a emplear las fuerzas que necesitara. Pero sólo disponía de las cuatro divisiones del 8º ejército, acantonadas en Japón y que no eran tropas de primera línea, sino reclutas poco formados. La infantería, según nos cuenta el general en sus memorias, sólo contaba con un tercio de sus efectivos, las divisiones estaban incompletas y tan sólo se disponía de tanques ligeros. Pero la situación era desesperada, por lo que MacArthur ordenó a sus tropas dirigirse al encuentro del enemigo enseguida.

MacArthur demostró, una vez más, su genialidad. No importaba que el entrenamiento de los hombres y su armamento y equipo no fueran los adecuados. Lo único importante era que todo soldado estadounidense de Japón fuese enviado a Corea, que los rojos notaran la presencia americana en el frente. Era una apuesta muy arriesgada. Si los comunistas se percataban de la extrema debilidad de las tropas yanquis, las barrerían en el acto. Pero la maniobra de guerra psicológica de MacArthur salió bien. Convencidos de que los americanos no actuarían con tanta decisión si estuvieran en inferioridad, a los comunistas les entró miedo y las seis divisiones norcoreanas, dotadas de artillería pesada y tanques medios T-34 y pesados IS-2, detuvieron su avance. De haberlo querido, habrían llegado a Fusan en un paseo militar, pero ante el temor de una gran ofensiva estadounidense, concentraron sus fuerzas y se dispusieron a defenderse. Esta decisión de los rojos le proporcionó a MacArthur unos días de ventaja, como había calculado con acierto.

Las operaciones militares de Naciones Unidas no empezaron con buen pie. La 24ª División de infantería, mandada por el general norteamericano Dean, fue exterminada casi por completo, pero logró proporcionar a MacArthur el tiempo necesario para trasladar a la península coreana varias unidades, entre ellas la 1ª y la 25ª de Caballería, dotadas de carros de combate ligeros. A primeros de julio los rojos se percataron de lo que ocurría realmente, y reanudaron su avance, pero ya era tarde. Aunque las tropas estadounidenses disponían de armamento inferior y sus medios blindados no podían compararse a los IS-2 y T-34 rusos, MacArthur las había organizado muy bien, en posiciones preparadas para resistir un fuerte asedio, aprovechando las características orográficas del terreno. Los comunistas seguían avanzando, pero muy lentamente, y cada kilómetro que ocupaban les costaba ríos de sangre y grandes pérdidas de material. Una baza importante de los norteamericanos es que controlaban la carretera de Taejong a Fusan, antes en manos de los norcoreanos y única vía de comunicación importante en una zona del país plagada de cadenas montañosas, que impedían maniobrar adecuadamente a los blindados pesados de los rojos.

Los estadounidenses llevaron el peso de la lucha durante algún tiempo, participando en la misma la legendaria 1ª División de Marines, enviada desde Estados Unidos. Pero a pesar de que esta unidad de élite consiguió expulsar de Pohang a los comunistas, lo cierto era que el ejército norcoreano estaba muy lejos de ser vencido. Avanzando por la costa, los rojos consiguieron llegar a unos 45 kilómetros de Fusan, en un movimiento envolvente con el que cerraron el cerco en torno a esta importante ciudad portuaria. Estadounidenses y surcoreanos tan sólo conservaban una cabeza de puente, entre el río Naktong y un tramo de la vía férrea que unía Taegu con Pohang.

Stalin estaba satisfecho, porque a pesar de la reacción estadounidense, todo parecía indicar que la iniciativa seguía en manos norcoreanas. Pero las tornas estaban cambiando. El primer revés importante para los comunistas fue que su poderosa aviación, compuesta por dos centenares de aparatos YAK de fabricación soviética, fue barrida del aire por los cazas americanos que despegaban de los portaaviones de la 7ª Flota, que surcaba sin descanso las aguas del estrecho de Tsushima. Estados Unidos seguía enviando a Corea efectivos terrestres, y poco después llegaron las primeras fuerzas de la ONU, dos batallones de infantería británicos.

Como, a pesar de todo, los comunistas seguían siendo superiores en número, pues tenían 13 divisiones desplegadas sobre el terreno, MacArthur decidió atacar las infraestructuras de comunicación, ordenando ataques aéreos sobre carreteras y puentes. Pero los rojos demostraron ser unos verdaderos genios en la reparación de los mismos, dándose muchas veces el caso de que, un puente o carretera destruido un día por los bombarderos, volvía a estar operativo uno o dos días después.

Las tropas de la ONU resistían, pero con los medios que tenían era imposible soñar con lanzar una ofensiva. Stalin lo sabía y presionaba a sus títeres norcoreanos para que se dieran prisa en aniquilar a americanos y británicos, antes de que recibieran refuerzos. La artillería pesada comunista tenía a su alcance las posiciones occidentales, machacándolas de continuo y causando gran número de bajas. Consciente de que la situación podría volverse insostenible, MacArthur coligió que sólo se podrían invertir las tornas con un audaz golpe de mano. Entonces el general estadounidense decidió recurrir a la misma maniobra que tan buenos resultados estratégicos había dado durante la guerra mundial: desembarcar tropas en la retaguardia enemiga. Sin embargo, la operación estaba plagada de dificultades. El único sitio adecuado para un desembarco así era Inchon, segunda ciudad portuaria en importancia de Corea, que se encuentra a unos 30 kilómetros al oeste de Seúl. El problema era que, debido a la fuerza de las mareas, el desembarco sólo podría realizarse a mediados de septiembre. Estaban a finales de agosto y fueron muchos los que sostuvieron que sería imposible disponerlo todo en quince días.

El plan de MacArthur provocó un verdadero tsunami en las altas esferas militares americanas. Omar Bradley, jefe del Estado Mayor Conjunto, se opuso a la idea de MacArthur, alegando que las operaciones anfibias eran muy lentas y abogando por un desembarco aéreo; es decir, por el lanzamiento de tropas y pertrechos en paracaídas tras las líneas enemigas. Pero como las opciones eran muy limitadas, el general Collins, Jefe del Estado Mayor del Ejército, y el almirante Sherman, comandante supremo de la Flota, fueron enviados a Tokyo para discutir el asunto con MacArthur. El veterano soldado, fiel a su condición de general rebelde, no dio su brazo a torcer. Sherman le presentó un exhaustivo informe, en el que se hacía hincapié en que las diferencias de las mareas en Inchon eran de nueve metros nada menos, en que durante la bajamar el fango podía penetrar hasta tres kilómetros en el puerto, y en que las corrientes alcanzaban una velocidad de seis millas náuticas. Las lanchas de desembarco deberían acercarse a la costa por un estrechísimo canal navegable, que los comunistas podrían bloquear minándolo o, simplemente, hundiendo un barco en el mismo. La pleamar se producía dos veces diarias, a las 6.59 y a las 7.19. Como la última tenía lugar sólo 27 minutos antes de la puesta del sol, la operación tendría que llevarse a cabo durante la primera. Y hacia las 9 de la mañana, según cálculos de los expertos de la marina, los lanchones de desembarco encallarían en el fango, quedándose inmóviles y convirtiéndose en blancos fáciles para el enemigo. Para acabar de fastidiar las cosas, el puerto de Inchon estaba dominado por Wolmi-do, un islote fortificado de más de un centenar de metros de altura, que no sería fácil de conquistar.

Collins abundó sobre las dificultades de la operación, alegando que Inchon se encontraba demasiado a la retaguardia enemiga como para que un desembarco allí tuviera algún efecto positivo. Los comunistas, más numerosos, podrían aislar a las fuerzas desembarcadas y matarlas de hambre. Además, caso de seguir adelante con la idea, los efectivos para una operación semejante tendrían que retirársele al general Walker, debilitando así la no bien consolidada cabeza de puente de Fusan, que podría caer en cualquier momento. Collins creía que, incluso en el mejor de los casos, las tropas desembarcadas no podrían avanzar hacia el sur lo suficiente para romper el cerco en torno a Fusan y establecer contacto con las fuerzas de Walker.

Todos estos inconvenientes eran, en opinión de MacArthur, ventajas estratégicas que aseguraban el triunfo del factor sorpresa, porque el desembarco en Inchon era tan difícil que los norcoreanos lo considerarían imposible. En opinión de MacArthur sólo tenían dos posibilidades: arriesgarse en Inchon o seguir soportando la sangría de bajas en Fusan, donde la situación se estaba tornando desesperada. El legendario general sostenía que era allí, en Asia, donde el comunismo se había lanzado a la conquista del mundo y donde debía ser detenido. Collins y Sherman no tuvieron más remedio que aceptar la lógica de la postura de MacArthur. Cuando su informe fue presentado en Washington, suscitó mucha controversia, pero lo único que se podía hacer era lo propuesto por MacArthur, así que a éste le fue asignado el mando de la 1ª y 7ª Divisiones de Marines, que unidas formaron el 10º Cuerpo de Ejército, que sobre el terreno estaría mandado por el general Almond, uno de los subordinados más competentes de MacArthur.

La noche del jueves 14 de septiembre de 1950, tras capear un devastador tifón que a punto estuvo de echar a pique muchos barcos, la flota de desembarco estaba concentrada frente a Inchon. Al amanecer del viernes 15, las lanchas con las tropas iniciaron la operación, surcando el estrecho canal navegable, delimitado por fango y peligrosos bancos de arena. Cuando estuvieron a distancia de tiro, las piezas artilleras y las plataformas lanzacohetes de Inchon empezaron a disparar contra ellas. Pero la sorpresa de los defensores rojos había sido total, hasta el punto de que prácticamente no partió ningún disparo desde Wolmi-do, que fue tomado al asalto por los marines. Esto fue providencial, pues cuando bajó la marea y muchos lanchones embarrancaron, ya no había peligro de que fueran destruidos por la artillería que tenían los rojos en el islote fortificado. A última hora de la tarde del 15, cuando se produjo la nueva pleamar, desembarcó el grueso de las tropas del 10º Cuerpo. Sometidas a un constante martilleo artillero por los buques de la flota estadounidense, los comunistas se desmoralizaron y su resistencia fue menguando hasta desaparecer.

El que Inchon quedara tan en la retaguardia enemiga, que Collins había asumido como un inconveniente, se reveló como un factor decisivo a favor de los americanos, confirmando que MacArthur había tenido razón. Los rojos, creyendo que un desembarco en la zona era imposible, disponían de pocas tropas en la ciudad portuaria, que intentaron resistir la embestida norteamericana pero fueron arrolladas muy pronto. MacArthur no perdió el tiempo en minucias. Ordenó a sus hombres que, en vez de limpiar de enemigos el puerto y la ciudad, como sería lo más lógico para asegurar la conquista de la urbe, avanzaran de inmediato hacia Seúl, que quedaba a unos 30 kilómetros de distancia. El primer objetivo de MacArthur era tomar la base aérea de Kimpo, situada entre Inchon y Seúl. Kimpo era una arteria vital del sistema logístico norcoreano. Al privarles de ella, los estadounidenses no sólo consiguieron cortar la más importante vía de suministros para el ejército invasor, sino que dispusieron de un aeródromo con el que traer más refuerzos por aire. Mientras caía Kimpo el sábado 16 de septiembre, otro grupo de asalto se encaminaba hacia el sur, a Suwon, donde había una base aérea aún más grande, que MacArthur ya conocía, pues a ella había llegado el jueves 29 de junio pasado, cuando la suerte de Corea del Sur parecía echada. El domingo 17 de septiembre las fuerzas de la ONU se encontraban ya ante Seúl. Entonces los comunistas, repuestos de la sorpresa, reaccionaron y defendieron la ciudad a sangre y fuego, gracias a los contingentes de tropas que consiguieron trasladar hasta allí desde Corea del Norte.

Pero los yanquis también recibían refuerzos y material a través de Kimpo primero, y luego del gran aeropuerto de Suwon, conquistado el viernes 22 de septiembre. El sábado 23 cayó la ciudad de Osan, donde las tropas del general Dean habían sido diezmadas, y los marines enlazaron con unidades del 1º de Caballería, que había roto el cerco de Fusan. Seúl fue conquistada por los norteamericanos el jueves 28, tras cuatro días de intensos combates.

A partir de ese momento todo fue de mal en peor para los rojos. El frente comunista comenzó a desmoronarse. Los estadounidenses consiguieron establecer una cuña en el sur de la península coreana, que iba desde el sudeste al litoral oeste por debajo del paralelo 38, cortando así las líneas de abastecimiento enemigas. En apenas quince días cayeron prisioneros más de cien mil soldados norcoreanos. Los rojos que quedaban al norte de Fusan, comprendiendo que todo estaba perdido, huyeron en desbandada por la costa oriental y en dirección norte, abandonando armas, equipo y suministros en su afán por poner tierra de por medio. Así y todo, los estadounidenses logaron hacer treinta mil prisioneros más.

El viernes 29, al día siguiente de su reconquista por las fuerzas americanas, el gobierno surcoreano volvió a la devastada Seúl, siendo recibido por MacArthur, que rogó a los presentes en la ocasión que rezaran el Padrenuestro con él. Syngman Rhee estrechó, sollozando, la mano de MacArthur, de quien dijo que siempre sería recordado en la historia como el salvador del pueblo coreano.

Pero todavía no estaba claro que se pudiera hablar de victoria sobre los comunistas. Quedaba la cuestión de si se debía perseguir a las fuerzas marxistas hasta más arriba del paralelo 38, para derrotarlas definitivamente en el norte. Rhee no tuvo dudas al respecto: los comunistas habían atacado primero, y debían pagar las consecuencias. Ordenó a su ejército, ahora entrenado y pertrechado por los americanos, que persiguiera sin descanso a los norcoreanos. En Washington reinaba el optimismo, así que MacArthur también fue autorizado a llevar la guerra al norte del paralelo 38, aunque dejándole claro que, si intervenían fuerzas soviéticas o chinas, las estadounidenses deberían regresar de inmediato al sur del mencionado paralelo. El gobierno estadounidense estaba dispuesto a aplastar a los comunistas norcoreanos, pero no a enfrentarse directamente a la Unión Soviética, lo que sin duda hubiera provocado el estallido de la III Guerra Mundial.

Norteamericanos y surcoreanos cruzaron al norte en la mañana del miércoles 4 de octubre, obedeciendo un mandato de la ONU que establecía que las fuerzas de las Naciones Unidas debían realizar una acción policial en Corea del Norte, desarmando a los agresores comunistas y restableciendo un estado coreano único. MacArthur hizo planes para una nueva operación anfibia en la retaguardia enemiga, en el puerto de Wonsan, en la costa oriental. Parecía acercarse el fin para la Corea roja. En Moscú, Stalin bramaba de ira, pero no acababa de decidirse a intervenir directamente. Sin embargo, los chinos le solucionaron la papeleta. Mao dio instrucciones muy precisas a ChuEnlai, su ministro de exteriores que, por mediación del embajador de la India en Pekín, advirtió a los gobiernos occidentales que las tropas chinas intervendrían en el conflicto, a menos que norteamericanos y surcoreanos regresaran a sus posiciones al sur del paralelo 38. Nadie tomó en serio aquellas palabras, y mucho menos el ejecutivo norteamericano, cuyos miembros trataron de convencer a Truman de que eran simples bravatas rojas. Pero el presidente no las tenía todas consigo, y el domingo 15 de octubre se reunió en la isla de Wake con MacArthur, al que preguntó si existía un peligro real de intervención china en Corea. El general respondió que China no se inmiscuiría, alegando que Mao jamás podría establecer cabezas de puente bien pertrechadas en las riberas del río Yalu, ya que sus bases de aprovisionamiento serían muy vulnerables a los ataques de los bombarderos de largo alcance estadounidenses. Además, las tropas de la ONU podían dominar sin problemas, en su opinión, las rutas de abastecimiento del frente, privando a chinos y norcoreanos de armas, municiones y equipo.

Tranquilizado en parte por las palabras de MacArthur, Truman le autorizó a proseguir con las operaciones bélicas. El jueves 19 de octubre Pyongyang, la capital norcoreana, fue atacada por el general Walker con infantería, carros de combate y tropas paracaidistas. La resistencia fue muy escasa. El 10º Cuerpo de Ejército fue reembarcado en Inchon y trasladado a Wonsan, en la costa oriental, que fue tomada casi sin disparar un tiro el miércoles 25 de octubre. El domingo 29 la 7ª División de Infantería llegó a Iwon prácticamente sin tener que combatir. De hecho, en la ciudad ya se encontraba Bob Hope, el gran actor cómico nacido en Inglaterra, pero norteamericano de adopción, que durante toda su vida apoyó al ejército estadounidense donde éste estuviese combatiendo, ya fuera en Europa, en Corea, en Vietnam o en Irak. La tranquilidad era absoluta. No había ni rastro de los comunistas, y la única y esporádica resistencia que americanos y surcoreanos encontraron fue la ofrecida por débiles partidas guerrilleras. Esto contrastaba con la situación en el Oeste, donde las tropas de Walker se estaban batiendo con unidades rojas. Inchon estaba bajo el fuego enemigo, lo que, sumado a las condiciones de sus mareas, la convertía en una base poco segura. El puerto de Pyongyang, Tshinampo, era muy pequeño y por tanto insuficiente para las necesidades logísticas de Walker. MacArthur, temeroso de que un avance muy rápido alargara demasiado las líneas de abastecimiento, ordenó a Walker que avanzara más despacio.

Para el martes 21 de noviembre, los hombres de Walker llegaron al río Yalu, que marca la frontera entre Corea y la Manchuria china. El optimismo reinaba en Washington y en la sede de Naciones Unidas. Todo parecía indicar que los norcoreanos estaban vencidos. Creyéndolo así, el Alto Mando redujo los suministros para las fuerzas de la ONU. El invierno se acercaba y las tropas no recibieron equipos para el frío. Los mandos llegaron a prometer a sus hombres que, para Navidad, ya estarían de vuelta en sus casas. La euforia era tal, que incluso se aseguró a las tropas que no habría más combates. Hartos de luchar, muchos soldados se desprendieron de sus cascos y pertrechos, hasta de las granadas de mano, pues querían aligerar el peso que cargaban en las siempre incómodas marchas a pie. Muchos oficiales relajaron la disciplina, consintiendo tan estúpido proceder. Un error que pronto pagarían muy caro.

La intervención china en Corea, que al principio pasó desapercibida, se había iniciado la noche del viernes 6 de octubre, cuando un campamento del ejército surcoreano, situado a orillas del Yalu, fue atacado. Murieron casi todos los soldados surcoreanos. Los que pudieron escapar contaron que sus atacantes habían sido chinos. El viernes 27 y sábado 28 de octubre, dos contingentes surcoreanos fueron emboscados y aniquilados. Los americanos enviaron a la zona un escuadrón de la 1ª División de Caballería, que también resultó destruido cerca de Unsan. Para los analistas de la Inteligencia Militar estadounidense las cosas estaban claras: las fuerzas atacantes estaban mejor disciplinadas, armadas y dirigidas que las norcoreanas. Por tanto, sólo podían ser chinas. Tras varios análisis, Inteligencia estimó que no menos de 30.000 soldados chinos habían entrado en Corea. El general Walker ordenó detener el avance y el repliegue de las unidades de la ONU más adelantadas. Las tropas se concentraron en las riberas del río Tschongschon, que va a desembocar al mar Amarillo.

Los acontecimientos se fueron precipitando a partir de ese momento. En poco tiempo, más de 100.000 soldados chinos se infiltraron en Corea. Inteligencia confirmó que al norte del Yalu, en Manchuria, se habían concentrado 16 Cuerpos de Ejército chinos dispuestos a intervenir. Eran 56 divisiones, y considerando la dotación normal de hombres de una división china, totalizaban más de medio millón de soldados. Si a éstos se sumaban las tropas norcoreanas y otras unidades regionales chinas más pequeñas, resultaba que los atacantes disponían de unos 800.000 combatientes. Pero la cosa era más grave, porque, según informaba Inteligencia, otras unidades del Ejército Popular chino se encontraban de camino a la frontera coreana desde diversos puntos de la geografía china. Los infantes chinos estaban muy bien adiestrados. Su armamento era el subfusil Chikon K-50, versión china del PPSH-41 ruso de la II Guerra Mundial, granadas de mano en gran cantidad y lanzaminas. También disponían de piezas de artillería de campaña de calibre mediano, sin retroceso, que desmontadas podían ser transportadas por un par de soldados.

Aunque cundió la alarma entre la oficialidad de las fuerzas de la ONU, MacArthur no se arredró. Ordenó al 8º Ejército que cruzara el río Tschogschong y prosiguiera avanzando hacia el enemigo, al que MacArthur esperaba atrapar con una clásica maniobra envolvente. El 10º Cuerpo del general Almond debía completar el cerco en torno a las tropas chinas y norcoreanas. Pero el movimiento de tenaza planificado por MacArthur no era perfecto. Entre los brazos de dicha tenaza existía una brecha de entre 50 y 70 kilómetros, cubierta por montañas y que era, de hecho, un punto ciego, porque nadie sabía que estaba ocurriendo allí.

El sábado 25 de noviembre de 1950 las fuerzas estadounidenses tomaron posiciones en la zona montañosa situada entre los ríos Tshongschong y Kuryong. Su intención era pasar la noche allí y aprestarse a la defensa. Pero las tropas chinas, amparándose en la oscuridad, se lanzaron al ataque. La 1ª y 25ª Divisiones de la ONU, y el 2º Cuerpo surcoreano, perdieron más del 80 por ciento de sus efectivos en una batalla que duró cuatro días. La artillería de la 25ª División se perdió en un audaz ataque chino. Al mismo tiempo, un cuerpo de ejército surcoreano, el 2º, fue aniquilado y por la brecha que dejó penetró un enorme contingente de tropas comunistas. Una brigada británica, otra turca y la 1ª División estadounidense de Caballería fueron arrolladas por aquella marea roja, por lo que se vieron en la tesitura de huir para evitar ser aniquiladas. Muy pronto, tanto las fuerzas estadounidenses como las de la ONU se vieron forzadas a retirarse, perseguidas de cerca por los chinos. Fue la retirada más larga y penosa de toda la historia militar norteamericana. A partir de ese momento, las cosas empezaron a ir de mal en peor para la coalición de Naciones Unidas, mientras en Moscú Stalin se mostraba alborozado ante la marcha de los acontecimientos, tan favorables para la causa marxista.

Durante los meses siguientes los combates se hicieron más intensos, pues las fuerzas de la ONU, a pesar de verse en graves dificultades, se revolvieron como mejor pudieron y plantaron cara a los rojos. El gélido clima contribuía a hacer más penosa la lucha. Las nevadas eran tan intensas que hasta los tanques tenían problemas para moverse y las piezas de artillería quedaban atascadas. El intensísimo frío provocaba que la grasa de las armas se congelara, volviéndolas inservibles. Los americanos se vieron forzados a volar carros de combate y cañones inutilizados, para evitar que cayeran en poder del enemigo. Los estadounidenses sufrieron casi tres mil bajas a causa del frío. Más de mil hombres perecieron por congelación. Parecía una repetición de lo ocurrido a la Wehrmacht alemana en el frente del Este, cuando hubo de enfrentarse al cruel invierno ruso. Lo único que contribuyó a mantener la alicaída moral norteamericana fue la decidida actuación del general Oliver Smith, que logró preservar de la destrucción a buena parte del 10º Cuerpo de Ejército, organizando una retirada escalonada del mismo hasta la ciudad costera de Hamhung, defendida por la 3ª División de Marines. Frente a Hamhung se encontraba una flota de la ONU compuesta por casi dos centenares de navíos de diversas clases, entre ellos bastantes buques de guerra. Oliver actuó con presteza, preparando una formidable barrera de fuego con las piezas de los barcos, algunas baterías pesadas trasladadas apresuradamente a tierra y un par de escuadrones de cazabombarderos. Protegidas por tal concentración de fuego, tres Divisiones americanas, además de dos surcoreanas y un batallón inglés, consiguieron embarcar en unidades de transporte, en una operación que recordaba la evacuación del Ejército Expedicionario Británico en Dunkerque en 1940. Además, Oliver también logró poner a salvo a más de noventa mil civiles y casi cuatrocientas mil toneladas de suministros varios.

Pero el desastre de las armas americanas era total. Stalin envió una felicitación personal a Mao, aunque se permitió observar que, si las operaciones hubieran estado dirigidas por generales rusos, Oliver jamás habría podido salvar a sus efectivos. La prensa afín al comunismo lanzó ediciones especiales, y los partidos comunistas de Europa occidental, obedeciendo órdenes de Moscú, intensificaron su campaña propagandística contra la ONU y la guerra imperialista que libraba en Corea en defensa de los espurios intereses estadounidenses.

El sábado 23 de diciembre de 1950, el general Walker murió en un accidente automovilístico, igual que Patton cinco años atrás. Ese mismo día abandonaba Corea del Norte el último soldado americano. A Walker le sustituyó el general Matthew Ridgway, profundo admirador de la cultura española y que hablaba nuestro idioma a la perfección y como los de Valladolid; es decir, sin acento sudamericano.

Inteligencia había informado de grandes movimientos de tropas en Manchuria. Enterado MacArthur, propuso destruir los puentes del río Yalu mediante bombardeos aéreos, para impedir la entrada de más fuerzas chinas en Corea. Pero había un nuevo Secretario de Defensa, el general George C. Marshall, que había sido Secretario de Estado y mediado en la guerra civil china, además de impulsar el plan de ayuda económica a Europa occidental que lleva su nombre. Marshall prohibió a MacArthur bombardear objetivos dentro de una franja de ocho kilómetros a lo largo de la frontera con Manchuria. Sabía que la propuesta de MacArthur era muy arriesgada, porque bombardeando los puentes del Yalu se corría el riesgo de que cayesen bombas en territorio chino, lo que forzaría al gobierno de Mao a declarar abiertamente la guerra a Estados Unidos y la coalición de Naciones Unidas que abanderaba. MacArthur, que para entonces ya se había enfrentado dialécticamente al presidente Truman y estaba a punto de ser destituido por éste, alegó que el reconocimiento aéreo probaba que tropas chinas habían cruzado el Yalu, avanzando hacia el sur. Confirmado este punto, y como no se podía negar que a MacArthur le asistía la razón, Marshall aprobó el bombardeo de los puentes, pero sólo del lado de acá. Esto provocó un caustico comentario del viejo general rebelde, recogido por la prensa: Llevó más de medio siglo en el ejército, y es la primera vez que me ordenan bombardear sólo medio puente.

Militarmente la orden parecía un disparate, pero políticamente tenía muchísimo sentido. Truman y Marshall eran conscientes de que Moscú y Pekín estaban ligadas ideológicamente, y el presidente temía que, si aviones americanos bombardeaban territorio chino, aunque fuera por error, Mao lanzaría todo su potencial militar contra Corea del Sur, siendo secundado por Stalin e iniciando así la III Guerra Mundial. MacArthur también pretendía involucrar en el conflicto a los chinos nacionalistas, y hasta el mismísimo Chiang KaiChek era partidario de la idea. Pero Truman tuvo que salir al paso de tal ocurrencia, porque si las tropas de Formosa intervenían, esto podría reactivar la guerra civil en China, provocando un conflicto diplomático entre USA y la ONU, en cuyo nombre dirigía las operaciones en Corea. Además, la situación podría dar un vuelco, ofreciendo a los comunistas chinos la posibilidad, si salían mal las cosas, de adueñarse de Formosa.

Quizá el mayor defecto de MacArthur era que tenía un genio demasiado vivo. No se mordió la lengua a la hora de criticar ante la prensa la actitud de Washington, por lo que Truman, cansado de bregar con el temperamental militar, le relevó del mando y le prohibió hacer más declaraciones públicas. Como comandante en jefe de las fuerzas armadas estadounidenses, Truman tenía perfecto derecho a obrar como lo hizo. Pero el prestigio de MacArthur era enorme. Su destitución minó la moral de las tropas americanas en Corea. La opinión pública, que idolatraba al héroe de la guerra del Pacífico, castigó a Truman apeándole de la presidencia en las siguientes elecciones. Lo más triste de todo es que el presidente tenía razón.

La destitución de MacArthur, cuyo anticomunismo era público y notorio, cayó muy bien en el Kremlin. La situación en Corea era favorable a los intereses marxistas y la marcha del general rebelde fue acogida por los rojos como un buen presagio. Stalin exultaba. El lunes 1 de enero de 1951 los soldados de la ONU evacuaron Seúl. Pero la progresión de las fuerzas chinas había sido tan arrolladora que, agotadas, a mediados de mes tuvieron que detenerse aproximadamente en el centro de la península coreana. Entonces los combates se detuvieron, estando ambos contendientes separados por una franja de varios kilómetros de tierra de nadie. Stalin presionaba a Mao para que su ejército continuara avanzando y conquistara toda Corea. Pero las tropas chinas estaban exhaustas y con pocos suministros. Las de la ONU, por su parte, sencillamente estaban cansadas de luchar. La guerra había llegado a un incómodo impasse del que nadie sabía muy bien cómo salir. A Mao le preocupaba haber ido demasiado lejos, espoleado por Stalin. A los estadounidenses les aterraba la posibilidad de que se repitiera el desastre de Fusan.

Entonces surgió la sombra de la bomba atómica. MacArthur había especulado con utilizar esta arma. Ahora eran Truman y su gabinete los que, alentados por la prensa y la opinión pública, valoraban la posibilidad de recurrir al armamento nuclear. Si Estados Unidos hubiese sido el único país en poseer la bomba, casi con toda seguridad que la hubiera empleado en Corea. Pero la URSS tenía bombas atómicas desde septiembre de 1949, y era evidente que, conociendo la forma de proceder de Stalin, las habría utilizado para acudir en auxilio de China roja. La opción nuclear era muy arriesgada desde el punto de vista militar, por lo que fue desechada. En su lugar se optó por enviar a Corea nuevos contingentes de tropas de la ONU.

La situación se equilibró y ambas fuerzas se dedicaron a sondear las posibilidades ofensivas del enemigo, sin que se produjeran enfrentamientos importantes. A partir de mediados de febrero de 1951, y ante la inactividad de los comunistas, el Mando aliado se aventuró a mandar patrullas de reconocimiento al norte, hasta la zona de Osan, descubriendo, para sorpresa de los estadounidenses, que no había el menor rastro del enemigo. Las patrullas siguieron avanzando en dirección norte, llegaron a la ciudad de Suwon y comprobaron que los rojos la habían evacuado casi por completo, pues tan sólo debieron hacer frente a unos débiles núcleos de resistencia. Ante esta situación, Ridgway aprovechó para ordenar a parte de sus fuerzas que avanzaran. El plan de la ONU había cambiado. Ya no se trataba de echar a los chinos de la península coreana, sino de crear una línea defensiva a lo largo del río Han, tomar Seúl y establecer puestos defensivos al sur del paralelo 38, aprovechando los accidentes orográficos como montañas y ríos. Aunque los chinos reanudaron las ofensivas, y estuvieron a punto de poner en problemas a las tropas de la ONU en varias ocasiones, no pudieron reconquistar Seúl, que a partir del miércoles 14 de marzo de 1951 y hasta hoy, volvió a ser la capital de Corea del Sur.

En mayo Stalin se comunicó con Mao, exhortándole a tomar de nuevo la iniciativa. El líder chino ordenó nuevas ofensivas, que arrollaron una tras otra las posiciones de la ONU. Pero dichas ofensivas perdieron fuerza enseguida, pues los soldados chinos estaban exhaustos y desmoralizados a partes iguales. Mao reconsideró la situación. Las pérdidas chinas habían sido muy elevadas, y existía la posibilidad de que, si seguía insistiendo con las ofensivas, en el contraataque previsible las fuerzas de la ONU tomaran Pyongyang, la capital norcoreana. Sin hacer partícipe de ello a Stalin hasta mucho después, cuando la cosa ya estaba hecha, el sátrapa chino comenzó a recular y hacer ver a Occidente que estaba dispuesto a llegar a un acuerdo.

El viernes 1 de junio de 1951, Trygve Lie, Secretario General de Naciones Unidas, informó públicamente del éxito de las tropas de la ONU sobre los comunistas. Propuso un armisticio para volver a la situación anterior a la invasión norcoreana, en la que ambos países estarían separados por la línea de demarcación del paralelo 38. Ante los hechos consumados, a Stalin no le quedó más remedio que aceptar lo inevitable, y hasta tuvo el cinismo de ofrecerse como intermediario en las negociaciones de paz. No obstante dichas negociaciones se prolongaron durante mucho tiempo, durante el que se produjeron enfrentamientos armados entre fuerzas norcoreanas y surcoreanas, aunque fueron de escasa importancia. La retirada de las tropas extranjeras fue un escollo notable. Mao alegaba que eran los coreanos, del norte y del sur, los que debían negociar sin injerencias de terceros, otra muestra más de la desvergüenza característica de los comunistas. Pero la delegación de Naciones Unidas no cayó en la trampa del líder chino. Los diplomáticos de la ONU sabían que, si sus tropas se retiraban antes que las partes alcanzasen un acuerdo, nada impediría a Mao lanzar a sus fuerzas en un ataque relámpago y conquistar toda la península.

El asunto de los prisioneros de guerra demostró al mundo cómo era realmente el paraíso marxista defendido por los partidos comunistas occidentales, que durante todo el conflicto habían glosado incansablemente las excelencias de los sistemas políticos soviético, chino y norcoreano. La Cruz Roja Internacional quedó desbordada ante las peticiones de los prisioneros chinos y norcoreanos, que suplicaron literalmente que no los devolvieran a sus países, añadiendo que el partido los había obligado a luchar.

Los estadounidenses no bajaron la guardia, y mientras las delegaciones de ambos bandos se enfrascaban en tensas y arduas conversaciones, siguieron bombardeando puentes, líneas férreas, carreteras y fábricas para evitar que los chinos aprovecharan las negociaciones para concentrar más tropas, y también para impedir que los norcoreanos fabricaran pertrechos bélicos.

Las conversaciones de paz de Panmunjon se prolongaron hasta el viernes 10 de julio de 1953. El tratado se signó a las 10 de la mañana del lunes 27 de julio, entrando en vigor a las doce horas siguientes. Desde entonces, ha habido paz en esa zona de Asia, aunque también se han producido crisis puntuales. A efectos castrenses, la guerra terminó en tablas, porque se volvió a la situación establecida en 1949. Muchos veteranos, tanto estadounidenses como surcoreanos, lamentaron durante mucho tiempo que el conflicto no hubiese terminado de otra forma, con la victoria de la coalición liderada por Naciones Unidas y la reunificación de Corea bajo un gobierno libre. El soldado de a pie pensaba, con amargura, que sus sacrificios y los de sus compañeros habían sido inútiles, pues daba la impresión de que todo había quedado exactamente igual que antes. Pero no era así, ni mucho menos.

El conflicto coreano evitó que toda la península cayese bajo el dominio comunista y que Japón se viera amenazado. Las tropas estadounidenses y coreanas, apoyadas por las unidades enviadas por otros quince países, lograron contener con éxito a más de un millón de chinos y norcoreanos, frustrando los planes de Moscú y Pekín, y dejando con un palmo de narices a Stalin y Mao. En Corea quedó claro que Estados Unidos y el mundo libre no estaban dispuestos a consentir que el comunismo se expandiera mediante la fuerza de las armas. La OTAN había sido la consecuencia directa de la amenaza expansionista soviética en Europa. Después de la contienda coreana surgió la SEATO (SOUTH EAST ASIA TREATY ORGANIZATION / ORGANIZACIÓN del TRATADO DEL SUDESTE ASIÁTICO), alianza militar dedicada a contener la amenaza roja en Extremo Oriente. El sátrapa rojo, el mayor asesino que han conocido los siglos, había muerto el jueves 5 de marzo de 1953. La de Corea fue su última intentona de expandir globalmente el comunismo.

Continuará...

© Antonio Quintana Carrandi, (10.461 palabras) Créditos