FALSEANDO LA HISTORIA
por Antonio Quintana Carrandi

La falsificación de la historia, para adaptarla a los postulados ideológicos de los que detenten el poder en un periodo concreto, ha sido y es una de las prácticas políticas más execrables. Los regímenes totalitarios hicieron del falseamiento histórico una prioridad, pues una población convenientemente adoctrinada y por tanto acrítica es mucho más fácil de gobernar (léase pastorear). Los nazis se inventaron la falacia de la raza alemana, obviando que los germánicos forman un grupo de comunidades lingüísticas, es decir, unidas por un idioma común, pero sin vínculos raciales concretos. Pero los que convirtieron casi en una ciencia eso de falsificar los hechos históricos fueron los izquierdistas más radicales, con el comunismo soviético a la cabeza. La historia de la URSS, desde el primer día de la revolución de 1917 hasta la caída del muro de Berlín, fue un cúmulo de grandes mentiras y rocambolescas tergiversaciones, a mayor gloria del bolchevismo. Con la desaparición de la Unión Soviética, ese gigante con los pies de barro que se mantuvo durante más de setenta años gracias a su perfecto sistema represivo, parecía que el falseamiento de la historia a cargo del poder había quedado circunscrito a naciones tan ejemplares como Cuba, el narco-estado bolivariano del Bobo Feroz, Corea del Norte y algún otro país de tercera olvidado de la mano de Dios.

Pero hace unos años, con la llegada a la presidencia del gobierno de cierto personaje, el PSOE, que hasta entonces había mantenido una frágil pero aceptable apariencia de partido socialdemócrata, dio un violento bandazo hacia la izquierda extrema, tratando de resucitar los odios políticos que emponzoñaron de tal modo la España de los 30 que hicieron prácticamente inevitable el estallido de la guerra civil. El nuevo presidente y sus adláteres arrojaron por la borda la herencia de moderación del PSOE de Felipe González, abrazando el radicalismo más extremo. Ahora bien, como la sociedad española de comienzos del siglo XXI no era como la de la década de los 30 del siglo XX, se imponía disfrazar ese sectarismo de algún modo, para que su objetivo último, reavivar odios ya olvidados y producir réditos políticos para ciertos partidos y formaciones, no resultara tan descaradamente evidente. Por eso se recurrió a la sensiblería más simplona y cutre, que nada tiene que ver con la auténtica sensibilidad, para tratar de vestir decentemente unos conceptos e ideas absolutamente indecentes, porque con ellos sólo se pretendía dividir a la sociedad española.

Una de las consecuencias de esa nefanda política fue la promulgación de la llamada Ley de Memoria Histórica (más bien debiéramos decir de la Memoria Histérica), con la que se pretendía reescribir la historia a capricho del gobierno de turno. Amparándose en tan absurda y sectaria ley, los izquierdistas radicales han perpetrado toda clase de desmanes allí donde gobiernan. Algo más de una década después, un nuevo gobierno presuntamente socialdemócrata (que lo sea es otro cantar) aspira a profundizar más en la siniestra brecha abierta con eso de la Memoria Histérica, hasta el punto que, a mi juicio, derechos tan elementales en un estado democrático como los de expresión, opinión, pensamiento y cátedra pueden verse seriamente amenazados.

Cualquier persona con un mínimo de sentido común debería manifestarse abiertamente contra algo así. De igual modo, en una democracia consolidada sería de esperar que la oposición política actuara en consecuencia, instando a la derogación de una ley que sólo busca reabrir la brecha ideológica entre españoles. Pero la nueva cabeza rectora de los conservadores, un niño pijo sin ninguna experiencia, cuyos máximos valores son su atractiva apariencia física y su habilidad para decir las obviedades más insustanciales con la misma solemnidad del que enuncia un precepto divino, pretende sustituir la Ley de Memoria Histórica por una especie de Ley de Concordia Nacional, o algo semejante. Es obvio que este presunto conservador tiene los mismos defectos que los izquierdistas radicales. Como ellos, piensa que la historia puede decretarse por ley y se considera con autoridad para adecuar los hechos que acontecieron no a la verdad pura y dura de lo que pasó, sino a su particular idea de la concordia.

Ambos conceptos, tanto el de la derecha inane como el la izquierda casposa, son sectarios y profundamente antidemocráticos. Lo que se pretende con los dos es escamotearnos una parte sustancial de nuestro pasado histórico. Ni a la izquierda ni a la derecha les conviene que los españoles conozcan la historia de España en profundidad, especialmente la del último siglo, porque eso podría hacernos recapacitar sobre ciertas ideologías y el modo en que manipulan a la sociedad.

Por lo expuesto en los párrafos anteriores, estoy en contra de la falsificación histórica, venga de donde venga. En ningún país democrático se tolera que unos partidos impongan por ley una versión de la historia. Algo así sólo ha ocurrido en la antigua URSS y en regímenes igual de abyectos, y que haya pasado en España no avala precisamente la calidad de nuestra democracia. La Ley de Memoria Histórica debe desaparecer por su sectarismo intrínseco, pero tampoco debería ser reemplazada por esa especie de versión descafeinada que propone el líder conservador. No deberíamos permitir que, en aras de unos discutibles planteamientos ideológicos, se nos robe gran parte de nuestro legado histórico, del que, a poco que nos esforcemos, podríamos obtener provechosas enseñanzas para evitar cometer en el futuro los mismos errores que nuestros abuelos.

No quiero concluir este artículo sin mencionar una de las grandes mentiras de nuestro tiempo, según la cual, durante la Transición nos reconciliamos los españoles. Esta afirmación, repetida machaconamente por unos y otros desde hace décadas, es completamente falsa. Los que se reconciliaron fueron los políticos, no por sensatez sino por interés. El pueblo español ya se había reconciliado muchísimo antes, porque, salvo los idiotas extremistas de uno y otro bando, nadie en su sano juicio quería resucitar los absurdos odios políticos que condujeron a España a sus horas más negras.

© Antonio Quintana Carrandi, (984 palabras) Créditos